lunes, 31 de marzo de 2025

Aquella casa de alquiler

 Hoy he tenido que acercarme al Registro de la Propiedad a por una nota simple para iniciar los trámites de compra del suelo de mi actual vivienda. El Ayuntamiento hace (hacía) cosas muy raras. En aquel año 1996, cuando me dieron mi casa de cooperativa (sí, hubo una época en que jóvenes veinteañeros y treintañeros con ingresos módicos pudimos acceder a una vivienda de cooperativa, aunque en el camino me diera tiempo a ennoviarme, casarme y a tener dos hijos), me dieron solo el "vuelo", no el suelo. Ciertamente la vivienda fue más económica. Al principio el ayuntamiento decía "si queréis el suelo tenéis que estar de acuerdo absolutamente todos los vecinos, porque el suelo es indivisible". Lógicamente muchos vecinos preferían comprar muebles o rebajar hipoteca. El suelo les daba igual porque ya teníamos un techo bajo el que vivir.

Fue pasando el tiempo y se ve que el Ayuntamiento necesitaba dinero y entonces sí, el del segundo podía tener el suelo y el del quinto no. Ya no era necesaria una unanimidad imposible entre los 188 vecinos. Hubo gente que se animó a comprar.

Y ahora es el "boom". A mi casa le quedan tres años para que deje de ser de "protección oficial" y cuando esto suceda, el Ayuntamiento, si ofrece nuevamente a los vecinos comprar el suelo, será a precio de mercado y nos pedirá en torno a los 100.000 eur.

Así que se ha conseguido que ahora haya una nueva oferta de suelo a precios de protección oficial (en torno a los 30.000 eur). Yo no estaba animada. Total, vivo en la casa y no voy a negociar con ella. Cuando mi hija pequeña tenga 75 años que es cuando acaba la concesión (no creo que ni yo ni mi marido vivamos entonces) que se arregle ella con el Ayuntamiento. Si no echan a los okupas, no creo que vayan a echarla a ella, que ya será mayor, porque no tenga el suelo. ¿Van a echar a una propietaria del "vuelo" que ha pagado todos los años un IBI tan alto como el de las casas que tienen suelo? Pero vivimos en un mundo tan raro que quizá en un futuro un okupa tenga más derechos que un propietario que siempre ha cumplido con sus obligaciones y tributos.

Mi marido no hacía más que decirme "compra el suelo, cómpralo, que es una buena inversión, mejor que tener el dinero en el Banco, que la casa se revalorizará, y si en un futuro nuestros hijos la quieren vender será más fácil. Que sí, que lo compres"

Finalmente le he hecho caso y estoy en las primeras fases de todo este proceso que seguro que es farragoso y lento. Ahora me lo puedo permitir porque tengo tiempo. 

Un primer absurdo: He ido personalmente al registro a pedir la nota simple, no he necesitado pedir hora. Me ha costado 3,64 eur.

Si lo hubiera pedido por Internet, me hubiera desesperado buscando la aplicación, el acceso, hubiera esperado dos días a recibirlo electrónicamente, y hubiera pagado casi 10 eur.

Después de salir del Registro y de desayunar con una antigua colega del Banco que trabaja en una sucursal cercana, he tenido un acceso de nostalgia y he decidido pasear por el barrio en que viví de recién casada, que está por esa zona.

En su día no buscamos mucho mi entonces novio y yo. Nos surgió alquilar un piso viejo que había heredado una vecina de la hermana de mi marido y allí nos fuimos. La casa era deprimente. Hicimos una reformilla y fuimos descontando el coste, del pago del alquiler. Pensábamos que era algo temporal: un año o dos hasta que nos dieran nuestra casa con "vuelo pero sin suelo". Por eso no nos importó que fuera un lugar alejado del barrio en que habíamos vivido los dos.

Limpiamos mugre de la campana, llevamos muebles viejos a un trastero de un familiar de la dueña, pusimos fundas al sofá viejo, animamos las paredes con cuadros y la terraza con plantas. Mi padre nos pegaba las baldosas del suelo que de tanto en tanto bailaban. Nos adaptamos y, más mi marido que yo, aprendimos a querer a ese barrio desconocido.

La casa nueva se retrasaba. Nació mi primer hijo. Estuve con él hasta que cumplió un año. Cogía dos autobuses con él en brazos cuando iba a visitar a mi madre en días de diario. No había asientos reservados. Nadie se levantaba. Me sujetaba a la barra y decía en voz bien alta:

-A ver quien se levanta. Necesito ir sentada con el bebé de tres meses que llevo encima.

Y entonces sí, alguien se levantaba azorado musitando un "perdón, no me había dado cuenta" y cediéndome el asiento.

Muchas veces, en invierno, mi marido se retrasaba al llegar a casa por temas de trabajo y yo pasaba con el niño a casa de mis vecinos de rellano, ya mayores, porque la noche y la soledad se me echaban encima como una losa. Charlábamos, le hacían carantoñas al bebé y veíamos juntos lo que echaran por la tele.

Llegó el momento de incorporarme al trabajo. En esa época los maridos tenían dos días por nacimiento de hijo, las madres 16 semanas. Mi madre cuidó al bebé unos meses, coincidió la época de verano. Luego, con año y medio le metimos en una guardería. Cuando me tocaba a mí llevarle y dejarle ¡a las 7.30 de la mañana! me iba llorando al trabajo después de ver cómo se alejaba por un pasillo débilmente iluminado y se quedaba en una mesa, él solito, con dos  juguetes aburridos, hasta que iban llegando, bastante más tarde, el resto de los niños.

Me iba al metro ocultando las lágrimas con unas gafas de sol que cantaban un montón en esas mañanas invernales y oscuras.

Mi marido decidió que el crío no estaba feliz en esa guardería. Pidió una excedencia y se dedicó seis meses a cuidarle mientras yo seguía trabajando. Era una maravilla llegar a las 15:30 y estar toda la tarde los tres juntos. En primavera le llevaba en coche al parque Juan Carlos I, recién inaugurado, o a la Quinta de los Molinos. Al crío le encantaba ver los riegos y observar a los jardineros. Cuando podaban, me traía rosas de las que habían cortado.

Algo había que hacer con el niño cuando acabara la excedencia. Mi marido miró y remiró guarderías de la zona. El niño dejó bien claro que la primera guardería era fea y no quería volver. No fue feliz en ella. Al final encontramos una, recién inaugurada. El niño la vio y dijo "esta me gusta". Allí aprendió a leer y escribir antes de los cuatro años. Quizá algún pedagogo piense que eso es una barbaridad, pero para él no supuso ningún trauma.

Todo esto he recordado hoy paseando por ese antiguo barrio que iba a ser provisional y viendo las dos guarderías: la triste y la que le hizo feliz. 

¡Cuánto cambia un barrio! Aceras más anchas, comercios nuevos, casas remozadas... Solo permanecen igual la carnicería, la panadería, alguna cafetería. Después de 28 años no consigo recordar qué había antes en el lugar en que ahora hay un chino, que edificio había en el lugar de esa vivienda moderna. A duras penas he ubicado la terraza donde teníamos multitud de  geranios. He visto algo que ya los jóvenes actuales desconocen y que yo hacía siglos que no observaba en mi actual barrio: un camión con bombonas de butano. 

En esa primera vivienda de casada había butano para cocinar y para la ducha. Solían ser muchachos fuertes del este los encargados de subir las bombonas. Ya había pasado a la historia lo de hacerles una señal desde la terraza para que subieran la bombona. Llamábamos por teléfono y, como trabajábamos, decíamos "el dinero está debajo". Nunca falló el sistema en los seis años que allí vivimos y siempre estaba la bombona en la puerta al llegar del trabajo.



El tiempo pasaba y no sabíamos con exactitud dónde iban a edificar nuestro flamante edificio con viviendas "sin suelo". La cooperativa, en los comunicados y en las reuniones, siempre daba explicaciones, no sé si reales o no, de los motivos de los retrasos.

Nació mi segundo bebé. Una niña, que ya no pisó una guardería y no tuvo necesidad de madrugar hasta que empezó el colegio.

En esa época pagábamos guardería del mayor, alquiler, señora que cuidaba a la pequeña y mensualidades de la cooperativa. Afortunadamente, con dos sueldos medios, en esa época sí se podía. El piso nos lo dieron el mismo año en que nació la niña. Por eso llevo tan bien la cuenta de los años de propiedad. Nos mudamos a los seis meses para que el mayor acabara su curso en la guardería.

Mi marido sí que tuvo cierta pena por abandonar ese barrio. Yo fui feliz allí, pero intuía que iba a ser más feliz en la nueva vivienda. La suerte, el destino, la providencia... nos había proporcionado una casa relativamente cerca de la de mis padres, con todas las ventajas que eso suponía cuando se ponían malitos o cuando la cuidadora no podía ir.

¡Hay que ver! Cuantos recuerdos me han invadido con un simple viaje al registro.

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