Mostrando entradas con la etiqueta Lenguaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lenguaje. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de agosto de 2021

Infantilismo

Ciertas personas suelen guardar en huchas toda la calderilla que les sobra con la ilusión de hacer un viaje, tener una comilona especial o comprarse algún artilugio tecnológico céntimo a céntimo.

Luego vienen al Banco a por cartuchos de plástico para meter sus moneditas. Se entretienen durante unas horas seleccionando y colocándolas según su valor y vuelven al Banco para ingresar esos dinerillos ahorrados durante el año. Ahora todo ha de pasar por cuenta y tenemos prohibido cambiar alegremente grandes cantidades de monedas por billetes. Ya ni el contenido de las huchas es un secreto para los Bancos.

Yo recomiendo a los clientes que ahorren en billetes. Quizá tengan que hacer otro tipo de abertura en el cerdito de barro, pero es más útil dadas las restricciones actuales para operar con efectivo en los Bancos: horarios limitados, rechazo al no cliente y derivación a cajeros para muchas operaciones.

Cuando el público ya se va concienciando de que esa forma arcaica de ahorrar no tiene futuro, mi banco decide lanzar una campaña para ahorrar con el móvil. ¡Ahorrar comprando! Eso dicen. Tremenda contradicción que intentan vender como verdad absoluta. Y habrá quien se lo crea. 

No le he cogido aún el punto a cómo va a ser. Creo que acumulará redondeos al alza de tus pagos, te descontará dinerito de tu cuenta (a tu elección) para evitarte la tentación de sacarlo antes del momento de tus paradisiacas vacaciones, te facilitará pedir dinero a padres y familiares (dame algo, por caridad, que me merezco un portátil nuevo). Y todo esto lo sumará y te lo dejará aparte para que el usuario se lleve la sorpresa de un ahorro "inesperado"

El "slogan" para convencer al público es que "cuanto más compras más ahorras". Frase contundente, engañosa, retorcida y manipuladora. Habrá quien se lo crea. ¡Cómo se juega con las palabras y los números!

En el fondo de todas estas novedades subyace una concepción infantil del cliente. Un ser incapaz, despistado, que no sabe organizar sus ingresos por sí mismo, sin visión de futuro, que no conseguirá sus caprichos vacacionales si no es echando dinero al cerdito o usando una aplicación bancaria para el móvil -otra más, las app no tienen fin- en la que su banco le ayude a ahorrar. 

¡Ojo! Y además le ayuda a ahorrar gastando. Su Banco consigue lo imposible. ¿Cómo no vamos a amarle?


domingo, 22 de diciembre de 2019

Tiempo de esperanza

Las navidades me han pillado por sorpresa en la oficina. Han sucedido demasiadas cosas durante este largo periodo en que he tenido abandonado el blog. Por un lado, situaciones personales de idas y venidas "vacacionales" en pequeñas dosis, pero que me suponen un ajetreo de hacer y deshacer la maletita y prever lo que necesitaré para las climatologías variables que suelen ser mi destino.

Las estaciones de tren me calman, pero los aeropuertos -uno de los viajes fue en avión- me alteran. Una de mis cuñadas dice que disfruta curioseando en las tiendas de los aeropuertos, probando perfumes y cremas, viendo trapitos o recuerdos variados. Yo las ignoro. Con lo acopladito que suelo tener mi equipaje en maleta pequeña, lo último que querría es alterarlo con más cachivaches.

A pesar de mis pequeñas manías, volví descansada  de cada una de mis "escapadas" como ahora llaman en las agencias de viajes a estas salidas de pocos días. Tienen su parte de razón, intentamos "escapar", fundamentalmente, de la rutina y agobios laborales. Parece una tontería, pero cuantos más kilómetros pongo por medio, menos me acuerdo de Roque, Lupe, Claudio y Tolosa, este equipo peculiar con el que trabajo yo, Zarzamora.

Pues bien, a este equipo le han dado la vuelta como a un calcetín. Al poco de mi último regreso comenzaron los movimientos: a Lupe, mi jefa directa, la mandaron a una nueva oficina. No era un ascenso. La nueva sucursal no era de mayor categoría, ni le daban ningún tipo de plus. Sencillamente, era un movimiento "transversal", palabra que se ha puesto muy de moda entre los mandamases que revuelven y mezclan a los empleados como si fueran fichas de dominó sobre el tapete de juego de cualquier bar de jubilados.

Lupe siempre se quejaba de que se habían olvidado de ella, que estaba "enterrada" en esta sucursal "de mierda". Así decía. Pues bien, ya le han cambiado de enterramiento, como a Franco. Si el cambio la ha apenado lo ha disimulado muy bien. Parece que en su nuevo destino todos son estupendos.

-El cajero descuadra casi a diario -me decía un día entre risas- ¡Pero es muy simpático!

¡En fin! Yo prefiero a alguien menos jovial, que se concentre y no haga perder el tiempo a los compañeros buscando descuadres debidos a sus despistes cotidianos.

Lupe está -aparentemente- bien instalada en su nueva oficina. Ha asumido que, a pesar de ser relativamente joven, no hay perspectivas de progresión profesional en este banco de nuestras desdichas. No hay cambios "ascendentes", como cuando yo entré en otros tiempos y en otro Banco ya inexistente. Los cambios son, algunos "transversales" y muchos otros, descendentes, abocados al precipicio más profundo. Los directores con ciertos años a sus espaldas no son queridos por Recursos Humanos. Pero a la gran mayoría no les han aceptado su solicitud de acogerse al ERE. Les degradan -de oficina o de funciones- en favor de muchachos jóvenes, más dóciles, con salarios más bajos y dispuestos a dejarse la piel pensando que un brillante y prometedor futuro profesional será la recompensa al duro esfuerzo del presente. Lógicamente, esto ya no cuela entre los que peinan canas.

Así que ahora tengo nuevo jefe. Proviene de otro Banco "fusionado" con el mío y tiene carencias en el dominio de nuestras penosas aplicaciones informáticas. Le prefiero a Lupe. Me transmite paz y seguridad. No como Lupe, que era un poco extrema y voluble. Un día era simpática y dicharachera. Otro día gritaba, reprendía y despachaba trabajo a los demás a velocidades de croupier repartiendo cartas. He pasado cerca de diez años con ella y no la echo de menos. ¿Seré insensible?


Estoy ya inmersa de lleno en la Navidad. No me gustan muchas cosas que hace mi Banco, pero con estos cambios -en mi próxima entrada os contaré la otra novedad en mi oficina- yo estoy bastante mejor. 

Es Navidad y para mí, laboralmente, es tiempo de esperanza. Creo que voy a trabajar con mucho más sosiego.

¡Feliz Navidad a todos los lectores que tenéis a bien escuchar mis cuitas! ¡Un abrazo!

lunes, 25 de marzo de 2019

A la defensiva

Ahora tenemos en nuestra zona (la "zona" es una agrupación de oficinas cercanas) a una "responsable de digitalización" que hace unos días nos convocó a una reunión a empleados de baja categoría -como servidora- para indicarnos lo importante que es nuestro trabajo, lo buenos que somos y lo necesario que es convencer  a todo cliente que pase por nuestro puesto de que se haga él solito las gestiones a través de Internet y, si lo hace con su teléfono móvil, miel sobre hojuelas. Eso es lo que pide el Banco y ya está.

Hoy en la sucursal se nos ha planteado un problema con un cliente que vive en el extranjero y que no tenía firmados unos papeles que, ahora, con este maremágnum de normativas comunitarias, son obligatorios. Como este joven era "digital total" mi jefa llamó a la señorita Aracné Red -la que me dio la charla- para ver si lo podía firmar todo digitalmente desde EEUU.

Oh, sorpresa, no podía ser. Los papeles tenían que venir por mensajería. La digitalización no está cuando se la necesita. Aracné no nos solucionó el problema. Tuvimos que confiar en Correos. Pero aprovechando la llamada de mi jefa, le dijo:

-Lupe, ponme con Zarzamora, por favor.

Mi jefa me puso en alerta.

-Te paso con Aracné. Creo que te quiere regañar.

-¿¿¿Quéeee??? -respondí.

-Debe ser porque vas mal en clientes digitales -me dijo Lupe.

No aguanto a Aracné. En aquella reunión nos dijo que nos mandaría correos y que los archiváramos en una carpeta especial. Son tan rollo, tan reiterativos, que no solo no los archivo, los borro sin leerlos. Detesto sus frases en negrita, con mayúsculas, o con resaltes en fosforito amarillo, arengando un día tras otro con frases como:

-¡Ánimo, guerreros digitales, vamos a por ello!
-¡Equipo, podéis conseguirlo, a superar las malas posiciones!
-Mucho ánimo, estamos en el buen camino. Vamos a ser líderes.

Esta mujer se debe de chutar con libros de autoayuda por las noches.

No puedo; de verdad que se me atraganta tanta tontería. No soporto esa forma infantil de animar. ¿De qué equipo me habla? ¿Todos a trabajar lo mismo para ganar sueldos diferentes? Soy la que menos gana en la oficina, no me pueden pedir las mismas responsabilidades. Estoy harta de la palabra equipo, que solo sirve para aumentar las exigencias.

-Zarzamora, quería hablar contigo -comenzó Aracné- No consigues clientes digitales.

-Ahh, pues... no sé. A todos les digo que se descarguen la aplicación, que yo les ayudo. Pero unos tienen prisa, otros son mayores, algunos móviles no tienen datos...

-No, Zarzamora. Así, no. Les tienes que pasar a mesas. Les dices  que Claudio, o Tolosa, les tienen que comentar algo interesante.

-Aracné, no sé si ese argumento es mejor. Si les mando pasar a mesas entonces sí que se marchan escopetados, porque identifican mesa con: "algo me querrán vender, mejor huyo"

-Mira Zarzamora -ya le notaba yo un tonillo impaciente- estás a la defensiva y así nunca cumplirás los objetivos.

-Aracné, llamas estar a la defensiva a contarte mi realidad diaria que no te interesa conocer: sacar las claves al cliente, ayudarle a entender la dichosa app que cambia de formato día sí y día también no es cosa de un minuto. Si se forman colas en ventanilla, el público no entiende que tienen que esperar porque yo estoy dando una "master class" de uso de una aplicación bancaria.

La experta en digitalización no se daba por vencida y me dijo que tenía que hacer autocrítica y que veía un poco negro mi futuro si no levantaba mis malas puntuaciones.

-Y ahora me vuelves a pasar con Lupe -concluyó, ya visiblemente enfadada.

-Con mucho gusto. Además ya tengo a bastante gente esperando, nerviosa, a que acabe esta conversación. Muchas gracias por tus consejos y por querer ayudarme- le dije con una falsedad que me tuvo que notar en la voz.

Casualmente hoy hemos comido juntas Lupe y yo antes de volver a nuestras casas y nos hemos reído de Aracné, del banco, de las charlas, las presiones, los controles diarios para ver qué se hace,qué se vende, a quién. cómo, cuándo, por qué.

-Pues sí, Zarzamora, me ha dicho que te ponga las pilas con este asunto. Como soy tu responsable, si no hacemos digitales a todos los viejos, que son mayoría en la oficina, voy a ser yo su próxima víctima.


Y risas de las dos, y más risas. Tanto Lupe como yo sabemos que nadie nos va a echar del Banco por hacer más o menos clientes digitales. Hay que hacer cosas muy graves para un despido. Y esto no deja de ser una ocurrencia más que será desplazada por otra ocurrencia pasado un tiempo.

Aracné, en el fondo, me produce ternura y admiración. Es difícil estar tan entusiasmada como ella en un trabajo tan... "bluf". Organizar reuniones, arengar a los "guerreros digitales" diariamente y asustar a rebeldes como yo con las penas del infierno bancario debe de ser muy triste. Es un trabajo tan carente de sustancia que sería imposible explicárselo a niños de educación primaria. Afortunadamente, hace ya muchos años, yo sí fui capaz de explicar a mi hija y a sus compañeros qué hacía en el banco.


lunes, 13 de agosto de 2018

Miedo al futuro

Al volver de mis vacaciones me enteré de que ahora no solo debemos ser amables con la clientela -algo que se da por supuesto en los que trabajamos de cara al público- sino que tenemos que decir siempre la misma fórmula de saludo y de despedida cada vez que atendemos a un cliente. Así los clientes sabrán sin ningún género de dudas que están en el "Banco Amabilidad sin fin" y no en otro. En todas las sucursales de este banco se les recibirá con el mismo mantra y no hay posibilidades de variación, salvo con clientes ya muy conocidos -afortunadamente la mayoría- que admiten los saludos variados que se me puedan ocurrir y que no tienen por qué coincidir con la tipología que me imponen.

Consejo de mi jefe: "Cuando veas a una persona desconocida, recita lo que nos indican, al resto trátales como siempre haces". Tendremos "exámenes sorpresa" sobre esto. Hay empresas contratadas por mi Banco que ganan sus dineros yendo a las oficinas y comprobando si se saluda correctamente, si se ofrecen los productos adecuados (es decir, los productos que nos obligan a vender), si la publicidad está actualizada... y luego nos ponen una nota. Así que siempre intentamos detectar a los "infiltrados" y hacerles la ola para salir bien parados en esta farsa. Si nos ponen mala nota no cobramos nuestro pequeño "bonus"  a cuenta de la calidad.

¿He dicho calidad? No, no. Es "experiencia de calidad"Los modernos llaman a todo experiencia. Experiencia viajera (vacaciones), experiencia gastronómica (comilona), experiencia acuática (saltar olas en el mar), experiencia de cliente (atender al que viene).

Yo sigo con mi experiencia bloguera de hoy intentando conseguir la "excelencia", que eso también es "lo más" hoy en día. Excelencia por todos lados: excelencia educativa, excelencia bancaria, excelencia literaria... Más nos valdría no suspender en nada, vivir más felices y prescindir de tanta excelencia.

Esto que cuento del saludo impuesto, aún, aún... tiene un pase, pero no me resisto a transcribir los párrafos de un artículo en "Cinco Días", periódico económico, que augura una especie de "Gran Hermano" en cada oficina. Y esto sí que me empieza a preocupar porque deja la libertad de todas las Zarzamoras de España muy mermada.

Pensamiento, Idea, Innovación, Imaginación, Inspiración

"Las nuevas tecnologías permitirán captar y registrar todo lo que ocurra en las oficinas, desde la gestión de filas y mapas de calor  hasta los tiempos de interacción o expresiones corporales de gestores y clientes unido a todo lo que comentan. Esta información favorecerá la optimización sistemática de procesos internos de la oficina..."

El artículo sigue con más rollo y saturación de palabrería pseudo empresarial que es pura paja. Los mapas de calor son los puntos que centran mayor o menor atención del usuario. Al principio no sabía si se referían a la situación térmica de las sucursales o si nos iban a poner un termómetro en cada silla para ver qué grados alcanzaba.

Yo sé que hay cámaras en mi lugar de trabajo y que quienquiera que visione esas grabaciones puede ver si un día me he metido el dedo en la nariz, he bostezado ante algún cliente pesado, o he enseñado las bragas al agacharme más de la cuenta con un vestido "demás de corto" como dice mi madre. Pero actualmente eso no condiciona en nada mi forma de comportarme, porque sé que las cámaras no están para el cotilleo sino que son una herramienta para casos de robos, estafas o por si la policía nos pide datos porque sospechen de un "malo" que ha pasado por allí. No tienen sonido y desaparecen pasado un tiempo.

Lo que me preocupa es que amparándose en una mejora de la eficiencia vayan a controlar si sonrío más o menos, si muestro repelús ante algunos clientes, si converso con más alegría con unos y despacho rápido a otros.
No quiero que, además de imponerme las fórmulas de cortesía que se le han ocurrido a mi Banco, me exijan una determinada forma de interaccionar acorde con el "standard de la empresa. Detesto que encorseten mi forma de tratar al público porque algún genio del marketing opine que un determinado trato conseguirá ventas más suculentas. No quiero que me conviertan en aduladora del poderoso y esquiva con el que no tiene nada que interese al Banco.

El otro día leía una frase que me gustó: La sociedad robotizada no es aquella en la que nos servirán los robots, sino la sociedad actual, en que nos quieren convertir a todos en robots.

miércoles, 19 de abril de 2017

Mario es especial

A veces digo que "he heredado a Mario", a sus revistas de pasatiempos y a sus fotocopias con corazones y mensajes de alegría y entusiasmo.

Mario viene a la ventanilla de mi oficina desde hace muchos años, antes de que yo ocupara ese puesto. Siempre se dirigía a la caja y mis antecesores le compraban un librito de pasatiempos para ayudar a una organización de sordos y le sellaban la hoja donde se apiñaban sellos de los más variopintos comercios.

Hay días de mucha tralla en que cuando veo aparecer a Mario pienso, egoístamente, que me viene mal atenderle, que me va a entretener, que ojalá no hubiera entrado por la puerta. Que no tengo tiempo para él y no puedo conversar.

Mario, a veces, sorprende a los clientes. No controla su "voz" y emite unos ruidos que parecen graznidos, o simulan el "Uhh, uhh, uhh" con el que amenizamos los cuentos de los niños cuando aparece el fantasma o la bruja. Y "habla" alto. He visto a más de un cliente dar un respingo, asustado.

Cuando noto inquietud ante esos sonidos inesperados, enseguida digo: 

-No se preocupen, es sordo.

Sí, digo sordo, como reza la pegatina de sus pasatiempos: "Asociación de sordos". Ya sé que en esta época tonta que nos toca vivir lo "correcto" es decir "discapacitado auditivo" o "persona con otras capacidades", pero yo soy así de económica con las palabras.

Cuando le llega el turno a Mario se golpea el corazón con el puño y me señala. Es su forma de decir que está contento de verme, que me aprecia. Despliega un folio con el alfabeto y va marcando letras.

-Buenos días
-¿Y la familia?
-Biene el día frío.
-Ai mucha jente hoi aqi

Sí, a veces me cuesta entender a Mario por sus faltas de ortografía al marcar las palabras en su alfabeto.

Yo le contesto despacio para que me lea los labios, y bajito, porque total... no oye.

        Resultado de imagen de sordos

A veces se ha cruzado con Augusto, el director de la oficina.

-Uhh, uhh, uhh- le grita mientras extiende su mano.

Augusto le rehúye y se escapa diciendo "estoy muy ocupado" entre dientes. Mario hace un gesto de desprecio, como quitándose enérgicamente motas de polvo de la chaqueta y vuelve a enarbolar su abedecedario.

-¿Qué le pasa a tu gefe? Solo quería saludar.

Intento excusar al que no merece ninguna disculpa y le digo vocalizando cuidadosamente:

-Ya sabes, los jefes siempre están muy ocupados.

Pero Mario no es tonto y se ha dado cuenta de que su mano ha quedado ahí sola, colgando, ignorada por el director.

-Es un maleducado- vuelve a marcar en su alfabeto. 

Le pago la sopa de letras y le pongo un sello en su hoja de visitas. Él me regala una fotocopia con el dibujo de una rosa y un mensaje que dice: Las mujeres son las rosas más bellas.

Le veo marchar. Quizá no vuelva hasta dentro de dos meses y me alegro de, a pesar de las prisas y la gente, haberle dedicado un tiempo. Los clientes le despiden con una sonrisa, ninguno se ha impacientado. Me ha alegrado la mañana con sus mensajes positivos.

Muchas veces pretendemos ser voluntarios o solidarios en lugares lejanos y nos olvidamos del cariño que necesitan los que están más cerca de nosotros. Cuidemos a todos los Marios que nos rodean.

martes, 15 de noviembre de 2016

Vengo a daros caña

Esta mañana he llegado puntual a mi oficina. El director nos ha amenazado con que no tolerará ni cinco minutos de retraso al entrar. Está deseoso cada mañana de meternos a todos en su despacho lo antes posible. Es la "reunión" diaria y obligatoria de la que, pese a mis intentos, yo tampoco puedo escapar.

Hoy había alguien con él, sentado al otro lado de su escritorio. Han salido juntos del cubículo y Augusto nos lo ha presentado.

-Zarzamora, te presento a D. Demetrio Lata, responsable regional de la actividad comercial del Banco.

No sé si ese era exactamente su cargo o no. Me da igual. A veces nos abruman con comunicados acerca de quiénes están en determinados puestos, muchas veces les ponen nombres  -o siglas- en inglés, que fardan mucho más: manager, assistant, country head, CEO (chief executive officer). 

El señor Lata no debía tener una categoría estratosférica, porque su cargo se definía en español.

Me dio dos besos. En estos casos intento hacer una "cobra" -como la que dicen que hizo Bisbal a Chenoa en el concierto- muy disimulada. En fin, que doy dos besos al aire e intento evitar roce de mejillas. ¿Por qué no darán la mano a las mujeres? ¿Por qué tenemos que padecer besos de extraños?
Red, Sociedad, Social, Comunidad, Cooperación, Zirkel
Enseguida pasamos al despacho del director. Sentaditos todos, como en el colegio cuando, expectantes, deseábamos que ese día el profesor no sacara a nadie a la pizarra.

Demetrio lanza su primera pregunta a Claudio Bobo, mientras toma notas en un cuaderno con interés ficticio. Puro postureo, que dirían los jóvenes.

           Diario, La Escuela, Oficina, La Educación, Portátil
-¿Cuantas llamadas a clientes hiciste ayer Claudio?

Claudio le mira a los ojos y responde convincentemente:

-Quince.

¿Quince llamadas y las quince con respuesta humana? Eso es materialmente imposible, pienso. Pero el Sr. Lata se lo cree.

-¿Resultados? -repregunta el súper jefe visitante, anotando algo en su cuaderno cuadriculado y sin mirarle.

Claudio se explaya: una cuenta, un seguro, varios posibles préstamos...

-Bien, bien, hay que seguir con ese ritmo. Ya que cada vez viene menos gente a esta oficina, la solución es llamar a los clientes. Llamar y llamar. 

Otro igual, todos con la misma letanía de las llamadas.

La siguiente en someterse a escrutinio es Lupe, que responde sincera:

-Cinco llamadas y sin resultado positivo

Demetrio alza la vista del papel y enarca las cejas. Su boli Bic tamborilea sobre las hojas del cuaderno.

-¿A qué se deben tan pocas llamadas?

-Fue un día duro -responde mi jefa- Vino bastante gente con incidencias, tuve que ir al notario a firmar, están muriendo algunos clientes y tengo que tramitar las testamentarías. No hay tiempo para llamadas.

-Pues habrá que sacarlo- reconviene, severo- Llamar a los clientes, concertar citas  con ellos, explicarles nuestros productos. Es la única forma de conseguir los objetivos marcados por nuestro Country Head. Sabemos que estamos en una encrucijada difícil pero contamos con todos vosotros. Hay que poner todo el interés.

Fin del mitin, al menos, para mí. Justo en ese momento llamó el primer cliente. Como en el colegio. ¡Salvada por la campana!

-Si me disculpáis, los clientes esperan -les digo mientras abandono el despacho dignamente, sin haber pasado ningún examen.

He agradecido mi soledad en el patio de operaciones, he disfrutado con la charla con los clientes habituales. Yo, fuera, el resto de la plantilla, dentro.

A media mañana, cuando la sombra amenazante de D.Demetrio Lata no se cernía sobre nosotros, he hablado con Claudio.

-Claudio, eres mi héroe, ¿de verdad has hecho tantas llamadas exitosas? -le digo entre risas y con cierta sorna.

-¿Yoooo?¡Qué va! Pero eso era lo que ese petardo quería oír. Ni siquiera lo va a comprobar. Mira, para que te echen del Banco, o metes la mano en la caja bien metida, o falsificas algún contrato, o algo gordo. Pero por no hacer estas llamadas estúpidas que no sirven de nada nadie te pone en la calle.

-Ya, pero imagino que es duro que os estén machacando siempre con objetivos que hay que cumplir ¿No te agobia?

Pero a Claudio ya no le agobia nada. Cuando has pasado por una enfermedad grave y has mirado a la muerte casi a los ojos, lo que te diga un cantamañanas como este jefe regional te da igual.

Demetrio Lata se fue contento a otra sucursal, para atormentar a otros pobres empleados y para mayor gloria propia, con la certeza de que el futuro está en llamar y llamar a los clientes. Y seguirá con esa certeza, porque nadie le cuestiona en ninguna oficina, nadie le dice lo imposible que es cumplir los objetivos desmesurados que marca el Banco.

Como en el cuento del traje nuevo del emperador, nadie le ha dicho todavía que va desnudo.



lunes, 4 de julio de 2016

Las historias que nunca se contaron

A mí me pasa mucho. Me quedo a medias contando cosas en el trabajo. La inmediatez del público, el estrépito del teléfono impertinente, la desgana del interlocutor... Hay mil historias, la gran mayoría relacionadas con clientes y que supondrían posibilidades comerciales, que empiezo a contar y nunca termino. Me pasa a mí y nos pasa a todos.

Cuando volví de unas vacaciones traje planos turísticos y folletos variados a Augusto, el director, que se había mostrado interesado en el lugar.

-A ver si tenemos un poco de tiempo y me cuentas con más detalle -me dijo un día mientras salía a comer.

Nunca hemos vuelto a hablar de eso. Era solamente charlar, no soy de las que abruma con fotos ni explicaciones excesivas, pero el momento pasó y ya no tiene ningún sentido retomarlo.


Hablamos a salto de mata. Enfermedades de los niños, estudios de nuestros hijos,  planes de fin de semana... todo se queda a medias porque siempre hay interrupciones. En mi trabajo suele faltar tiempo para contar cosas.

Pero hay ocasiones en que sobra tiempo que hay que llenar con conversaciones. Eso es lo que pasó en la última boda a la que he asistido.

El anterior director de la sucursal nos invitó a mí y a otros compañeros que ya no están conmigo, a la boda de su hijo.

-Vaya marronazo -pensé- una boda de compromiso. Mi marido dirá que pasa de ir, a mí no me apetece... A ver qué excusa invento.

Finalmente no tuve que inventar. Fui por una cierta pena, porque eran tan pocos de familia que  si no iban amigos o ex-compañeros, la cosa iba a resultar reducida. En fin, reducida para los estándares actuales de bodas, que se han convertido en todo un espectáculo.

Fui sin marido y sin expectativas, que es lo mejor que le puede pasar a una. Sí, no es agradable ir con tu amorcito, que no conoce prácticamente a nadie en ese sarao y al que se le puede dibujar en la cara un bostezo permanente a la primera de cambio. Y al no esperar grandes cosas de la fiesta, es más fácil acabar satisfecha.
 

Después de la ceremonia fuimos a un bonito sitio campestre donde hubo cóctel al aire libre -buenísimo- y luego cena -regular, con exceso de queso y carne muy poco hecha- ya bajo techado. Durante la cena nos sentaron a los antiguos compañeros del padre del novio con unos extraños. Podría haber sido una experiencia horrible, una búsqueda constante de temas banales para llenar ese tiempo largo de la cena, o podríamos haber hecho dos grupos con conversaciones paralelas. 

Afortunadamente una de las "extrañas" llevó la voz cantante durante toda la noche. Yo apenas metí baza -y eso que me gusta hablar- pero con ella era difícil conseguir hilvanar más de dos frases seguidas. De todos modos, yo ya estaba suficientemente entretenida apartando el queso del primer plato e intentando que me dieran un solomillo que no sangrara.

Agradecí toda esa charla banal que evitó silencios tensos; me encantó que no se hablara de Banca y que no comenzara la andanada de críticas habitual hacia el sector, pero cuando llegaron al momento "móvil" creí que me daba algo. Yo enseño fotos de mis hijos en momentos muy, muy contados, y que una señora a la que acabo de conocer me fuerce a ponerme las gafas para ver fotos de sus hijos ¡de treinta años!, me parece el colmo de la dependencia actual de los móviles, la mensajería, y las fotos a barullo. En fin, que no importan tanto las vivencias como tener testimonio gráfico de ellas.

Lo pasé bien en esa boda de compromiso, pero me tranquiliza pensar que, dada la situación personal de mis compañeros actuales de sucursal, todos casados y sin hijos en edad "de merecer", no creo que me vea próximamente en bodas de "hijos de..."

jueves, 30 de octubre de 2014

"Poner en valor"

Son las palabras de moda, que están comiendo terreno a las frases, ya con cierto olor a rancio, que estaban en los primeros puestos de las  listas de "novedades léxicas". A saber: "Con la que está cayendo". "Esto es lo que hay". "No podía ser de otra manera". Con estas y otras frasecitas nos acribillan los periodistas, los contertulios de radio y televisión, que saben de todo y tienen nuna envidiable verborrea, los políticos, que utilizan siempre treinta palabras en lugar de cinco para no decir nada y, para no ser menos, cualquier directivo bancario de medio pelo o de las más altas esferas. Que en esto no se distinguen mucho.

¡Qué chulo es adornar discursos vacíos con palabras de moda  y apuntarse al carro de lo que se lleva!. Porque en el léxico también hay modas. ¿Os acordáis del famoso "un poquito de por favor", repetido hasta la nausea, o del "sí o sí" con el que concluyen los jefes tras impartir sus perentorias instrucciones?

Los comunicados bancarios resultan ser  un cóctel en que se mezcla un poquito de léxico inglés de corte pseudo empresarial y una buena dosis de frases largas con escaso contenido, muchas veces ininteligibles, que ayudan a rellenar huecos. Todo esto, sazonado con unas cuantas palabras de moda, "pone en valor" el discurso anodino de directivos o consejeros que intentan justificar sus sueldos desorbitados inundándonos de ponencias, entrevistas para su mayor gloria, objetivos, artículos de carácter social...

                     

Transcribo algunas frasecitas. Quizá, aunque soy tremendamente lectora, no estoy preparada intelectualmente para captar tanta sabiduría de mis superiores.

"Los principales proveedores de nuevas referencias  (????) son los clientes actuales, que claramente lo recomiendan (al Banco) entre sus familiares o amigos"

¡Menos mal que leí la frase completa y comprendí que, en este caso, la referencia significaba cliente! Pero es que esto seguro que la ha escrito alguien que tiene dos "masters" y ha trabajado en el extranjero y, claro, se lía con el idioma.

"Para el año 2014 nos hemos marcado objetivos muy ambiciosos que nos han de servir de catalizador para el logro de las cifras de beneficios marcadas"
              
La  palabra ambición, por supuesto, nunca falta en ninguno de estos discursos panfletarios. Lo de catalizador, no acabo de verlo. Aparte del significado en el ámbito químico, se puede llamar catalizador a la persona o cosa que, con su presencia, es capaz de hacer reaccionar un conjunto de factores. Pero los objetivos que, por definición, son algo aún inexistente, que se puede o no se puede conseguir, no los veo yo como catalizadores de nada. Pero qué bien queda la palabra ahí en medio de esa frase. Al final lo que quieren decir es que el Banco quiere ganar más que el año pasado. Pero el catalizador queda tan elegante...

"Nos centramos en un proceso de transformación que pone el foco en la figura del cliente" El que escribió esto todavía no sabía que "poner en valor" iba a ser tan popular como "poner el foco", porque si no, posiblemente  hubiera dicho que iban a "poner en valor " al cliente. ¡Con lo sencillo que sería decir: "vamos a centrarnos en el cliente" o "vamos a valorar al cliente". En mi Banco me parece a mí que economía de palabras no hay mucha.

Y el colmo es cuando alguno de estos "literatos", posiblemente después de haberse tomado el sexto café porque si no "no es persona" (otro topicazo para la colección) o tras haber ingerido un "Red Bull" para aguantar su "maratoniana jornada laboral", se despacha con un símil pugilístico y nos habla de la "potencia de pegada del Banco". Se refería a temas publicitarios y de impacto en los medios. Me parece una expresión burda y carente de elegancia, impropia de un importante directivo.

En el Banco nunca dirán que hay aspectos laborales que fallan. Lo suavizan escribiendo: "Tenemos margen de mejora en cuestiones como equilibrio entre la vida personal y laboral". Sería mucho más claro que dijeran: "Queremos que todos los empleados salgan a su hora para estar con sus familias".  No lo dicen porque están encantados de tener a pelotas como mi director, Augusto, calentando el asiento incluso los viernes por la tarde.

Con lo clara que es la palabra "encuesta", un consejero delegado la envuelve en papel de regalo, le pone un lazo y la convierte en "proceso de escucha". Un tres por uno como los del supermercado.

Mi Banco parece que quiere simplificar nuestro trabajo, aunque verbalmente lo dice de forma enrevesada: "Se han lanzado varios proyectos para identificar, simplificar y gestionar los procesos críticos con visión cliente". Han pasado meses y estoy en un sin vivir porque nadie me ha aclarado qué procesos críticos son esos. Aunque me dejó un poco más tranquila saber que esos "principios básicos de mejora (que sigo sin saber cuáles son) son una palanca clave para una mayor competitividad" En el próximo discurso la "palanca clave" quizá se convierta en piedra angular.

Y como colofón os dejo una cuantas palabras entresacadas de diversos textos bancarios y que me dañan la vista. El oído no, porque las leo mentalmente. Pero cualquier día me pondré a repetirlas como si fueran un mantra relajante. Quizá recitadas en voz alta ayuden a los insomnes. Entre todas hay dos que aparecen en el diccionario de la Real Academia. A ver si adivináis cuales son.

Ranquinear
Dudosidad
Facilitación
Zonificación
Cancelabilidad
Tangibilizar
Gamificación
Prestamización