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viernes, 19 de septiembre de 2025

La interna se larga de repente

 Estoy releyendo esa entrada de hace meses que titulé LA INTERNA (podéis pinchar para leerla) y me doy cuenta de que he sido una inocente. Como teníamos necesidad de una cuidadora hemos tragado con demasiadas cosas. Ha tenido mucha, muchísima cara la cuidadora de mi tía. Y se ha largado sin apenas avisar.

Mi madre y mi tía están alegres por su marcha pero un poco disgustadas por las formas, porque ellas se han portado estupendamente con ella. Bien poco hacía en la casa, salvo pasar el aspirador, limpiar los baños y pasear con mi tía. Nunca dejó claro qué iba a hacer después. ¿Le había surgido un trabajo mejor? ¿Se iba a su país? ¿Había encontrado un español con el que casarse? A las hermanas les ha dolido su poca claridad, sus embrollos, sus explicaciones llenas de oscuridades

Olvidemos todos los permisos que pedía para ir al médico, a análisis, a pruebas varias: gastroscopia, colonoscopia, endoscopia, prueba del aliento, analíticas, consultas en el ambulatorio, trámites para cambios de médico.

Olvidemos las numerosas visitas a su abogada para papeleo. Nunca supimos bien qué trámites requerían tantas visitas.

Olvidemos el tiempo que se "despistaba" yendo a la farmacia de al lado a por sus productos de belleza y sus medicinas, o al comercio del chino a comprar aguacates y kiwi gold. Empleaba dos horas en hacer recados de diez minutos.

Olvidemos el permiso que pidió para ir a la boda de una amiga que finalmente no se pudo celebrar ese día en el registro. Luego le dimos un nuevo permiso para la boda definitiva. Afortunadamente ese día sí pudo casarse su amiga. Con un chaval 10 años más joven, sin papeles y con una bebé en su país de origen. Llamadme mal pensada pero parece raro, raro.

Olvidemos que se tomaba fines de semana mucho más largos que los que por convenio corresponden a las internas. Pero le dábamos permiso.

Olvidemos esa baja de 10 días en que precisó "reposo" porque le dolía la pierna y la tenía "inflamada" (yo se la veía perfecta). No podía saltar ni correr, le dijo a mi madre. Como si el cuidado de una anciana implicara acrobacias. En esos días le prohibimos hacer nada ( no queríamos que luego nos demandara o nos exigiera nada) y eran las ancianas las que la cuidaban. Yo creo que la doctora le dio la baja como dan tantas, "a demanda", pero no había causa real para no trabajar.

Olvidemos que se negó a bajar y acompañar a mi tía a la piscina este verano por multitud de razones cada vez menos creíbles: No tengo bañador, no sé nadar, el sol es malo para mi piel, voy a encargar un bañador de cuerpo entero... Cuando tras seis días le llegó su bañador comprado por internet bajó a la piscina con mi tía. Bañador "enterizo" como ella decía, que le cubría brazos y piernas. Un sombrero en la cabeza. Diez minutos en el agua, andando por la zona donde no cubre...


Volvió con mohínes de sufrimiento. El sol, a pesar de toda su protección, la había puesto a morir. Los ojos, aunque no metió la cabeza, por supuesto, los tenía fatal -según ella- a causa de los peligrosos efluvios del cloro. Esa tarde la pasó en reposo, con analgésicos porque tenía jaqueca. En fin, que tenía más achaques que su empleadora, de 95 años. Ese día me enfadé con ella, pero le dio igual. Bajaba la vista y me miraba compungida, como si la estuviera regañando indebidamente. No volvió a bajar a la piscina. Bajaba yo con las dos viejecillas o bajaban ellas solas cuando yo estuve de vacaciones.

Olvidemos todo esto porque se lo hemos consentido y no la hemos despedido cuando se lo merecía. Nos daba pena y pensábamos que las dos hermanas estaban más seguras con alguien en casa.

El 1 de septiembre, después de haber cobrado su nómina de agosto, me dice que se va. A mí, que simplemente hago las gestiones. Pero no se lo había dicho ni a mi tía ni a mi madre, las habitantes de la casa, las empleadoras. 

Que se iba en tres días. La verdad es que como realmente todas estábamos felices de que se largara me dio igual que no cumpliera los plazos legales de aviso.

Volvió a poner su carita compungida y nos volvió a mentir, como ha estado haciendo durante todos estos meses.

-Yo... Vds saben que estoy mal, tengo mal el estómago (se lo acariciaba), apenas puedo comer (salvo el huevo frito del desayuno, los plátanos de postre y 8 o 9 albóndigas, que bien que las devoraba cuando mi madre las ponía) Necesito curarme, necesito ir con mi mamá (probablemente en Perú le sigan haciendo toda esta ristra de pruebas que aquí la seguridad social española le ha prescrito. No porque las necesitara, creo yo, sino para dejar de oírla, para que no nos acusen de "racistas")

No pregunté a la "enfermita". Me daba igual. Aunque hace unos meses era su mamá la que estaba enferma y era la interna la que quería adelantar a diciembre sus vacaciones de 2026 para cuidar a su amada madre. Siempre adelantando vacaciones. Esta vez le dije que no.

Como colofón, aumentó su aspecto de desamparo para pedir:

-Yo, les imploro, les suplico, háganme un despido para que pueda cobrar el paro.

Y como soy idiota he dedicado tiempo a buscar por internet y hacerle una carta de despido, fotocopiarle las nóminas, entregarle los recibos del pago de seguridad social, hacerle firmar la recepción de una indemnización (aquí no fui tan tonta y le dije que firmara el recibí, pero que no se la pagaba porque la realidad es que se iba porque ella quería y no tenía ningún derecho a cobrar paro salvo que yo le hiciera este favor).

Pensé que todo había finalizado, que lo de pedir el paro era cosa suya. Hoy la interna ha dado señales de vida para pedirme un papel que le exigen en el SEPE (servicio público de empleo). Pensaba mandarla a la mierda, pero como sigo sigo siendo tonta, tontísima, aquí estoy, luchando contra la infame burocracia de esta España nuestra, que me exige un impreso concreto con datos que ya aparecen en las nóminas, en el contrato, en los recibos de seguridad social. Y necesito mil claves para enviarlo por internet porque ya casi nada se puede entregar en papel. Pero hay montones de funcionarios tocándose el higo sin ayudar en absoluto.

Ahora entiendo por qué tanta gente tiene al servicio doméstico sin contrato, sin asegurar. No es nada fácil hacer las cosas bien. Ya es caro contratar a alguien, si encima necesitas un gestor que te ayude con estos trámites, no hay familia que afronte el gasto. Pero se piensan que un viejecillo que necesita ayuda es una empresa y que domina todo este maremágnum de claves y documentos. 

Escribo al día siguiente...

Acabo de volver del despacho de un gestor (me ha recibido porque me conocía de anteriores gestiones de testamentarías, si no no me atiende tan rápido) que ha conseguido, tras una hora de lucha con el ordenador, enviar el famoso impreso al SEPE. No he hecho la gestión por ayudar a la impresentable interna, sino porque quizá si no lo envío pongan alguna multa a la empleadora (mi tía, 95 años) que ha hecho todo súper legal.

Y me ha hecho la gestión por ser yo, porque él ya no hace ningún trámite de internas; ni contratos, ni despidos, ni nada.

-Mira, he dejado hace poco estos trámites. Sé que es necesario contratar ayuda doméstica pero he visto tanto aprovechamiento, tantas denuncias injustas contra los empleadores, que no sé cómo la gente mete alegremente en su casa a gente ajena. Hay muchas que van a sacar todo lo que pueden y no les importa denunciar por acoso a un pobre hombre de 90 años. Y siendo mujer, suelen ganar. Este hombre tuvo que soltarle 3500 eur a la que decía ser víctima del acoso. No, yo no las quiero ni en pintura.

No sé si sigo siendo tonta o empática. He hablado por teléfono con la ex-interna. Me ha agradecido todo lo que estoy haciendo por ella y me ha asegurado que en cuanto le envíe la factura del gestor, me paga todo ese importe.

Sé que miente más que habla, pero cuando me ha dicho que estuvo en el SEPE no sé cuantas horas, que suplicó que le dejaran entregar el documento físicamente y no por internet y que se negaron, que ellos erre que erre con hacerlo todo on line, sí la he creído. Y es que tenemos una administración elefantiásica, llena de vagos, que no facilita las cosas a los ciudadanos, sino que pone muros y más muros. Las claves, las firmas digitales, el certificado electrónico, parecen la panacea, pero caducan, no sabes bien cómo utilizarlos, las rutas para hacer las cosas son confusas... Y pedir cita presencial es misión imposible.

Respecto del asunto burocracia solo puedo decir a la ex interna: "Hermana, yo sí te creo"


miércoles, 31 de agosto de 2022

Estafa en agosto

 Agosto suele ser un mes laboralmente tranquilo. Estoy contenta de haberlo pasado trabajando y dejar mis vacaciones para épocas otoñales, más agradables y con menos gentío. Con los calores que hemos pasado era agradable disfrutar del aire acondicionado de la sucursal.

Hubo poco público pero en dos días consecutivos me llegaron dos "fraudes" bien gordos. Lamentablemente los "malos" son más listos que los que somos legales y la seguridad informática no existe, por más que nos hagan cambiar de claves cada cierto tiempo y cada vez se tengan que meter más numeritos para realizar cualquier operación bancaria.

Una de las estafas fue a una mujer de cierta edad que se maneja bien con sus claves y consulta su cuenta con soltura. La llamaron -supuestamente- de su compañía telefónica, le facilitaron datos suyos y ella no sospechó nada. Como se trataba de mejorar el contrato, les facilitó el número de cuenta y no sé si las claves de acceso. Ella asegura que no, que en ningún momento les dio claves bancarias. Los estafadores le suscribieron un préstamo de esos preconcedidos que se ofrecen en la web a los clientes buenos y que normalmente no necesitan, y varias tarjetas. En un solo día han volado 9000 eur de su cuenta.

 Afortunadamente al día siguiente detectó que algo raro pasaba y vino a primera hora a la oficina. Si se hubiera ido de vacaciones, a olvidarse del mundo y de las claves, aún la seguirían saqueando.

No sé en qué acabará esto. Realmente el banco no tiene culpa. Es como si pides al Banco que te devuelva 50 euros que te han robado del bolso porque los sacaste en caja. Es una estafa muy elaborada a la cliente, sin más.

Yo he ayudado a la cliente  a reclamar al Banco por generación fraudulenta de tarjetas y compras indebidas. Espero que el Banco le devuelva el dinero, o al menos parte. Aunque solamente sea para evitar daños de imagen y para que la clientela siga sintiéndose segura jugueteando con su móvil para ver una y otra vez sus saldos, añadiendo céntimos a su hucha digital o sorprendiéndose con su enorme "huella de carbono" de la que el Banco le da cumplida información.

Yo ya estoy harta de tanto acceso a Internet. Cuando creo que sé cómo manejarme, algún "listo" cambia la página buscando una mayor e inalcanzable "sencillez" y... vuelta a aprender. Nada es fácil. Nos marean con reiteradas y novedosas actualizaciones para una mayor seguridad. Eso nos dicen. Comprar cualquier entrada, billete de transporte, producto, exige un tiempo y un desgaste que a mí no me compensa. Una clave para acceder, otra para firmar, otra más que te envían al teléfono móvil... Y la tensión añadida de si uno será capaz de hacer la compra deseada en el tiempo adecuado porque los vendedores te van informando de que el producto que has elegido es escaso y muy demandado. Hay mucha presión para hacerlo todo deprisa.

Hay cosas sencillas que se complican y, sorprendentemente, cosas "complejas" como solicitar un préstamo o una tarjeta de crédito que se generan con solo un roce del dedito en el punto adecuado de la pantalla. Los estafadores lo saben y lían a mayores y no tan mayores en este maremagnum de claves y comprobaciones de todo tipo, hasta que son incapaces de distinguir al telefonista amable que les va a ayudar, del maleante que les va a desplumar. Es difícil separar el trigo de la cizaña.

La pena es que todos estamos ya metidos en esta rueda hamsteriana y somos esclavos de este sistema digital que nos obliga a tener muchísimas claves para acceder no solo al banco, sino a multitud de organismos oficiales. Las comprobaciones reiteradas fallan cuando el estafador accede a tu "vida digital" La maldad siempre lleva la delantera.



lunes, 28 de marzo de 2022

Vamos a ahorrar

 Estamos en época de Juntas Generales de accionistas. La de mi Banco va a ser en breve. Antes de que los accionistas recibieran la convocatoria ya estábamos en las sucursales recibiendo mensajes para que nos pusiéramos a llamar como locos a los clientes y obtener su delegación a cambio de un regalito del "todo a 100"

El porqué de tanto interés me lo imagino. El Banco quiere tener montones de delegaciones para luego conseguir que los objetivos planteados en el orden del día salgan adelante.

Yo, a menor escala, hice lo mismo el otro día. Conseguí algunas delegaciones de mis vecinos de confianza para, en la Junta de vecinos (¡Por fin hemos tenido Junta, el COVID también ha hecho que los administradores de fincas no hayan hecho reuniones en dos años!) conseguir que no echaran a los porteros actuales y evitar que una vecina meticona se erigiera en "controladora" de porteros y señoras de la limpieza. Yo conseguí delegaciones para una finalidad loable.

No sé si mi Banco quiere delegaciones y más delegaciones porque busca el bien del accionista o porque busca inflar la remuneración de un Consejo de Administración que, salvo para figurar, no sé bien para qué sirve.

Así, hace unas tres semanas empezó la dinámica de buscar a los accionistas mayoritarios de cada oficina, llamarles y convencerles de que delegaran en la presidencia para que la presidencia haga lo que quiera sin apenas oposición. Cada día, el director de zona ponía en evidencia a las sucursales que iban a la cola. La mía últimamente está la última en casi todo, pero tenemos un ambiente de trabajo tan estupendo que nos da igual.

Empezamos a repartir los regalitos "chinescos" (están fabricados en China) y pronto se nos acabaron. Los clientes, tuvieran 1 acción o 10.000 recibían un bombardeo de notificaciones en el cajero, en el móvil, en el ordenador, instándoles a delegar y recoger  en cualquier sucursal el "preciado" obsequio. Y en las oficinas empezamos a sufrir la escasez de regalos. Nos faltaban, igual que en el súper escasea la leche y el aceite de girasol.



En nuestro caso la culpa no era de la guerra de Ucrania ni del paro de los transportistas. Era, como siempre, una mala planificación.

Si son regalos baratuchos compra en abundancia. Si lo vas a ofrecer como señuelo para las malditas delegaciones, compra más. Si además nos obligas a los empleados a llamar a todos los accionistas para que vengan a delegar, qué menos que darles una pequeña compensación (aunque el obsequio se vaya a estropear a la  semana) por su esfuerzo.

Pues no, hemos tenido que reservar estos regalos mierdas para los grandes accionistas, que a pesar de tener mucho más dinero que el resto quieren su regalo birria. Hemos tenido que mandar a gente que no era de nuestra oficina a la suya a por el maldito regalo cuando en la publicidad decían alegremente "recójalo en cualquier oficina". Hemos tenido que tirar de regalos del año 2020 que no se recogieron por la pandemia, para que la clientela no se fuera con las manos vacías. Y hemos tenido que decir una vez, y otra, y otra... 

-No nos quedan regalos, no creemos que vayan a venir. En letra pequeña decían que eran unidades limitadas.

A pesar de que ya en ninguna sucursal quedaban presentes el otro día en una reunión "digital" nos dicen alegremente que van a lanzar nuevamente avisos y más avisos a los accionistas para que los rezagados puedan delegar. Y les siguen prometiendo una fruslería que ya ni tenemos.

¿Cómo un banco puede ser tan ruin? ¿Por qué se gasta tanto en publicitar regalitos escasos? Vale, regala baratijas si quieres, que en eso todos los bancos son especialistas. Pero, al menos, compra en abundancia y no crees ilusiones vacuas en el público.

Esos accionistas minoritarios que con su delegación consiguen que suban las remuneraciones de los altos cargos no han podido recibir esa migaja en forma de regalo venido de China.

domingo, 18 de julio de 2021

Cuando "casi" nada funciona

Mi día a día laboral es de una gran incertidumbre. Cuando cada mañana me siento ante la pantalla de mi ordenador no sé qué va a salir mal. Miento. No sé qué va a salir bien.

Las rutinas ya no existen. Esos tiempos en que uno sabía que, en general, el recibo se gestionaría bien, la transferencia al extranjero llegaría, la modificación de datos básicos del cliente sería rápida y sencilla... no existen.



Incidencias. Esto es lo que yo acumulo día tras día. Ante mí tengo un muro, y otro, y otro. Matriuskas de tabiques sin fin que me impiden dar un servicio rápido y eficaz. 

Una simple cancelación de cuenta puede llevar días porque hay multitud de contratos "antiguos" sin contenido, como huevos hueros, colgados de esa cuenta y de difícil anulación.

Los asuntos de testamentarías, seguros, auditorías, los inicio y muchas veces desconozco en que agujero negro burocrático desaparecen sin que yo sepa en qué situación están ni quien los va a resolver.

En sucursales tenemos que controlar y saber de todo pero la mayoría de incidencias o temas complejos se envían a departamentos encorsetados en modelos farragosos que exigen documentación adjunta para cualquier nimiedad. Nosotros damos la cara. Otros compañeros reciben nuestros requerimientos y, alejados de la presión del cliente, miran, remiran y examinan todo con lupa para devolver los expedientes una y otra vez, pedir aclaraciones, decir que determinado documento no es correcto. En definitiva, su misión es poner trabas y tocarnos las narices a nosotros para que, a su vez, se las toquemos una y otra vez a la clientela.

Y mi día a día se resume en ser una vulgar intermediaria entre clientes cada vez más cabreados y departamentos que, teóricamente nos ayudan, pero que realmente ponen palos en nuestras ruedas constantemente,

domingo, 28 de julio de 2019

Ella nunca se equivoca

Esta semana he estado sola con el director y con mi compañera comercial. He sobrellevado bastante bien la ineptitud "operativa" del jefe y la prepotencia de Tolosa, que nunca tiene fallos. Ella jamás dirá, como el rey emérito: "Me he equivocado, lo siento". Aunque el error sea evidente ella retuerce la situación y los hechos para que otros sean los culpables.

El jueves tuve un pequeño descuadre y le pregunté:

-Tolosa, ¿has tecleado tú un recibo de 37,80 euros?

-Sí, a Perico Palotes, que vino a primera hora y le voy a gestionar un fondo y hacerle un proyecto de seguro...

-Vale, vale -le respondí cortando su verborrea presuntuosa- lo has hecho en efectivo y no por cuenta y afecta a mi caja.

Tolosa no dudó. Eso, nunca.

-¡Imposible Zarzamora! Mira, te voy a enseñar el documento. Anoté la cuenta.

El papel me daba igual y su anotación me importaba un comino. Se había equivocado. Es fácil hacerlo con estas aplicaciones horrorosas que tenemos. Uno teclea la cuenta pero luego pulsa el botón de efectivo. A mí me ha pasado, reconozco el despiste y... ya está.

Pero ella seguía con su mohín de incredulidad, dudando incluso de lo que yo le enseñaba en pantalla:

PERICO PALOTES -RECIBO 37,80-EFECTIVO

Lo arreglé y la cosa no fue a más. Mientras, ella volvía a su sitio sin un pleno convencimiento de que había pulsado donde no debía.

Al día siguiente cogí el teléfono. Una señora muy nerviosa pedía hablar con mi compañera, que estaba fumando su cuarto cigarrito de la mañana en la calle. Cigarrito a cigarrito... se le van los minutitos.

Cada vez que sale me suelta la misma cantinela:

-Salgo un momentito (a fumar o a llamar por teléfono o a "echarse un café por la espalda") pero estoy aquí al lado. Si me necesitas me llamas.

Ante esta reiterada oferta salí y le indiqué la urgencia de la llamada. La mujer aseguraba haberse dejado el DNI en la mesa de mi compañera.

Nuevamente, Tolosa no dudó y no hizo ademán alguno de entrar.

-Dile que busque bien. Se lo he entregado. Estoy... segura no. Lo siguiente. Segurísima.

Y siguió hablando con su hija veinteañera que debe de estar hasta las narices de tanta llamadita materna.



Así se lo transmití a la cliente, que seguía desesperada y juraba y perjuraba que había vaciado el bolso, que no tenía el documento, y que el último lugar en que había estado era la oficina.

Finalmente entró Tolosa. Digna, envuelta en olor a tabaco, se dirigió con paso sosegado a su mesa. Desde mi lejanía la oí a los pocos minutos.

-¡Zarzamora! Voy a llamar a Olvido. Ha aparecido su carnet al mover unos papeles. ¿Sabes lo que ha pasado? -ya empezaba con su rollo exculpatorio- Es tan pesada que ha hecho amago de irse varias veces y luego me ha preguntado más cosas y el carnet... que si lo cojo, que si lo dejo, se ha quedado aquí, oculto entre estos documentos.

Lo que le pasa a Tolosa nos pasa y nos ha pasado a todos. Pero los demás dudamos. Pensamos que hemos podido teclear mal o haber retenido el carnet en el último minuto. Porque fallar es humano y dudar también. No vamos por el mundo con esos aires de suficiencia y presunción de Tolosa. No pensamos que todo lo hacemos bien. No damos por hecho la perfección en todos nuestros actos. No culpamos siempre -solo a veces- a los demás, al sistema informático, a la presión del público de nuestros fallos.

Por eso tantas veces no aguantamos a nuestra compañera.

Como colofón os pongo este mensajito que he leído en un grupo de whatsapp:

"Y de repente conoces a una persona y te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida sin ella"


sábado, 11 de noviembre de 2017

Empatizando con los clientes

Son las 23:30 de la noche y llevo tres cuartos de hora, en mi casa, intentando hacer una operación bancaria a través de Internet.

Me he puesto en la piel de tantos clientes a los que se les pide encarecidamente, es más, se les obliga casi, a hacer un montón de cosas por Internet. Y es que la Banca ya no está para atender a clientes y solucionar sus pegas, solo está para vender. Primero, los comerciales venden  (más bien, colocan) y, luego, el cliente se queda a solas con sus claves, sus accesos, su ordenador, tablet, movil y... su desesperación.

Se me ha revocado mi firma electrónica por motivos que no acierto a comprender, y he decidido llamar al teléfono que me indica la página para solventar el problema. Me atiende una chica amabilísima, mucho más que yo en mi ventanilla -y que conste que soy muy agradable- y me pide el DNI, unos datos parciales de mi clave de acceso (en los Bancos hay clave de acceso y firma electrónica; que no sea por falta de números, códigos y seguridades)

Me mandan un nuevo código al móvil, que no es el definitivo. Es un código para poder conseguir una firma electrónica provisional que solo me durará un día. Y después de teclear en un apartado escondido de la página web de mi Banco (que no hubiera encontrado de no ser por la ayuda de la operadora) tengo que colgarla y volver a llamar para que otra simpática señorita o caballero me asigne ese código efímero de un día. ¿Considerarán un día  24 horas a partir de ahora, o se acabará esta clave provisional a las 12 de la noche de este día agonizante, como el encanto de la Cenicienta?

           

Vuelvo a llamar, me desesperan los preámbulos enlatados que ya me conozco, las indicaciones de los números a pulsar según lo que vaya a solicitar. Me agobia mi marido diciendo que estoy llamando desde el móvil y que esa llamada me va a costar un dineral. Me agobio yo pensando que mi operación bancaria se va a convertir en calabaza a las 12 de la noche porque lo más probable es que esa clave que aún no he conseguido caduque al final del día y no a las 24 horas de su complicada consecución.

Cuelgo. Que le den morcilla a la Banca on line, a Internet, a las mil claves que pueblan mi agenda de los "números secretos" que es la rechifla de mis hijos, pero que a mí me vale.

Mañana iré a trabajar a mi sucursal, como todos los días, me haré yo misma la operación, me pediré yo misma una nueva clave y me sacudiré esta frustración nocturna.

Porque, además, navego fatal por esta página para usuarios de a pie. Las opciones están escondidas, la letra es pequeña, todo es disperso. Me he sentido fatal porque llevo trabajando años y años en Banca y me atasco con esto, que en teoría debería ser mucho más simple que los programas con los que trabajamos los empleados.

¿Y si no fuera yo? ¿Y si fuera el Banco, mi Banco, abanderado -supuestamente- en avances digitales? Cuando accedía a las cuentas de la comunidad de Propietarios -me tocó ser presidenta- era todo muy fácil. ¿Quizá porque era otro Banco?

La experiencia me ha servido. Desde ahora empatizaré mucho más con toda esa clientela que viene a mí, desesperada, después de haber gastado tiempo y energías intentado hacerse las cosas "on line"

Sé que esta era digital nos empuja a todo esto, a una sopa de claves y números que danzan en nuestro cerebro. Claves numericas, alfa-numéricas, de cuatro posiciones, de 8, con retorno de códigos al móvil, con bloqueos si te equivocas varias veces o si tecleas mayúsculas cuando son minúsculas. Además uno ha de buscar claves no demasiado obvias, hay que descartar fechas de nacimiento o nombres familiares para sortear las intromisiones de "los malos", hay que tapar el teclado en el cajero y en el súper para evitar cotilleos.

El bolso ha de estar a buen recaudo, cerquita del cuerpo, cerrado, porque dentro va parte de nuestra vida: el móvil con fotos que nunca descargamos y cuya pérdida lamentaríamos, y con la agenda de teléfonos que ya no tenemos en papel ¿para qué?; las varias tarjetas de crédito que se supone simplifican nuestra vida, el DNI que hace que seas ciudadano, que seas alguien y sin el que se te cierran puertas de aviones, bancos, organismos...

En días así no estoy segura de si la vida es más fácil con tanta conexión. De momento cierro mi ordenador y voy a dormir, que necesito también apagar mi terminal cerebral. ¡No son horas para nada más!

jueves, 1 de junio de 2017

Pesadilla en fin de mes

Los días de fin de mes, cuando llego al trabajo, respiro hondo, intento relajarme, cubrirme con una coraza y mantenerme imperturbable durante la mañana. Llevo muchos años sufriendo el fin de mes y sigo sintiendo los nervios agazapados en el estómago cuando llega el día 30 o 31. No puedo evitar esa sensación de que si algo malo puede pasar, pasará.      

Porque en este Banco de ¿mis amores? no, más bien de mis horrores, los problemas aparecen en estas jornadas de mayor afluencia de público, pese a la Banca "on line", los cajeros, las "app's y toda la parafernalia informática que parece que hará desaparecer la clásica sucursal.

Hoy es jueves y llevo toda la semana padeciendo la lentitud del "sistema". Tecleo los números de cuenta sin mirar, a gran velocidad, como siempre hago, y en la pantalla aparecen "goteando" con parsimonia, no inmediatamente. Los procesos se bloquean y tardan tanto que no sé si debo esperar o empezar de nuevo. He de reiniciar constantemente.

El público se agolpa y me ven esperando, desesperada, a que el proceso continúe a su ritmo exasperante. He hablado con otros compañeros para consolarme. En casi todas las oficinas están igual.
Resultado de imagen de imagenes de cola de gente
-No sé lo que estarán haciendo (los de informática)
-Algo deben estar tocando, o descargando,y nos afecta. 

Son las frases que intentan explicar lo inexplicable, lo desconocido. Ni yo, ni la mayoría de la plantilla afectada, sabemos qué sucede. Ya nos da igual. Son tantos fines de mes durante tantos años en que algo se estropea, en que los procesos funcionan peor de lo habitual, que nos hemos acostumbrado a convivir con el caos.

Resignación, esa es la palabra. En este Banco de mis horrores sé que suele suceder lo peor. Lo sufriremos y nunca se nos dará una explicación convincente. Nos quedamos como tontos, aguantando la mirada de los clientes y repitiendo como una letanía "hoy el sistema va un poco lento" ¿Un poco lento? Si casi me da tiempo a ir al lavabo entre respuesta y respuesta del terminal.

No, por favor, que no me cuenten más bobadas de Banco digital, de nuevos procesos, que no me digan que somos punteros. Que no pretendan que dé la cara por mi empresa y la defienda a capa y espada. ¿Cómo? Si no puedo dar una explicación lógica, si parece que somos una filial de la British Airways y hemos copiado su caos.

Estoy cansada de fingir cuando querría gritar a todos: "Mi Banco es una mierda". No nos cuida, no nos defiende; solo exige, presiona y nos deja tirados a los pies, no de los caballos, sino de los clientes.

martes, 4 de abril de 2017

No somos nada

No somos nada cuando falla la tecnología que envuelve todas nuestras horas laborales. Todo nos sobrepasa, nos sentimos inermes y asustados. No podemos cerrar la puerta de la sucursal; hemos de dar explicaciones y minimizar los fallos de la empresa que nos da de comer.

Los clientes, contrariados, exigían explicaciones, querían saber donde estaba ese dinero que no aparecía en ninguna pantalla. No entendían cómo no les podía dar billetes si estaban en mi cajón. Todo eso pasó el día del colapso. 

El director, fiel a su estilo lánguido, hundía su corpachón en el sillón del despacho y esperaba que pasara la tormenta cuanto antes. No fue una tormenta de primavera pasajera, fue un auténtico tsunami que asoló aleatoriamente a multitud de oficinas que quedamos paralizadas durante toda la jornada.

No somos nada cuando no estamos conectados a ese cordón umbilical que es nuestro "servidor", ese "dios" que  cada mañana nos proporciona la materia prima con la que trabajar: correos, transferencias y recibos pendientes, comunicación de incidencias, resolución de problemas, informes variados, datos y situación de cada cliente... Todo está ahí.

Al comenzar la jornada una pantalla negra, con blancas palabras en inglés se resistía, impertérrita, a nuestros intentos de eliminarla. Buscábamos la imagen de inicio de cada día. Esa pantalla amiga que pasamos casi sin verla, cuando encendemos el ordenador de forma casi automática y pulsamos "intro" una y otra vez, sin apenas mirar, como viajeros habituales  de una línea de metro que ya no miran las indicaciones.

¡Ha fallado el sistema! ¡Se ha caído! ¡No conectamos! Buscamos teléfonos de compañeros en nuestros listines particulares porque el sistema, con su encefalograma plano, no nos permitía acceder a correos, no podíamos poner consultas a los departamentos correspondientes para que nos aclararan algo. Estábamos aislados, esperando el rescate.

Era algo grave. Todos teníamos algún colega, en distintas oficinas, afectado. Nos consoló un poco saber que era "mal de muchos" y no algún desastre propio. El Banco desplazó físicamente a multitud de empleados de una subcontrata amparada en otra contrata mayor que se encarga del servicio informático a las sucursales. Lo arreglaron. No sé cómo. Posiblemente ellos tampoco sepan cómo con tanto parche y remiendo el "sistema" sigue funcionando. La muchacha que llegó para ayudarnos llevaba un día agotador. Dudo que la pobre hubiera comido algo. No sé si luego durmió bien, porque ni ella ni sus compañeros tenían la certeza de que el "sistema" respondiera al día siguiente.

Llegó el temido amanecer y todo funcionaba. Lenta y perezosamente -estilo Augusto- pero funcionaba. Después de un día de paro forzoso había mucho por hacer. Al director le ha dado igual. Hasta las diez de la mañana han estado todos mis compañeros escuchando sus soflamas y recibiendo sin chistar su bronca porque les ve "muy relajados".



El día del colapso funcionaba un ordenador: el portátil que Augusto, como jefe, tiene asignado. Podía haber hecho todo lo urgente, o haberse ido a dar una vuelta y dejar el aparato a Lupe, la subdirectora,  para que lo gestionara todo. No lo hizo. Quizá estaba pensando en la reprimenda del día siguiente a los comerciales.

Siendo así de mala persona que, por favor, no nos vuelva a hablar de "trabajo en equipo" porque dicho por él suena tan falso...

lunes, 19 de septiembre de 2016

El cuento de la cigarra

Le reconocí en cuanto se puso  a la cola. Augusto, el director, no le había escuchado ni medio minuto y le había enviado a la ventanilla, muy en su estilo de lanzar balones fuera y librarse de clientes "molestos"

Rafael Maldonado estaba ante mí. Desdentado, mal afeitado y con un olor corporal fruto de la falta de aseo y no de los calores estivales.

Maldonado podía haberlo tenido todo y ahora solo tiene lástima de sí mismo y culpas que reparte generosamente entre los demás acusándoles de su situación.



Yo le conocí hace mucho, al poco de entrar en ese primer banco cuyo nombre se ha perdido en la confusión de sucesivas fusiones. Él tenía un buen puesto, reconocido y bien pagado, con viajes al extranjero por los que cobraba unas dietas considerables. Fue él quien pidió viajar para ganar más dinero.

Aún con esa situación de ingresos muy superiores a la media, vivía a base de préstamos (muy baratos para los empleados), adelantos de nómina (sin coste para los trabajadores) y tarjetas que "echaban humo" de tanto usarlas. En aquella década de los 90 hubo muchas burbujas. Los Bancos -o al menos el que yo conocía- prestaban a sus empleados sin mucho análisis, pensando que una abultada nómina era suficiente garantía.

La burbuja de Maldonado no explotó repentinamente, se fue deshinchando como esos globos abandonados que se convierten en puro pellejo flácido y arrugado. 

Llamaba por teléfono y todos los directores sin excepción, le esquivaban. Siempre necesitaba dinero para pagar a dentistas que, a la vista de su estado actual, nunca le arreglaron un solo diente. También apelaba al buen corazón del director diciendo que no tenía para comer, o que necesitaba regalar algo a sus hijos por su boda.

Ahora lo tiene todo embargado, está enfermo, sus hijos no le quieren ver, ni ayudar, pero sigue sin reconocer su propia culpa.

-Todo me fue mal cuando conocí a esa rusa que me sacó todos los cuartos.

Pero yo sé que es mentira. La rusa solo aceleró un poco el proceso cuando, al conocerla,  empezó a pensar solo con la bragueta y a soñar con una nueva juventud por simple roce con la lozanía de la rusa. Ella pedía y él le daba... dinero. Él pedía y... espero que por lo menos la rusa le diera alguna alegría al cuerpo ajado de Maldonado.

Resultado de imagen de la cigarra y la hormiga

Todo empezó mucho antes de su encuentro con la bella extranjera, cuando encorbatado y seguro viajaba a otros países, cuando tenía un puestazo en el Banco y pensaba que podía vivir por encima de sus muchas posibilidades. Cuando creía que siempre sería solvente y no supo organizar -mínimamente- su economía.


Lo siento, pero esta cigarra no me da pena.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Errores

"La experiencia es lo que te lleva a cometer errores nuevos en lugar de los errores de siempre"

No soy original. Acabo de copiar una frase de un calendario de sobremesa temático sobre "La ley de Murphy" que tengo frente a mí. Y es que me viene al pelo la frase porque últimamente, tanto mi compañera Glicinia como yo, siempre nos estrellamos y nos equivocamos cuando Augusto, el director, nos encarga algo. Estamos entrando en un bucle maléfico. Es un jefe tan pejiguero, tan latoso, tan machacón, que genera inseguridad en los subordinados. Intentamos hacerlo todo tan bien, que no nos relajamos y cometemos errores.

Ley de Murphy de la termodinámica: "Todo empeora si se somete a elevadas presiones"

Esta mañana Lupe, otra jefa, pero menos jefa que Augusto, nos repetía entre risas lo que le había comentado en la reunión mañanera:

-Lo debe dar el puesto. Estas chicas no hacen más que equivocarse. La una porque no se entera y la otra porque no se quiere enterar... no hacen nada a derechas.

Es a mí a la que concede ese punto de rebeldía de no quererme enterar.

El lunes, el saludo de mi director fue así:

-Zarzamora, el viernes te dejaste la radio encendida al marcharte. Menos mal que aquí está tu director, que se va mucho después que tú -eso que quede claro, por supuesto, él siempre trabaja más y se va de la oficina muchísimo más tarde que el resto de los empleados- para desconectarla. ¡Y que seas tú la que me apaga la luz del despacho cuando no estoy!

¿Se parece a mi jefe?  ¿Es cara de bueno, de malo, o de pillín?


Lo de la luz del despacho también lo debe dar el puesto, es un absurdo que perpetúan todos los directores que he conocido. Ya sabéis que los directores extienden mucho su jornada.

"Un proyecto de trabajo se expande hasta llenar todo el tiempo disponible"

Cuando se van a comer, normalmente con otros colegas con los que luego disfrutan de largas sobremesas, dejan su despacho con luz por si pasara algún directivo de alto rango por la calle, para que piense que en esa oficina se trabaja duro y a todas horas. Sé que os puede parecer absurdo, pero de verdad que no lo invento ni le añado literatura, tristemente he tenido jefes con más miedo a los que están por encima, que el que yo pasé en mi examen de Selectividad.

Otro de los temores que nos acechan a Glicinia y a mí es no encontrar los expedientes, pólizas, justificantes de cualquier tipo que nos pide Augusto con cierta frecuencia, sin que nunca nos indique el porqué de tanta urgencia.

A veces llegamos monísimas al trabajo, con un vestidito delicado, una chaquetita en tonos claros, las manos suaves y oliendo a crema con aroma tropical, un collar largo y vistoso... Pues ese día nos toca bajar a los sótanos helados, a buscar cajas polvorientas de hace tres años... o más. Acabamos con las manos negras y ásperas, las cuentas del collar cayendo en sonora cascada al suelo por culpa de los múltiples enganchones con las carpetas, la chaqueta llena de churretes grises. Y lo que es peor, en la carpeta del "día D, del año X" no aparece lo que nos piden. ¡A ver cómo se lo decimos al jefe!

Observación de Oién: "El procedimiento más rápido para encontrar algo consiste en buscar otra cosa"

O en no buscarla, agregaría yo. A veces los documentos tan necesarios aparecen en la mesa del propio Augusto, que ya los había pedido dos o tres meses antes. Otras veces no aparecen nunca y no pasa nada. En realidad sí pasa: las dos pringadillas tenemos que soportar el dedo acusador del director y sus comentarios.

-Parece mentira, es que nunca he visto nada igual en ninguna de las sucursales dónde he estado. ¡Pero como se archivaba aquí! No se encuentra nada de lo antiguo. Ni de lo nuevo, porque esto sí es responsabilidad vuestra. -nos dice mirándonos por encima de las gafas con reprobación.

Si nos intentamos justificar diciendo que archivamos todo los que nos entregan, pero no puede estar archivado lo que nunca hemos recibido, bien porque está a falta de firma, porque lo tienen otros compañeros, porque se sacó y no se restituyó a su lugar...nos manda callar diciendo que no admite excusas.

La suerte es que Augusto es como un niño. Se enfada pero luego se le pasa la rabieta.

Hace un par de días me equivoqué al transferir un dinero de un cliente especialmente amigo de mi jefe. Fue uno de estos bailes numéricos, en lugar de teclear 1.620, pulsé 1.260. Tuvo fácil solución y el cliente recibió mis disculpas y no se enfadó lo más mínimo. Pero fue Augusto el que detectó el error y ya me enfiló para toda la semana.

Esta mañana me llama con urgencia porque había recibido un correo de la secretaria de un cliente que estaba "muy enfadado"

-Zarzamora, ¿sabes algo de la reclamación del señor Armando Guerra? -me pregunta mientras agita inquieto el correo eléctrónico. Las palabras enfadado y reclamación le sumen en una alteración total. En estos casos siempre busca un culpable, y sospechaba que iba a ser yo.

-Sí, ayer hablé con su secretaria y contesté por correo electrónico al señor Guerra aclarándole todo. Espera, que saco todos los papeles.

-Hemos hecho una transferencia a Suiza y el cliente la ha recibido devuelta. No sé qué le habrás dicho pero, desde luego, algo hemos hecho mal -Como veis no me daba ni el beneficio de la duda, nuevamente su dedo acusador estaba sobre mí.

Saqué los datos de la transferencia enviada y de la devolución.

-Mira, Augusto, ni siquiera hemos hecho nosotros el pago. Lo ha hecho el cliente por Internet, desde su casa. El Banco suizo lo devuelve indicando que se pongan en contacto ordenante y beneficiario, pero no da más datos.

Lo fácil era que Guerra pusiera un correo al suizo pidiéndole que le aclarara los datos por si había algún error. Puede que esa cuenta ya no existiera, o que el nombre del titular variara mínimamente. En el extranjero son muy meticulosos con esas cosas, y si se envía un pago a nombre de Pepe Lata y el nombre registrado es José Lata, se devuelve el dinero, con gastos de devolución, por supuesto, si no se pertenece a la zona Euro, como es el caso de Suiza.

-No, no no. El cliente necesita más explicaciones. Ponte en contacto con el Departamento de Extranjero. Ellos sabrán más.

Sí, sabían un poco más. En alemán habían recibido un mensaje entre Bancos que decía "beneficiario desconocido" Le pese a Augusto, le pese al cliente, o se aclaran entre ordenante y beneficiario o yo poco más puedo hacer en este asunto.

Y como colofón, para que todos lo tengamos presente y aceptemos nuestros errores.

Ley de Morris: "Ante sí mismo cualquiera reconoce que se equivoca, la prueba de fuego es reconocerlo ante los demás"