Mostrando entradas con la etiqueta Ancianos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ancianos. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de enero de 2026

Charlas en el tanatorio

La semana pasada fui a un funeral en San Francisco el Grande, una basílica madrileña cuya cúpula está entre las tres o cuatro más grandes del mundo. Ahora están en obras en el interior, para arreglar unos desprendimientos en la "linterna", la parte central de la cúpula por donde entra luz. Se ha instalado un andamio altísimo, equivalente a unos diez pisos, que los obreros han de subir a pie cada vez que inician las reparaciones.



Todos estos detalles me los contó el sacerdote mientras esperábamos. El hijo de la difunta se retrasó porque circular por Madrid en coche en día de lluvia condena a la impuntualidad, aunque salgas con tiempo y aunque la cita sea el funeral de tu propia madre. 

La madre de nuestro amigo murió el día de Nochebuena. Él se había dedicado a cuidarla durante los últimos años de su vida. Murió de viejecilla, con algún deterioro, pero bastante lúcida hasta el final de sus 96 años.

Su hijo era de los más pequeños que componían nuestra "pandilla veraniega" de los años 80. Esa tarde navideña estábamos en el tanatorio uno de mis hermanos y yo y, como suele suceder en estos sitios, salieron a relucir historias de juventud, de hace años.

Pasábamos los veranos en una urbanización a unos 40 kilómetros de nuestra residencia habitual, con piscina, pistas de tenis, y un apeadero de tren cercano. Nosotros y  nuestros amigos pasábamos allí felices dos meses y medio durante muchos años. Todas las vacaciones de verano. Nadábamos, jugábamos a las cartas o al ajedrez en la piscina. Algunos tocaban la guitarra en esas tardes largas y perezosas. Jugábamos al tenis. Montábamos en bicicleta. Cogíamos el tren para subir a la sierra a hacer alguna excursión. Íbamos al pueblo a tomar un helado. Nos sentábamos en un banco a charlar. También nos aburríamos. 

Uno de los veranos, cuando yo tenía unos 18 o 19 años, mi padre decidió que acortábamos la estancia veraniega para ir a su pueblo. Hacía mucho que no veía a la familia. Lógicamente, quería ver a los suyos y que ellos vieran a sus hijos. Al ser una familia numerosa, era complicado movilizarnos para desplazamientos largos.

Todos estábamos disgustados. La opción "pueblo" nos parecía un aburrimiento frente a la vida de pandilla de la urbanización. Pero hubo que tragar.

Nuestro amigo nos comentaba en el tanatorio:

- Os va a parecer una tontería, pero aquel año que os fuisteis al pueblo se me quedó una tristeza aquí -se tocaba el corazón- muy grande. Sentía que el verano ya se había acabado, que todo iba a ser diferente sin vosotros. El resto de verano ya no fue igual. Ya veis, yo es que siempre he sido muy sentimental.

Yo le escuchaba y me veía reflejada. Y mi hermano también. Eran veranos tan perfectos, que el hecho de que nuestro padre nos "robara" quince días para ver a familiares casi desconocidos en su pueblo nos fastidió bastante a todos. Y sentimos la misma tristeza que nuestro amigo.

La ventaja es que como nosotros somos tantos, luego lo pasamos bien con la novedad del pueblo. Mis hermanos cogieron la "moto de los higos" de nuestro tío para pasear por la carretera. Mi abuelo nos llevó a ver el cementerio viejo, con nichos derruidos de los que asomaban ropas de hacía siglos y algunos huesos. Fue hace pocos años cuando mi hermano pequeño (unos cinco años en la época del viaje) nos confesó lo que le había impactado ver el cementerio. Mi prima, que ya conducía, nos llevó a las chicas a la feria cercana en el coche de su padre. Íbamos de cualquier manera, apelotonadas en los asientos. En aquella época no había ni cinturones de seguridad ni tope en el número de viajeros. En la panadería del pueblo mi abuela compraba la masa ya hecha y nos hacía "fritillas", tortas finas fritas y rebozadas con azúcar. Los primos de mi padre organizaron una barbacoa con carnes a la brasa deliciosas. Bajábamos a la "cueva" de la casa de nuestros abuelos a ver las tinajas enormes que había allí y nos frotábamos los brazos para no sentir tanto frío.

Ninguno de los hermanos queríamos ir pero luego no lo pasamos tan mal. Pero nuestro amigo sí que sintió la soledad de un verano que para él sí finalizó prematuramente.


viernes, 19 de septiembre de 2025

La interna se larga de repente

 Estoy releyendo esa entrada de hace meses que titulé LA INTERNA (podéis pinchar para leerla) y me doy cuenta de que he sido una inocente. Como teníamos necesidad de una cuidadora hemos tragado con demasiadas cosas. Ha tenido mucha, muchísima cara la cuidadora de mi tía. Y se ha largado sin apenas avisar.

Mi madre y mi tía están alegres por su marcha pero un poco disgustadas por las formas, porque ellas se han portado estupendamente con ella. Bien poco hacía en la casa, salvo pasar el aspirador, limpiar los baños y pasear con mi tía. Nunca dejó claro qué iba a hacer después. ¿Le había surgido un trabajo mejor? ¿Se iba a su país? ¿Había encontrado un español con el que casarse? A las hermanas les ha dolido su poca claridad, sus embrollos, sus explicaciones llenas de oscuridades

Olvidemos todos los permisos que pedía para ir al médico, a análisis, a pruebas varias: gastroscopia, colonoscopia, endoscopia, prueba del aliento, analíticas, consultas en el ambulatorio, trámites para cambios de médico.

Olvidemos las numerosas visitas a su abogada para papeleo. Nunca supimos bien qué trámites requerían tantas visitas.

Olvidemos el tiempo que se "despistaba" yendo a la farmacia de al lado a por sus productos de belleza y sus medicinas, o al comercio del chino a comprar aguacates y kiwi gold. Empleaba dos horas en hacer recados de diez minutos.

Olvidemos el permiso que pidió para ir a la boda de una amiga que finalmente no se pudo celebrar ese día en el registro. Luego le dimos un nuevo permiso para la boda definitiva. Afortunadamente ese día sí pudo casarse su amiga. Con un chaval 10 años más joven, sin papeles y con una bebé en su país de origen. Llamadme mal pensada pero parece raro, raro.

Olvidemos que se tomaba fines de semana mucho más largos que los que por convenio corresponden a las internas. Pero le dábamos permiso.

Olvidemos esa baja de 10 días en que precisó "reposo" porque le dolía la pierna y la tenía "inflamada" (yo se la veía perfecta). No podía saltar ni correr, le dijo a mi madre. Como si el cuidado de una anciana implicara acrobacias. En esos días le prohibimos hacer nada ( no queríamos que luego nos demandara o nos exigiera nada) y eran las ancianas las que la cuidaban. Yo creo que la doctora le dio la baja como dan tantas, "a demanda", pero no había causa real para no trabajar.

Olvidemos que se negó a bajar y acompañar a mi tía a la piscina este verano por multitud de razones cada vez menos creíbles: No tengo bañador, no sé nadar, el sol es malo para mi piel, voy a encargar un bañador de cuerpo entero... Cuando tras seis días le llegó su bañador comprado por internet bajó a la piscina con mi tía. Bañador "enterizo" como ella decía, que le cubría brazos y piernas. Un sombrero en la cabeza. Diez minutos en el agua, andando por la zona donde no cubre...


Volvió con mohínes de sufrimiento. El sol, a pesar de toda su protección, la había puesto a morir. Los ojos, aunque no metió la cabeza, por supuesto, los tenía fatal -según ella- a causa de los peligrosos efluvios del cloro. Esa tarde la pasó en reposo, con analgésicos porque tenía jaqueca. En fin, que tenía más achaques que su empleadora, de 95 años. Ese día me enfadé con ella, pero le dio igual. Bajaba la vista y me miraba compungida, como si la estuviera regañando indebidamente. No volvió a bajar a la piscina. Bajaba yo con las dos viejecillas o bajaban ellas solas cuando yo estuve de vacaciones.

Olvidemos todo esto porque se lo hemos consentido y no la hemos despedido cuando se lo merecía. Nos daba pena y pensábamos que las dos hermanas estaban más seguras con alguien en casa.

El 1 de septiembre, después de haber cobrado su nómina de agosto, me dice que se va. A mí, que simplemente hago las gestiones. Pero no se lo había dicho ni a mi tía ni a mi madre, las habitantes de la casa, las empleadoras. 

Que se iba en tres días. La verdad es que como realmente todas estábamos felices de que se largara me dio igual que no cumpliera los plazos legales de aviso.

Volvió a poner su carita compungida y nos volvió a mentir, como ha estado haciendo durante todos estos meses.

-Yo... Vds saben que estoy mal, tengo mal el estómago (se lo acariciaba), apenas puedo comer (salvo el huevo frito del desayuno, los plátanos de postre y 8 o 9 albóndigas, que bien que las devoraba cuando mi madre las ponía) Necesito curarme, necesito ir con mi mamá (probablemente en Perú le sigan haciendo toda esta ristra de pruebas que aquí la seguridad social española le ha prescrito. No porque las necesitara, creo yo, sino para dejar de oírla, para que no nos acusen de "racistas")

No pregunté a la "enfermita". Me daba igual. Aunque hace unos meses era su mamá la que estaba enferma y era la interna la que quería adelantar a diciembre sus vacaciones de 2026 para cuidar a su amada madre. Siempre adelantando vacaciones. Esta vez le dije que no.

Como colofón, aumentó su aspecto de desamparo para pedir:

-Yo, les imploro, les suplico, háganme un despido para que pueda cobrar el paro.

Y como soy idiota he dedicado tiempo a buscar por internet y hacerle una carta de despido, fotocopiarle las nóminas, entregarle los recibos del pago de seguridad social, hacerle firmar la recepción de una indemnización (aquí no fui tan tonta y le dije que firmara el recibí, pero que no se la pagaba porque la realidad es que se iba porque ella quería y no tenía ningún derecho a cobrar paro salvo que yo le hiciera este favor).

Pensé que todo había finalizado, que lo de pedir el paro era cosa suya. Hoy la interna ha dado señales de vida para pedirme un papel que le exigen en el SEPE (servicio público de empleo). Pensaba mandarla a la mierda, pero como sigo sigo siendo tonta, tontísima, aquí estoy, luchando contra la infame burocracia de esta España nuestra, que me exige un impreso concreto con datos que ya aparecen en las nóminas, en el contrato, en los recibos de seguridad social. Y necesito mil claves para enviarlo por internet porque ya casi nada se puede entregar en papel. Pero hay montones de funcionarios tocándose el higo sin ayudar en absoluto.

Ahora entiendo por qué tanta gente tiene al servicio doméstico sin contrato, sin asegurar. No es nada fácil hacer las cosas bien. Ya es caro contratar a alguien, si encima necesitas un gestor que te ayude con estos trámites, no hay familia que afronte el gasto. Pero se piensan que un viejecillo que necesita ayuda es una empresa y que domina todo este maremágnum de claves y documentos. 

Escribo al día siguiente...

Acabo de volver del despacho de un gestor (me ha recibido porque me conocía de anteriores gestiones de testamentarías, si no no me atiende tan rápido) que ha conseguido, tras una hora de lucha con el ordenador, enviar el famoso impreso al SEPE. No he hecho la gestión por ayudar a la impresentable interna, sino porque quizá si no lo envío pongan alguna multa a la empleadora (mi tía, 95 años) que ha hecho todo súper legal.

Y me ha hecho la gestión por ser yo, porque él ya no hace ningún trámite de internas; ni contratos, ni despidos, ni nada.

-Mira, he dejado hace poco estos trámites. Sé que es necesario contratar ayuda doméstica pero he visto tanto aprovechamiento, tantas denuncias injustas contra los empleadores, que no sé cómo la gente mete alegremente en su casa a gente ajena. Hay muchas que van a sacar todo lo que pueden y no les importa denunciar por acoso a un pobre hombre de 90 años. Y siendo mujer, suelen ganar. Este hombre tuvo que soltarle 3500 eur a la que decía ser víctima del acoso. No, yo no las quiero ni en pintura.

No sé si sigo siendo tonta o empática. He hablado por teléfono con la ex-interna. Me ha agradecido todo lo que estoy haciendo por ella y me ha asegurado que en cuanto le envíe la factura del gestor, me paga todo ese importe.

Sé que miente más que habla, pero cuando me ha dicho que estuvo en el SEPE no sé cuantas horas, que suplicó que le dejaran entregar el documento físicamente y no por internet y que se negaron, que ellos erre que erre con hacerlo todo on line, sí la he creído. Y es que tenemos una administración elefantiásica, llena de vagos, que no facilita las cosas a los ciudadanos, sino que pone muros y más muros. Las claves, las firmas digitales, el certificado electrónico, parecen la panacea, pero caducan, no sabes bien cómo utilizarlos, las rutas para hacer las cosas son confusas... Y pedir cita presencial es misión imposible.

Respecto del asunto burocracia solo puedo decir a la ex interna: "Hermana, yo sí te creo"


viernes, 7 de febrero de 2025

La interna

Mi madre y mi tía son hermanas y viven juntas. El pasado mes de agosto mi tía se rompió la cadera y decidimos contratar una interna que estuviera con las dos, que tienen 86 y 95 años respectivamente.

 La muchacha ya era conocida de ambas porque había cuidado a algún anciano en el barrio y aceptó el trabajo encantada. Comenzó en septiembre del pasado año.

Como yo soy la que se encarga del pago de su salario y seguridad social (con el dinero de mi tía), me tiene en gran estima y me usa de "interlocutora" con las ancianas cuando quiere conseguir algo.

- Ay señora Zarzamora, mire usted, llevo varias noches sin dormir... No me atrevo a decirle...

Así empezó su discurso en noviembre, dando vueltas, porque quería irse a su país de vacaciones. Yo sospecho que tenía los billetes comprados desde antes de aceptar el trabajo.

La tranquilicé.

-No te preocupes. Tienes derecho a unos días de vacaciones este año 2024 y en 2025 aceptamos que te tomes las vacaciones en enero. Eso sí, el pago de enero te lo hago cuando vuelvas, para asegurarme que vuelves.

-Ay sí, señora Zarzamora, Dios la bendiga. Si quiere busco sustituta para su madre y su tía. Con razón me dice mi mamá que no se me ocurra dejar esta casa.

No ha habido necesidad de sustituta porque mi tía ya se maneja muy bien y mi madre ha estado feliz sin nadie extraño en casa disfrutando de las Navidades con sus hijos y nietos. Mi madre no se adapta a tener una interna. Cuando la visitamos mis hermanos y yo nos cuenta detalles de la interna que le incomodan. Ya nos conocemos todas sus quejas y el kiwi gold ya es motivo de bromas entre todos.

Estas son los comentarios de mi madre que ya nos conocemos todos sus hijos:

-Tiene obsesión con los kiwi gold, esos tan caros. Pero si los quiere que los compre ella. Que yo solo los compro si están de oferta. ¡Vaya precios!

-Yo, con que saque a pasear a tu tía me conformo.

-Es una desordenada y tiene la habitación hecha un desastre. Hoy le he dicho que no limpiara tanto los baños y que arreglara la habitación.

-¡Toma unas cosas más raras! Semillas, infusiones, un huevo cada mañana... Siempre se echa aguacate en cualquier ensalada.

-Mientras vemos la novela ella se encierra en su habitación. Vale, si ya sé que es su rato de descanso, pero no sé qué hace tan encerrada. Imagino que estar con el móvil, que lo lleva a todas partes. A veces la veo limpiando con el cuello torcido sujetando el teléfono de mala manera. Cualquier día se le cae al retrete.

- Yo es que no me aclaro con la vida de esta mujer. Si tenía estudios y una casa con jardín en su país, no entiendo para qué viene a España a vivir peor. Cuanto más me cuenta menos me entero. Es un lío su vida. Bueno, quizá no sea lío pero ella complica todas las explicaciones.

-Se cambia de ropa varias veces al día y tarda muchísimo en arreglarse antes de salir. Arreglarse es un decir, porque a veces sale del baño peor de como entró.

-¿Tú sabes la cantidad de maletas que se lleva a su país de vacaciones? Vino un amigo suyo para llevarla al aeropuerto y tuve que ayudarla a bajar las cosas. Ningún taxi la hubiera admitido. El amigo tuvo que llevar los asientos traseros bajados para poder meter todo el equipaje y ella iba delante, encogida, para que cupiera todo.

Esta es mi madre. A pesar de sus quejas hemos convencido a las dos hermanas de la necesidad de contar con esta ayuda. Reconozco que es egoísmo por parte de los hijos. Estamos mucho más tranquilos sabiendo que hay alguien al tanto si ocurre cualquier percance por la noche, que las puede acompañar al médico, que va con mi tía cada semana a la peluquería, que la acompaña a pasear, a sacar dinero del cajero, que la ayuda en el baño y hace gimnasia con ella.

La interna volvió hace unos días, feliz de volver a su trabajo. Trajo café, chocolate y rosquillas de su país para nosotros. La vi muy contenta de haber visto a su familia después de seis años de ausencia, y muy agradecida porque no le habíamos puesto pegas para su viaje.

Voy a visitar a mi madre y a mi tía con mucha frecuencia y muchas mañanas encuentro a mi madre sola, cocinando. Aprovecha feliz esos momentos de soledad. Si por ella fuera, tendría a la interna y a mi tía paseando todo el día. 



miércoles, 18 de diciembre de 2024

Navidad y recuerdos.

 Acabo de llegar de una comida con los belenistas de la parroquia. Pensaba que iríamos a algún restaurante cercano, pero el señor párroco nos ha invitado a su casa y nos ha preparado una deliciosa comida. Hemos hablado muy a gusto sin los ecos ni la algarabía que suelen perturbar en cualquier local. 

Yo he trabajado modelando y fabricando frutas, cestas, mesas, bancos, puestos de mercado... detalles que ambientan las escenas del Belén. El resto de compañeros se han dedicado a la "arquitectura belenística" que me parece mucho más compleja. A ellos sin embargo les parece más difícil hacer lo que yo hago. Eso es la complementariedad. Cada uno es especialista en una cosa.



Tú has "teletrabajado" me dicen. Y es que mientras ellos cortaban, soldaban y pegaban en un frío garaje de la parroquia, yo modelaba tranquilamente en casa a ratos perdidos. No les he podido ayudar en lo suyo porque he tenido que hacer varios viajes para ultimar, junto con mi marido, trámites de la herencia de su madre, que falleció ya centenaria en enero.

Su único bien era la casa familiar y tras algunas demoras, en noviembre se sorteó entre los dos hermanos aspirantes a propietarios quien se quedaba con la vivienda compensando al resto de hermanos. Estoy feliz de que le haya tocado a mi marido. Va a ser su conexión a la tierra en que nació y que yo quiero tanto como él. Va a ser el recuerdo permanente de su madre, de todos los momentos pasados en esa casa cuando íbamos en verano con nuestros hijos pequeños. 

Hay cosas que los dos deseamos que permanezcan. Las mecedoras de la terraza, donde mis niños se balancearon tantas veces, donde mi suegra tomaba el sol cuando ya casi ni hablaba. La sillita baja donde subía nuestro hijo mayor de niño para ver cocinar a su abuela. El sofá y el sillón del salón. Les pondré fundas nuevas, pero cuando me siente a leer bajo la luz de la lamparita, recordaré que en ese hueco estaba mi suegra tomando los purés de frutas de la merienda todas las tardes de sus últimos años.

En su habitación mantendremos su cama bajo la ventana y le daremos un aire nuevo y limpio. En su día ella hizo pintar y arreglar toda la casa menos su habitación. Era su refugio mientras el vecino del séptimo le hacía los arreglos en sus ratos perdidos. Así estuvo la pobre más de un mes. Se le quitaron las ganas de mejorar su habitación. Y luego fueron llegando los achaques, la necesidad de cuidados. Era complicado meterse en arreglos. La habitación de mi suegra es un muestrario del paso del tiempo. Papel pintado, más papel pintado, pintura encima del papel pintado, enchufes precarios. Estoy segura de que va a quedar blanca, nueva, limpia, moderna. Y quien duerma allí no sentirá aprensión al conocer que allí durmió y sesteó una señora que pasó de los cien años, se sentirá seguro y protegido por el espíritu de una mujer que adoraba estar en su hogar, cuidarlo, limpiarlo, disfrutarlo junto a su familia.

Enmarqué en su día una foto de mi suegra, tranquila, sonriente, ya muy mayor. El otro día tiré un marco destartalado y puse en uno nuevo otra foto de ella, su madre, y su hermana, de antes de la guerra civil. Me gusta mezclar lo antiguo y lo nuevo. No me importa  ponerme sus batas, sus rebecas, sus delantales, o echarme en la noche la misma mantita que le ponían en su silla de ruedas.

Creo que es una bonita forma de convivir con el pasado, de recordar una época de una forma sana, sin dramatismos. Porque la muerte cada vez empieza a estar más presente en mi vida y confío en poder naturalizarla y aceptarla cada vez mejor.

Es época de Navidad, de renovación, de alegría. Que la disfrutemos todos con salud, con buen ánimo, sin que las tristezas de este año nos amarguen estos momentos.


jueves, 19 de septiembre de 2024

Ocupaciones de jubilada

 Yo me reía y criticaba mucho a mis compañeros jubilados cuando iban a la sucursal y se quejaban de que no tenían tiempo. Ahora les empiezo a entender pero no les justifico. Queda bien feo quejarte de tus numerosas ocupaciones ante compañeros que tienen que compaginar vida personal y laboral.

Es cierto que en Navidades pedí una agenda y la tengo llena de anotaciones. Porque tengo cosas que hacer y porque mi memoria va flaqueando. Al tener todo el tiempo del mundo y no tener la rutina laboral, al no tener que cambiar la fecha en el sello que usaba constantemente en la ventanilla, al no soñar con la llegada de días de vacaciones, es fácil desconectar y no interesarte por el día en que vives.

Tras la muerte de mi padre he estado arreglando papeles de todo tipo. La burocracia post-morten. El papeleo persigue hasta después de que el féretro se quede en calma en su nicho. Mi madre, después de ver las telenovelas que sigue a diario, cuando está receptiva, escucha mis explicaciones acerca de los asuntos del impuesto de sucesiones, reparto de herencia, cambio de domiciliaciones, seguros, pensión... y siempre me dice lo mismo:

- Menos mal que estás jubilada y que te hice un poder. Como lo hubiera tenido que hacer yo todo, no sé que hubiera sido de mí. Ir a tantos sitios, llamar, hacer cosas por Internet... Todo es muy difícil.

Le tuve que dar la razón. Tanta burocracia es muy compleja para gente octogenaria. Tener hijos -hijos dispuestos y que ayuden en estas etapas de la vida- es una bendición.

Mi agenda está llena de anotaciones del tipo "cita con el Banco", "pago de impuestos", "perseguir al gestor" "pedir Dnis y cuentas a mis hermanos" "enseñar a mi madre a usar la tarjeta"

Lo de la tarjeta lo aprendió con facilidad. Yo parezco una controladora, y es que cada vez que ella saca dinero, el Banco me manda un aviso y yo lo compruebo con ella. No está mal para evitar fraudes o extracciones indeseadas. He puesto mi correo y mi teléfono en todos los datos que el Banco y los diferentes organismos me han pedido. Para no volver loca a mi madre y que viva con tranquilidad estos años de vejez, sin preocuparse por los asuntos bancarios.

Este verano había quedado con uno de mis hermanos para solucionar un asunto de la declaración de la renta de mi tía fallecida en febrero de 2023. Hay que hacer las declaraciones de los fallecidos. El trámite había ido bien y mientras estábamos tomando un cafetito en las cercanías, recibimos la llamada de mi madre.

-Hijos, vuestra tía (su hermana) se ha roto la cadera y se ha caído. La llevan al hospital.

Mi tía vive con mi madre desde antes de que ésta se quedara viuda. Las dos habían salido a pasear y mi tía, de 94 años, se cayó. Afortunadamente no arrastró a mi madre en la caída.

Ese día comenzaron nuevas anotaciones en mi agenda: ir al hospital, ver opciones para los cuidados posteriores, contratar a alguien...

No voy a entrar en detalles de las idas y venidas de este mes porque puede ser aburrido y poco ágil. Tener a alguien hospitalizado es duro, pero en mi caso no procede lamentarme en exceso, porque en los hospitales ves situaciones peores que las propias.

Como dice una amiga mía: "Saca tu cruz a la calle y verás una más grande"

Ahora están las dos hermanas en casa con una muchacha alegre y dispuesta encargada prioritariamente de cuidar a mi tía en su convalecencia.

A mi madre le está costando un poco tener a alguien ajeno en casa.

Viuda desde mayo, jamás en su vida había estado sola. Este mes con su hermana hospitalizada le cogió el gustillo a esta soledad. Cenaba lo que quería, no tenía que estar pendiente de nadie, podía entretenerse comprando o paseando el tiempo que quisiera porque nadie en casa iba a preocuparse de su tardanza. Y lo más importante, estaba sola pero con un montón de hijos y nietos pendientes de ella si era necesario.

Le ha durado poco esta soledad, pero hay que ser realistas. Y egoístas. Una pareja de señoras de 86 y 94 años están más seguras con alguien durmiendo en casa con ellas y ayudando a la mayor a entrar a la ducha, a pasear con el andador...

Por ellas, por la tranquilidad de los hijos, llega un momento en que el mayor acto de generosidad con la familia es dejarse ayudar.



Los fines de semana la chica libra y mi madre no quiere oír hablar de que vaya nadie. Son sus días de "liberación". 

Este sábado hay fiesta de cumpleaños. Son muchos los miembros de la familia que cumplen años en septiembre. Irán las dos matriarcas. Mi tía, la operada de cadera, ya ha preguntado:

-¿Hay rampa para llegar al local de la fiesta?

Allí se mezclará el andador de la tía con el cochecito de la nietecita más joven.


miércoles, 19 de junio de 2024

Despedidas

Mi padre murió hace un mes. Salió del hospital muy deteriorado, con mucha dificultad para andar, pero enseguida le cogió el tranquillo al andador que le compramos y aprovechó bien el tiempo primaveral de finales de abril y mayo. Salía a pasear por la mañana y por la tarde, comía bien, dormía en su cama de toda la vida. Se sentaba en los bancos de la avenida y decía "qué más se puede pedir"

Los médicos, después de sugerir biopsias, resonancias y radioterapia, aplaudieron la decisión familiar de volver cuanto antes a casa. Los hospitales son destructivos para el ánimo del enfermo y de los familiares.

- No sabemos cuanto puede durar -nos dijeron- quizá semanas o meses.

Yo era optimista  y pensaba que aguantaría mucho. Me equivoqué. Todos nos equivocamos.

Aprendimos a tomar la tensión, revisar el nivel de azúcar, poner insulina lenta o rápida, según los parámetros. Mi madre, sabiamente, se negó a darle un medicamento con unas contraindicaciones muy muy bestias para evitar ataques epilépticos, pero que le dejaba completamente atontado y sin fuerza en las piernas.

Se lo dijimos a la doctora, que no se lo pensábamos dar. Los médicos insisten, claro. Los dichosos protocolos. Mezclan los medicamentos como yo los ingredientes del gazpacho. Rectifico, no como yo, porque yo voy probando para que el resultado sea perfecto. Ellos siguen sus recetas al pie de la letra y les da igual que el paciente se encuentre fatal con un medicamento. En este caso el "bien mayor" era evitar un ataque epiléptico. La doctora respetó la decisión de no darle ese compuesto pero puso cara de circunstancias, como diciendo "os estáis arriesgando mucho, vosotros veréis"

En estos casos hay un equipo de médicos de cuidados paliativos que vienen a casa cada dos o tres días para ver al enfermo. Un día amaneció sin gana de levantarse. Que si tiene fiebre, que si es una infección, que si es el efecto de los tumores expandiéndose... Mi padre ya no se levantó de la cama. Dejó de comer y de beber. Se fue consumiendo poco a poco. Una semana duró así.

Los médicos nos habían dejado morfina y otros calmantes para que se los pusiéramos en una vía que tenía en el brazo. Solamente al final se le puso alguna dosis. No se quejaba de dolor, su cara era de tranquilidad. 

El domingo vino el sacerdote de la parroquia para rezar con él y con la familia. Creo que él percibió la visita, pero ya no hablaba nada y estaba con los ojos cerrados.

El lunes por la tarde murió. Recuerdo que yo estaba en mi casa. Había acabado de cenar y le dije a mi hija

-Ven, asómate a la ventana, mira que súper arco iris tan bonito.


Mientras nosotras lo contemplábamos, murió mi padre, en compañía de mi madre, dos hijos, una nuera y dos nietas. Siempre estuvo acompañado.

Conocíamos ya todo el proceso tras la muerte. Habíamos comprado el certificado de defunción. Sorprendentemente, es un papel que cuesta dos perras pero que no lleva el médico que va al domicilio. Si no lo tienes y un familiar muere en casa, de noche, tienes que ir a comprar el dichoso papel y buscar una farmacia cuando la pena te supera. Yo esto no lo entiendo.

El médico que vino nos dijo que en España nadie se muere de viejo, que en el papel se olvidaron de poner esa opción. Creo que a mi padre le pusieron en causa de la muerte cáncer de pulmón.

-Por favor, ponle tumores cerebrales, que mi padre no ha fumado en la vida y ha tenido una vida muy sana.

-No, no puedo, porque sus tumores cerebrales son consecuencia de metástasis del tumor en el pulmón y hay que poner la causa "inicial".

Y causa última "parada cardiorrespiratoria". Eso me lo sabía hasta yo.

Teníamos que haber preguntado en su momento cómo estaban tan seguros de que tenía tantos tumores, porque no le hicieron biopsias ni resonancias -no quisimos- Pero con el aturdimiento de tantas malas noticias no indagamos. Porque quizá no nos íbamos a enterar y mi padre ya tenía 94 años. Ha muerto y saber el motivo exacto ya no tiene mucho sentido.

Después, ya entrada la noche, llegaron los del seguro "de los muertos". Muy amables. Traían una tablet y mi madre eligió ataúd y adornos florales. Estaba claro que queríamos entierro y no insistieron con cremación. Sé de casos en que son muy persistentes porque parece ser que la cremación es más barata. Yo pensaba que era al revés.

Luego entraron en la habitación, pidieron estar solos y se lo llevaron para prepararlo para el tanatorio.

-Ay hija, cómo se lo han llevado, como un fardo- lloraba mi madre.

-Mamá, papá ya no está en ese cuerpo. Es difícil llevarlo de otra forma. Lo tienen que meter en el ascensor, cargarlo en el vehículo...

Estas cuestiones, claro, no se notan en un hospital en que las camillas van y vienen rodando y todo es amplitud.

El día siguiente fue día completo de tanatorio. Gracias a los teléfonos y los mensajes, amigos y familiares fueron enterándose del desenlace. Recibimos muchas, muchas visitas. Y debo decir que todas se agradecen muchísimo, porque son señal de lo que apreciaban a nuestro padre y de lo que nos aprecian a nosotros. Hay quien piensa que eso da igual, pero con el tiempo recordaremos ese día como un día de encuentros, en ocasiones con familiares lejanos, con amigos un poco olvidados. Es lo que hay que agradecer al difunto, que él es nexo de unión y de encuentro. Son momentos de pena y lágrimas y de risas y alegrías. Y es bonito que sea así.

El entierro fue al día siguiente, día de mi cumpleaños. Fue por la mañana temprano y mucho más familiar. Estábamos todos los hijos y casi todos los nietos. Era un buen momento de reunión posterior. En casa de mi madre encargué unas pizzas. Mis hijos y algún sobrino compraron unos dulces -soy bastante golosa- y unas velas. Me cantaron el cumpleaños feliz. Le enterramos el mismo día en que yo, su hija mayor, llegué al mundo hace 61 años. Me parece una coincidencia bonita.

Creo que estamos viviendo el duelo -ahora se habla mucho de fases del duelo y a todo se le pone nombre- de una forma sana, con risas y lágrimas. Mi madre, una campeona, sigue saliendo a comprar, recibe las condolencias de multitud de vecinos del barrio, explica a quien no lo sabe que se ha quedado viuda.

-¿Qué voy a hacer? Hay gente a la que hace tiempo que no veo. Si me preguntan "¿qué tal?" les tengo que decir lo que ha pasado. Y claro, se sorprenden, porque le recuerdan en la iglesia en Semana Santa presentándose voluntario para el lavatorio de los pies, o paseando tan ricamente hace mes y medio antes del "ataque"

Hace una semana fue el funeral, en la misma iglesia del barrio donde yo me casé y bauticé a mis hijos, donde mis hermanos menores hicieron en su día las primeras comuniones. Era ya el último adiós social. Fue también mucha mucha gente. Una de mis hermanas y yo hicimos las lecturas. Mis sobrinos de 10 años, las peticiones por el alma del abuelo. Mi hijo, el nieto mayor, compuso una poesía - a mi padre le gustaba mucho rimar- en que resumía cómo había sido la vida del abuelo, con detalles que solo los hijos podíamos entender. Una vida plena y con salud y una muerte con los suyos, como él quería, como queríamos todos.

Y otro nieto salió sin papel. Por circunstancias de la vida ha sido el que ha estado más cerca de los abuelos. Sabía cosas de la infancia de mi padre que yo desconocía. Sabe escuchar. Fue muy breve. Agradeció los consejos de su abuelo y nos contó la frase que siempre le repetía: "En este mundo la mejor carrera es ser una buena persona"

Ante una muerte cada uno lleva la pena a su manera. Yo me estoy encargando de todo el papeleo. Veo sus carpetas perfectamente rotuladas con esa caligrafía única y se me saltan las lágrimas. Nos lo dejó todo tan organizado. Testamento, seguros, cuentas...

Ayer bajé a la piscina y pensé que este año ya no se tirará de cabeza. Ni se oirá el tecleo de la máquina de escribir, que seguía utilizando con total pulcritud. Ni me acompañará hasta mi casa cargando bolsas y diciendo que no pesan. Y me queda la pena de no haber visitado con él tantos museos como tenía previstos.

Agradezco que su enfermedad haya sido de final rápido, que no haya tenido dolores, que aceptara su final con sosiego y entereza, que haya podido conocer a 22 nietos y que haya muerto en su cama de toda la vida, con el ruido de fondo de conversaciones cotidianas y agarrando la mano de mi madre, hijos y nietos. Ha tenido una buena vida y una buena muerte.



lunes, 22 de abril de 2024

Noches de hospital

Debe de ser cosa de la edad. De la mía y de mis ascendientes, pues ambas cosas están relacionadas. Cada vez tengo más soltura en los hospitales. Al principio me liaba con los pasillos, con la burocracia previa, con los timbres de aviso a las enfermeras, con los mandos de la cama articulada, con los mecanismos de los sillones donde el acompañante intenta dormir. Era muy pudorosa con el paciente, aunque fuera familiar. Me marchaba de la habitación incluso cuando iban a examinar si había que cambiar el pañal. 

Llevo una racha muy mala de muertes. Ahora es mi padre el que está en esa frontera del más allá. Habíamos enterrado a mi suegra hace tres meses con 104 años y yo, viendo a mi padre con diez menos, tan vital, tan lúcido, sin bastón, animado para acompañarme a visitas turísticas que ahora como jubilada me puedo permitir en días de diario... pensaba que tenía tanta cuerda como mi suegra o incluso más.



Mi última visita turística con él fue a las Descalzas Reales, hace dos semanas.

Ni yo ni mis hermanos nos planteábamos seriamente un deterioro repentino. Máxime cuando superó sin secuelas un ligero ictus hace tres años. Estaba muy bien, la gente se sorprendía al enterarse de su edad. Pero las enfermedades son como son y atacan a traición, sin previo aviso. O con avisos tan imperceptibles que no son tenidos en cuenta.

En esta semana hemos pasado por todas las emociones como en una montaña rusa. La noche del ingreso en urgencias estábamos uno de mis hermanos y yo esperando la llamada de los médicos. Durante el tiempo de espera la estancia se fue vaciando, un mendigo que se "refugió" en la sala de espera porque fuera hacía fresco, cambió de lugar tres veces junto con sus dos bolsas de enseres. Otra mujer paseaba y paseaba sin sentarse en ningún momento. Ya nos sonaban algunos nombres de pacientes porque entraban y salían varias veces para sucesivas pruebas.

Cuando nos llamaron nos atendió un médico joven, neurólogo, que nos dijo que nos preparáramos para lo peor, que la consciencia de mi padre estaba bajo mínimos. Aún no podíamos entrar a verle.

En ese momento le pedí que avisaran a un sacerdote. Mi padre así lo habría querido en sus últimos momentos. Tiempo después nos volvieron a llamar. El capellán quería rezar unas oraciones con el enfermo y su familia. Dio tiempo a que mi hermano fuera a recoger a mi madre a casa para que estuviera presente. Creo que si no es por el capellán no entramos en el box, porque ahí son muy estrictos con las visitas.

Allí estaba mi padre tocado con un casco lleno de electrodos que medían su actividad cerebral. Me recordó al gorro de piscina que se pone en verano. Dice que así no se le enfría la cabeza al lanzarse al agua. Ya pasaba de la medianoche y afortunadamente había mucha tranquilidad, sin gritos ni lamentos de enfermos. Mientras venía mi madre, le conté al capellán, que desprendía sosiego y paz, cómo era mi padre, mi familia. Una vida resumida en diez minutos. Diez minutos, como los que mi padre estuvo desorientado, bajando carpetas de documentos del armario sin ton ni son, respondiendo incoherencias a mi madre. Hasta que ella llamó a la ambulancia. Diez minutos de asistencia rápida de los médicos del Summa 112 en casa. Diez minutos hasta el hospital.

Y al día siguiente parecía que se obraba el milagro. Mi padre recuperaba la conciencia, conocía a sus hijos, recordaba anécdotas de juventud. Un espejismo, tan solo eso. No sé lo que hay ahora mismo dentro de su cabeza, no sé si está todo ordenado como sus carpetas de documentos y tan solo le falla el habla, la manera de expresarse, o si su cabeza almacena recuerdos de forma caótica, como nuestro trastero, que ahora mi marido se empeña en organizar.

Parece que hay tumores chiquitos por ahí danzando, que presionan en zonas del cerebro y trastornan la vida. Tumor es la palabra más repetida en los hospitales. Imagino que los médicos ofrecerán soluciones. Aún no sé bien cuales. Solo sé que él quiere morir en paz, que con su habla ahora balbuceante y casi inaudible, le dijo el otro día a uno de sus nietos "Todo tiene un principio y un final"

Estamos a la espera de información, pero aún confío en que el final pueda ser en su casa, en su ambiente, y sin dolor.

lunes, 26 de febrero de 2024

"Tenemos que quedar"

Hace un par de semanas quedé con dos compañeras de la Universidad a las que suelo ver una vez al año. Siempre nos vemos porque soy yo la que llamo, la que propongo un día y una hora. 

La mayoría de la gente se conforma con la manida frase de "ya quedaremos" y luego nunca se queda. Buenas intenciones y palabrería hueca.

En esta ocasión yo propuse varios días y una de las amigas no podía por líos de trabajo. La otra, ya jubilada, estaba pendiente de los médicos de su hija (28 años y con pareja) que tiene una lesión en el tobillo. A ambas les pareció bien posponerlo.

La semana anterior a la probable cita murió mi suegra y tuvimos que desplazarnos para entierro y funeral. Con casi 104 años, a toda la familia nos entristeció mucho, pero nos ha consolado que ha podido vivir en su casa acompañada de sus hijos -que se turnaban en los cuidados- y con cuidadoras durante el día. Ya no conocía, ni hablaba y no se movía, pero quiero creer que en su interior notaba que estaba en su ambiente, bien cuidada, con sus cosas y en su casa de toda la vida. 

Afortunadamente no pasó más que dos horas en el hospital y marchó para la eternidad tranquila, sin desgastar a los hijos con dolorosas, largas, e inútiles estancias en el hospital. ¡Descansa en paz querida suegra, en ese bonito cementerio con esas vistas maravillosas a los montes verdes de Cantabria!


Después de esa semana de pérdida y encuentros familiares, volví a mi vida en la gran ciudad.
No puse a prueba a mis amigas esperando que cualquiera de ellas convocara en firme. Nuevamente fui yo la que recordé que esa era la semana que "les venía bien a las dos".

Y sí, al final quedamos, después de año y medio sin vernos. Quedamos en mi barrio, comimos en un restaurante, charlamos y lo pasamos muy bien. Siempre fluye la conversación de forma muy agradable, no hay incomodidad, ni silencios, ni reproches. Nos ponemos al día con nuestras vidas y con las de nuestros hijos, que tienen edades similares. Como siempre, ellas estaban muy agradecidas de que yo, una vez más, las convocara. Y al final se me pasó esa desagradable sensación de que siempre tengo que ser yo la que convoque y la que, aunque mínimamente, organice.

Pensando, pensando, me he dado cuenta de que tenemos un grupete de jubilados de Banca que han pasado por mi oficina en distintas épocas. Ese grupo se organizó el año pasado para una comidita. Cuando yo aún trabajaba me encargaba de llamar a todos y hacer una comida común en fechas cercanas a la Navidad. Sí, yo, la única currante en aquel entonces, era la convocante. Seguí la tradición y fui la que "tiré" de todos para la última cita gastronómica. Este año el grupo está mudo y nadie hace intención de quedar. De momento no voy a tirar de este otro carro. 

Tengo una familia extensa, vecinas con las que quedar y pasear, actividades... No necesito más vida social, pero me da pena que muchas amistades se vayan perdiendo por desgana y desidia. Me harta ser la única que ejerce de "pegamento" grupal.



miércoles, 3 de enero de 2024

Añoranzas

 Este año -no sé bien a cual me refiero, si 2023 o 2024- me ha "pillado el toro". No he escrito nada pre-navideño. Es 3 de enero y no sé si felicitar o no. Quizá pueda felicitar Reyes. O no felicitar. Es una conveniencia social y cultural festejar y felicitar en estos días. Reconozco que a mí me gustan mucho y lo paso bien, pero he sido mucho más feliz en días anodinos de cualquier año en que alguna circunstancia -sorpresiva o esperada- me ha "tocado" tanto, que hubiera deseado que ese día no acabara nunca.

Me gusta la Navidad, los encuentros, los belenes, pasear por la ciudad y ver las luces, comer con la familia. Detesto las aglomeraciones para comprar cosas que uno no necesita, que sobren montones de comida en los días especiales y acabar con la tripa llena. Afortunadamente, lo que no me gusta lo evito.

Antes de las Navidades me dijeron en mi oficina que si podía ir a poner el Belén, como todos los años. Por supuesto les dije que sí. Poco después me llamó Claudio Bobo.

-Zarzamora, olvida lo que te dije del Belén. No se va a poner. Tampoco el árbol.

-¿Y eso? -pregunté sorprendida. Pensé que quizá una nueva normativa bancaria prohibía taxativamente decorar imaginativamente las oficinas.

-Mira, no tenemos ánimos. Nos cierran la oficina en enero. Además del trabajo habitual estamos liados organizando cajas de archivo y etiquetando todo. Yo hasta me he traído una bata azulona porque estoy harto de llenarme de polvo en los sótanos.

Me fui hace un año de esa oficina abierta en la década de los sesenta y que había sobrevivido a oficinas más emblemáticas, y la cierran ahora. Fin de ciclo.

La verdad es que cuando he ido a visitar a mis compañeros este año, cada vez veía la  sucursal con menos movimiento, más triste. En los tres últimos años los clientes siempre eran los mismos y faltaba esa "vidilla", ese "jaleíllo" que yo recordaba de cuando entré allí, joven e inexperta. Cuando éramos quince empleados, no cuatro, como ahora.

Me alegro de estar fuera, de no tener que dar explicaciones a la clientela, ni tener que hacer cajas, ni arqueos finales. Es una despedida que me hubiera entristecido, porque siento que muere una etapa de mi vida, que nunca podré volver -aunque sea de visita- a un lugar en el que he sido feliz y en el que he pasado tantos años de mi vida.

Aprovechando la Navidad, el pasado 26 de diciembre fui con mi nonagenario padre a dar un paseo por Madrid. Después de ver el Belén de la Comunidad, que jamás defrauda, enfilamos la calle Alcalá. Las Galerías Canalejas estaban estupendamente decoradas. Ambos habíamos trabajado allí cuando ese edificio era Banco Hispano Americano. Todavía aparece un logo BHA en algunas puertas. Lo han mantenido porque las fachadas están igual que han estado siempre. De hecho, vaciaron todo el interior y reconstruyeron el edificio manteniendo el exterior.




Mi padre trabajó allí mucho tiempo, desde mediados de los años 50 del pasado siglo, hasta los años 70 en que le cambiaron de ubicación. Eran tiempos en que el hijo de un albañil venido del pueblo podía optar a un puesto fijo en un Banco si estudiaba y se esforzaba. Se empezaba desde el puesto de botones y poco a poco se podía llegar a apoderado de Banca, como fue el caso de mi padre.

Yo estuve allí durante tres meses cuando comencé mi periodo de formación. Estábamos acompañados de veteranos que nos supervisaban y nos enseñaban. Aprendíamos sin la tensión que tienen los jóvenes que entran actualmente en el Banco, a los que les dejan solos ante el peligro, sin conocimientos prácticos del puesto en el que les colocan, como si fueran una ficha intercambiable de parchís.

Entramos en las suntuosas Galerías, bastante vacías de público. No sé si porque aún era pronto o porque los precios eran prohibitivos. Ni los aseos eran accesibles al público general. Tenían una botonera para meter una clave especial y poder entrar. Subimos a la entreplanta, donde yo recordaba que había estado mi puesto de trabajo, desde donde se veía el patio de operaciones de la planta baja, siempre lleno de público en ese año 1990 en que yo andaba por allí. Entre tanta tienda lujosa me fue imposible ubicarme. Solo reconocí la cristalera del techo que  era la misma. Otra despedida, otro final.

Las sedes centrales de los Bancos de la calle Alcalá han desaparecido. El Banco Central, con sus enormes columnas y cariátides, que también yo visitaba para hacer gestiones de la sucursal cuando pasamos a ser Banco Central Hispano, se ha convertido en el edificio Cervantes.


Desde el mirador del Ayuntamiento de Madrid de ve la sede del Instituto Cervantes, antiguo Banco Central, antes Banco Río de la Plata. Ambos edificios son obra del mismo arquitecto.

Se mantiene el Banco de España, al que hay que acceder con cita previa ¡como no! y donde prohíben hacer fotos de su interior. Tuve que ir con mi hija allí hace poco y llegamos un poco temprano. Hacía un frío que pelaba en la calle, pero no nos permitieron esperar en el interior (totalmente desierto) hasta 10 minutos antes de nuestra hora. Como es "natural" pasamos por arco detector de metales y expusimos nuestros bolsos a la intromisión de los escáneres. Esto es lo que tenemos en esta sociedad saturada de normativas absurdas.

Fue un buen paseo el que di con mi padre. Es cierto que siempre hay un toque de nostalgia, pero así es la vida, única y cambiante. ¿Qué novedades nos deparará este año 2024? Solo espero que sean buenas.


jueves, 2 de noviembre de 2023

Gente que me recuerda

Hace dos semanas me llamó un antiguo cliente, mayor y elegante, y me invitó a comer.

Cuando yo trabajaba era habitual que una vez a la semana nos tomáramos un café juntos. Me ponía al día de todos los cotilleos del barrio. Un barrio elegante en el que él ha vivido desde que era crío. Cuando recorríamos las calles me indicaba quien vivía en cada chalet. Algunos nombres me sonaban por haber aparecido en las revistas del colorín. Otros, con más connotaciones políticas o económicas me sonaban menos. Siempre pensé que si mi memoria hubiera sido mejor, después de estos paseos para tomar café, tendría que haber investigado sobre tantos vecinos famosos de los que yo no fui muy consciente en mi etapa laboral. Y es que no todos tenían la cuenta en mi oficina. 

La víspera de la cita me llamó nuevamente para indicarme el lugar y me dijo:

-Espera, que aquí hay alguien que te quiere saludar. Cuando le he dicho que iba a comer con Zarzamora, me ha dicho que le encantaría saludarte.

Era una de las camareras del restaurante, que durante muchos meses había ido todas las mañanas al Banco a llevar la recaudación. Por distintos motivos, probablemente por el uso masivo de tarjetas, dejaron de ir en el año 2018, pero las dos nos recordábamos.

El día de la comida con Don Gregorio saludé a Cati. La verdad es que nos dimos un abrazo muy sentido. Allí seguía ella, detrás de la barra, con su alegría de siempre. Nos pusimos al día de los avances de nuestros hijos y de nuestra vida actual. Que haya gente que todavía me recuerde con tanto cariño me hace más ilusión que cualquier homenaje. Debo ser sincera, me fui del Banco y, salvo una comidita con los compañeros de la oficina, no tuve  ninguna celebración como las que se hacían en tiempos pasados.

Vuelvo a la comida con D. Gregorio... Afortunadamente ese día no llovía y hacía un sol otoñal muy agradable. Cuando le vi estaba tomando el aperitivo en la terraza con tres amigos más, todos octogenarios, como él. Me senté con ellos y me parecieron tan tiernos... Sorprendentemente, estaba en una reunión en que de los cuatro integrantes, tres eran viudos. Estoy empezando a dudar de esa máxima que dice que son las mujeres las que entierran a sus maridos.

                                            

Se alegraron mucho de la novedad de ver una cara nueva -la mía- por allí. A mí me rejuveneció su compañía. Con mis sesenta años era una "cría" para ellos, porque era de la edad de sus hijos año arriba o abajo. En cuanto se enteraron de que había trabajado en Banca, salieron en tromba todas sus cuitas. Eran las mismas, independientemente del Banco con el que trabajaran.

-Les obligaban a usar tarjeta y cada vez les resultaba más difícil encontrar oficinas con empleados que les dieran el dinero sin ponerles pegas.

-Sus fondos de inversión siempre tenían pérdidas

-Era un engorro pedir citas, y si uno no la pide no le atienden.

-Tenían que hacer un montón de cosas por internet o con el móvil. No se aclaraban y muchas veces tanto los hijos como los nietos les ayudaban con desgana mientras decían "pero si es muy fácil"

-Solucionar cualquier incidencia con recibos o plantear cualquier duda o reclamación era misión imposible.

¿Qué les iba a decir? Que tenían razón, que cuando eres mayor lo mejor es dar las claves a un hijo o hijos, o sobrino, si no tienes hijos, de tu confianza. O hacer un poder, como han hecho mis padres, para evitarles paseos y problemas. Cuando un mayor enferma, o se queda inválido, o pierde la cabeza, la gestión de los Bancos, cuando previamente no ha autorizado ni apoderado a nadie, puede ser una auténtica pesadilla.

Claro, yo hablo así porque soy depositaria de la confianza de mis mayores y jamás voy a hacer nada contra sus intereses. Procuro facilitarles la vida y las gestiones. Habrá gente que no tenga a nadie en quien confiar, que tenga motivos para dudar, que tema quedarse desplumado por hijos o sobrinos. Eso es una tristeza añadida.

Después del aperitivo con esta pandilla pasamos a comer D. Gregorio y yo. Tomamos un menú del día exquisito. El comedor estaba lleno de gente mayor. Al lado de nosotros un grupo de señoras se quejaban de que en sus casas aún no habían puesto la calefacción, que el presidente del edificio no les hacía caso porque no vivía en el bloque, sino en La Moraleja y que lo iban a destituir.

El camarero ya las conocía y les dijo:

-Pero bueno, si los presidentes no cobran. Le vais a hacer feliz si lo echáis. Abrigaos un poco más, que en noviembre ya ponen las calefacciones.

Me da que esas señoras eran del tipo quisquilloso. Me cayeron mejor los amigos de Gregorio.

Mi marido se sorprendió porque volví pronto a casa. Es lo que tiene quedar con gente de cierta edad. Después de comer a una hora temprana mi acompañante fue a su casa a seguir su rutina. Sentarse al sol en su porche acristalado, fumar una pipa y tomarse un whisky. Eso es vida y vale más que un viaje a Cancún con ocho horas de avión. 


martes, 6 de junio de 2023

Lo que dejamos atrás

 Yo tenía una tía en una residencia de ancianos. Nací el mismo día que ella se casó. Mi madre, preparada para ir a la boda de su hermana, con el pelo moldeado y el vestido de invitada preparado, tuvo que ir al hospital en vez de ir a la iglesia. Me adelanté y le fastidié el evento. Mi tía y yo siempre nos felicitábamos el mismo día. Ella, mi cumpleaños. Yo, su aniversario. 

Pasó en esa residencia la famosa etapa del Covid. Ya comenté en algunas entradas  (Pincha aquí) (Y aquí) el aislamiento de los mayores, la limitación de visitas, las mascarillas en su vida diaria dentro de la residencia... Mi tía sobrevivió a todo eso pero ya a mediados de 2022 empezó a entrar en esa dinámica de ir al hospital, estar encamada más días de los previstos, salir hecha un guiñapo, volver a la residencia y al poco tiempo ingresar otra vez en el hospital. Casi todas las Navidades las pasó allí y, al poco de ser internada nuevamente en febrero, murió.

Descansa en paz tía, porque pasarse los meses entrando y saliendo de hospitales no es vida, es tormento. Ya tuvo su entierro, su funeral, una misa recordatorio en la residencia y un pequeño vídeo con fotos y música que le hicieron las empleadas y que nos ha hecho llorar a todos los sobrinos. 

Tres meses después, seguimos con trámites de herencia. Estas burocracias sí son lentas.

-Suerte que estás jubilada, hija, y nos ayudas- me dicen mis padres, muy agradecidos a mis gestiones.

Lo que yo hago no es nada comparado con todo lo que han hecho las hermanas de mi tía -una de ellas mi madre-. Y es que revisar los enseres de una persona fallecida me parece muy, muy doloroso. Es toda una vida la que ves reflejada en sus cosas.

Tantas cosas...

Una enciclopedia Espasa de las que tienen todos los ancianos de España, misales, libros religiosos, alguna novela, los periódicos de la primera visita de Juan pablo II a España. Un costurero de madera cuyos cajoncitos nos encantaba abrir a todas las sobrinas. Licores que nunca consumió almacenados todavía en el mueble bar. Coleccionables y labores de ganchillo, hechas con esa minuciosidad y paciencia de la que ahora carecemos. Cuadros de cuando su sobrina Zarzamora empezaba a pintar colgados orgullosamente en el recibidor. Otros cuadros pintados por mi abuela sobre madera a comienzos del siglo XX.  Artesanía de cuando viajaba a Austria a ver a sus cuñados. Figuras de Lladró, imágenes de la Virgen con más de 70 años de antigüedad, jarrones y copas de cristal bueno, adornitos de los que regalaban en las bodas. Innumerables folletos de la asociación del párkinson, enfermedad que padeció su marido. Marcos con fotos desvaídas de la primera comunión de sobrinos que ya son padres. Muchas, muchas cajas de latón. Algunas con fotos en blanco y negro de mis tíos, mis abuelos o mis padres cuando eran jóvenes y donde apreciamos claramente algunos parecidos familiares. Recordatorios de difuntos, de primeras comuniones, invitaciones de bodas, felicitaciones navideñas. Muchos informes médicos y analíticas.

En la cocina vemos menaje, como el que hay en la casa de mi madre, con solera: Latas de Cola Cao de los años sesenta con decorados de terrones de azúcar, lentejas, alubias..., platos de porcelana blanca, una panera, numerosas cazuelas de color teja, de esas que ya no se pueden usar más que en cocinas de gas, recipientes de barro. También había menaje moderno, un montón de cazuelas "alemanas" que estaban muy de moda en los años sesenta y donde se cocina sin apenas aceite. La buena de mi tía nos regaló en su día muchas de esas cazuelas que ella ya no usaba.

También hay que revisar la ropa. Algunas prendas las reutilizarán sus hermanas, otras irán a contenedores de Cáritas. Sábanas, mantas, toallas, manteles... Todos los "textiles" han pasado por las manos de sus hermanas que han clasificado, desechado o aprovechado cosas. Yo las vi un día en plena faena y me asombré de lo rápido que decidían, sin sentimentalismos. No tengo -afortunadamente- mucha experiencia en la gestión de las cosas de los difuntos. Por lo que he oído, hay quien prefiere deshacerse enseguida de la ropa del familiar, otros lo van posponiendo y les supone casi una enfermedad abrir los armarios del ser querido porque todo les recuerda a ellos. Necesitan una preparación previa.

Uno de los días mi madre y mi tía revisaban ropa. 

-Oye mamá -le dije- esa camisa te puede servir ¿Por qué no te la quedas?

-Ay hija, no. Nunca me gustó como le quedaba a tu tía. Tenía algunas cosas muy fachosas. Hemos aprovechado algunas prendas pero otras no hay por donde cogerlas.

Me gustó como trataban la situación. Con ligereza. No quiere decir que no echen de menos a su hermana, pero la vida sigue y hay que eliminar trastos.

El caso es que en la casa -salvo lo textil- seguía habiendo cosas. Hemos pasado por allí los sobrinos a coger objetos. A mí me produce un sentimiento raro, porque a través de las cosas percibes cómo era la vida de tu tía y a veces tengo la sensación de estar invadiendo algo que no me pertenece. Tampoco quiero que multitud de enseres se tiren porque sí. A veces pensamos que todo lo de los mayores no tiene ningún valor, que es mejor cualquier cacharro de diseño moderno de Ikea que una buena vajilla de porcelanas Bidasoa. Como en la posguerra española, en que los traperos iban por los pueblos y los paisanos les cambiaban encantados buenos muebles de madera maciza por mobiliario industrial de formica y conglomerado, que era lo moderno en aquella época. 

Yo tengo ahora en el techo de mi dormitorio una lámpara de brazos, con rositas colgadas. Tiene más de 80 años. Me gusta pensar que es parte de la historia de mi familia.


Soy también propietaria de un
joyero que está hecho de hueso. Lo limpié bien y parece otro. Vino de Ecuador, regalo de un tío abuelo misionero a mi tía. Es el típico objeto que he visto toda mi vida, desde niña, pues mi madre tiene uno muy parecido, y me hacía ilusión tenerlo.

Me di un montón de paseos para que mi tía eligiera un silloncito donde reposar en su habitación de la residencia. Lo tengo ahora en un rincón del salón. En casa a veces nos peleamos por él. Mi marido se echa la siesta allí envuelto en mantas, yo me acerco una mesita -también de la tía- y desayuno cómodamente sentada, con mi bandejita de café y bollería, disfrutando del sol de la mañana. Mis hijos se colocan ahí con el portátil para trabajar. 

-Vaya, ya me has quitado el silloncito de la tía Lola- le digo a veces a alguno de mis hijos cuando lo ha ocupado y no puedo sentarme allí a leer mi novela. Ya será para siempre "el sillón de Lola"

Es cierto que las casas son muy pequeñas, que es difícil almacenar los objetos propios y más complicado aún encontrar hueco para recuerdos ajenos, pero ahora que mi tía ha muerto, cuando me siento en su sillón, o enciendo la lámpara, o abro el joyero, la recuerdo y pienso que estará contenta de estar así, de alguna manera, cerca de nosotros. Los objetos también nos ayudan a recordar.



miércoles, 31 de agosto de 2022

Estafa en agosto

 Agosto suele ser un mes laboralmente tranquilo. Estoy contenta de haberlo pasado trabajando y dejar mis vacaciones para épocas otoñales, más agradables y con menos gentío. Con los calores que hemos pasado era agradable disfrutar del aire acondicionado de la sucursal.

Hubo poco público pero en dos días consecutivos me llegaron dos "fraudes" bien gordos. Lamentablemente los "malos" son más listos que los que somos legales y la seguridad informática no existe, por más que nos hagan cambiar de claves cada cierto tiempo y cada vez se tengan que meter más numeritos para realizar cualquier operación bancaria.

Una de las estafas fue a una mujer de cierta edad que se maneja bien con sus claves y consulta su cuenta con soltura. La llamaron -supuestamente- de su compañía telefónica, le facilitaron datos suyos y ella no sospechó nada. Como se trataba de mejorar el contrato, les facilitó el número de cuenta y no sé si las claves de acceso. Ella asegura que no, que en ningún momento les dio claves bancarias. Los estafadores le suscribieron un préstamo de esos preconcedidos que se ofrecen en la web a los clientes buenos y que normalmente no necesitan, y varias tarjetas. En un solo día han volado 9000 eur de su cuenta.

 Afortunadamente al día siguiente detectó que algo raro pasaba y vino a primera hora a la oficina. Si se hubiera ido de vacaciones, a olvidarse del mundo y de las claves, aún la seguirían saqueando.

No sé en qué acabará esto. Realmente el banco no tiene culpa. Es como si pides al Banco que te devuelva 50 euros que te han robado del bolso porque los sacaste en caja. Es una estafa muy elaborada a la cliente, sin más.

Yo he ayudado a la cliente  a reclamar al Banco por generación fraudulenta de tarjetas y compras indebidas. Espero que el Banco le devuelva el dinero, o al menos parte. Aunque solamente sea para evitar daños de imagen y para que la clientela siga sintiéndose segura jugueteando con su móvil para ver una y otra vez sus saldos, añadiendo céntimos a su hucha digital o sorprendiéndose con su enorme "huella de carbono" de la que el Banco le da cumplida información.

Yo ya estoy harta de tanto acceso a Internet. Cuando creo que sé cómo manejarme, algún "listo" cambia la página buscando una mayor e inalcanzable "sencillez" y... vuelta a aprender. Nada es fácil. Nos marean con reiteradas y novedosas actualizaciones para una mayor seguridad. Eso nos dicen. Comprar cualquier entrada, billete de transporte, producto, exige un tiempo y un desgaste que a mí no me compensa. Una clave para acceder, otra para firmar, otra más que te envían al teléfono móvil... Y la tensión añadida de si uno será capaz de hacer la compra deseada en el tiempo adecuado porque los vendedores te van informando de que el producto que has elegido es escaso y muy demandado. Hay mucha presión para hacerlo todo deprisa.

Hay cosas sencillas que se complican y, sorprendentemente, cosas "complejas" como solicitar un préstamo o una tarjeta de crédito que se generan con solo un roce del dedito en el punto adecuado de la pantalla. Los estafadores lo saben y lían a mayores y no tan mayores en este maremagnum de claves y comprobaciones de todo tipo, hasta que son incapaces de distinguir al telefonista amable que les va a ayudar, del maleante que les va a desplumar. Es difícil separar el trigo de la cizaña.

La pena es que todos estamos ya metidos en esta rueda hamsteriana y somos esclavos de este sistema digital que nos obliga a tener muchísimas claves para acceder no solo al banco, sino a multitud de organismos oficiales. Las comprobaciones reiteradas fallan cuando el estafador accede a tu "vida digital" La maldad siempre lleva la delantera.



jueves, 3 de febrero de 2022

¿Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así?

Decía esa famosa canción del siglo pasado: "Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así" No diría yo tanto. En mi caso creo que es un cúmulo de circunstancias y entre ellas la edad influye bastante, porque ya no hay tantas vergüenzas ni respetos humanos. Mi rebeldía es de baja intensidad. No soy provocadora.

Últimamente me salto ciertas normas de mi Banco porque me doy cuenta de que no pasa nada y de que es reconfortante hacer el bien. No digo que yo sea mala, pero al seguir a rajatabla las normas, muchas veces me sentía un poco despreciable, colaboradora en esa marginación a los mayores de la que ahora se habla tanto. Espero que este movimiento de los ancianos para que la banca no les excluya tenga resultados positivos.

Ahora cobro el impuesto o el recibo al no cliente que viene desesperado, en peregrinaje por distintos Bancos que sí siguen el protocolo sin desviarse un milímetro y que le mandan a paseo por no ser cliente, por no haber pedido cita, porque ese no es el día de los recibos, porque no tienen caja o, porque están tan, tan quemados, que los problemas ajenos les importan bien poco al tener demasiado llena su propia mochila de agobios.

Hoy venía en esa situación un señor indio. Algo pasaba en su impuesto y el "sistema" no me lo admitía, me daba error y error. Pacientemente ha esperado a que realizara la consulta pertinente a ese centro de ayuda que utilizamos constantemente porque las incidencias son constantes y variadas.

El hombre estaba tan agradecido que no cesaba de decir:

-Usted es muy buena, muy buena persona.

De verdad que he estado a punto de la lagrimilla, me ha emocionado. Me ha anotado las señas de su bar y me ha invitado a ir por allí asegurándome que tiene una terraza muy agradable para tomar cualquier cosita.

¿Y como voy a negar el ingreso al viejecito que desconoce el horario de caja y que ha venido andando torpemente con su bastón con mil euros en el bolsillo?

También me parece justo cancelar "porque sí" una cuenta de un difunto con 40 euros de nada y dárselos a uno de los hijos, sin meterme en el guirigay legal de una testamentaría para que los abogados del Banco me digan que hay que repartir entre los cuatro hijos. Porque después de tantos años conozco a las familias y sé cuando se pueden hacer excepciones. Porque llevar lo legal hasta el extremo muchas veces es absurdo.

Así estoy, en un momento de mi vida en que  a veces puedo convertirme en "Santa Zarzamora" y otras veces siento que me pongo roja como un diablillo y deseo rebelarme contra las imposiciones de la banca. 

Debo decir que tengo ahora jefas que no se meten en nada de lo que yo hago y son mucho más flexibles con la "normativa" de lo que era en su día mi antigua jefa Lupe. Son de las que piensan que si se siembra atendiendo bien a la gente, aunque no sean clientes, en un futuro eso va a repercutir en la oficina para bien.

Hoy, después de mi jornada laboral, tenía que ir con mi tía, la que está en una residencia, a una revisión de los audífonos. No conozco a ningún anciano que esté satisfecho con ellos. 

La tarde era estupenda. Iba caminando con calma por el sol y pasaba por delante de colegios y jardines con papás y niños. Sentía el sol en mi cara y el calorcito de esta tarde primaveral en febrero. La mascarilla iba arrugada y guardada en el bolso. Ya me dan igual las leyes, llevo meses sin usarla al aire libre.

Veía a madres con sus niños recién salidos de clase. Todos enmascarados. Niños jugando al fútbol en un una pequeña pista. También embozados. Sus mamás charlaban cerca. Con sus mascarillas, por supuesto. Me ha dado mucha pena. Porque si mis hijos tuvieran edad escolar lucharía con todas mis fuerzas porque no llevaran ese trapajo asqueroso  ocho horas al día, incluso en el recreo. Probablemente no conseguiría mucho, pero en cuanto mis niños salieran del colegio se lo arrancaría y les diría "hijos, respirad profundo, que habéis estado a medio gas un montón de horas"

Pero lo que veo es que esta generación de cuarentones ha normalizado toda esta aberración y no se quitan la mascarilla más que para ducharse. No sé si hay esperanza.

En estos pensamientos iba cuando he llegado a la residencia de mi tía. ¡Qué pereza! Me pongo la mascarilla azul cielo, la más ligera, entro, y relleno el papel habitual de absurdeces "pandémicas" donde indico que vengo a buscar a mi tía, no tengo síntomas de nada y no la voy a poner en peligro.

Entrego el papel y el vigilante saca su "pistola-termómetro"

-Le voy a tomar la temperatura

Como siempre. Llevo meses dejando que un ordenanza me tome la temperatura para ver a mi tía, que paga un dineral por estar en una residencia.

Algo me pasa hoy. No lo pienso.

-No, no me va tomar la temperatura.

El hombre se queda perplejo. He debido ser la única en todos estos meses que dice no a algo que es una tontería, no es invasivo. Lo cómodo es aceptar. 

-Son las normas. Le tengo que tomar la temperatura para ver a su tía. No puede pasar a buscarla.

-De acuerdo, pero como tiene una cita para los audífonos, que la bajen aquí y me la llevo. No me importa. Puedo esperar en la calle incluso.

El hombre dice que va llamar a la auxiliar, a la enfermera... No sé bien. No me importa. Se organiza un pequeño revuelo. Imagino que no saben como manejar este inconveniente imprevisto. Yo espero. Mi pequeña rebeldía está generando molestias. Me gusta. No sé si me he convertido en diablillo o en un grano en el trasero.

El conserje me dice que como la norma (maldita norma) es tomar la temperatura, que mi tía no puede bajar

Me estoy empezando a enfadar.

-Vamos a ver ¿Esto es una residencia o una carcel? Yo no subo, pero ella sí puede bajar.

En ese momento se rompe esta dinámica que no lleva a ningún sitio, este absurdo sin ningún respaldo médico, ni lógico, este obligar porque sí, por normativas incuestionadas que salen de protocolos ideados por estúpidos anónimos y que se mantienen por inercia, aunque las situaciones cambien. 

En el vestíbulo de la residencia se presenta otra tía que también nos iba a acompañar y como ella no quiere problemas, sube a la zona de los residentes, recoge a mi tía la que no se apaña con el audífono -la realidad es que las dos hermanas lo llevan y ninguna se adapta- y al poco bajan ambas. ¡Y me regañan!

-Pero qué te costaba que te tomaran la temperatura.

-Eres un poco cabezota.

-Siempre te la han tomado y no has dicho nada.

-Vaya lío que has montado.

Mi tía la de la residencia, la que entró en pánico cuando en la visita anterior intenté quitarle la mascarilla, estaba a punto del llanto otra vez.

-Zarzamora, que no me dejan bajar si no te toman la temperatura, que me han dicho que no puedo salir. No lo hagas más.

Y así estamos, con chantaje emocional a nuestros mayores, y de nuestros mayores a sus descendientes; con normas absurdas; agachando la cabeza para que cualquier mandado te apunte con una pistola-termómetro.

A la vuelta de los audífonos hemos pedido hora para una visita al odontólogo -mi tía colecciona citas médicas- Nos atienden unas señoritas encantadoras pertrechadas con una mascarilla blanca de las buenas y, encima, una de las azules, más plebeyas. Menos mal que iba yo para ejercer de intérprete. Por mucho audífono que lleven, mis tías no se enteran cuando la voz atraviesa dos mascarillas. Más marginación para los ancianos con problemas auditivos.

Mascarillas por aquí, por allá. En niños, en papás. Mascarillas dobles y mamparas de metacrilato para las recepcionistas. Tomas de temperatura arbitrarias. Ancianos llorosos, medio secuestrados en residencias o por sus propios hijos. Si esto se lo cuentan a los que se burlaban del pangolín en febrero de 2020, a los que desde la tele clamaban entonces por libertad y ahora se han convertido en defensores de medidas totalitarias, no se lo hubieran creído. Ahora toda esta distopía les parece estupenda. 

No sé si hay esperanza en esta sociedad.