domingo, 21 de febrero de 2021

Confusión

 Tengo pocas ganas de escribir. Esa es la verdad. He decidido aprovechar este ratito "muerto" antes de salir a comer con unos amigos para contar mis últimas "vivencias" laborales. 

Este lunes se incorpora una nueva directora que sustituirá a Roque Ronco, que no era mala persona, pero con su vozarrón y su barba desaliñada asustaba a muchos de los clientes que, poco a poco, me van confesando cierta alegría por su marcha. 

La que también se alegra es la chica de la limpieza que ya no tiene que tirar docenas de botellas vacías de Coca Cola ni las colillas que Roque envolvía en tres o cuatro servilletas de papel en el baño, intentando disimular los cigarritos que se fumaba a escondidas asomando la cabeza por la ventana del patio interior.

El otro día le encargué que limpiara bien el despacho que ha dejado vacío Roque y que mañana ocupará su sucesora. Algunos cajones tienen material de papelería. Hay muchas carpetas que probablemente tiraremos. Vi un paquete que hace dos años le tocó en un "amigo invisible" que hacíamos en las comidas navideñas, cuando podíamos reunirnos libremente y desearnos felicidad con un par de besos. Aunque no echo de menos besar la barba descuidada de Roque. 

Yo había estado en el extranjero (vaya, otra actividad difícil de realizar hoy en día) y compré unos adornitos típicos navideños pensando en ese juego. Ahí estaban tras más de dos años, olvidados por mi ex-director, que lleva ya casi un mes en otro destino. Abrí el paquete y pensé que algo tan mono estaba destinado a volver a mí. Lo tengo en mi casa y lo colgaré en mi árbol en la próxima Navidad.

En este tiempo de espera hemos estado solas mi jefa directa, la exótica Blanca Estrella, y yo. Más o menos, hemos podido con todo. Yo tuve que estar en casa unos días porque había visitado a una tía que poco después fue ingresada por neumonía Covid en el hospital. De nada me sirvió estar sanísima y dar negativo en el test que me hizo mi empresa. Me mandaron con un portátil a casa. Me encontraba tan desesperada de acceder mal, tener problemas con las claves, no poder hacer bien algunas tareas por falta de medios... que me tomé dos días libres que tenía pendientes.

-No seas tonta Zarzamora -me decía la amable Blanca- ya te tomarás esos días después para irte por ahí con tu marido. Sigue trabajando lo que puedas.

-¿Y a dónde voy a ir? Deja, deja, me quedo en casa lunes y martes, de vacaciones, sin trabajar. Me levantaré tarde. Saldré con tranquilidad a pasear por el barrio y a tomar el sol. Y no estaré con el agobio de no poder hacer bien las tareas.

Me hicieron una nueva prueba de las del palito nasal, volvió a dar negativo y ya retomé mi rutina de salir diariamente a trabajar.

Poco después le tocó a Blanca estar preocupada. Esta situación agobia a todo el mundo, aunque ni Blanca ni yo somos especialmente obsesivas con el tema. Ella tenía mocos, tos, fiebre... lo dijo en el banco y... prueba para ella. Negativa también. Al no ser "contacto Covid" como yo, vuelta al trabajo a los tres días.

Así que... éramos solo dos y nos han tenido que mandar refuerzos cuando hemos estado solas. Y hemos sobrevivido. Al trabajo, a la enfermedad...

Mi tía, mayor, ya está en casa. Después de tres semanas en que casi perdió la noción del tiempo y fue encadenando nuevas infecciones, sin visitas ni entretenimientos, sin poder escuchar bien el teléfono... le dieron el alta. En dos días en casa ha revivido como una planta falta de agua cuando la riegan. Y es que la soledad afecta muchísimo. Y gracias a que hay capellanes que, bien equipados con todo tipo de mascarillas y trajes, visitan a los enfermos y les hacen compañía, aguantó un poco mejor. Las dolencias físicas se agravan mucho con las dolencias psíquicas. Esto sí es un cóctel letal que, por suerte, mi tía ha superado.


lunes, 18 de enero de 2021

Nieve sucia

Ha transcurrido ya una semana desde "la gran nevada" y la situación en la gran ciudad no se ha "normalizado" del todo. Es difícil con este temporal siberiano que nos ha tocado vivir y que contaremos a nuestros nietos una y otra vez.

Aún queda mucha nieve que va perdiendo poco a poco ese blanco deslumbrante. Hay calles secundarias con orientación norte que parecen pistas de patinaje. Montañas de nieve sucia se amontonan en las orillas de las calles principales y bolsas y desperdicios se acumulan en los contenedores y sus aledaños.

                      
El manto blanco va retrocediendo y deja al descubierto las miserias habituales de la gran ciudad y las añadidas como consecuencia de este desastre. "Lo poco gusta, lo mucho cansa" Esto me está pasando a mi con la nieve. Me aburre ver el patio amplio de mi comunidad cubierto de una blancura perenne. Me cansa ir al trabajo con las botas de montaña y el palo de excursionista que me ha evitado más de una caída.


¡En fin! Ahora estamos a la espera de las lluvias que no sé si mejorarán o no la situación. Desconozco si en el futuro regresaremos a esa ansiada "normalidad" que por culpa del virus o de fenómenos atmosféricos, parece cada vez más lejana.

A mi oficina pudimos llegar en metro todos los empleados y estamos funcionando como siempre. Con menos público pero con múltiples llamadas o correos electrónicos. Muchas otras sucursales con empleados que tenían que desplazarse desde lugares lejanos, y quedaron incomunicados por el temporal, no pudieron abrir.

Esto debería servir para que la empresa se diera cuenta de lo útil que es tener a sus empleados en oficinas cercanas a su domicilio. Muchas veces los "mandos" ejercen el poder e imponen el miedo, el ordeno y mando al más puro estilo cuartelario, el castigo... Y alejan cada vez más al personal de su casa. Se da la circunstancia paradójica de que el de Coslada se tiene que desplazar a Madrid y el de Madrid moverse a diario a Coslada, por poner un ejemplo.

Pues así les ha ido en esta semana pasada: sucursales cerradas o a medio gas y empleados trabajando como podían desde casa con sus portátiles. Puede que la nieve haya ralentizado algunas tareas pero otros "movimientos" del Banco han seguido su curso sin que les afectara nieve ni hielo.

A mi director, Roque Ronco, se lo llevan a otro puesto. Su carrera como director está en declive. Ha ido pasando de sucursal a sucursal, cada vez  de menor categoría. En ésta ha estado a gusto durante los escasos tres años que la ha dirigido, pero no le dejan acabar aquí tranquilamente los pocos años que le quedan de vida laboral. Hay que revolver todas las fichas, que nadie se acomode, que la incertidumbre sea el pan de cada día.

Aún no sabemos quien vendrá. Probablemente alguien joven con ambiciones. Retomaremos la dinámica de presentar al nuevo a los clientes y explicarles -si se puede- el por qué de tanto cambio.

Vamos camino de convertirnos en una de esas cadenas en que los clientes compran la pizza o el vestido y jamás ponen cara a quien les ha atendido. Porque da igual. Las caras cambian. El mundo se despersonaliza a marchas forzadas y muy pronto nos dará igual que nos atienda una persona o una máquina.

Nota: A pesar del título de la entrada ha podido más mi ego e ilustro con algunas fotos bonitas de nieve virgen. Porque también he disfrutado mucho paseando por las zonas cercanas a mi casa.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Acaba 2020

No sé bien de qué escribir para finalizar este año tan raro. Todos tenemos en la oficina una sensación ambivalente de que el tiempo desde marzo ha pasado a la vez rápido y lento. No hemos sido un sector castigado económicamente y los jefes han seguido dando caña sin descanso, insensibles a la situación actual. Como si todo siguiera igual. Un gel, una caja de mascarillas y ya está. A cumplir los mismos objetivos de siempre. O más.

Yo no soy miedosa y me siento segura en mi oficina. Sigue viniendo gente, pero un gran edificio de oficinas está medio vacío, una facultad cercana está también a medio gas. De esos lugares ya no nos llegan clientes. 

Los que entran lo hacen con cuidadito. Temen apelotonarse mucho. La oficina, aunque remozada este verano, tiene, como me decía uno de mis hermanos, y cliente también, un aspecto decadente y triste. Lógico, hay más puestos de trabajo que trabajadores. El año pasado por estas fechas suprimieron a nuestro "quinto elemento", la singular Tolosa, que no se llevaba bien con casi nadie. Nos quedamos cuatro. Uno de los compañeros restantes estuvo hasta el verano recluido en su casa a cuenta del virus porque era de riesgo y, además, muy miedoso. Trabajaba en casa lo que podía. El día que decidió que ya era hora de que le diera un poco el aire, se cayó en la calle. Tuvo rotura de pierna, operación, reposo, silla de ruedas y ahora está en periodo de muletas y rehabilitación. Uno menos para trabajar.

Así que quedamos dos personas en el inmenso patio de operaciones y el director en su reducto, que ya no es tan guarida como antaño. No tiene más remedio que salir, atender a clientes y meterlos al despacho cuando procede. Se acabaron los tiempos de ser señorito. La verdad es que le ha sentado bien esta mayor actividad. Me doy cuenta de que Roque Ronco sabe hacer muchas más cosas de las que yo pensaba. Hemos convertido este pequeño grupo de tres: Roque, Estrella, y yo, Zarzamora, en un verdadero equipo.

El otro día Roque rezongó un poco al ver el árbol de Navidad que habíamos colocado mi nueva jefa y yo.

-Creo que el Banco solo permite poner decoraciones corporativas. A ver si nos dicen algo por el árbol.

El comentario me resultó un "dejà vu" como dicen los franceses. Algo similar me dijo el año pasado.

-¡Pues falta el Belén! -le respondí- Y precisamente en este año de mierda creo que hay que continuar con nuestras tradiciones, aunque no sean las del Banco.


                  


Roque se retorció un poco su barba descuidada y dijo:

-¡Tienes razón! Pon lo que quieras. Somos una oficina dejada de la mano de Dios. Nadie va a pasar por aquí para decirnos que quitemos "nuestra" decoración.



Así que en medio de estas fiestas tan diferentes intentamos poner algo de color en nuestra oficina "decadente". Nuestros clientes de toda la vida ven que seguimos con nuestras rutinas aunque alrededor todo cambie. 

Nos bombardean mensajes siniestros que no invitan a la tranquilidad. Los autobuses llevan ahora carteles diciendo que si no ventilas envías a tu mujer a la UCI o si el nieto sale con los amigos va a matar a la abuela. Desde muchos estamentos políticos, médicos, sociales, intentan convencernos a todos de que somos una bomba virulenta en potencia, últimos responsables de esta situación. La vacuna es el monotema de telediarios y debates. Las familias a veces se distancian por la diferente forma de ver esta situación.


Si hace un año nos dicen que iba a pasar todo esto no lo hubiéramos creído. Por eso yo quiero seguir con algunas rutinas estas Navidades. Algunas "ventajas" tiene esta situación pandémica. He visto muchos belenes sin colas como las de otros años y he callejeado por mi ciudad mirándola con nuevos ojos. He visitado museos pequeños disfrutando de pasear sola y en silencio contemplando cosas bellas.



No tendré que esforzarme mucho en la cena de Navidad porque seremos muy pocos. Tampoco me ha tocado el "marrón" de organizar la comida navideña de la sucursal con montones de antiguos compañeros. No tengo ya que besar a clientes o conocidos que no me aportaban nada. Y, a veces, hasta agradezco que la detestable mascarilla oculte mi cara de cansancio y aburrimiento ante determinados clientes "tóxicos".

¡Feliz Navidad a todos!  Buscad aspectos positivos en la vida. Es la única forma de no hundirnos en la tristeza.  



sábado, 14 de noviembre de 2020

Alteraciones

He estado mucho tiempo sin escribir. En el reparto de vacaciones cogí gran parte en otoño. Por hacer un favor a mis compañeros, que las querían en verano, y por mí, que pensaba que en otoño todo este asunto vírico estaría más tranquilo. Vacaciones "solitarias" pues el resto de mi familia trabajaba. He podido viajar, pese a esos cierres y aperturas de unas y otras zonas que nos vuelven locos. Tenía el salvoconducto de cuidado de mayores. He cuidado y me he cuidado. Pasear por la playa sin mascarilla, meter los pies en el agua en pleno otoño, ponerme el bañador cuando mi marido e hijos llevaban jersey en Madrid, visitar a familia y amistades, disfrutar de una soledad elegida, leer en silencio mientras mi anciana suegra dormía la siesta... han sido mis  placeres de estos días.



Yo viajaba desde la virulenta Madrid, en tren. Ni he contagiado ni me han contagiado y, pese a la dura situación actual, he disfrutado mucho de estas vacaciones otoñales.

De vuelta a mi ciudad continúo con mi día a día habitual en el Banco. Sigo viajando en metro en una línea no demasiado saturada. A veces comparto viaje con otra compañera del banco, de otra oficina. A las 7:30 nos cortan los torniquetes de entrada por "exceso de aforo" Da igual la gente que haya en la estación, es la hora del corte y suele durar unos tres minutos. En cuanto suena el "clic" del torniquete que se ha activado nuevamente, corremos como locas y cogemos ese tren vacío que iba a marcharse sin nosotras.

Ni mi hija, también usuaria diaria del metro, ni nosotras, entendemos bien el porqué de estos bloqueos. Pienso que es para que parezca que se hace "algo" respecto del control de pasajeros. Es un poco ridículo que en el andén haya marcas para que los usuarios estemos separados y dentro podamos viajar codo con codo. De cualquier forma agradezco que el metro siga funcionando "casi" como siempre. Me gusta poder viajar charlando con vecinos o amigas. Aunque los temas de conversación suelen ser bastante monotemáticos. Yo también me meto en esta rueda "hamsteriana" coronavírica.

Al trabajar con público recibo impresiones de mis clientes muy, muy variadas. Algunos me han sorprendido porque siendo bastante más jóvenes que yo y sin haber sido atacados en su familia por el virus, tienen  mucho miedo. Otros siguen al dedillo toda la normativa impuesta por los "líderes": llevan la mascarilla puesta casi hasta las cejas en una avenida desierta y se la quitan a diario mientras comen en una terraza con cinco colegas más. 

Los hay con confianza ciega en la futura vacuna. Otros -entre los que me incluyo- preferimos esperar a ver como funcionan las diversas vacunas en los políticos. Imagino que serán los primeros en recibirla, igual que se les hicieron pruebas antes que a nadie para ver si estaban enfermos allá por el lejano y trágico mes de marzo.

El otro día un cliente y vecino del barrio se había enterado de que en un polideportivo hacían el PCR (el test del palito que se mete por la nariz) Me dijo todo satisfecho que, aunque no había sido convocado, se había presentado allí y que se lo hacían gratis a cualquiera. Que me animara y fuera.

¡Gratis! Esa es la palabra mágica. Aunque sea para algo tan desagradable como esa prueba. Él mismo me confirmó que era muy molesta. Le agradecí la información, pero sin que me hayan obligado, encontrándome perfectamente bien de salud, y teniendo unos ciertos cuidados en mi vida social, no veía el sentido a ir a lo del palito.

Ayer llegó a la oficina una cliente que, según dejó caer en algún momento de su desagradable perorata, había estado veinte días con el virus. ¡Quizá todo lo que pasó fuera una consecuencia indeseada de la enfermedad!

Se acercó a mi nueva compañera, Blanca Estrella que es joven, amable y con un punto exótico que no se aprecia demasiado bien a través de la mascarilla.

Gertrudis, que así se llama la cliente, venía con ganas de guerra. Había intentado llamarnos por teléfono, no había tenido éxito y decidió venir personalmente. Su primera y errónea impresión al ver los ojos de Blanca (no podía ver más) fue desgana, desprecio, aburrimiento, desdén... Llamó a mi compañera mindundi, se quejó de toda la juventud en general, comenzó la consabida retahila de "soy cliente desde el año catapún y mi padre tenía la cuenta número 3 de esta oficina y es una vergüenza cómo nos tratan"

Mientras, Blanca Estrella intentaba excusarse -sin saber muy bien de qué- para calmar a esa fiera. El director salió para meterla en el despacho y ver qué quería. El ligero parpadeo de Roque fue suficiente para que Gertrudis también le acusara de tratarla con condescendencia. Ella repetía y repetía que tenía una reunión en diez minutos, que tenía prisa.

-Gertrudis, pase al despacho. Dígame lo que quiere. Si tiene prisa vamos a resolverlo cuanto antes- le decía Roque armado de paciencia

Pero no hay prisas cuando puedes montar un buen espectáculo en una oficina bancaria.

-Estoy muy muy descontenta con este Banco, me pilla lejos, me tratáis muy mal y tengo una sucursal junto a mi casa de "País Catalán total Bank" donde me han dicho que no me van a cobrar por nada.

Así siguió, enfadada, vomitando agravios inexistentes. La que tenía prisa se largó al cabo de media hora, con cara avinagrada. Ojalá cancele pronto su cuenta birriosa. Le hemos tolerado números rojos durante muchos años, sin nómina que los respaldara, en atención a su familia, le hemos devuelto comisiones perfectamente legales -en tiempos en que se podían hacer estas cosas- para tenerla contenta. Ella, como tantos otros clientes, nos ha usado como Banco del día a día (saco, meto dinero, recibo y hago transferencias, tengo algún recibito, no controlo los saldos porque ellos me avisan si estoy en rojo...) Nos a puesto a caldo por cualquier cosa y luego los ahorros gordos los llevaba a Bancos de Inversión dónde sí eran verdaderamente pelotas con ella.

Los tiempos cambian. Los bancos son empresas privadas y, aunque pienso que este no es el momento adecuado para empezar con esta nueva política de comisiones, lo cierto es que el cliente fiel no va a pagar, pero mucha clientela despreciable como Gertrudis pagará comisiones. Me gustaría ver cuanto le duran las exenciones en su nuevo banco.

Aún me dura el sosiego que me han proporcionado unas vacaciones que se van alejando en el tiempo y ni Gertrudis, ni el virus, van a conseguir alterarme.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Burbujas

 Yo también trabajo en una "burbuja" como los niños del colegio. Una burbuja pequeña, de tres o cuatro personas, que se ha estado manteniendo aislada y sana durante estos inciertos meses, flotando frágil en los aires de la Banca, resistente a las embestidas de los reajustes de la empresa y del virus.

Nuestro frágil microcosmos está a punto de estallar, como esas pompas jabonosas que los niños lanzan al aire, alegres y coloridas. Debería decir que lanzaban, porque ahora con las mascarillas es imposible soplar, exhalar, besar...


Beltrán Quilo, mi nuevo jefe, con el que estaba tan contenta, se va a un nuevo departamento con un nombre sugerente, tipo: "Asesoría personal" "Atención digital 24 horas" "Contáctenos" o cualquier etiqueta de este tipo que queramos ponerle.

La realidad es que Beltrán se va a convertir en teleoperador bien pagado al que le grabarán todas las conversaciones para ver si lo hace bien o no, si dice cosas inconvenientes, si sigue los protocolos establecidos. Controlarán sus tiempos -de desperezarse en la silla, de hacer pis, de tomarse un refrigerio-. De momento no le tienen con una argolla atada al tobillo y tendrá libertad de movimientos.

Su misión es vender por teléfono a clientes digitales que ya no pisan la sucursal. ¿Para que van a venir a vernos si les hemos convencido de lo buenísimo que es hacerse uno mismo todas las gestiones bancarias?

Pero si estos clientes pensaban que se librarían del personal del Banco estaban equivocados. Si pensaban que el Banco les dejaría en paz lo llevan claro. Porque no podrán sustraerse a las llamadas para ofrecerles o recordarles las ventajas de los seguros, fondos, tarjetas, préstamos, planes de pensiones de nuestra entidad. Llamadas cordiales que les recordarán lo mucho que el Banco puede hacer por ellos.

Que sí, que todo está debidamente publicitado en la página del Banco, pero empleados como Beltrán deberán usar todo su poder de persuasión telefónica para conseguir objetivos para el Banco.

A mí como cliente de Banca o de otras compañías no me gusta que me llamen, que me "acosen", que me persuadan, pero espero que este nuevo invento al que obligan a incorporarse a Beltrán Quilo funcione. Quizá de ello dependa la subsistencia de mi banco en un futuro demasiado cambiante. 

El virus es bueno para que desde las altas esferas aceleren enormemente estos cambios con excusas reales o inventadas. Las burbujas ya no se mecen en suaves brisas. Las agitan vendavales. Algunas se fusionan con otras y se agrandan. Otras hacen "pop" y desaparecen, dejando apenas un resto jabonoso en el suelo.




lunes, 24 de agosto de 2020

No es normal

Éste está siendo un verano atípico, incluso para los que no teletrabajamos y tenemos que madrugar cada día y desplazarnos en autobús o metro hasta el lugar de trabajo.

Después de ajustar las vacaciones, el banco decidió cerrar muchas oficinas durante este mes de agosto "por vacaciones". Al igual que en los momentos duros de la epidemia, los clientes se han encontrado carteles que les derivan a otras oficinas cercanas.

Cuando volví de mi semana de vacaciones fui a trabajar a la sucursal "de referencia". Ya había un empleado de ventanilla  y yo realizaba otras tareas. Estaba relajada, a gusto. Me duró poco esta alegría. Tres días.

Mi jefe recibió un correo con copia a un montón de jefes más jefes aún, requiriendo mis servicios para un trabajo "muy especial" que debía hacerse sin demora.

Así que estoy en otro centro, más tranquila aún porque no tengo que atender a clientes. Realizo tareas minuciosas y rutinarias en relación con un listado de cuentas que dependen de un organismo oficial. Compruebo que las cuentas están "vivas", que los intervinientes están correctamente incluidos y los poderes en vigor, corrijo errores...

Son un conjunto de cuentas que hay que tener bien organizadas porque de ello depende que nos traigan más recursos de la competencia. Mi jefa actual es un encanto. Duda de que lo vayamos a terminar a tiempo. Se quejaba.

-Claro, me dicen que ya no tengo excusa para no vender, que me han puesto a una persona para hacer esta tarea -esa persona soy yo- pero hay mucha casuística. Si lo queremos hacer bien yo también tengo que trabajar en ello porque conozco el asunto a fondo.

Las dos estamos trabajando codo con codo y con eficacia. Haciendo bien esta tarea el Banco puede ganar mucho dinero en un futuro próximo, pero a Adela Antada le piden el cortísimo plazo, la venta ya. De lo que sea, a quien sea, como sea.

La directora de área está de vacaciones. Está tan trastornada que cada dos días se conecta desde donde esté para tirar de las orejas a los empleados que trabajamos en agosto si no hemos vendido lo que ella desea. Esto no había sucedido ningún otro verano. Este es diferente y no solo es culpa del virus.

Hay mucho mediocre con un cargo que parece algo, con ínfulas de poder. Y en estos momentos de crisis son "trabajos" que no sirven de mucho, carentes de contenido. Estos mandos intermedios indeseables notan que la tierra tiembla bajo su sillón. E intentan forzar la máquina y cargarse de medallas incluso en vacaciones.


lunes, 20 de julio de 2020

Tiempo de normas

Estoy inmersa en este verano raro en el que voy a tener pocas vacaciones. Les he hecho un favor a mis compañeros de trabajo y me lo he hecho a mí misma cogiendo el grueso de mis días de asueto en otoño. Aunque con esta incertidumbre y los nuevos miedos que nos meten en el cuerpo no sé qué pasará en este futuro próximo.

Estoy trabajando y mi verano se aligera con  piscina por las tardes y alguna salida familiar  los sábados o domingos.

¡Ah, las piscinas! Claro ejemplo de exceso de normas sin sentido propiciadas, creo yo, por administradores de fincas que no tenían ningún deseo de hacer trámites para abrir, ya bien mediado junio, las piscinas de muchas urbanizaciones privadas. "Vamos a cansar un poco a los vecinos a ver si desisten y este año que se quede la piscina cerradita" parece que pensaron.

En multitud de recintos se exigía pagar dos sueldos más (aparte de los de los socorristas, que en Madrid son obligatorios casi para cualquier piscina por diminuta que sea): un salario para un nuevo empleado que controlara el aforo (simplemente contar a los que entran) y otra paga para un limpiador que desinfectara los baños cada vez que entrara algún vecino. En estas piscinas vecinales casi todos bajan con el pis hecho en casa, pero la norma es la norma.

Y se habilitaban cuadrantes para que la gente supiera cuándo bajar. En ciertas piscinas eran turnos deslizantes y limitados. Hoy  algunos vecinos bajan de  10 a 11. Esos mismos bajarán el siguiente día de 11 a 12 y así irán rotando. En otras, hay días en que unos pueden bajar y otros no pueden refrescarse. En la de una cuñada proponían bajar solamente media hora, el socorrista controlaba tu acceso y te abría la ducha para asegurarse que entrabas al agua ya bien limpito. Pasado tu tiempo volvías a casa, sin tomar el sol ni nada.

Ha habido también grandes disputas cuando los ancianos eran el sector dominante en la vecindad comunitaria. Muchos vejetes que ya casi no usan la piscina, han visto una oportunidad en el virus. Como se encarecían algunos servicios, han dicho mayoritariamente que este verano pandémico la piscina... cerrada. Y si se fastidian familias con niños que no quieren o pueden salir de vacaciones y no tendrán un poco de remojo estival... a ellos les da igual. Algo tremendamente injusto porque cuando uno compra una casa compra el conjunto: casa con ascensor, con piscina, con jardín... y no deberían recortarse las prestaciones por culpa de unos cuantos vecinos cascarrabias odiadores de niños.

Yo, afortunadamente, puedo seguir disfrutando de la piscina de la urbanización de mi madre. Lo han hecho bastante sencillo en comparación con los turnos farragosos de otras comunidades. Según la torre en la que se viva se va alternando: un día el baño es por la tarde, otro por la mañana. Así hasta acabar el verano. Así que como yo trabajo, voy por las tardes sin límite de tiempo, pero día sí, día no. El aforo del recinto en esta nueva "anormalidad" jamás está completo. Es el año en que nado con menos gente alrededor. Os diré que es un piscina grande, de esas antiecológicas que se construían en los años 70, con una absurda zona profunda de dos metros y medio. Suelo estar como mucho con tres personas más haciendo largos. No hubiera sido necesario establecer ningún sistema de turnos porque jamás se llena.

Entramos por la recepción con mascarilla, damos el nombre, nos indican que nos echemos gel alcohólico y nos acomodamos en las losas o en el césped. Por culpa del coronavirus está precintada una pequeña fuente en el interior del recinto. Los lavabos también están cerrados salvo que tengas una urgencia y pidas la llave a los encargados. No se puede comer nada en el recinto. Hay una agradable zona de césped a la que no podemos acceder los que vamos solos aunque esté vacía, porque la han reservado para familias con niños. Desconozco que relación puede tener esto con el virus. Nunca ha existido esa segregación.

Está prohibido salpicar. Agradezco a los socorristas que hayan relajado la normativa (diseñada no sé por quien) y nos permitan tirarnos de cabeza. La norma indica que había que entrar por las escalerillas. Los grupos de señoras jugando a las cartas que bajaban para charlar y apenas se bañaban ya no existen. Y para facilitar la limpieza se ha prohibido dejar hamacas en las instalaciones, medida que aplaudo porque ahora está todo mucho más amplio. El que quiera asiento usa unas sillas comunales o baja su tumbona y luego se la lleva. Podemos estar en el recinto fuera del agua sin mascarilla mientras no te acerques a alguien ajeno a tu círculo familiar. Pero bueno, esto es cosa de las precauciones de cada uno. Nadie va a pedirte el libro de familia.

Pues eso, que ahora mismo en cualquier piscina hay casi más reglas que las que ponemos los Bancos para atender a la clientela en ventanilla. Una consecuencia del virus es que ha abierto la espita para una mayor proliferación de normas, muchas de ellas absurdas y sin tener en cuenta las particularidades de muchas situaciones.

lunes, 15 de junio de 2020

Nueva rutina

Me niego a hablar de nueva normalidad. No, nada va a ser normal después de lo que hemos pasado con este virus, pero intentaremos volver, con mayor o menor éxito, a nuestras rutinas.

Mi sucursal la abrieron hace una semana y me alegré muchísimo. Como no somos demasiados empleados creíamos que quizá hasta después del verano estaríamos rotando por distintas oficinas sin poder acceder a la nuestra. No pensábamos que la íbamos a añorar tanto.

Ahora tenemos unas mamparas de metacrilato en mesas y puesto de caja. Las ventanillas antes estaban mucho más resguardadas, como las farmacias. Pero llegó la moda de la cercanía con el público, la eliminación de barreras, y los cristales se suprimieron. Ahora echamos de menos esos recintos bunkerizados de antes.

En el suelo hemos puesto pegatinas para que la gente mantenga las distancias y hay un máximo de tres personas en el interior, cuyo control llevo yo.

Las tiendas de la zona van abriendo, pero algunas cafeterías a las que yo solía ir siguen cerradas. Ya no tengo ese ratito tan placentero para descansar, ojear las noticias y tomar un café. Si quiero uno, bajo al metro a que me lo den en un vaso de cartón y lo tomo en el trabajo.

La mayoría de los días no salgo y me he pasado al plátano, que es cómodo de llevar en el bolso, fácil de comer, y evita los calambres.

Mis clientes de siempre, a los que muchas veces he criticado en mi blog, ahora me parecen adorables comparados con los que he visto en las sucursales ajenas en que he estado. Todos se alegran del reencuentro y de ver que el barrio, poco a poco, vuelve a ser como antes.



Pero hay días en que echo de menos esa soledad de los meses de marzo y abril, cuando iba a revisar el cajero de mi oficina cerrada, caminando por avenidas vacías en que solo se oían pájaros, bordeando parques precintados en los que la primavera emergía esplendorosa. Reconozco que estoy llena de incongruencias.

lunes, 18 de mayo de 2020

El coronavirus acelera todo

Hace ya bastante tiempo publiqué algunas entradas dictadas por mis experiencias. Eran premonitorias, pero yo pensaba que el proceso sería más suave. En aquel año (2014) yo decía que No habrá Bancos para viejos. Posteriormente, en 2018, hace poco más de dos años, ya me consideraba En peligro de extinción. (Pincha en el texto rojo si lo quieres leer)

No tengo una bola de cristal. Mis predicciones eran bastante evidentes. Soy, en mi sector, tan lista como Bill Gates cuando dijo que las próximas crisis no serían por guerras sino por un virus contagioso.



Este virus, acompañado de su corte de miedo y obediencia ha acelerado los objetivos del Banco. Los clientes estaban (están, pero ya menos)  recluidos en casa. Las sucursales abiertas son pocas. La única solución ha sido funcionar con tarjetas y con claves para operar en remoto. Al cliente se le ha puesto todo muy fácil desde los centros de atención telefónica. 

También el  Banco se ha zambullido en la piscina del teletrabajo a gran escala sin una ducha previa. Y no ha habido corte de digestión. Los resultados son muy satisfactorios en general.

En las sucursales cerradas no está habiendo gastos de energía, comunicaciones, agua, limpieza, material de oficina. En un primer momento de caos muchos compañeros carentes de teléfono de empresa usaban el suyo propio para ponerse en contacto con la clientela desde su casa.

El que trabaja en casa se ahorra los gastos y el tiempo de desplazamiento, el coste del desayuno en la cafetería de al lado (cuanto añoro yo ese ratito de relax). No necesita corbata ni vestuario bonito. Se puede trabajar en chándal, pijama, zapatillas... Puedes poner una lavadora y dejar al fuego un cocido en el tiempo que gastarías en el metro y tender la lavadora y controlar el guiso en los 20 minutos de relax de tu jornada. Yo me apuntaría a un día o dos a la semana de teletrabajo, pero necesito la vidilla de salir fuera, la verdad. Quiero contacto humano aunque sea con mascarillas y a dos metros de distancia.



Los empleados que hemos trabajado desde casa y, o, presencialmente, cuando nos tocaba, hemos intentado ayudar a todos nuestros clientes, vía contactos por correo electrónico o por teléfono, y solventar dudas e incidencias.

Los contratos nuevos, los préstamos, las inversiones... todo quedaba colgado en la página del cliente para su conformidad digital.

Y en las sucursales abiertas lidiábamos con los últimos reductos de "resistencia": los ancianos que se niegan a tener claves o a que las tenga algún familiar de confianza para ayudarles en situaciones como esta. Son viejecitos intrépidos a los que les va la marcha y en esta época pandémica, cuando aún no tenían asignadas horas de paseo, ellos se organizaban una nueva rutina para ocupar el tiempo y tomar el aire: súpermercado, farmacia, banco, en este u otro orden.

Mi Banco dice que poco a poco se van a ir abriendo todas las oficinas y recuperaremos una cierta rutina -detesto eso tan repetido de "nueva normalidad"- Insiste en que tenemos que estar cerca del cliente no solo telefónica, sino físicamente, y que no hemos de temer por nuestro futuro laboral. Reitera que los "equipos" -cómo les gusta esta palabra- han funcionado perfectamente, con responsabilidad y eficacia. 

Agradezco todos estos esfuerzos para tranquilizar a los empleados. Debo decir que no tengo queja de como los directivos de mi empresa han gestionado todo en estos meses convulsos. Si los políticos hubieran reaccionado tan bien y tan eficazmente como lo han hecho tantos negocios quizá la situación ahora sería otra.

El caso es que la "digitalización", eso que en oficinas a veces nos costaba mucho hacer porque los clientes se negaban a tener claves, preferían bajar a hacer las operaciones presencialmente, decían que no sabían, que era un lío... ya está aquí instalada masivamente. En dos meses, y por azar de un maldito virus, el Banco ha conseguido un objetivo que en circunstancias normales le hubiera costado aún uno o dos años más.

Soy una afortunada en estos tiempos por trabajar en este sector. No temo por mi empleo y si prescinden de mí será con compensaciones justas por los muchos años trabajados ya.

Pero como cada vez el trabajo de caja y administrativo va a ser menor, imagino que me van a reconvertir en breve en comercial y eso no me gusta nada de nada.

Mi jefe actual, Beltrán Quilo, asombrado por el conocimiento tan preciso que tengo de toda la clientela me decía el otro día:

-Si tú quisieras y te lo propusieras venderías mucho más que Claudio, que Roque y que yo juntos. Los clientes te conocen y te quieren.

Ese comentario puede ser halagador pero implica que la gente puede sentirse "obligada" a contratar algo dependiendo de quien se lo ofrezca, sin un convencimiento firme. Y ese podría ser el primer paso para que dejen de quererme y su confianza en mí se derrumbe.

sábado, 9 de mayo de 2020

Sucursal abierta en estado de alarma

He estado quince días trabajando presencialmente en una oficina del Banco. Desde "Recursos humanos" hacen equipos con gente de distintas oficinas que se aglutinan en una de mayor tamaño. Los equipos rotan cada quince días. Se alterna trabajo en casa y presencial. A mí ya me dejaron un portátil a la semana del comienzo de esta pesadilla  para que trabajara desde casa, aunque la realidad es que hago menos que cuando trabajaba atendiendo a público de carne y hueso.

Mi experiencia en esta nueva oficina ha sido estupenda. Volver a poner el despertador, aunque al principio me costara, ha sido liberador. Vestirme con algo que no fuera ropa de estar por casa, entrar en el metro a diario, charlar con compañeros y clientes aunque sea a dos metros de distancia... Eso no ha tenido precio.

Los Bancos hemos estado abiertos -con restricciones- desde el comienzo de esta larga cuarentena. Los empleados estamos acostumbrados a que la sociedad no nos valore como valora a sanitarios, a empleados de la limpieza y de supermercados, a policía, a ejército. A nosotros nadie nos aplaude ni nos aplaudirá. También estamos en primera línea para que algunos -minoría, es cierto- nos sigan poniendo a caldo.

En el banco, a pesar de la pandemia, seguimos recibiendo clientela que va a quejarse y a reclamar. Incluso en las colas que se forman fuera (tenemos aforo limitado) se organiza algún guirigay que yo jamás he percibido en las silenciosas colas de mi barrio para acceder al supermercado. Quizá la diferencia estribe en que el 90% de la clientela de esa oficina en la que he estado es de ancianos.

¿Pero los ancianos no son población de riesgo? ¿No deberían estar en casa recluidos más que nadie? ¿No es verdad que todo este sacrificio mayoritario se hace para no colapsar las urgencias y para proteger a nuestros mayores, esos que nos han dado todo lo que ahora tenemos y se han sacrificado por nosotros, y superaron una dura posguerra?

Ayer, a falta de guardia de seguridad, que infunde más respeto, me tocó a mí organizar el "tráfico". Podían estar tres o cuatro personas dentro, en función de quien les fuera a atender. Yo salía a la calle e iba preguntando lo que querían hacer para irles pasando a otros puestos si no era tema de ventanilla.

Ya en la acera alguno se adelantaba y se aproximaba demasiado a mí con el consabido:

-Sólo le quiero hacer una preguntita.

Lo habéis adivinado. Solía ser alguien mayor. Lógicamente los jóvenes le decían:

-¿No ve que la señorita va preguntando por orden? Espere su turno.

-Sólo es una pregunta -insistía cabezón- Necesito que me cambien 50 eur.

-Mire señor, eso no se considera urgente y no se lo vamos a cambiar -le respondo ya para que nos deje en paz a todos- Si quiere saque en el cajero 10 o 20 eur.

El hombre sigue refunfuñando pero no le hago caso y sigo mi ruta.

-Señorita, yo quiero sacar dinero- me dice otra octogenaria- Aquí hay corriente, me va mal para los huesos y además llevo bastón. ¿No podría pasar y sentarme a esperar?

-Señora, si tiene tarjeta puede sacar ya el dinero y volver a su casa.

Pero la señora no tiene tarjeta. Ha roto la que el Banco le envió para esta situación de emergencia. Se ha negado a que los compañeros le enseñaran a usarla. Ella quiere seguir yendo al Banco, precisamente en los días y horas de mayor afluencia. Pues lo siento, ya no me compadezco ni del frío ni de su bastón. Que espere como probablemente espera en el súper sin chistar.

He organizado bastante bien la cola y se va aligerando poco a poco. Me siento por fin en mi puesto para atender. Me llega otro anciano con un asunto totalmente irrelevante: le ha llegado una información generalista sobre un fondo de inversión y quiere una explicación. Una estupenda excusa para salir de casa fuera de su horario de paseo. Me dice que conoce al director de la oficina en la que estoy. Acudo a él. No vaya a meter la pata y sea un cliente a los que hay que hacer la pelota aunque sean unos pesados. Cuando les digo el nombre...



-¡No me lo puedo creer! Viene todos los días a preguntar tonterías-

Eso dicen a coro el director y otra compañera que en ese momento está junto a él. Consigo trasladarle la explicación breve que me da el director -que hoy no tiene ninguna gana de verle nuevamente- y se marcha diciendo ¡que volverá otro día con más calma!

Esta es una oficina de las nuevas, con horario reducido de caja hasta las 11.00. Así que, a esa hora, salgo nuevamente para avisar que los que están en la cola pasarán todos y que si viene alguien nuevo ya no se le harán operaciones de efectivo. El último de la cola, un joven con un mono de trabajo me dice.

-No te preocupes, yo se lo voy diciendo a los nuevos que lleguen.

Pasa un tiempo, a las 11:15 atendemos al joven del mono. Me confirma que ha dado el mensaje a los que se han puesto en la cola tras él. Da lo mismo, entran piando que quieren dinero, que estaban en la cola antes de las once -mienten por si cuela- y que es muy urgente llevarse dinero.

Por suerte la ventanillera sabe como lidiar con ellos y no da su brazo a torcer. Tendrán que volver otro día antes de las once. 

A las doce aparece una nueva viejecita con su nieto de unos veinte añitos. Muy tierno todo: abuela  y nieto acompañante. No sé si será legal porque intuyo que el nieto no vive con la abuela. ¿Podría contagiarla?¿Es una imprudencia? ¿Es fundamental para ella ir al Banco y al ser persona dependiente necesita ayuda? Ni lo sé ni me importa. Afortunadamente no soy policía de balcón.

Doña Esther Nura habla con la directora de su oficina, que está ahora allí, como yo, como otros empleados de "aluvión" en representación de cada una de nuestras sucursales, para que nuestra clientela tenga alguna referencia cercana.

Doña Esther lo consigue. Se lleva 2.000 Eur a las 12:15, fuera de la hora de caja. Ha embaucado a su directora y a Lía, la cajera.

-Lía, te estás ablandando, al final has pagado a Doña Esther- le digo entre risas.

-Me ha dado pena, con su bastón... Era para evitar que saliera mañana de casa. Necesitaba el dinero para sus nietos.

No doy crédito, la verdad. Se supone que el Banco ahora mismo está para temas urgentes. No para sacar dinero para las propinas de unos nietos que, desde luego, no tienen ninguna necesidad perentoria. Las propinas pueden esperar, igual que han esperado los cortes de pelo, o van a esperar los baños en las playas o las tardes en el centro comercial. 

No sé. ¿Soy muy dura con los ancianos? Muchos hacen de la visita al Banco su rutina diaria: supermercado, farmacia, banco, paseo. 



Y lo que me fastidia luego es que desde la radio, televisión, periódicos, pongan imágenes de las horas en que salimos paseantes y deportistas (muchos de ellos ciertamente, no han corrido jamás ni para coger el autobús, y se aficionan ahora) y critiquen que estamos muy cerca unos de otros, que hay mucha gente, que no se lleva mascarilla. La conclusión es que si hay un rebrote será por nuestra culpa, por no gestionar bien nuestras salidas al aire libre.

Muchos sanitarios también critican estas salidas augurando un horrible repunte. Pero yo les he visto en multitud de fotos pegados unos a otros. Se ve que las distancias de seguridad son muy elásticas.

Todos estos criticones que se pasen por los supermercados y por los Bancos, a ver donde hay más peligro, si entre cuatro paredes con ventilación artificial o paseando al sol y al aire libre.

Sé que el virus es muy grave, que los sanitarios se han desvivido, pero no podemos vivir permanentemente en el encierro. Somos mayores de edad, responsables, y tenemos que convivir con el virus sin renunciar a nuestra vida.