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viernes, 7 de octubre de 2022

Anomalía

 Hace un par de días vino a la oficina nuestro encargado de "recursos humanos". Su principal misión era ofrecer a mi joven jefa "Blanca Estrella", incorporada recientemente de su permiso maternal, un "ascenso". Quería trasladarla a una oficina de más categoría, con más empleados y más problemática, manteniéndole su  sueldo actual. Y sin la seguridad de salir a su hora, como hace en esta sucursal. Todo sería en aras de una mejor proyección profesional y, en algún momento futuro, el banco compensará tanta dedicación. Mentiras y más mentiras, por supuesto.

Blanca no tuvo mucho que pensar y declinó amablemente la propuesta indicando que con el bebé, ahora mismo no quería cambios de ningún tipo. De momento ha conseguido permanecer en nuestro pequeño oasis, pero es joven y obediente y quizá más adelante, si desde Recursos Humanos vuelven a insistir en la oferta, obedezca por temor a represalias aunque le trastoquen horarios y organización familiar.

Para hacer la visita completa, el gestor habló con cada uno de nosotros, pero sin demasiado interés, para cubrir su expediente de conocimiento de los empleados. Llegó mi turno.

-¿Cuántos años llevas aquí Zarzamora?

- No sé si decírtelo -le contesté divertida- Quizá cuando te enteres me quieras trasladar a mi también.

Hizo un gesto que podía significar "con tu edad ya no pienso fastidiarte", y cuando le dije los años que llevaba en la misma oficina bancaria, que son los mismos que llevo casada, me respondió.

-Tú eres una anomalía.

No entendía que no me hubieran movido, que yo no hubiera pedido traslados, que hubiera renunciado a una "carrera profesional".

Coincidí con él en que mi situación probablemente era única y le dije que estaría bien un reconocimiento profesional por parte de la jefatura de más alto nivel, con algún diploma, estrechamiento de manos y foto de calidad en la intranet bancaria. Para ser la envidia de mis colegas y que mi ego suba a la troposfera.

Descartó esa posibilidad con una leve sonrisilla e hizo añicos mi breve sueño de notoriedad en la empresa. Ni soy joven, ni tengo puestazo, no participo en las actividades "buen rollistas" que mi Banco propone a veces para fomentar la hermandad y pertenencia a una empresa modélica... En fin, no doy el perfil para ser merecedora de ningún reconocimiento por ser la matusalén de mi oficina.

Tras este breve intercambio entre bromas y veras -como dice mi hija: "entre broma y broma la verdad asoma"- seguimos conversando. El gestor disfrutaba charlando conmigo porque sabe que mi edad y mi recorrido me permiten ser sincera.

Ante mi queja acerca de las sustituciones eventuales que tengo que hacer en otras oficinas por falta de personal -vestir a un santo y desvestir a otro- me dijo satisfecho que el Banco había contratado a muchos jóvenes para que las oficinas estuvieran mejor dotadas.

-Serán debidamente explotados- le respondí.

Me miró con seriedad

-¿De verdad lo piensas? ¿Es eso lo que crees?

-Claro que sí. Estoy segura de que trabajarán muchas más horas de las legales por un sueldo mucho más pequeño que el de cualquiera de nosotros.

Y entonces se explayó en ese discurso típico de que los jóvenes han de esforzarse para tener una carrera profesional y optar a futuros ascensos. Que nadie les obliga a trabajar en el banco, que ni son astrofísicos ni doctorados cum laude, son simples abogados,  economistas o titulados en ADE, de los que hay a patadas en el mercado laboral. Que si no están dispuestos a esforzarse ahora, quizá lo suyo es el funcionariado...

Todo esto me dijo mi amigo. Parece que la juventud ha de aceptar alegremente y agradecida que se vulneren sus derechos trabajando horas extras que jamás les serán pagadas.

-¿Sabes lo que pasa? -le dije después de escuchar su perorata- Que un buen día, cuando ya no eres tan joven, piensas en lo que ha sido tu vida y te preguntas si esta dedicación brutal a una empresa desagradecida que te envía de un destino a otro como si fueras un paquete, ha merecido la pena. Te planteas si esas migajas de euros que ha supuesto cada "ascenso" han compensado los cuentos que no has contado a tus hijos, los paseos que no has disfrutado, las siestas que no te has echado o las preocupaciones excesivas que martilleaban tu cabeza en todo momento.

En ese punto calló y nos cubrió un silencio que lo decía todo. Aunque por edad le queda mucho más tiempo laboral que a mí, me confesó que su ilusión es abrir una librería cuando se despoje de las ataduras bancarias.

Espero un futuro mejor en que podamos intercambiar opiniones sobre literatura y yo compre ejemplares en la librería que ahora solo es un proyecto. Un futuro en que algunos de estos jóvenes recién contratados se conviertan en una anomalía como yo lo soy ahora. Una anomalía apreciada por la clientela, una anomalía que querrían casi todos los clientes en sus oficinas.

domingo, 21 de febrero de 2021

Confusión

 Tengo pocas ganas de escribir. Esa es la verdad. He decidido aprovechar este ratito "muerto" antes de salir a comer con unos amigos para contar mis últimas "vivencias" laborales. 

Este lunes se incorpora una nueva directora que sustituirá a Roque Ronco, que no era mala persona, pero con su vozarrón y su barba desaliñada asustaba a muchos de los clientes que, poco a poco, me van confesando cierta alegría por su marcha. 

La que también se alegra es la chica de la limpieza que ya no tiene que tirar docenas de botellas vacías de Coca Cola ni las colillas que Roque envolvía en tres o cuatro servilletas de papel en el baño, intentando disimular los cigarritos que se fumaba a escondidas asomando la cabeza por la ventana del patio interior.

El otro día le encargué que limpiara bien el despacho que ha dejado vacío Roque y que mañana ocupará su sucesora. Algunos cajones tienen material de papelería. Hay muchas carpetas que probablemente tiraremos. Vi un paquete que hace dos años le tocó en un "amigo invisible" que hacíamos en las comidas navideñas, cuando podíamos reunirnos libremente y desearnos felicidad con un par de besos. Aunque no echo de menos besar la barba descuidada de Roque. 

Yo había estado en el extranjero (vaya, otra actividad difícil de realizar hoy en día) y compré unos adornitos típicos navideños pensando en ese juego. Ahí estaban tras más de dos años, olvidados por mi ex-director, que lleva ya casi un mes en otro destino. Abrí el paquete y pensé que algo tan mono estaba destinado a volver a mí. Lo tengo en mi casa y lo colgaré en mi árbol en la próxima Navidad.

En este tiempo de espera hemos estado solas mi jefa directa, la exótica Blanca Estrella, y yo. Más o menos, hemos podido con todo. Yo tuve que estar en casa unos días porque había visitado a una tía que poco después fue ingresada por neumonía Covid en el hospital. De nada me sirvió estar sanísima y dar negativo en el test que me hizo mi empresa. Me mandaron con un portátil a casa. Me encontraba tan desesperada de acceder mal, tener problemas con las claves, no poder hacer bien algunas tareas por falta de medios... que me tomé dos días libres que tenía pendientes.

-No seas tonta Zarzamora -me decía la amable Blanca- ya te tomarás esos días después para irte por ahí con tu marido. Sigue trabajando lo que puedas.

-¿Y a dónde voy a ir? Deja, deja, me quedo en casa lunes y martes, de vacaciones, sin trabajar. Me levantaré tarde. Saldré con tranquilidad a pasear por el barrio y a tomar el sol. Y no estaré con el agobio de no poder hacer bien las tareas.

Me hicieron una nueva prueba de las del palito nasal, volvió a dar negativo y ya retomé mi rutina de salir diariamente a trabajar.

Poco después le tocó a Blanca estar preocupada. Esta situación agobia a todo el mundo, aunque ni Blanca ni yo somos especialmente obsesivas con el tema. Ella tenía mocos, tos, fiebre... lo dijo en el banco y... prueba para ella. Negativa también. Al no ser "contacto Covid" como yo, vuelta al trabajo a los tres días.

Así que... éramos solo dos y nos han tenido que mandar refuerzos cuando hemos estado solas. Y hemos sobrevivido. Al trabajo, a la enfermedad...

Mi tía, mayor, ya está en casa. Después de tres semanas en que casi perdió la noción del tiempo y fue encadenando nuevas infecciones, sin visitas ni entretenimientos, sin poder escuchar bien el teléfono... le dieron el alta. En dos días en casa ha revivido como una planta falta de agua cuando la riegan. Y es que la soledad afecta muchísimo. Y gracias a que hay capellanes que, bien equipados con todo tipo de mascarillas y trajes, visitan a los enfermos y les hacen compañía, aguantó un poco mejor. Las dolencias físicas se agravan mucho con las dolencias psíquicas. Esto sí es un cóctel letal que, por suerte, mi tía ha superado.


lunes, 18 de enero de 2021

Nieve sucia

Ha transcurrido ya una semana desde "la gran nevada" y la situación en la gran ciudad no se ha "normalizado" del todo. Es difícil con este temporal siberiano que nos ha tocado vivir y que contaremos a nuestros nietos una y otra vez.

Aún queda mucha nieve que va perdiendo poco a poco ese blanco deslumbrante. Hay calles secundarias con orientación norte que parecen pistas de patinaje. Montañas de nieve sucia se amontonan en las orillas de las calles principales y bolsas y desperdicios se acumulan en los contenedores y sus aledaños.

                      
El manto blanco va retrocediendo y deja al descubierto las miserias habituales de la gran ciudad y las añadidas como consecuencia de este desastre. "Lo poco gusta, lo mucho cansa" Esto me está pasando a mi con la nieve. Me aburre ver el patio amplio de mi comunidad cubierto de una blancura perenne. Me cansa ir al trabajo con las botas de montaña y el palo de excursionista que me ha evitado más de una caída.


¡En fin! Ahora estamos a la espera de las lluvias que no sé si mejorarán o no la situación. Desconozco si en el futuro regresaremos a esa ansiada "normalidad" que por culpa del virus o de fenómenos atmosféricos, parece cada vez más lejana.

A mi oficina pudimos llegar en metro todos los empleados y estamos funcionando como siempre. Con menos público pero con múltiples llamadas o correos electrónicos. Muchas otras sucursales con empleados que tenían que desplazarse desde lugares lejanos, y quedaron incomunicados por el temporal, no pudieron abrir.

Esto debería servir para que la empresa se diera cuenta de lo útil que es tener a sus empleados en oficinas cercanas a su domicilio. Muchas veces los "mandos" ejercen el poder e imponen el miedo, el ordeno y mando al más puro estilo cuartelario, el castigo... Y alejan cada vez más al personal de su casa. Se da la circunstancia paradójica de que el de Coslada se tiene que desplazar a Madrid y el de Madrid moverse a diario a Coslada, por poner un ejemplo.

Pues así les ha ido en esta semana pasada: sucursales cerradas o a medio gas y empleados trabajando como podían desde casa con sus portátiles. Puede que la nieve haya ralentizado algunas tareas pero otros "movimientos" del Banco han seguido su curso sin que les afectara nieve ni hielo.

A mi director, Roque Ronco, se lo llevan a otro puesto. Su carrera como director está en declive. Ha ido pasando de sucursal a sucursal, cada vez  de menor categoría. En ésta ha estado a gusto durante los escasos tres años que la ha dirigido, pero no le dejan acabar aquí tranquilamente los pocos años que le quedan de vida laboral. Hay que revolver todas las fichas, que nadie se acomode, que la incertidumbre sea el pan de cada día.

Aún no sabemos quien vendrá. Probablemente alguien joven con ambiciones. Retomaremos la dinámica de presentar al nuevo a los clientes y explicarles -si se puede- el por qué de tanto cambio.

Vamos camino de convertirnos en una de esas cadenas en que los clientes compran la pizza o el vestido y jamás ponen cara a quien les ha atendido. Porque da igual. Las caras cambian. El mundo se despersonaliza a marchas forzadas y muy pronto nos dará igual que nos atienda una persona o una máquina.

Nota: A pesar del título de la entrada ha podido más mi ego e ilustro con algunas fotos bonitas de nieve virgen. Porque también he disfrutado mucho paseando por las zonas cercanas a mi casa.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Obligada a mentir

Hoy estoy un poco harta. El director ha venido hoy "motivado" después de tomarse un día de asueto por culpa de sus habituales problemas estomacales e intestinales con los que ya no engaña a nadie. Un jeta, eso es lo que es.

Yo que estaba moderadamente contenta con él porque ni se metía en mi trabajo ni me obligaba a meterme en su despacho para asistir a sus inútiles reuniones mañaneras, comienzo a cambiar de opinión. 

La jornada la he empezado combativa, todo hay que decirlo. He sido la segunda en entrar al despacho y me he sentado en una silla cualquiera. Ha llegado Claudio y se ha situado junto a mí, de pie.

-Ese sitio está reservado -me dice para que yo me levante.

Y no estaba de humor. Sí, realmente me había levantado con un humor caústico.

-¿Desde cuando las sillas tienen nombre? Ahí tienes otra.

Y no he movido el culo. Me parece bien que la gente sea de costumbres y de rutinas, pero intentar que yo me levante porque el ex-director prefiere la silla de la derecha y no la del centro, me resulta pueril y ridículo. Pero como Claudio a veces es tremendamente infantil a pesar de sus 53 años, se ha enfurruñado y solo le ha faltado decirme, como en el colegio: "Cruz y raya para siempre"

La reunión ha sido soporífera. Más de lo mismo. Cada día es repetición del anterior. Toma listados. Haz llamadas. Que los clientes lo hagan todo por el móvil y que se metan en el máximo de "cositas" que ofrece el Banco, que todas son estupendas. Yo oía hablar a Roque y le miraba muy seriecita. Ya está. Hoy he optado por no discutir.

A última hora estábamos solos Roque y yo. Le he comentado que en la nómina había recibido un plus de trienios, pero que con gusto habría renunciado a cambio de que me hubieran admitido en el ERE.

Y entonces se ha puesto a hablarme en tono cuasi sacerdotal, sermonero, aburrido.

-Tienes que asumirlo Zarzamora, que sigues trabajando y que hay que hacer lo que el Banco quiere. Y lo que quiere es digitalizar a la clientela.

-Mira, yo cada día, y hasta la hora de cierre, trabajaré como siempre y el que me lamente de no estar fuera del Banco es humano y no me hace peor trabajadora. Puedes guardarte tus consejos motivacionales. 

Y otra vez apareció en escena la sombra alargada de Aracné, que hace poco vino ¡otra vez! a visitarnos porque yo debo de estar ya, no en el puesto 0 de consecución de clientes digitales, sino en el -2. Los que son digitales se hartan de las claves que no les funcionan, del sistema que no entienden y se olvidan de meterse en la página del Banco con la frecuencia que el Banco exige. Si los clientes no se meten al menos una vez al mes en sus cuentas, se "caen" como digitales. No cuentan como objetivos cumplido.

Esto es una locura. Trabajamos no para hacer la vida más fácil a la clientela sino para cubrir objetivos absurdos y que Aracné pueda cobrar su plus como Jefa digital.

-Sí, no te dije nada el otro día (pero ya se encarga de decírmelo hoy). Después de que Aracné hablara contigo pasó a verme.

-¿Y? Fui muy correcta y creo que quedamos como amigas.

-No te engañes. Esa no es amiga de nadie, pero no es la peor. Está muy preocupada porque le dijiste que solo hacías tres llamadas al día.

Ahí me callé que mentí. Muchos días no hago ninguna. Se supone -Aracné supone- que yo tengo tiempo de llamar a diez clientes diarios para convencerles de las bondades digitales y atraerles al Banco si necesitan ayuda para su acceso.

-Pues no te preocupes Roque. La próxima vez le digo que hago veinte. Creo que no tienen forma de comprobarlo ¿no?.

Yo notaba que Roque se estaba poniendo nervioso. Él tenía la sensación -certera- de que toda esto me traía al fresco. Y comenzó una nueva táctica. Pretendió amedrentarme.

- Zarzamora, no te estás tomando esto suficientemente en serio. Esta gente tiene más poder que el que tú crees y, si quieren, te mandan a una sucursal de Coslada y te hacen la pascua.

-Yo creo que tan lejos no. Suelen mover por la misma zona. Y ya me dejaron muy claro en recursos Humanos que era muy válida, que el Banco me necesitaba y que por eso no admitían mi petición de irme. No van a cambiar de opinión tan pronto.

Seguía riéndome internamente del director. Sus intentos de asustarme no estaban dando fruto. Yo seguí.

-Te agradezco tus consejos, pero quédate tranquilo, que si me trasladan para mí no va a ser tan traumático. Quizá viva mejor. Pero vosotros sí lo vais a notar y me vais a echar de menos. Porque dudo que encontréis a otra tan válida como yo.

Ahora, tranquila en mi casa, me miro al espejo y digo:

-He hecho 18 llamadas cada día.

Me veo con cierta tensión facial. Aracné va a notar que 18 es una gran mentira y no va a colar. Pruebo nuevamente. Me dirijo al espejo.

-Pues sí, Aracné, gracias a tus consejos y a lo bien que he conseguido organizarme, he hecho una media de 9 llamadas diarias.

Creo que esa cifra no muy pretenciosa de 9 llamadas sí va a colar. Me veo en el espejo suelta, segura de mi misma. Me empiezo a creer mi mentirijilla. Sí, la próxima vez voy a mentir a Aracné para que no regañe ni asuste al pobre director.

jueves, 18 de febrero de 2016

Síndrome de Estocolmo

A mi compañero Ángel Bendito le han trasladado, muy a su pesar, a otra oficina. Llevaba, como yo, muchos años en la misma agencia, exasperándose o riéndose con los mismos clientes, tomando su café en el mismo lugar, recorriendo los mismos comercios de la zona, haciendo la misma ruta desde su casa. Una cómoda monotonía.



Le sentó fatal que, de un día para otro, como se hace en Banca, le buscaran otro acomodo con la excusa de su valía, de su perfil comercial, de su buen hacer con los clientes.

En el nuevo destino no encontraría un bar donde fueran tan económicos sus montaditos de media mañana. A saber si encajaría con un compañero de desayuno majete, pues él no disfruta desayunando a solas. ¿Y cómo sería su nuevo jefe, o jefa? Augusto, nuestro director, es un petardo, pero después de tantos años juntos, de tantos tiras y aflojas, Ángel sabía cómo manejarle, cuándo callar y cuándo exasperarle. ¿Tendría en su nuevo puesto alguna neverita donde guardar sus elixires homeopáticos, de ajo, de áloe o de cualquier otra cosa?
           
Todas estas inquietudes rondaron su cabeza en los tres o cuatros días de gracia que los responsables de  "Recursos Humanos" le otorgaron para dejar sus asuntos pendientes más o menos atados, y permitirle despedirse de clientes que le habían visto transitar desde la juventud hasta la madurez.
                  
Y ya que se iba, obligado y a disgusto, decidió cambiar. Dejó muy claro a su nueva directora que cumpliría su horario, que no regalaría horas al Banco y que conseguiría los objetivos comerciales que buenamente pudiera durante su jornada laboral. Le recordó que entró en el Banco con pantalones cortos, como botones, que ya tenía un cierto cansancio y que haría lo imposible por todos sus nuevos clientes, pero dentro de su horario. Que había decidido vivir tras su jornada laboral. Y si a su nueva jefa no le gustaba, no tenía inconveniente en que le enviaran a cualquier otra oficina.

Ángel se ha aclimatado a su nuevo destino. No le han echado con una patada en el culo por negarse a hacer horas no remuneradas. Y de momento, está tranquilo, mucho más que con Augusto, adaptándose a nuevos clientes, sin dejar que abusen de él. Porque aquí en mi sucursal, Ángel era mucho más que un empleado; era un contable, un asesor, un psicólogo, un conseguidor, un colega. Daba la mano y la clientela le tomaba el brazo entero.

Sí, padecía síndrome de Estocolmo. No era consciente de lo mucho que sus clientes abusaban de él y pensaba que esta oficina era lo mejor de lo mejor. O quizá lo menos malo. Tenía estrés, sufría muchas veces porque se veía desbordado de trabajo -en ocasiones por su falta de organización, todo hay que decirlo- y aún así agradecía estar donde estaba.

Hace poco tomamos un café juntos, como en los viejos tiempos, antes de que me ignorara. (ver aquí mi entrada "Segundo plato")

-Estoy bien Zarzamora. ¡Yo que creía que me costaría adaptarme! Y que sepas que los compañeros de ventanilla en esta oficina, no hacen ni la mitad de tareas que aquí te encargan Augusto y Lupe. Piénsatelo, a lo mejor tú también vivías mejor en otra agencia.

Me quedé pensativa... ¿Tendré yo también síndrome de Estocolmo?

Transcribo una definición actual de lo que se considera síndrome de Estocolmo y, extraído de la Wikipedia, el hecho real, acontecido en un Banco, que originó este término.

Síndrome de Estocolmo: Trastorno psicológico temporal que aparece en la persona que ha sido secuestrada y que consiste en mostrarse comprensivo y benevolente con la conducta de los secuestradores e identificarse progresivamente con sus ideas, ya sea durante el secuestro o tras ser liberada.

Origen del término: El 23 de agosto de 1973, Jan Erik Olsson intentó asaltar el Banco de Crédito de Estocolmo, en Suecia. Tras verse acorralado tomó de rehenes a cuatro empleados del banco, tres mujeres y un hombre. Entre sus exigencias estaba que le trajeran a Clark Olofsson, un criminal que en ese momento cumplía una condena. A pesar de las amenazas contra su vida, incluso cuando fueron obligados a ponerse de pie con sogas alrededor de sus cuellos, los rehenes terminaron protegiendo al raptor para evitar que fueran atacados por la policía de Estocolmo. Durante su cautiverio, una de las rehenes afirmó: «No me asusta Clark ni su compañero; me asusta la policía». Y tras su liberación, Kristin Enmark, otra de las rehenes, declaró: «Confío plenamente en él, viajaría por todo el mundo con él». El psiquiatra Nils Bejerot, asesor de la policía sueca durante el asalto, acuñó el término de Síndrome de Estocolmo para referirse a la reacción de los rehenes ante su cautiverio.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Ciclos

Todo en la vida es cíclico: las estaciones del año, los cursos escolares, las vacaciones, la tarde deprimente de un domingo lluvioso... Todo va y todo vuelve con distinta cadencia. Y hay ciclos mucho más amplios: el ciclo sin fin de la vida, como cantaban en "El Rey León".

A Emilio Botín, cabeza del Banco Santander, se le acabó su ciclo vital la pasada semana. Yo volví a ser tía esa misma madrugada en que él moría. Así es la vida. Y la muerte. Idas y venidas a este hermoso mundo en que vivimos.

Este es un blog que dedico a la Banca a pie de calle y a ciertos desahogos laborales con un poco de mala leche, así que no voy a hablar del difunto banquero, que mucho se ha dicho ya de él. Casi todo elogioso. Y es que la muerte convierte a todos en mejores personas y borra de un plumazo cualquier defectillo o defectazo. ¡A ver quien es el guapo que critica a alguien recién muerto! Sea artista, empresario, político, o la tía abuela del pueblo.

En mi día a día bancario también hay ciclos. Augusto, el director, volvió de sus anuales y, por tanto, cíclicas, vacaciones de agosto. Y se viene arriba, como un actor en el estreno de la obra, en sus diarias (y cíclicas también) reuniones, en las que apacienta a su rebañito de personal comercial, que se ha visto ampliado por una ovejita un poco respondona. (Ya os hablaré de ella cuando la conozca un poco más).

Pero hay ciclos más amplios en mi Banco que se repiten cada lustro o cada década.
        
              

Cuando yo entré en Banca, con otro nombre comercial y otro estilo, porque el lío de fusiones y adquisiciones me hace tener un amplio registro de entidades financieras en mi vida laboral, ya me contaban los empleados veteranos, que en una ocasión a un lumbrera se le ocurrió unificar a las empresas en sucursales especiales para ellas, olvidando las preferencias de muchas compañías, que preferían la cercanía a sus sedes, antes que el peloteo de jóvenes "managers" encorbatados.

Como consecuencia de este trasiego, muchas empresas se enfadaron y se largaron a la competencia. Pero como el tiempo es como un bálsamo de olvido, pasaron algunos años y nuevas empresas volvieron a abrir cuentas en la sucursal en que a ellas les apetecía. Nuevos directivos cargados de "másters" arribaron a un Banco con otro nombre y, como no hay nada nuevo bajo el sol, volvieron a proponer lo mismo. Yo ya viví de cerca ese momento en que se obligaba a las empresas a irse a otra oficina más lejana y más incómoda que, en teoría, iba a satisfacer con creces todas sus necesidades. 

Nuevamente hubo enfados, reclamaciones, pérdida de buenos clientes, y cabreo generalizado de las empresas dóciles que habían aceptado mansamente el cambio y se veían sumidas en el caos de unas oficinas de empresas con escaso personal para tanto trabajo nuevo.

El tiempo sigue fluyendo y directores como Augusto olvidan fácilmente. Él se ha dedicado en cuerpo y alma a buscar empresas porque, realmente, son un buen negocio y hacen crecer la sucursal. ¿Y para qué? Para que en un nuevo y repetitivo ciclo, aparezca otro directivo con una nueva "genialidad" en su cabeza (para justificar su sueldazo, posiblemente, y para entretener las largas horas de permanencia en su despacho), y quite a Augusto y a otros muchos directores, todas las empresas captadas con tanto esfuerzo, para llevarlas a otra oficina adaptadísima, pijísima, con jóvenes y abnegados empleados, pero dos o tres km. alejada de sus centros de trabajo.

¡Ay, Augusto! Tanto trabajo ¿Para qué? ¿Tú no sabes que hay que aprender de la historia?

lunes, 9 de junio de 2014

Adiós, compañera.

Le faltó tiempo al departamento de "Recursos humanos" para suprimir un "recurso" de mi sucursal. En este tablero de ajedrez con pocas piezas que es cada sucursal, han suprimido un peón. Se lo ha comido Augusto (el rey, el director) pero por mandato de Kasparov, nuestro "gestor de recursos humanos".

Un cliente importante del Banco se ha trasladado a otra oficina y entendían que eso supondría mucho menos trabajo. Sobraba una persona. Augusto no lo dudó: fuera Glicinia. En principio peleó por quedársela, pero sus armas valen de poco cuando Kasparov entra en juego y ejerce su poder sobre él, diminuto rey de madera maltratado por el tiempo y los golpes, cuyo reino se limita al pequeño tablero que es su sucursal.

Así se fue Glicinia. De un día para otro. Apenas sin tiempo para despedirse de los clientes habituales, con sus pertenencias metidas de cualquier manera en una bolsa de hipermercado, sin podernos informar de los asuntos que dejaba pendientes. Aunque imagino que eso le daría igual; en una situación así debería serle indiferente. Si sus temas no resueltos se convierten en reclamaciones, peor para nosotros, ella ya no estará aquí.

Con la pena de que lleva a sus espaldas tres o cuatro sucursales, de que llega la última y siempre es ella la que acaba trasladada, que no aguanta más allá de dos años en cada sitio.

Glicinia no era mi amiga, era compañera, como el resto. Quizá yo sea rarita, pero creo que es más práctico tener los amigos fuera del ámbito laboral. A veces me ponía de los nervios porque se explicaba mal, me contaba cosas dando por supuesto que yo conocía todos los antecedentes y poniendo cara de "¿cómo es posible que me preguntes eso?" cuando yo intentaba aclararme. Tuve que aguantar decenas y decenas de fotos de alguno de sus viajes (pincha aquí) y el año pasado nos peleamos a cuenta de las vacaciones.

Pero existía una "complicidad" (esa palabra que tanto se repite ahora en los medios de comunicación) porque las dos éramos peones en este particular tablero.

Complicidad (según la RAE): Cualidad de cómplice.
Cómplice: Que manifiesta o siente solidaridad o camaradería.

Nos pasábamos las informaciones sindicales, caminábamos juntas hacia el metro, nos gustaba comer en casa de una forma sana y hacer algo de ejercicio. Criticábamos las reuniones de los jefes y no aguantábamos a Augusto, el director. Y nos ayudábamos en lo que podíamos.

Espero que le vaya bien. Cada oficina es un mundo diferente y quizá ahora viva mejor. Mientras tanto, los que nos quedamos, tendremos que discutir otra vez por las vacaciones de verano, que se han quedado nuevamente trastocadas.

                         

Adiós, Glicinia. Hemos pasado buenos ratos juntas. Siento que jamás puedas leer esto, y es que, aunque te hayas ido de mi lado, no me arriesgo a perder mi anonimato. Y quizá te enfadarías si leyeras lo que escribí en su día de tus fotos.