miércoles, 31 de agosto de 2022

Estafa en agosto

 Agosto suele ser un mes laboralmente tranquilo. Estoy contenta de haberlo pasado trabajando y dejar mis vacaciones para épocas otoñales, más agradables y con menos gentío. Con los calores que hemos pasado era agradable disfrutar del aire acondicionado de la sucursal.

Hubo poco público pero en dos días consecutivos me llegaron dos "fraudes" bien gordos. Lamentablemente los "malos" son más listos que los que somos legales y la seguridad informática no existe, por más que nos hagan cambiar de claves cada cierto tiempo y cada vez se tengan que meter más numeritos para realizar cualquier operación bancaria.

Una de las estafas fue a una mujer de cierta edad que se maneja bien con sus claves y consulta su cuenta con soltura. La llamaron -supuestamente- de su compañía telefónica, le facilitaron datos suyos y ella no sospechó nada. Como se trataba de mejorar el contrato, les facilitó el número de cuenta y no sé si las claves de acceso. Ella asegura que no, que en ningún momento les dio claves bancarias. Los estafadores le suscribieron un préstamo de esos preconcedidos que se ofrecen en la web a los clientes buenos y que normalmente no necesitan, y varias tarjetas. En un solo día han volado 9000 eur de su cuenta.

 Afortunadamente al día siguiente detectó que algo raro pasaba y vino a primera hora a la oficina. Si se hubiera ido de vacaciones, a olvidarse del mundo y de las claves, aún la seguirían saqueando.

No sé en qué acabará esto. Realmente el banco no tiene culpa. Es como si pides al Banco que te devuelva 50 euros que te han robado del bolso porque los sacaste en caja. Es una estafa muy elaborada a la cliente, sin más.

Yo he ayudado a la cliente  a reclamar al Banco por generación fraudulenta de tarjetas y compras indebidas. Espero que el Banco le devuelva el dinero, o al menos parte. Aunque solamente sea para evitar daños de imagen y para que la clientela siga sintiéndose segura jugueteando con su móvil para ver una y otra vez sus saldos, añadiendo céntimos a su hucha digital o sorprendiéndose con su enorme "huella de carbono" de la que el Banco le da cumplida información.

Yo ya estoy harta de tanto acceso a Internet. Cuando creo que sé cómo manejarme, algún "listo" cambia la página buscando una mayor e inalcanzable "sencillez" y... vuelta a aprender. Nada es fácil. Nos marean con reiteradas y novedosas actualizaciones para una mayor seguridad. Eso nos dicen. Comprar cualquier entrada, billete de transporte, producto, exige un tiempo y un desgaste que a mí no me compensa. Una clave para acceder, otra para firmar, otra más que te envían al teléfono móvil... Y la tensión añadida de si uno será capaz de hacer la compra deseada en el tiempo adecuado porque los vendedores te van informando de que el producto que has elegido es escaso y muy demandado. Hay mucha presión para hacerlo todo deprisa.

Hay cosas sencillas que se complican y, sorprendentemente, cosas "complejas" como solicitar un préstamo o una tarjeta de crédito que se generan con solo un roce del dedito en el punto adecuado de la pantalla. Los estafadores lo saben y lían a mayores y no tan mayores en este maremagnum de claves y comprobaciones de todo tipo, hasta que son incapaces de distinguir al telefonista amable que les va a ayudar, del maleante que les va a desplumar. Es difícil separar el trigo de la cizaña.

La pena es que todos estamos ya metidos en esta rueda hamsteriana y somos esclavos de este sistema digital que nos obliga a tener muchísimas claves para acceder no solo al banco, sino a multitud de organismos oficiales. Las comprobaciones reiteradas fallan cuando el estafador accede a tu "vida digital" La maldad siempre lleva la delantera.



martes, 14 de junio de 2022

¡Qué peligro!

 Hace unos días hice el pedido de material de la sucursal: cartuchos para monedas, bolígrafos, sobres, pegamentos de barra, unos cuadernos muy cucos con hojas de colores que le encantaron a Claudio, que es muy aficionado a todo tipo de cosas de papelería y tiene una caligrafía envidiable, y más cositas que fuimos añadiendo al carrito de la compra virtual sin que las jefas nos pusieran límite. 

Lupe, la jefa anterior (hace ya tres años que no está con nosotros) fiscalizaba los pedidos como si el  coste saliera de su bolsillo. Era una tacañona sin motivo. Todas las oficinas salimos muy baratas en cuanto a material, porque es tan tremendamente difícil acceder a la aplicación del pedido y llegar al final del proceso sin que el carrito virtual haya descarrilado por vericuetos extraños, que arañamos existencias hasta el límite con tal de no desesperarnos durante una o dos horas de lucha encarnizada con esta aplicación nefasta.

Por fortuna, y porque ese día los espíritus buenos nos ayudaron, pude realizar el pedido y, lo que es más importante, llegó a los dos días en unas cajas de cartón que Claudio abrió entusiasmado para rebuscar sus preciados cuadernos.

Al finalizar el encargo me apareció en pantalla un aviso un tanto alarmistaEra una ficha de seguridad de uno de los productos solicitados. Aparecían distintos epígrafes: Identificación de los peligros, composición, primeros auxilios, propiedades físicas y químicas, información toxicológica, teléfono de emergencias...

¿Qué habremos pedido que requiera tantas precauciones? 

Pues todo este "prospecto" se refería a un pegamento de barra. Ese que han usado mis hijos cuando iban al colegio con tres o cuatro años. No sé si ahora lo seguirán usando, porque  este pegamento puede confundirse con un caramelo blando, la goma de borrar con un chicle, el lapicero puede convertirse en taladro y un libro en un arma arrojadiza tipo ladrillo. Pobres niños, están rodeados de "peligros"

Es imposible eliminar todas las cosas que usamos pero que, mal usadas, pueden ser un problema. No podemos meter a los críos en burbujas.

Al leer esa ficha del pegamento de barra pensé en cuánto cuida mi banco todas las normas de seguridad. Si me tiene que dar toda la información de ese producto me la da. Seguro que hay por ahí algún decreto, o disposición, que obliga a la empresa suministradora a informar, aunque en este caso sea una estupidez. Si yo compro el pegamento en la papelería, el tubo y su letra pequeña no tiene tantos datos. Yo no suelo leer demasiado las etiquetas porque si no, no tengo vida suficiente para hacer las compras en el súper de manera consciente, "ecológica", sana. Hago las compras rapidito, no miro mucho y tengo más tiempo libre para disfrutar.

Vais a decir que soy una pesada y que acabo muchas de estas entradas yendo al mismo tema: la "pandemia" y todo lo que ha rodeado a este asunto.

Mi Banco fue de los primeros en animar a la vacunación, incluso instaló en sus dependencias puntos vacunacionales para que empleados y familiares no tuvieran que esperar en esas largas colas iniciales que se formaron por ese ansia viva que existía por inyectarse... ¿Inyectarse qué? Me da la impresión que ni entonces, ni ahora, dan un mínimo prospecto informando de la composición, de los peligros, de un teléfono dónde reclamar... Es curioso que un pegamento tenga más información que ¿una vacuna? Dejaré lo de vacuna con un interrogante, pero viendo lo mal que está funcionando habría que ponerle muchísimos más.


lunes, 23 de mayo de 2022

Huella de carbono

Parece que los españoles de a pie, la España que madruga, como dicen algunos, somos los culpables de todo: de la propagación de virus, del cambio climático, del machismo, de la superpoblación, del racismo. Toda la lista de temas que están en las "agendas" de los poderosos. Esos que luego se van en aviones privados a viajes de placer o de negocios o a foros internacionales a sentar cátedra sobre cambio climático y emisiones de gases de efecto invernadero. Esos que comen menús carísimos y dejan casi todo en el plato porque está mal visto que les vean "engullir", esos que, hartos de los placeres normales de los proletarios, experimentan con drogas de diseño y perversiones desconocidas para la gente normal.

Así está el mundo: minorías elitistas que nos dicen qué está bien y qué está mal y nos machacan con que si seguimos así vamos a acabar con nuestra tierra.

Como ya he comentado en otras entradas, mi Banco se apunta a todas las tendencias de moda: bandera arco iris, morada, pin de la Agenda 2030... El otro día nos instruyeron acerca de la huella de carbono. Tuve que hacer uno de esos cursitos en línea en los que intentas llegar cuanto antes al final para hacer el test y volver a tus quehaceres habituales.

Cuando le dije a Claudio que ya había hecho el curso y que yo le podía hacer el test final, que tras muchas pruebas y errores había conseguido superarlo, me dijo con sorna:

-Ahora lo voy a empezar. Seguro que sale la niña diabólica.

Me costó un poco darme cuenta de que se refería a Greta Thumberg.

-Pues no sé Claudio. En algunos momentos el curso pasaba mientras que yo atendía a los clientes. Tiene fotos muy bonitas, eso sí. Incluso los mares de plásticos, los peces muertos y los basureros están fotografiados con una definición tan buena, que no me ha disgustado verlos.

Al poco rato, y ya sin clientes, mi compañero me llama a gritos. Ahí estaba Greta, en su pantalla, lanzando al mundo su mensaje salvador. Mi Banco la ponía como ejemplo de lucha por el planeta.

El curso era para informarnos de una nueva opción para la clientela: conocer nuestra huella de carbono (o como de perjudiciales somos para el planeta) Basándose en nuestros consumos con la tarjeta y nuestros recibos, y ponderando toda esa información no sé cómo ni con qué herramientas -el algoritmo usado es un misterio, seguro que lo han hecho unos "expertos" y no hay más que hablar- a mí, por ejemplo, me dicen que de seguir con mi ritmo de consumo, este año necesitaría ocho árboles para compensar mi destrozo al planeta.

Precisamente estos meses he usado poco la tarjeta, solo para comprar metrobuses y alguna cosilla en el súper. No hago viajes en avión, ni compro gasolina, ni tabaco... Mi Banco me decía que el 70% de mi agresión planetaria se debía a gastos (recibos) de mi casa: agua, gas y luz. Huella de carbono simplemente por vivir con cierto confort. En invierno pongo la calefacción (individual) a 19º. A 17º como dijo alguien importante en pleno postureo ecológico, no necesito ponerla. Es la temperatura cuando no estoy en casa.

Plancho, abro la nevera, pongo el horno para hacer bizcochos y la lavadora la activo cuando me viene bien. No tengo un cuadrante para ver cuando es más barata la electricidad. Será por eso que soy asesina potencial de 8 árboles. ¿Cuantos árboles destruirán los consejeros delegados de tantas empresas que viajan alegremente en aviones privados semanalmente? ¿O para ellos hay otro algoritmo más benévolo?

Esto que cuento en modo broma realmente no lo es. A mí me asusta. Me preocupa que los Bancos, arbitrariamente, al tener acceso a nuestros gastos, puedan decidir quien es más o menos ecológico. Me inquieta que este modelo lo copien los gobiernos y nos traten como a los chinos, que tienen su carnet de puntos de buenos ciudadanos. Si un chino en esas ciudades "piloto" hace o "piensa" algo que no le parece bien al estado, le limitan viajes, accesos a ocio, tiene que pagar más impuestos...Se convierte en ciudadano de segunda.

En este desquiciante mundo actual hay determinadas "religiones" de las que está muy feo abjurar. A saber: cambio climático, feminismo, inclusión, vacunación masiva. Cuestionar algo de esto es pecado mortal.

Lo que empieza como un divertimento para ver tu huella de carbono puede dar paso a otros controles. Los Bancos saben todo de sus clientes. A través de las tarjetas se sabe dónde compran, a qué horas, donde viajan. Con los recibos se puede conocer el colegio de sus hijos, sus actividades de tiempo libre, sus creencias políticas o religiosas. Sabemos si les gusta tener dinero en el bolsillo o son más de tarjeta. Conocemos su lugar de trabajo, si les cuesta o no llegar a fin de mes, dónde veranean. 

De momento nadie bucea en ese mar de datos y los empleados somos sumamente discretos. Yo cuento cosas pero jamás digo nombres de los clientes. Pero el peligro del "Gran hermano" está ahí. ¿Y si en un futuro esa información se usara o se confiscara por parte de algún gobierno para usarla mal? ¿Para discriminar y rechazar?

Por ahora podéis tener la tranquilidad de que si vuestra huella de carbono es alta os podéis redimir participando con donaciones en algún proyecto solidario que el Banco, que piensa en todo, os ofrece. Efectivamente, somos pecadores carbónicos, pero con una bula especial se nos perdonan estas faltas.

miércoles, 20 de abril de 2022

A cara descubierta

 Hoy por fin hemos podido librarnos legalmente en los trabajos de la detestable mascarilla. Pensaba que el Banco sería "prudente", como repiten machaconamente todos los personajillos con un poco de relevancia, y nos condenaría a seguir atendiendo al público con media cara tapada.

Sorprendentemente, en el comunicado nos eximen por completo de su uso. Tan solo  apelan tímidamente a que tengamos en cuenta a compañeros y clientes "con riesgo"

El público entraba sin saber bien qué hacer. A mí me da igual, cada cual que haga lo que quiera, pero esa libertad de elección a mí me la han sustraído por dos años. Algunos llegaban directamente a cara descubierta. Otros, al verme, me preguntaban y se la quitaban agradecidos. Sinceramente, mi confianza en la humanidad está bajo mínimos y no me esperaba tanta alegría por este "destape"

Esta Semana santa he estado de vacaciones en una capital de provincias y los cofrades que no iban con sus caperuzas llevaban la mascarilla al aire libre mientras procesionaban. Algunos sacerdotes ni se la quitaban durante las lecturas bíblicas en la Iglesia. La gente tomaba cualquier refrigerio en las cafeterías y ¡se ponía la mascarilla al salir! Sí, para seguir el paseo por la calle. En el autobús oí a una niña que decía que no se iba a sentir segura cuando quitaran la mascarilla en las aulas.

Con estas experiencias dudaba de la humanidad, pero hoy me he dado cuenta de que el dicho "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente" tiene plena actualidad. Si el personal ve mascarillas por doquier, se las pone, si ve a gente sin ellas, se las irá quitando.

Me siguen dando pena los niños y jovencitos. Hoy me contaba una madre que su hija no se quería quitar la mascarilla. De hecho ni siquiera se la quitaba en el patio del colegio. Con sus catorce años tiene granitos, como hemos tenido todos.

-Hija, no te meto la mascarilla en la mochila, no la vas a necesitar

-Sí, dámela, la voy a seguir usando

-¿Por qué?

-Porque soy fea

Eso ha conseguido toda esa panda de "expertos" sacados no sé de donde que jugaban a velar por nuestra salud. Quizá pensaban en la física, porque la salud mental la han destruido.



Algunos niños se han acostumbrado tanto al trapo que no se lo quieren quitar. 

Porque piensan que pueden seguir matando a los abuelitos si no se cuidan de este malvado virus del que parece que todos somos portadores.

Porque tienen la autoestima baja y la ven como una barrera que les protege frente a los demás.

Porque ocultan granitos, aparatos de dientes, vello masculino incipiente, sonrojos de adolescentes.

Porque dos años es mucho y quizá sea una sorpresa reencontrarse con rostros de compañeros o descubrir cómo son esas caras que han visto incompletas durante muchos meses.

Aquí sí se necesitaría una hoguera catártica en el patio de los colegios donde quemar tanta mascarilla, tanto abuso, tanto maltrato a la infancia. Que esta distopía que hemos vivido se convierta en cenizas.

Lamentablemente seguiremos con esta "protección" en demasiados sitios: transportes, hospitales, farmacias... Por defecto, todos seguimos siendo potenciales contagiadores. Y ante todo, ciudadanos muy, muy obedientes.



lunes, 28 de marzo de 2022

Vamos a ahorrar

 Estamos en época de Juntas Generales de accionistas. La de mi Banco va a ser en breve. Antes de que los accionistas recibieran la convocatoria ya estábamos en las sucursales recibiendo mensajes para que nos pusiéramos a llamar como locos a los clientes y obtener su delegación a cambio de un regalito del "todo a 100"

El porqué de tanto interés me lo imagino. El Banco quiere tener montones de delegaciones para luego conseguir que los objetivos planteados en el orden del día salgan adelante.

Yo, a menor escala, hice lo mismo el otro día. Conseguí algunas delegaciones de mis vecinos de confianza para, en la Junta de vecinos (¡Por fin hemos tenido Junta, el COVID también ha hecho que los administradores de fincas no hayan hecho reuniones en dos años!) conseguir que no echaran a los porteros actuales y evitar que una vecina meticona se erigiera en "controladora" de porteros y señoras de la limpieza. Yo conseguí delegaciones para una finalidad loable.

No sé si mi Banco quiere delegaciones y más delegaciones porque busca el bien del accionista o porque busca inflar la remuneración de un Consejo de Administración que, salvo para figurar, no sé bien para qué sirve.

Así, hace unas tres semanas empezó la dinámica de buscar a los accionistas mayoritarios de cada oficina, llamarles y convencerles de que delegaran en la presidencia para que la presidencia haga lo que quiera sin apenas oposición. Cada día, el director de zona ponía en evidencia a las sucursales que iban a la cola. La mía últimamente está la última en casi todo, pero tenemos un ambiente de trabajo tan estupendo que nos da igual.

Empezamos a repartir los regalitos "chinescos" (están fabricados en China) y pronto se nos acabaron. Los clientes, tuvieran 1 acción o 10.000 recibían un bombardeo de notificaciones en el cajero, en el móvil, en el ordenador, instándoles a delegar y recoger  en cualquier sucursal el "preciado" obsequio. Y en las oficinas empezamos a sufrir la escasez de regalos. Nos faltaban, igual que en el súper escasea la leche y el aceite de girasol.



En nuestro caso la culpa no era de la guerra de Ucrania ni del paro de los transportistas. Era, como siempre, una mala planificación.

Si son regalos baratuchos compra en abundancia. Si lo vas a ofrecer como señuelo para las malditas delegaciones, compra más. Si además nos obligas a los empleados a llamar a todos los accionistas para que vengan a delegar, qué menos que darles una pequeña compensación (aunque el obsequio se vaya a estropear a la  semana) por su esfuerzo.

Pues no, hemos tenido que reservar estos regalos mierdas para los grandes accionistas, que a pesar de tener mucho más dinero que el resto quieren su regalo birria. Hemos tenido que mandar a gente que no era de nuestra oficina a la suya a por el maldito regalo cuando en la publicidad decían alegremente "recójalo en cualquier oficina". Hemos tenido que tirar de regalos del año 2020 que no se recogieron por la pandemia, para que la clientela no se fuera con las manos vacías. Y hemos tenido que decir una vez, y otra, y otra... 

-No nos quedan regalos, no creemos que vayan a venir. En letra pequeña decían que eran unidades limitadas.

A pesar de que ya en ninguna sucursal quedaban presentes el otro día en una reunión "digital" nos dicen alegremente que van a lanzar nuevamente avisos y más avisos a los accionistas para que los rezagados puedan delegar. Y les siguen prometiendo una fruslería que ya ni tenemos.

¿Cómo un banco puede ser tan ruin? ¿Por qué se gasta tanto en publicitar regalitos escasos? Vale, regala baratijas si quieres, que en eso todos los bancos son especialistas. Pero, al menos, compra en abundancia y no crees ilusiones vacuas en el público.

Esos accionistas minoritarios que con su delegación consiguen que suban las remuneraciones de los altos cargos no han podido recibir esa migaja en forma de regalo venido de China.

jueves, 3 de febrero de 2022

¿Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así?

Decía esa famosa canción del siglo pasado: "Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así" No diría yo tanto. En mi caso creo que es un cúmulo de circunstancias y entre ellas la edad influye bastante, porque ya no hay tantas vergüenzas ni respetos humanos. Mi rebeldía es de baja intensidad. No soy provocadora.

Últimamente me salto ciertas normas de mi Banco porque me doy cuenta de que no pasa nada y de que es reconfortante hacer el bien. No digo que yo sea mala, pero al seguir a rajatabla las normas, muchas veces me sentía un poco despreciable, colaboradora en esa marginación a los mayores de la que ahora se habla tanto. Espero que este movimiento de los ancianos para que la banca no les excluya tenga resultados positivos.

Ahora cobro el impuesto o el recibo al no cliente que viene desesperado, en peregrinaje por distintos Bancos que sí siguen el protocolo sin desviarse un milímetro y que le mandan a paseo por no ser cliente, por no haber pedido cita, porque ese no es el día de los recibos, porque no tienen caja o, porque están tan, tan quemados, que los problemas ajenos les importan bien poco al tener demasiado llena su propia mochila de agobios.

Hoy venía en esa situación un señor indio. Algo pasaba en su impuesto y el "sistema" no me lo admitía, me daba error y error. Pacientemente ha esperado a que realizara la consulta pertinente a ese centro de ayuda que utilizamos constantemente porque las incidencias son constantes y variadas.

El hombre estaba tan agradecido que no cesaba de decir:

-Usted es muy buena, muy buena persona.

De verdad que he estado a punto de la lagrimilla, me ha emocionado. Me ha anotado las señas de su bar y me ha invitado a ir por allí asegurándome que tiene una terraza muy agradable para tomar cualquier cosita.

¿Y como voy a negar el ingreso al viejecito que desconoce el horario de caja y que ha venido andando torpemente con su bastón con mil euros en el bolsillo?

También me parece justo cancelar "porque sí" una cuenta de un difunto con 40 euros de nada y dárselos a uno de los hijos, sin meterme en el guirigay legal de una testamentaría para que los abogados del Banco me digan que hay que repartir entre los cuatro hijos. Porque después de tantos años conozco a las familias y sé cuando se pueden hacer excepciones. Porque llevar lo legal hasta el extremo muchas veces es absurdo.

Así estoy, en un momento de mi vida en que  a veces puedo convertirme en "Santa Zarzamora" y otras veces siento que me pongo roja como un diablillo y deseo rebelarme contra las imposiciones de la banca. 

Debo decir que tengo ahora jefas que no se meten en nada de lo que yo hago y son mucho más flexibles con la "normativa" de lo que era en su día mi antigua jefa Lupe. Son de las que piensan que si se siembra atendiendo bien a la gente, aunque no sean clientes, en un futuro eso va a repercutir en la oficina para bien.

Hoy, después de mi jornada laboral, tenía que ir con mi tía, la que está en una residencia, a una revisión de los audífonos. No conozco a ningún anciano que esté satisfecho con ellos. 

La tarde era estupenda. Iba caminando con calma por el sol y pasaba por delante de colegios y jardines con papás y niños. Sentía el sol en mi cara y el calorcito de esta tarde primaveral en febrero. La mascarilla iba arrugada y guardada en el bolso. Ya me dan igual las leyes, llevo meses sin usarla al aire libre.

Veía a madres con sus niños recién salidos de clase. Todos enmascarados. Niños jugando al fútbol en un una pequeña pista. También embozados. Sus mamás charlaban cerca. Con sus mascarillas, por supuesto. Me ha dado mucha pena. Porque si mis hijos tuvieran edad escolar lucharía con todas mis fuerzas porque no llevaran ese trapajo asqueroso  ocho horas al día, incluso en el recreo. Probablemente no conseguiría mucho, pero en cuanto mis niños salieran del colegio se lo arrancaría y les diría "hijos, respirad profundo, que habéis estado a medio gas un montón de horas"

Pero lo que veo es que esta generación de cuarentones ha normalizado toda esta aberración y no se quitan la mascarilla más que para ducharse. No sé si hay esperanza.

En estos pensamientos iba cuando he llegado a la residencia de mi tía. ¡Qué pereza! Me pongo la mascarilla azul cielo, la más ligera, entro, y relleno el papel habitual de absurdeces "pandémicas" donde indico que vengo a buscar a mi tía, no tengo síntomas de nada y no la voy a poner en peligro.

Entrego el papel y el vigilante saca su "pistola-termómetro"

-Le voy a tomar la temperatura

Como siempre. Llevo meses dejando que un ordenanza me tome la temperatura para ver a mi tía, que paga un dineral por estar en una residencia.

Algo me pasa hoy. No lo pienso.

-No, no me va tomar la temperatura.

El hombre se queda perplejo. He debido ser la única en todos estos meses que dice no a algo que es una tontería, no es invasivo. Lo cómodo es aceptar. 

-Son las normas. Le tengo que tomar la temperatura para ver a su tía. No puede pasar a buscarla.

-De acuerdo, pero como tiene una cita para los audífonos, que la bajen aquí y me la llevo. No me importa. Puedo esperar en la calle incluso.

El hombre dice que va llamar a la auxiliar, a la enfermera... No sé bien. No me importa. Se organiza un pequeño revuelo. Imagino que no saben como manejar este inconveniente imprevisto. Yo espero. Mi pequeña rebeldía está generando molestias. Me gusta. No sé si me he convertido en diablillo o en un grano en el trasero.

El conserje me dice que como la norma (maldita norma) es tomar la temperatura, que mi tía no puede bajar

Me estoy empezando a enfadar.

-Vamos a ver ¿Esto es una residencia o una carcel? Yo no subo, pero ella sí puede bajar.

En ese momento se rompe esta dinámica que no lleva a ningún sitio, este absurdo sin ningún respaldo médico, ni lógico, este obligar porque sí, por normativas incuestionadas que salen de protocolos ideados por estúpidos anónimos y que se mantienen por inercia, aunque las situaciones cambien. 

En el vestíbulo de la residencia se presenta otra tía que también nos iba a acompañar y como ella no quiere problemas, sube a la zona de los residentes, recoge a mi tía la que no se apaña con el audífono -la realidad es que las dos hermanas lo llevan y ninguna se adapta- y al poco bajan ambas. ¡Y me regañan!

-Pero qué te costaba que te tomaran la temperatura.

-Eres un poco cabezota.

-Siempre te la han tomado y no has dicho nada.

-Vaya lío que has montado.

Mi tía la de la residencia, la que entró en pánico cuando en la visita anterior intenté quitarle la mascarilla, estaba a punto del llanto otra vez.

-Zarzamora, que no me dejan bajar si no te toman la temperatura, que me han dicho que no puedo salir. No lo hagas más.

Y así estamos, con chantaje emocional a nuestros mayores, y de nuestros mayores a sus descendientes; con normas absurdas; agachando la cabeza para que cualquier mandado te apunte con una pistola-termómetro.

A la vuelta de los audífonos hemos pedido hora para una visita al odontólogo -mi tía colecciona citas médicas- Nos atienden unas señoritas encantadoras pertrechadas con una mascarilla blanca de las buenas y, encima, una de las azules, más plebeyas. Menos mal que iba yo para ejercer de intérprete. Por mucho audífono que lleven, mis tías no se enteran cuando la voz atraviesa dos mascarillas. Más marginación para los ancianos con problemas auditivos.

Mascarillas por aquí, por allá. En niños, en papás. Mascarillas dobles y mamparas de metacrilato para las recepcionistas. Tomas de temperatura arbitrarias. Ancianos llorosos, medio secuestrados en residencias o por sus propios hijos. Si esto se lo cuentan a los que se burlaban del pangolín en febrero de 2020, a los que desde la tele clamaban entonces por libertad y ahora se han convertido en defensores de medidas totalitarias, no se lo hubieran creído. Ahora toda esta distopía les parece estupenda. 

No sé si hay esperanza en esta sociedad.

 

miércoles, 19 de enero de 2022

Omicronianos

 Pensaba haber escrito algo navideño pero se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. La verdad es que han sido unas Navidades agradables, con encuentros familiares, visitas a Belenes de la ciudad -me encanta ver las novedades belenísticas- y charla distendida con la clientela. No me he hecho test para visitar a nadie y he hecho mi vida lo más normal posible.

La víspera de Nochebuena vi a una cliente cargada con una bolsa que, por su peso, debía tener bastantes pruebas para el virus. Me contaba que para mayor tranquilidad se iban a hacer tests todos los miembros de la familia antes de la cena de Nochebuena. Cada cual encuentra sus razones. En mi limitado estudio de campo con la clientela la razón número uno era, ¡como no! la protección de los abuelos. Hay que proteger a los abueletes, que son mayores. Mira que responsable soy que me hago un test antes de verle, aunque luego pase de ellos el resto del año. Pero así estamos, con esta doble moral. Y mi estudio a pie de calle me indicaba que los vacunados, a pesar de estarlo, seguían con la mascarilla en la calle -normalmente la pico-pato, la que más protege-, y eran los que estaban más asustados ante el inminente nuevo brote omicroniano navideño. Ellos eran los que se encerraban voluntariamente a la primera tos y los que encerraban a sus retoños durante días y días en las habitaciones si es que habían tenido la mala suerte de que el test de farmacia les diera positivo. No pasa nada, los jóvenes no se quejan de semejante atropello. Están bien aleccionados y presumen en sus redes de lo bien que han llevado su "confinamiento". ¡Todo sea por el bien común!

¡Ah, esa rebeldía juvenil de otro tiempo! El Covid la ha enterrado profundamente.

Acabó la temporada navideña y en el Banco comenzó el goteo de "omicronianos" Todos tenemos una edad y los afectados tenían casi todos sus tres dosis inyectadas con orgullo; por solidaridad con la humanidad, por supuesto. 

La tosecilla y el malestar de mi compañera  Lena, que aguantó como pudo en la oficina justo un día después de su vuelta de  vacaciones, se convirtió en un positivo de farmacia. Claudio Bobo, sin embargo, aguanta como un campeón (su sangres es 0+ y parece que este tipo de humanos casi no se infecta, ya conozco a varios) Lamentablemente dos de sus hijos estaban contagiados levemente y el banco le mandó rápidamente a casa.

-Zarzamora, no me quiero ir. Trabajar en casa es un rollo y además tengo poco sitio. Aunque mis hijos están debidamente encerrados, tengo más peligro al estar 24 horas en casa que al venir al trabajo. Aquí hay mucho espacio y buena ventilación.

Me enterneció, lo reconozco. Pero los "protocolos" bancarios (malditos protocolos que nos arrollan por todas partes) indicaban que tenía que estar en casita hasta que el Banco le hiciera la consabida PCR. Con la saturación de pruebas que mi banco tenía que gestionar, hasta pasados cuatro días no volvió.

Con la directora de vacaciones solamente quedaba yo. Sí, yo, la peligrosa, la que en diciembre no podía entrar en los bares de Cantabria (ahora sí porque ya se han dado cuenta de que era una estupidez), la que ha decidido libremente no vacunarse y recibe el desprecio de tantos "comunicadores" vía radio, televisión o prensa. Yo saqué adelante la sucursal durante una semana con la ayuda de un compañero de otra oficina que me echaba una mano en lo que podía -que era poco- porque era de otro centro y no podía acceder a los entresijos de mis clientes.

Y agradezco que no cerraran mi sucursal. En la competencia son más dados a echar un cerrojazo completo cuando detectan varios infectados o "contactos". Para desinfectar, dicen. Desinfectar a lo grande, imagino. A lo mejor siguen yendo operarios con esos monos blancos tan chulis de marzo de 2020.

O a lo mejor es un señor normal el que va, con una mascarilla pelotillosa que lleva simplemente por que hay que llevarla, y una bayeta con un líquido fuerte que pasa por encima de las mesas. A mí me tocó el señor normal.

-Hola ¿Vienes a limpiar los cristales? -le pregunté. -Habitualmente los limpia el.

-No, vengo a desinfectar.

Y el buen hombre siguió los protocolos de desinfección, faltaría más. Y con su bayeta eliminó cualquier sustancia virulenta que Lena hubiera expulsado el día anterior con sus toses y su moqueos. La "peligrosísima" mascarilla de Lena estaba en su papelera y ahí siguió unos días porque faltó también la chica de la limpieza. Yo imaginaba omicrones volando por la oficina. Casi los veía, flotando en los rayos de sol que se filtraban al mediodía.

Omicron me ha rodeado, pero de momento creo que le he asustado lo suficiente y quizá no me ataque. Creo que prefiere a los vacunados. Son más receptivos. Pero no se mueren ni van a la UCI, eso no, que sigue siendo bueno vacunarse. Con la que sea. Ah, no. Astra Zéneca y Jansen ya no, que son de las baratas.

Podéis dejar de leer aquí si queréis. Es que este asunto me altera y hoy voy embalada. Ahora empiezo la segunda parte que se titula: Omicron en las residencias y hospitales.

Ayer fui a pasear a una tía mía que está en una residencia. Tuve que pedir hora mediante un formulario y rellenar al llegar un papelito que ya me sé de memoria: nombre, apellidos y declaración de estar sana. Y el conserje de la entrada me toma la temperatura.

Me dejan a mi tía en el vestíbulo bien preparada con su mantita en las piernas. Dispuesta para un paseíto al sol. La mascarilla la lleva muy mal colocada, torcida y con la nariz fuera.

-Quítate la mascarilla y que te de el sol- le  digo a mi tía mientras intento arrancarle esa mascarilla-

-No, no, que no se puede. Está prohibido, nos van a multar -Noto cierto terror en su voz. Está bien aleccionada.

Por más que insisto que no multan a nadie, que he pasado delante de policías sin mascarilla y ya no dicen nada, mi tía no cede. La dejo estar. Por lo menos lleva la nariz fuera.

Charlamos un poco de su vida en la residencia y me cuenta que hay tres compañeros encerrados en sus habitaciones porque son positivos. Les llevan la comida y no salen para nada. De poco les ha servido también a estos estar vacunados reglamentariamente. En cualquier momento les pueden recluir. Pagan por estar encarcelados. Pero todos contentos, que lo hacen por la salud de los ancianos. Quizá no les guste tampoco esta situación a los encargados de la residencia, pero hay que seguir los "protocolos" de la Comunidad de Madrid. ¿Quien decide esos protocolos? Vete a saber. Seguro que son expertos en las más variopintas especialidades. Los viejos se morirán de Covid o de pena.

Volví a casa y de camino pasé por la de mis padres. ¡Día completo! A mi madre la mandaban desde su ambulatorio a urgencias de La Paz. La mujer se encontraba mal desde hace unos días pero se resistía -con razón- a ir al médico. En el ambulatorio la miraron después de hacerle ¡una PCR! La médica puso en letra bien grande en el volante: NO VACUNADA y en más pequeño: síntomas compatibles con el COVID. El Covid es tan versátil que cualquier malestar puede ser el virus. Cuando llegué al ambulatorio me esperaba mi hermano. Mi madre tiritaba en una sala de espera vacía y muy bien ventilada. Es imprescindible la ventilación cruzada en un ambulatorio desierto cuando en el exterior hay dos grados. Para que puedas coger allí las enfermedades que no tienes y agravar las que llevas.

En la Paz la atendieron bastante rápido y nos dejaron una silla de ruedas porque no se tenía en pie. En el triaje la primera pregunta fue si estaba vacunada. Dato imprescindible para su valoración. 

- No, no lo está, tiene muchos problemas de coagulación y se consideró que la vacuna podía tener efectos negativos en ella.

Eso dijimos a la señorita que nos atendió. Desde allí mi madre comenzó ella sola su peculiar vía crucis porque los acompañantes están prohibidos.

Han pasado ya 24 horas y estamos más o menos tranquilos porque hemos hablado por teléfono con mi madre y en la voz se le nota mejor que ayer. Tiene una infección de orina potente, le han puesto oxígeno (No sé si con la mascarilla puesta o no, la verdad. Son capaces de no quitársela) y le ponen antibiótico en vena. Le han hecho análisis y radiografía.

No dejan que nadie la acompañe. Por seguridad, dicen. Y el médico aún no nos ha llamado.  

Anoche le hicieron test de antígenos y, luego, test PCR. Hoy le han hecho otro test PCR. Todos salen negativos. Empiezo a ser mal pensada. No entiendo tanto test. O sí. Si lo que quieren es sacar positivos a la fuerza de la gente no vacunada para ponerlos como ejemplo de que se ponen muy muy malitos. 

Hay otras enfermedades además del Covid de nuestras desdichas, pero parece que solo importa el maldito virus que nos trastorna a todos.

No digo que mi madre esté mal atendida. Afortunadamente tiene todas sus facultades mentales intactas. Habla con nosotros y eso nos tranquiliza. Ahora mismo la medicina es puro protocolo. Los médicos van por su carril y no se desvían ni un milímetro. Siempre hay "expertos" y superiores que les dicen como actuar. 

Me dice una amiga que trabaja en ese hospital: "En la situación actual es más peligroso que los ancianos estén acompañados. Es durísimo y no nos gusta a ninguno, por eso tenemos que hacer todo lo posible por acabar con la pandemia"

No se lo compro, desde luego. Hay un trasfondo de "si la pandemia no acaba es por culpa de la gente que no tiene cuidado y lo está haciendo mal"

No, no y no. Hay que vivir y sacudirse este miedo. Y muchos sanitarios tienen que quitarse ya esa capa de héroes comprada en un todo a 100 y dejar de parapetarse tras los teléfonos para recetar paracetamol o mandar ir a urgencias mientras ventilan ambulatorios desérticos y helados.


lunes, 13 de diciembre de 2021

No estoy vacunada. ¿Y qué?

 Ya es hora de que los que hemos tomado esta opción lo digamos a los cuatro vientos, con orgullo. Porque tenemos el mismo derecho a no vacunarnos que los que deciden hacerlo.

Y en las últimas semanas veo que se está sembrando mucho odio y reparos hacia nosotros por parte de esos presentadores veletas de televisión y radio, que al principio de esta historia se reían del virus y tachaban de alarmistas a los que hacían acopio de víveres y ahora dan normas sobre a quien admitir en las comidas navideñas y abogan por "hacernos la vida imposible" (textual) a los no vacunados.

Quiero que los lectores que pueda tener mi blog vean que los no vacunados somos sensatos, no tenemos un historial de artículos y opiniones "raras" en la red. Somos como cualquier vecino que te puedas cruzar por la escalera, sin cuernos ni rabo, no soltamos azufre coronavírico con cada respiración.

He pasado algunos  días del puente fuera, en esa comunidad regida por un individuo que aparece más en la televisión que en su despacho, que siempre obsequia a sus amistades con anchoas, que se ha hecho tan amigo de Pablo Motos, el de "El hormiguero", que no mantiene la tan cacareada "distancia de seguridad" y le tose cerca, sin cubrirse la boca con el brazo, como han enseñado a hacer a todas las criaturas en el colegio.



Sí, la comunidad cántabra, regida por este "reyezuelo" que exige, encendidamente, que hay que vacunar a todos "por lo civil o por lo militar"

Pues bien, desde el viernes 10 se instauró el "pasaporte Covid" en la hostelería de la región. Después de un estupendo paseo por el lluvioso Sardinero, mi marido y yo decidimos tomar algo en la cafetería de un hotel. Entramos, nos sentamos y pedimos. Casi cuando teníamos la consumición en la mesa el hombre nos pidió que le enseñáramos el código QR. Yo opté por hacerme la tonta. Mi marido estaba despistado de verdad, porque no estaba al tanto de esta nueva ocurrencia "revillesca".

-No traigo nada. Estamos de vacaciones y no sabía que exigían esto...

El camarero, condescendiente dijo que con que le presentáramos un justificante, le valía. Una especie de promoción dos por uno de inicio de temporada segregacionista.

-Voy a buscarlo -dijo mi marido, ejemplar ciudadano vacunado, mientras trasteaba en el móvil-

El camarero se alejó y empezamos a consumir. En un momento dado le hizo a mi marido un comentario del tipo "bueno si no lo encuentra, déjelo, no pasa nada" Quizá ya hubiera sido tarde para echarnos. Yo tenía ya todo el cuenco de patatas fritas en mi tripa.

Finalmente mi marido encontró el famoso código. Queríamos ver el proceso de discriminación vírica. El camarero abrió una aplicación del Servicio cántabro de salud en su móvil, apuntó al código de mi marido y le salió una marca creo que verde, el ansiado pase a cualquier establecimiento hostelero. Aparecía el nombre y fecha de nacimiento.

-¿Esto es un rollo para Vds no? -le pregunté al pobre hombre.

Confirmó que sí, que era más trabajo. Le oía luego en otras mesas criticando a los gobernantes en general y a sus ocurrencias.

Me sentí un poco mal, un poco "tragacionista" como dice Juan Manuel de Prada. Me había tomado un aperitivo rodeada de mis "enemigos": los vacunados. Quizá tendría que haber pedido la hoja de reclamaciones, enfadarme, largarme, dejar intacto el aperitivo y no pagar. Pero no lo hice y siento que traicioné mis principios porque en mi interior me sentí tremendamente discriminada y excluída. Simplemente por haber decidido libremente no vacunarme.

Podría dar bastantes motivos de mi decisión: tengo una inmunidad natural que me parece mucho mas potente; no veo necesidad de hacerlo por la escasa letalidad de mi grupo de  edad; no confío en "vacunas" cuya eficacia se va reduciendo con el tiempo y los dirigentes sanitarios en lugar de tener ciertas dudas, lo solucionan proponiendo más dosis sin establecer ningún tope; mezclan distintas vacunas según les parece; me mosquea un discurso homogéneo en los medios de comunicación, que no dan voz a otras opiniones; me horroriza la censura en las redes mayoritarias de opiniones de médicos que dudan de estas vacunas.

Pero el motivo más importante es que, de momento, soy libre para elegir el trato que dispenso a mi cuerpo, y mi decisión ha sido no meterme ningún ARN. Me considero grupo de control, para ver, dentro de un tiempo, si hay diferencias sustanciales con la familia vacunada.

De momento, dentro de los numerosos reinos de Taifas que tiene España, tengo la suerte de vivir en una comunidad libre de restricciones. Si las hubiera aquí, también optaría por seguir sin inyectarme antes que hacerlo a cambio de comer o tomar un café en un restaurante. No cedería a este chantaje.

Van acortando el cerco y mucha gente no elige vacuna sí o vacuna no con libertad. Lo que queda bien es decir que uno se vacuna por "solidaridad". ¡Ah, que bien queda decir que eres altruista! Pero la realidad es que muchos se han vacunado porque ven demasiado la televisión, con sus consignas machaconas y únicas, porque les prometían viajar sin restricciones, porque pensaban que con dos dosis  se acababa todo este problema y quedaban "inmunizados", porque se lo exigían los hijos para abrazar a los nietos, porque habían estado tan encerrados en el último año que el exterior les asustaba y necesitaban el escudo de una "vacuna", porque confiaban en sus médicos, que se han limitado a repetir las consignas que les ordenaban organismos burocratizados y no han examinado pacientes como antes, se limitaban a a hacer PCR.

Hay muchas razones sí, pensando en uno mismo. Ahora se agrega  el poder entrar a hoteles, restaurantes y discotecas. 

Volví de Santander en tren. Afortunadamente el derecho de desplazamiento sigue vigente para cualquier español y no me pidieron "pase Covid" En el tren había servicio de restauración a bordo y pasaban con un carrito con alimentos por los vagones. Se podía comer a bordo sin la mascarilla. En fin... el mismo "riesgo" que en la hostelería.

Esto no va de proteger la salud, sino de acelerar en el último mes del año y atraer a los que se pueda a la causa -niños incluidos- ¿Quizá sería una pena que caducaran esas dosis de Pfizer tan caras y tan difíciles de conservar en frío? Porque parece que Pfizer es ahora la más "top" de las vacunas. Combina con todas, como un jersecito negro que con todo queda bien.

Afortunadamente, aunque en un futuro sigan limitando mis derechos, tengo una familia estupenda, con vacunados y no vacunados, donde no se ha perdido la tolerancia ni el sentido del humor. Nos reuniremos esta Navidad. Seremos muchos, y nos olvidaremos de esos "consejos" que dan los asustadores profesionales. Hay que vivir y hay que disfrutar, que eso sí mejora el sistema inmune.


jueves, 4 de noviembre de 2021

Sin rumbo claro


Mi Banco va dando tumbos, al menos en lo referente a sucursales, que es lo que yo conozco. 

Durante el mes de octubre me enviaron a distintas oficinas a que cubriera el horario de ventanilla porque les faltaba personal. Mi oficina se quedaba entonces "coja" y mi puesto lo cubría mi jefa directa. 

A mitad de mañana volvía a mi sucursal a seguir trabajando. A mí no me iba mal este sistema. Siempre que ayudas en otras oficinas son de lo más amable y agradecido y tampoco te implicas tanto como en la propia. Acababa mis tareas, les dejaba la caja perfectamente cuadrada y, después de tomar un cafetito por la zona, iba dando un paseo hasta mi propia oficina disfrutando del precioso mes de octubre que hemos tenido.

Ahora le toca a mi sucursal estar al cincuenta por ciento de personal. Estamos tan solo la directora y yo debido a bajas médicas de los dos compañeros restantes. Por desgracia nosotras no debemos ser de suficiente categoría y no nos envían ningún ayudante, ni siquiera por unas horas.

¡Da una penita entrar en un local tan grande y con tanta mesa vacía! Sobre todo se entristecen los clientes que han conocido otros tiempos, con más público, más empleados y, en definitiva, más vidilla.

Ya es imposible volver a lo de antes. Como comentaba en una entrada anterior, el Covid aceleró todo y la banca está feliz de haber acostumbrado a todos a gestionarse desde sus casas.

¿Y qué sucede cuando la gente necesita ir presencialmente a las oficinas?  Dejando aparte los trámites habituales y sencillos de ingresos, pagos, cheques, recibos y transferencias, lo demás son marrones y más marrones. Ahora la clientela llega a la oficina porque han agotado el resto de opciones: la línea de atención telefónica les ha remitido a nosotros, han intentado llamarnos y no les hemos cogido el teléfono, han ido a una oficina distinta y no les han atendido... 

Afortunadamente en nuestra sucursal no hay que pedir cita ni coger número como en la carnicería y el acceso y la atención son sencillos. Cuando he estado destinada en sucursales de "numerito" yo, que no estaba acostumbrada, les decía:

-Pasen, pasen, si solo son dos en espera, les atiendo sin número.

Era más rápido funcionar sin número, pero los compañeros me decían que aunque no hubiera cola tenían que coger número. Si no lo hacían, la sucursal era "penalizada"

Así estamos, con penalizaciones por todo: por dar dinero en ventanilla y no derivar al cajero, por hacer transferencias y no instruir para que se las haga el propio cliente, por atender pagos fuera del horario establecido, por no colocar suficientes seguros, por dejar que reembolsen fondos de inversión, por no ser calificados con un diez cuando hacen encuestas a los clientes, por tener demasiadas cancelaciones de cuentas, por no abrir suficientes cuentas... Penalizaciones, todas. Felicitaciones, nunca.




Hoy, un "no cliente" al que le he solucionado una papeleta con un recibo me ha agradecido mucho la gestión.

-Quiero abrir cuenta con vosotros. De verdad, no he encontrado en Banca a nadie tan eficaz como tú.

Mi ego ha subido bastante, pero intuía que no iba a ser fácil tenerle como cliente.

-¿Vas a domiciliar tu nómina, traer recibos, usar tarjeta?

- No, la nómina no, pero quiero tener otra cuenta.

Y le he aconsejado que no se la abra. Así al menos seguirá teniendo buena opinión de nosotros. Abrir cuenta para pagar comisiones no tiene mucho sentido. O tienes el "pac" básico, o pagas.

Ahora mismo abrir cuenta en cualquier banco es una auténtica pesadilla. Si la informática funciona como debe -que suele fallar mucho- el cliente debe dedicar casi una hora a informar al banco de sus datos personales, laborales y económicos. Aparte de digitalizar su Nif, necesitamos su empadronamiento, su contrato o nómina y, en ocasiones, su declaración de la renta. El cliente firmará (digitalmente por supuesto) una cantidad ingente de papeles que jamás nos hemos leído los empleados porque son farragosos en extremo y con letra pequeña. 

En esta época  engañosa en que a los clientes hay que informarles de todo y tienen que dar autorización para todo, están más indefensos que nunca. No hay nada como abrumar a las personas con papeles e información. No se la leen y firman en barbecho. Si alguien decidiera leer todo antes de firmar y exigiera explicaciones para entenderlo tardaría en abrir una cuenta más de tres horas.

Esto es un acto de fe, como pensar que las "vacunas" del Covid te inmunizan o que la mascarilla no deja pasar el virus.

Y así estamos: sucursales bajo mínimos, cambios constantes de empleados (yo soy una excepción) y maltrato constante al cliente pidiéndole una y otra vez datos y justificantes. Estas exigencias de datos nos vienen de la normativa europea. Cada vez se fiscalizan más los movimientos bancarios de la clientela. A veces se retienen pagos de forma absurda porque hay filtros que se aplican mal. Pero los filtros y los "protocolos" valen más que la opinión de los que estamos en contacto directo con los clientes.

Mucha publicidad, mucho "buen rollismo" institucional, pero el Banco va dando tumbos.

Eso sí, a estas alturas del virus se preocupan de nosotros más que nunca. Hemos estado trabajando cuando no había mascarillas (aunque como podéis intuir no me gustan lo más mínimo), cuando las calles estaban desiertas, cuando nos mandaban cada semana a una sucursal distinta porque unas abrían y otras cerraban y ahora, un año y medio después del inicio de esta pesadilla mi Banco me dice que me tengo que hacer una PCR semanal porque no me ha dado la gana comunicar mi estado vacunacional, que considero que es totalmente privado.

¿Qué me estás contando? ¿Que miras por la seguridad de tus empleados? ¿A estas alturas me dices que me tengo que poner mascarilla pico-pato que es la que más protege y la que da más calor? ¿A estas alturas de la fiesta pandémica me dices que tengo que justificar que estoy sana semanalmente y pretendes meterme un palito por la nariz con caducidad de siete días? ¿En estos momentos te preocupas de gente como yo que ha estado cerca de la clientela, sin guardar el metro y medio famoso de distancia, enseñándoles a manejarse en el cajero o a instalarse las aplicaciones del Banco en su móvil? ¿Te preocupas de que pueda contagiar? ¿A quien? ¿A mi única compañera que está en su despacho, en una oficina que puede albergar holgadamente a diez empleados? ¿Qué va a hacer mi Banco si  no me hago esos tests semanales? ¿Prohibirme la entrada a una oficina de la que tengo llaves? ¿Despedirme? ¿A mí, que he pedido entrar en dos ERES y me lo han denegado?

De verdad, no sé si mi Banco está confabulado con las farmaceúticas o qué. Esta presión sibilina para conocer datos médicos privados a estas alturas (o  me dices si estás vacunado o Pcr semanal) no me parece de recibo. Esto ya no va de luchar contra una pandemia en retirada, esto va de controlar a sus empleados al máximo, igual que ya se controla a los clientes.

De momento llevo tres convocatorias para Pcr a las que no he ido. Seguiré resistiendo. 


sábado, 4 de septiembre de 2021

Virulencia

 Está finalizando un verano laboralmente tranquilo. Mi clientela ha estado de vacaciones y los "presionadores" también. Ha habido sosiego. Desgraciadamente yo he tenido diez días de demasiada "paz".

El famoso virus nos alcanzó a mis hijos y a mi. No entraré en detalles "rollo", pero si, por diferentes motivos, no me hubiera hecho la famosa prueba -la PCR es la que decide si estás o no enfermo, la que desencadena todo este festín de llamadas, bajas y aislamiento- yo hubiera seguido trabajando porque me encontraba perfectamente.

Pero todo estalló como un huevo frito en aceite muy caliente. Me dieron la baja y estuve en casa, muy bien físicamente, pero mal anímicamente. Debe de ser que los años me hacen más rebelde y más amante de una libertad que consideraba me habían quitado injustamente.

Con este virus todo el mundo habla de sus experiencias y, en el caso de mi clientela, todos rebuscan entre sus conocidos hasta dar con alguno intubado o muerto. Claro que los hay. Hay gente que lo ha pasado muy mal. Y gente, como yo, que quiere inyectar un poco de optimismo en este sinsentido. 

De los tres afectados dos éramos no vacunados y una sí, y no ha habido gran diferencia en cómo lo hemos pasado. Yo pienso "pues la vacuna no sirve para tanto". Muchos me dicen: "la vacuna sirve para mucho, para no estar grave, para no ir a la UCI y tú has tenido mucha suerte"

El no vacunado tiene suerte, el vacunado está tocado por la varita mágica de su "protección", que no inmunización. Cada cual encaja las situaciones en su forma de ver esta ¿pandemia?, para que sus esquemas sigan manteniendo una cierta consistencia y para no volverse loco con tantas opiniones dispares y cambiantes.

En mi familia extensa (hermanos, cuñados, sobrinos) hemos sido muy egoístas los que hemos tenido el virus, nos lo hemos quedado para nosotros solos y no hemos sido de estos esparcidores que favorecen esa expansión exponencial con la que nos asustan de continuo.

Habrá quien me critique por contar mi experiencia sin tintes trágicos, pero creo que también es bueno exponer la realidad de cada uno. Yo me ahorré todos los efectos vacunatorios que tuvieron mis vecinas de parecida edad: dolores musculares y de cabeza, escalofríos, fiebre y cansancio extremo.


Mi pérdida de olfato duró sólo cuatro días. Cada cuerpo es un mundo, la genética imagino que influye y aquí dejo mi testimonio de que no siempre el virus es grave y se sobrevive sin vacuna.

El otro día vi fotos de colas de papás que iban alegremente a vacunar a sus hijos antes de empezar el colegio. De momento de 12 a 18 años. Imagino que en nada empezarán con los bebés.

Vino una cliente que me contó que su hijo iba a hacer un curso escolar en Inglaterra. Me quedé de piedra cuando me dijo que tenía 11 añitos. Ni siquiera los reyes han mandado a Leonor al extranjero siendo tan tiernecita.

-Mi hijo no quiere ir -me decía la cliente- pero luego no querrá volver. Al final lo pasan muy bien.

Imagino que el muchachito se adaptará. ¡Como no! La humanidad ya se adaptó a toques de queda, horarios de paseo, encierros forzosos, trabajo en casa, mascarilla continua... Y, ahora, es habitual el palito nasal las veces que haga falta: para detectar el virus, para montar en avión, para ir de boda... La mascarilla no tiene visos de ser eliminada. Por más que ya no haya que llevarla en exteriores, son muchos los que le han cogido cariño y la siguen llevando en calles solitarias, en el campo, en el coche... 

Perdonad por la digresión. Me decía la mamá, toda contenta, que a su niño ya le habían puesto las correspondientes dosis de vacuna para que esté tranquilo en ese internacional colegio donde va interno. Ojalá el chiquitín no tenga ningún efecto secundario de su flamante vacuna mientras esté solo en el internado.

Ahora parece que es fundamental vacunar a la infancia con algo que no está funcionando para evitar el contagio y cuyos efectos secundarios se desconocen aún.

Se está maltratando a la infancia y a la juventud apelando a la solidaridad con una ancianidad a la que también se le da el derecho a pedir la eutanasia. Han acusado a la juventud de asesina en potencia de padres y abuelos. Les hicieron estudiar a distancia, luego ir a clase con mascarillas (esas que dicen en los platós de televisión que son imprescindibles pero que ellos no llevan) alejarse de los amigos que no estaban en su "burbuja", renunciar a fiestas de cumpleaños y graduación. 

Ellos apenas han sido contagiados y, si lo han sido, la enfermedad ha sido muy leve. Pero ahora parece que la erradicación del virus depende de la total vacunación de este grupo de población. De verdad que no lo entiendo.