miércoles, 8 de julio de 2026

Gente maleducada

Hace una semana conseguí que mi marido me acompañara al cercano centro cultural, a un concierto de una joven pianista. La verdad es que muchas veces no se valora lo que se nos ofrece gratis. Me dio pena que el auditorio no estuviera completamente lleno, porque la artista era excepcional. 

Eso pasa, despreciamos lo cercano y nos vamos -pagando- a teatros lejanos, con butacas incómodas y sin apenas espacio para las piernas, con cabezas delante que nos impiden una buena visibilidad.

Y aquí, al lado de mi casa, tengo un anfiteatro cómodo, con visibilidad total, con lavabos amplios y limpios y con espectáculos gratuitos casi cada semana.

Lo único que falló ese día fue el aire acondicionado, aunque como era una planta baja, no se notaba excesivo calor. Mi marido, que percibe cualquier corriente de aire como si le atacaran con un cuchillo en su sensible cogote, se alegró mucho. Precisamente iba preocupado por si cogía frío y no le tranquilizaba mi propuesta de echarle por encima un echarpe que suelo llevar a los espectáculos en previsión de frío excesivo.

Ese día no fue necesario. Él estuvo feliz con el calorcito y disfrutando del espectáculo. Pero muchas de las espectadoras, aún más mayores que yo, permanentemente sofocadas, pese a haber dejado atrás su menopausia hace más de dos décadas, blandieron sus abanicos dispuestas a refrescarse sus orondas pechugas.

Me obsesioné. Ya no escuchaba a la excelente artista, sino que oía el ris-ras de abanicos que se aleteaban ostentosamente de forma aleatoria. Las usuarias habituales de abanico suelen "presumir" abriéndolo y cerrándolo muchas, muchas veces, y de forma ruidosa. En una plaza de toros daría igual, pero en un recital de piano me parece una desconsideración total.

Delante de mí había una de esas. Hubo un ratito en que estaba como desparramada en el asiento, medio adormilada, pero pronto volvió al ris-ras. Ya no me pude aguantar. En un cambio de tema de la pianista le di un toquecito en la espalda.

-Oiga, estamos en un concierto y el abanico hace ruido. Se puede abrir y cerrar silenciosamente, y si no, lo deja abierto en el regazo cuando no lo use.

La verdad es que la mujer me pidió disculpas y no volví a oir su ris-ras.

Cuando acabó el concierto volvimos a casa atravesando un parque. El que yo llamo, acertadamente, el parque de los perros. Era el momento de la invasión canina, el atardecer. Me dediqué a contar chuchos. Casi todos sueltos por el césped y ninguno en el espacio habilitado para ellos. Conté unos 40. Hay gente que incluso va a ese parque en coche y descarga a sus perros para que paseen por allí. Una pareja estaba lavando a su animal en la fuente de agua potable. Encima de un banco donde luego se sienta la gente vi a un perro al que su dueño estaba cepillando. No sé qué pasaría si alguien cortara el pelo a sus hijos en el parque y dejara por ahí los restos.

La gente hace "pandillas" perrunas para comentar las gracias o las dolencias de sus mascotas. En fin, todo invadido y yendo a más. Una batalla perdida.

El fin de semana pasado hice una excursión familiar por la orilla de un arroyo de montaña. Por allí hay ganadería y en ocasiones se ve alguna vaca dentro del río. Entiendo que si una vaca se mete en el río, también se pueden meter personas y... perros.

Estaba yo con los pies en el agua, en una zona con unas pozas bien bonitas. Algunos valientes se habían sumergido completamente. ¡Y cómo no, llegó un majadero con su reata de perros! Pronto dejó de ser reata porque los soltó.  Vi que mis botas peligraban y que los animales podían pisarlas, y dije con antipatía al dueño.


-Aparta a tus perros, que voy a calzarme. Estaba aquí antes, pero tus tres perros lo están invadiendo todo.

- Tres no, cuatro -dijo el muy imbécil.



No discutí porque estaba mi hija y no quería amargar la excursión con peleas y porque en ese lugar creo que no hay prohibición de baño animal. Pero habiendo humanos, si esos dueños tuvieran una pizca de educación, se habrían ido a otra zona.

Subí a la roca en que estaba mi hija y deseé con todas mis fuerzas que el hombre tropezara y se cayera con toda su ropa dentro de la poza más profunda, y que la mujer resbalara mientras iba en busca de Cairo, o Jairo o no sé qué perro que se le escapaba río abajo. No hubo suerte. Los perros lanosos se bañaron y se sacudieron el agua en modo aspersor, sin importar quien estuviera al lado.

Y acabo ya con la gente maleducada. En la piscina donde voy habían reservado dos calles -separadas por corcheras- para que los niños de la urbanización estuvieran tranquilos. Era parte de su "campamento urbano" La piscina es inmensa, no había mucha gente y se podía nadar muy bien en el resto del espacio. 

Un vecino comenzó a quejarse porque le habían privado de la "calle" donde él quería nadar. Sacó a relucir la "legalidad" diciendo que esa apropiación por parte de los niños (hijos de otros vecinos) se debería haber aprobado en junta, y que dónde estaba la autorización y no sé qué más cosas.

Afortunadamente el socorrista no le hizo caso y le dijo que tenía el permiso de la administración y las corcheras se iban a quedar allí durante una hora. El quejica quedó en evidencia frente al resto de vecinos que no veíamos ningún problema en que veinte niños disfrutaran seguros y separados de los mayores.

No sé... Quizá si hubieran reservado una calle para perros al señor quejica no le habría parecido tan mal.


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