He trabajado en la misma sucursal bancaria durante 31 años. Algo raro en estos tiempos que corren. He pertenecido a un tipo de empleados que ya no existen. Llevo fuera del banco desde enero de 2023 y estoy feliz. Pero me da pereza cambiar el nombre de este blog que empecé en el año 2011 y que es ya para mí un almacén de recuerdos y anécdotas. Seguiré detrás de mi ventanilla.
miércoles, 8 de julio de 2026
Gente maleducada
domingo, 16 de julio de 2023
Conversaciones ajenas
Ya estoy disfrutando de unos días de descanso -bueno, ahora todos mis días son de descanso- en la playa.
Esta mañana me secaba en la toalla bajo un cielo nublado y cerca de mí se han instalado dos señores cuarentones. Uno, español. El otro hablaba ese perfecto español con acento que ponen los dobladores de series a los espías británicos.
Reconozco que me encanta escuchar conversaciones ajenas en la playa. En especial cuando estoy en ese estado de leve sopor mañanero que me entra después de un buen baño en el Cantábrico y posterior posición horizontal en la toalla.
-Ayer fue el día más caluroso en el mundo desde que se tienen registros- decía el "espía"- Nada menos que 17 grados de media. Si tenemos en cuenta que la mitad del mundo está en invierno es una barbaridad.
El otro asentía. El extranjero mostraba lo ecológico y buen ciudadano que era.
-La solución está en la progresiva eliminación del coche particular. Yo procuro desplazarme en bicicleta, a pie o con transporte público. Y no diré que soy vegano, pero casi. Sí que tomo pescado. Alguna vez cae una barbacoa, pero reconozco que no son nada buenas para el medio ambiente.
Imagino que pensaba en la carne de las barbacoas, no en el peligro de incendio por chispas juguetonas. Yo creo que las vacas hacen un gran servicio en los montes. Los tienen bien limpios y libres de hierbajos que pueden propagar el fuego. Pero hay quien dice que sus pedos son muy muy contaminantes.
Ya iban camino de la orilla a zambullirse cuando el español le pregunta.
-¿Cuando coges el avión a Canadá?
Me quedé loca. Como tantos ecologistas "buenistas" de bicicleta y carne artificial, éste tampoco tenía remordimientos en coger aviones de larga distancia. Tuve la sensación de que lo hacía a menudo.
Voy a hacer barbacoas y a decir a mi marido que use más el coche. El tren se está poniendo por las nubes, no hay precios fijos en los viajes y el servicio de Renfe es cada vez peor. Hace más de cuatro años que no cojo un avión. Puedo hacer todo esto y más hasta que llegue a los niveles contaminantes del vecino playero que viaja en avión sin remordimiento a lo largo y ancho de este mundo.
Empiezo a estar un poco harta de todos estos salvadores planetarios.
miércoles, 20 de abril de 2022
A cara descubierta
Hoy por fin hemos podido librarnos legalmente en los trabajos de la detestable mascarilla. Pensaba que el Banco sería "prudente", como repiten machaconamente todos los personajillos con un poco de relevancia, y nos condenaría a seguir atendiendo al público con media cara tapada.
Sorprendentemente, en el comunicado nos eximen por completo de su uso. Tan solo apelan tímidamente a que tengamos en cuenta a compañeros y clientes "con riesgo"
El público entraba sin saber bien qué hacer. A mí me da igual, cada cual que haga lo que quiera, pero esa libertad de elección a mí me la han sustraído por dos años. Algunos llegaban directamente a cara descubierta. Otros, al verme, me preguntaban y se la quitaban agradecidos. Sinceramente, mi confianza en la humanidad está bajo mínimos y no me esperaba tanta alegría por este "destape"
Esta Semana santa he estado de vacaciones en una capital de provincias y los cofrades que no iban con sus caperuzas llevaban la mascarilla al aire libre mientras procesionaban. Algunos sacerdotes ni se la quitaban durante las lecturas bíblicas en la Iglesia. La gente tomaba cualquier refrigerio en las cafeterías y ¡se ponía la mascarilla al salir! Sí, para seguir el paseo por la calle. En el autobús oí a una niña que decía que no se iba a sentir segura cuando quitaran la mascarilla en las aulas.
Con estas experiencias dudaba de la humanidad, pero hoy me he dado cuenta de que el dicho "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente" tiene plena actualidad. Si el personal ve mascarillas por doquier, se las pone, si ve a gente sin ellas, se las irá quitando.
Me siguen dando pena los niños y jovencitos. Hoy me contaba una madre que su hija no se quería quitar la mascarilla. De hecho ni siquiera se la quitaba en el patio del colegio. Con sus catorce años tiene granitos, como hemos tenido todos.
-Hija, no te meto la mascarilla en la mochila, no la vas a necesitar
-Sí, dámela, la voy a seguir usando
-¿Por qué?
-Porque soy fea
Eso ha conseguido toda esa panda de "expertos" sacados no sé de donde que jugaban a velar por nuestra salud. Quizá pensaban en la física, porque la salud mental la han destruido.
Algunos niños se han acostumbrado tanto al trapo que no se lo quieren quitar.
Porque piensan que pueden seguir matando a los abuelitos si no se cuidan de este malvado virus del que parece que todos somos portadores.
Porque tienen la autoestima baja y la ven como una barrera que les protege frente a los demás.
Porque ocultan granitos, aparatos de dientes, vello masculino incipiente, sonrojos de adolescentes.
Porque dos años es mucho y quizá sea una sorpresa reencontrarse con rostros de compañeros o descubrir cómo son esas caras que han visto incompletas durante muchos meses.
Aquí sí se necesitaría una hoguera catártica en el patio de los colegios donde quemar tanta mascarilla, tanto abuso, tanto maltrato a la infancia. Que esta distopía que hemos vivido se convierta en cenizas.
Lamentablemente seguiremos con esta "protección" en demasiados sitios: transportes, hospitales, farmacias... Por defecto, todos seguimos siendo potenciales contagiadores. Y ante todo, ciudadanos muy, muy obedientes.
jueves, 3 de febrero de 2022
¿Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así?
Decía esa famosa canción del siglo pasado: "Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así" No diría yo tanto. En mi caso creo que es un cúmulo de circunstancias y entre ellas la edad influye bastante, porque ya no hay tantas vergüenzas ni respetos humanos. Mi rebeldía es de baja intensidad. No soy provocadora.
Últimamente me salto ciertas normas de mi Banco porque me doy cuenta de que no pasa nada y de que es reconfortante hacer el bien. No digo que yo sea mala, pero al seguir a rajatabla las normas, muchas veces me sentía un poco despreciable, colaboradora en esa marginación a los mayores de la que ahora se habla tanto. Espero que este movimiento de los ancianos para que la banca no les excluya tenga resultados positivos.
Ahora cobro el impuesto o el recibo al no cliente que viene desesperado, en peregrinaje por distintos Bancos que sí siguen el protocolo sin desviarse un milímetro y que le mandan a paseo por no ser cliente, por no haber pedido cita, porque ese no es el día de los recibos, porque no tienen caja o, porque están tan, tan quemados, que los problemas ajenos les importan bien poco al tener demasiado llena su propia mochila de agobios.
Hoy venía en esa situación un señor indio. Algo pasaba en su impuesto y el "sistema" no me lo admitía, me daba error y error. Pacientemente ha esperado a que realizara la consulta pertinente a ese centro de ayuda que utilizamos constantemente porque las incidencias son constantes y variadas.
El hombre estaba tan agradecido que no cesaba de decir:
-Usted es muy buena, muy buena persona.
De verdad que he estado a punto de la lagrimilla, me ha emocionado. Me ha anotado las señas de su bar y me ha invitado a ir por allí asegurándome que tiene una terraza muy agradable para tomar cualquier cosita.
¿Y como voy a negar el ingreso al viejecito que desconoce el horario de caja y que ha venido andando torpemente con su bastón con mil euros en el bolsillo?
También me parece justo cancelar "porque sí" una cuenta de un difunto con 40 euros de nada y dárselos a uno de los hijos, sin meterme en el guirigay legal de una testamentaría para que los abogados del Banco me digan que hay que repartir entre los cuatro hijos. Porque después de tantos años conozco a las familias y sé cuando se pueden hacer excepciones. Porque llevar lo legal hasta el extremo muchas veces es absurdo.
Así estoy, en un momento de mi vida en que a veces puedo convertirme en "Santa Zarzamora" y otras veces siento que me pongo roja como un diablillo y deseo rebelarme contra las imposiciones de la banca.
Debo decir que tengo ahora jefas que no se meten en nada de lo que yo hago y son mucho más flexibles con la "normativa" de lo que era en su día mi antigua jefa Lupe. Son de las que piensan que si se siembra atendiendo bien a la gente, aunque no sean clientes, en un futuro eso va a repercutir en la oficina para bien.
Hoy, después de mi jornada laboral, tenía que ir con mi tía, la que está en una residencia, a una revisión de los audífonos. No conozco a ningún anciano que esté satisfecho con ellos.
La tarde era estupenda. Iba caminando con calma por el sol y pasaba por delante de colegios y jardines con papás y niños. Sentía el sol en mi cara y el calorcito de esta tarde primaveral en febrero. La mascarilla iba arrugada y guardada en el bolso. Ya me dan igual las leyes, llevo meses sin usarla al aire libre.
Veía a madres con sus niños recién salidos de clase. Todos enmascarados. Niños jugando al fútbol en un una pequeña pista. También embozados. Sus mamás charlaban cerca. Con sus mascarillas, por supuesto. Me ha dado mucha pena. Porque si mis hijos tuvieran edad escolar lucharía con todas mis fuerzas porque no llevaran ese trapajo asqueroso ocho horas al día, incluso en el recreo. Probablemente no conseguiría mucho, pero en cuanto mis niños salieran del colegio se lo arrancaría y les diría "hijos, respirad profundo, que habéis estado a medio gas un montón de horas"
Pero lo que veo es que esta generación de cuarentones ha normalizado toda esta aberración y no se quitan la mascarilla más que para ducharse. No sé si hay esperanza.
En estos pensamientos iba cuando he llegado a la residencia de mi tía. ¡Qué pereza! Me pongo la mascarilla azul cielo, la más ligera, entro, y relleno el papel habitual de absurdeces "pandémicas" donde indico que vengo a buscar a mi tía, no tengo síntomas de nada y no la voy a poner en peligro.
Entrego el papel y el vigilante saca su "pistola-termómetro"
-Le voy a tomar la temperatura
Como siempre. Llevo meses dejando que un ordenanza me tome la temperatura para ver a mi tía, que paga un dineral por estar en una residencia.
Algo me pasa hoy. No lo pienso.
-No, no me va tomar la temperatura.
El hombre se queda perplejo. He debido ser la única en todos estos meses que dice no a algo que es una tontería, no es invasivo. Lo cómodo es aceptar.
-Son las normas. Le tengo que tomar la temperatura para ver a su tía. No puede pasar a buscarla.
-De acuerdo, pero como tiene una cita para los audífonos, que la bajen aquí y me la llevo. No me importa. Puedo esperar en la calle incluso.
El hombre dice que va llamar a la auxiliar, a la enfermera... No sé bien. No me importa. Se organiza un pequeño revuelo. Imagino que no saben como manejar este inconveniente imprevisto. Yo espero. Mi pequeña rebeldía está generando molestias. Me gusta. No sé si me he convertido en diablillo o en un grano en el trasero.
El conserje me dice que como la norma (maldita norma) es tomar la temperatura, que mi tía no puede bajar
Me estoy empezando a enfadar.
-Vamos a ver ¿Esto es una residencia o una carcel? Yo no subo, pero ella sí puede bajar.
En ese momento se rompe esta dinámica que no lleva a ningún sitio, este absurdo sin ningún respaldo médico, ni lógico, este obligar porque sí, por normativas incuestionadas que salen de protocolos ideados por estúpidos anónimos y que se mantienen por inercia, aunque las situaciones cambien.
En el vestíbulo de la residencia se presenta otra tía que también nos iba a acompañar y como ella no quiere problemas, sube a la zona de los residentes, recoge a mi tía la que no se apaña con el audífono -la realidad es que las dos hermanas lo llevan y ninguna se adapta- y al poco bajan ambas. ¡Y me regañan!
-Pero qué te costaba que te tomaran la temperatura.
-Eres un poco cabezota.
-Siempre te la han tomado y no has dicho nada.
-Vaya lío que has montado.
Mi tía la de la residencia, la que entró en pánico cuando en la visita anterior intenté quitarle la mascarilla, estaba a punto del llanto otra vez.
-Zarzamora, que no me dejan bajar si no te toman la temperatura, que me han dicho que no puedo salir. No lo hagas más.
Y así estamos, con chantaje emocional a nuestros mayores, y de nuestros mayores a sus descendientes; con normas absurdas; agachando la cabeza para que cualquier mandado te apunte con una pistola-termómetro.
A la vuelta de los audífonos hemos pedido hora para una visita al odontólogo -mi tía colecciona citas médicas- Nos atienden unas señoritas encantadoras pertrechadas con una mascarilla blanca de las buenas y, encima, una de las azules, más plebeyas. Menos mal que iba yo para ejercer de intérprete. Por mucho audífono que lleven, mis tías no se enteran cuando la voz atraviesa dos mascarillas. Más marginación para los ancianos con problemas auditivos.
Mascarillas por aquí, por allá. En niños, en papás. Mascarillas dobles y mamparas de metacrilato para las recepcionistas. Tomas de temperatura arbitrarias. Ancianos llorosos, medio secuestrados en residencias o por sus propios hijos. Si esto se lo cuentan a los que se burlaban del pangolín en febrero de 2020, a los que desde la tele clamaban entonces por libertad y ahora se han convertido en defensores de medidas totalitarias, no se lo hubieran creído. Ahora toda esta distopía les parece estupenda.
No sé si hay esperanza en esta sociedad.
sábado, 4 de septiembre de 2021
Virulencia
Está finalizando un verano laboralmente tranquilo. Mi clientela ha estado de vacaciones y los "presionadores" también. Ha habido sosiego. Desgraciadamente yo he tenido diez días de demasiada "paz".
El famoso virus nos alcanzó a mis hijos y a mi. No entraré en detalles "rollo", pero si, por diferentes motivos, no me hubiera hecho la famosa prueba -la PCR es la que decide si estás o no enfermo, la que desencadena todo este festín de llamadas, bajas y aislamiento- yo hubiera seguido trabajando porque me encontraba perfectamente.
Pero todo estalló como un huevo frito en aceite muy caliente. Me dieron la baja y estuve en casa, muy bien físicamente, pero mal anímicamente. Debe de ser que los años me hacen más rebelde y más amante de una libertad que consideraba me habían quitado injustamente.
Con este virus todo el mundo habla de sus experiencias y, en el caso de mi clientela, todos rebuscan entre sus conocidos hasta dar con alguno intubado o muerto. Claro que los hay. Hay gente que lo ha pasado muy mal. Y gente, como yo, que quiere inyectar un poco de optimismo en este sinsentido.
De los tres afectados dos éramos no vacunados y una sí, y no ha habido gran diferencia en cómo lo hemos pasado. Yo pienso "pues la vacuna no sirve para tanto". Muchos me dicen: "la vacuna sirve para mucho, para no estar grave, para no ir a la UCI y tú has tenido mucha suerte"
El no vacunado tiene suerte, el vacunado está tocado por la varita mágica de su "protección", que no inmunización. Cada cual encaja las situaciones en su forma de ver esta ¿pandemia?, para que sus esquemas sigan manteniendo una cierta consistencia y para no volverse loco con tantas opiniones dispares y cambiantes.
En mi familia extensa (hermanos, cuñados, sobrinos) hemos sido muy egoístas los que hemos tenido el virus, nos lo hemos quedado para nosotros solos y no hemos sido de estos esparcidores que favorecen esa expansión exponencial con la que nos asustan de continuo.
Habrá quien me critique por contar mi experiencia sin tintes trágicos, pero creo que también es bueno exponer la realidad de cada uno. Yo me ahorré todos los efectos vacunatorios que tuvieron mis vecinas de parecida edad: dolores musculares y de cabeza, escalofríos, fiebre y cansancio extremo.
Mi pérdida de olfato duró sólo cuatro días. Cada cuerpo es un mundo, la genética imagino que influye y aquí dejo mi testimonio de que no siempre el virus es grave y se sobrevive sin vacuna.
El otro día vi fotos de colas de papás que iban alegremente a vacunar a sus hijos antes de empezar el colegio. De momento de 12 a 18 años. Imagino que en nada empezarán con los bebés.
Vino una cliente que me contó que su hijo iba a hacer un curso escolar en Inglaterra. Me quedé de piedra cuando me dijo que tenía 11 añitos. Ni siquiera los reyes han mandado a Leonor al extranjero siendo tan tiernecita.
-Mi hijo no quiere ir -me decía la cliente- pero luego no querrá volver. Al final lo pasan muy bien.
Imagino que el muchachito se adaptará. ¡Como no! La humanidad ya se adaptó a toques de queda, horarios de paseo, encierros forzosos, trabajo en casa, mascarilla continua... Y, ahora, es habitual el palito nasal las veces que haga falta: para detectar el virus, para montar en avión, para ir de boda... La mascarilla no tiene visos de ser eliminada. Por más que ya no haya que llevarla en exteriores, son muchos los que le han cogido cariño y la siguen llevando en calles solitarias, en el campo, en el coche...
Perdonad por la digresión. Me decía la mamá, toda contenta, que a su niño ya le habían puesto las correspondientes dosis de vacuna para que esté tranquilo en ese internacional colegio donde va interno. Ojalá el chiquitín no tenga ningún efecto secundario de su flamante vacuna mientras esté solo en el internado.
Ahora parece que es fundamental vacunar a la infancia con algo que no está funcionando para evitar el contagio y cuyos efectos secundarios se desconocen aún.
Se está maltratando a la infancia y a la juventud apelando a la solidaridad con una ancianidad a la que también se le da el derecho a pedir la eutanasia. Han acusado a la juventud de asesina en potencia de padres y abuelos. Les hicieron estudiar a distancia, luego ir a clase con mascarillas (esas que dicen en los platós de televisión que son imprescindibles pero que ellos no llevan) alejarse de los amigos que no estaban en su "burbuja", renunciar a fiestas de cumpleaños y graduación.
Ellos apenas han sido contagiados y, si lo han sido, la enfermedad ha sido muy leve. Pero ahora parece que la erradicación del virus depende de la total vacunación de este grupo de población. De verdad que no lo entiendo.
lunes, 26 de julio de 2021
¿Volverá Claudio Bobo?

lunes, 27 de abril de 2020
Viejos amigos
Lo que ahora cuento me parece que sucedió en otra vida, y tan solo han pasado dos meses. No sé cuando volveremos a estar todos juntos en mi oficina, ahora cerrada, ni cuando me podré reunir nuevamente con esos viejos compañeros como hice aquella, ya lejana, tarde de invierno.
Ahí va lo que escribí.
Llevo muchos años en esta oficina bancaria. Probablemente, en estos azarosos tiempos del cambio por el cambio, si algún jefazo conociera mi situación un tanto atípica, me trasladaría a otro destino con la excusa de que "no hay que acomodarse".
¿Cómo no va a tener el personal ataques de estrés o ansiedad ante estas situaciones laborales permanentemente "provisionales"? Durante un par de años o un par de meses ubican al empleado en determinado lugar. Se adapta, se amolda también su familia a los tiempos de desplazamiento, a los nuevos horarios, a los disgustos y alegrías que el cambio de destino le ha supuesto... Y cuando a la empresa le parece bien, ¡vuelta a empezar!
En teoría el Banco es el mismo, pero cada oficina tiene sus peculiaridades y como no somos máquinas, la adaptación no es inmediata.
Pese a que ya no están conmigo, mantengo una relación bastante frecuente con compañeros de mi edad que ya se marcharon de aquí hace más de una década. A ninguno nos han prejubilado. Quizá el caso más sangrante sea el de Liberato Cadenas.
En un puesto como el mío y unos años mayor, veía que su sucursal iba a ser cerrada en breve. Se frotaba las manos pensando en una feliz jubilación dedicado a sus aficiones favoritas. Pero no ha sido así. Aún sigue en el Banco, aún más lejos de su casa, encadenado a última hora de la jornada a un cajero súper moderno que le supone diariamente una hora para abrirlo, sacar cajetines, contar dinero, volver a meter los cajetines cargados, solucionar incidencias mecánicas... A las cinco de la tarde, y sin haber comido, retorna a su casa en metro. La fruta del postre la toma a las siete de la tarde en una mezcla rara de comida-merienda-cena. Está realmente harto de la situación.
A mí me pasó un viernes algo similar. También a nosotros nos han puesto un cajero "galáctico" al que solo le falta servir café o refrescos. Las instrucciones de uso que nos han dado han sido mínimas y ahí estamos mi jefe y yo, cada día, sorteando incidencias y aprendiendo de los errores.
El viernes la jornada acaba antes y el tiempo que tenemos para organizar el dichoso cajero es menor. Ese día salí a las 15:45, cuando a las 15:00 debería haber estado ya en la calle. Me encaré con Beltrán Quilo, mi jefe.
-Mira, es la última vez que le regalo tiempo al Banco a cuenta de este cajero de mierda. El próximo viernes o lo hacemos a primera hora o lo dejamos hasta el lunes sin totalizar.
-Zarzamora, hay que totalizar a diario, no podemos dejar de hacerlo un viernes- me respondió un poco asustado- Y ya sabes que los viernes a las 8 tengo vídeo conferencia con la jefa de zona.
-Tenemos un cajero muy listo, muy autónomo, que reparte incluso dinero del que le ingresan. Podemos no abrirlo en varios días si cuenta con el suficiente dinero. Si te empeñas en estar todos los viernes a última hora penando con el cajero, no cuentes conmigo porque tengo mi vida y mi fin de semana empieza a las 15:00.
El siguiente viernes mi jefe lo tomó libre. Mi compañero Claudio Bobo, al que también le gusta marcharse a la hora, me susurró:
-¿Qué vas a hacer con el cajero?
- No tocarlo. No quiero fastidarlo sin que esté el jefe. Está funcionado muy bien y tiene dinero de sobra.
Claudio aplaudió mi decisión. Nos fuimos a las 15:00 horas y el cajero funcionó perfectamente hasta el lunes. Nadie llamó para regañarnos. ¡Cuánto susto se genera de forma interesada en las oficinas!
Todo esto ha surgido al hilo del encuentro que tuve con viejos compañeros en la casa de una de ellos. Me apetecía verlos y charlar de todo, no solo del trabajo. Nos contamos alegrías y penas, personales y laborales, mientras picábamos algo de merienda. Enfermedades, hijos, alegrías, ansiedades, lágrimas... Todo tuvo cabida. Y de verdad que me sentí renovada y contenta de conservar amigos, que en su día fueron compañeros, con los que ser yo misma. Nos apoyamos, nos entendemos, nos consolamos y nos queremos. Esto sí puedo agradecérselo a mi empresa. Haberme dado la oportunidad de tener y conservar amistades duraderas.
domingo, 8 de marzo de 2020
Siempre aparca mal
Me aburre escucharle siempre lo mismo:
-Cada vez se aparca peor aquí
-El alcalde -o la alcaldesa, según toque- nos acribilla a multas.
-Llevo esperando un montón Zarzamora. Date prisa que no he puesto ticket.
A Olegario Redondo le he sugerido muchas veces que venga andando para evitar todos estos problemas. Pero no le convenzo. Él coge el coche para cualquier pequeño desplazamiento y paga multas y más multas porque "para una gestión de dos minutitos" aparca de cualquier forma y confía en que la controladora de turno no se fije en su coche en ese momento.
No se puede tentar la suerte constantemente y las multan le llueven. Las controladoras del barrio son insensibles a los lloriqueos y lástimas del señor Redondo. Y es que hay muchísimas excusas para justificar un aparcamiento sin ticket.
-Olegario, no me metas prisa. Siempre vienes a fin de mes y aparcas mal. Ven andando, que estás muy cerca- le digo cada mes.
-¡Ufff! -me responde siempre igual, exhalando un suspiro que hace temblar sus abundantes carnes blandas. Tan solo el esfuerzo de bajar del coche le ha provocado un jadeo persistente y minúsculas gotitas de sudor perlan su cara sonrosada.
Puede parecer con lo que cuento que el pobre hombre, con esta situación física, no tiene más remedio que usar el coche para todo. Quizá habrá quien justifique un cochecito a motor para ir por la acera, de esos que se ven cada vez más y que no son solo para inválidos. Pero no todos los gordos han de dar lástima. Yo no me compadezco de él. No hace falta ir a un gimnasio, pero sí levantar un poco el culo del coche y de la barra del bar -también va allí motorizado- donde bebe cervezas y brandy a diario. La salud no es un regalo, también hay que trabajarla.
jueves, 17 de octubre de 2019
Muy, muy enferma
Quizá soy mala, pero pienso que está alargando la convalecencia y lloriqueando al médico en exceso.
Esa es Lupe, la misma que me puso pegas porque me tenían que hacer unos análisis que me iban a retrasar una hora.
-Zarzamora, no. No puedes pedir hora los viernes.
-¿Qué? -le respondí indignada- En la Seguridad Social te dan la cita cuando te la dan; y un análisis siempre es temprano. No tengo la culpa de que tu jefa de zona te convoque siempre los viernes para sus mítines telefónicos.
Terció Roque Ronco, el director, y dijo que no pasaba nada, que nos arreglaríamos. Yo, desde luego, no pensaba cambiar la cita porque a Lupe le viniera mal mi ausencia. Me fastidian estas reacciones cuando yo, en mis muchos años en esta sucursal, no he tenido más bajas que las derivadas de mis partos. Pasé los embarazos trabajando hasta la víspera de dar a luz, no como ahora, que la ñoñería impera entre las futuras madres y les dan la baja a los cuatro meses de embarazo. Habría que recordar que es "otro estado", no una enfermedad, ni un riesgo, como parecen considerar muchas de estas modernas que dicen luchar por la igualdad y el feminismo.
Pues eso: no tengo bajas, no me dan ataques de nada, no pongo carita sufriente quejándome de dolores de espalda, ciática, migrañas. ¿Y cómo lo agradece Lupe, la "viejoven" achacosa con persistentes problemas de salud, no sé hasta qué punto reales y hasta qué punto exagerados? Pues poniendo pegas y morros de enfurruñada cuando le avisé de mi corta ausencia del día siguiente.
Ese viernes, el de mi análisis, fue la primera jornada de la larguísima ausencia de Lupe. El inicio de su enfermedad.¡Qué casualidad! Quizá ya se barruntaba algo, notaba algún ligero malestar... Ella pensaba faltar al día siguiente y le disgustó que se solapase con mi cita médica.
No sé... Ese mismo fin de semana ya debía de encontrarse muy recuperada y se fue de fiesta familiar a otra provincia. El lunes ya sí estaba mal. Mal de verdad, porque la ingresaron en el hospital con sueros y antibióticos.
Ahora, durante la convalecencia en su hogar, el único que consigue -a duras penas- comunicarse con ella es el director. A los mensajes que le hemos enviado el resto de compañeros no contesta. No le pedimos ayuda con cosas del banco que ella dejara a medias, nuestros mensajes son del tipo "recupérate" "¿te encuentras mejor?" "Narciso el florista nos ha dado recuerdos para ti". No contesta a nadie. Así que cuando los clientes me preguntan amablemente cómo está, les digo la verdad.
-Imagino que mejorando, pero no sé gran cosa.
-¿No habláis con ella? -inquieren un poco sorprendidos.
Yo disimulo diciendo que quiere descansar y olvidarse del Banco, que está centrada en curarse. La realidad es que no tiene ningún interés en hablar con nosotros.
No, no tiene ningún tumor ni nada especialmente grave. Lupe, en mi opinión, está alargando la baja todo lo que puede.
miércoles, 9 de octubre de 2019
El papel aún existe
viernes, 6 de septiembre de 2019
La planta
Pero como ando con la mente un poco seca de ideas y últimamente la clientela no me ofrece material para la reflexión, o la diversión, cuento esta rocambolesca historia de carácter vegetal.
Nuestro veterano cliente Narciso, el jardinero, del que ya os hablé en la entrada Procrastinando, a veces nos regala una planta a cada empleado. Miento, al director nunca le regala. Yo podría llevarme la mía a casa, como hacen muchas veces mis compañeros, pero ya tengo suficiente invasión de plantas "crasas", debilidad de mi marido, que las cuida con gran dedicación.
En mi hogar yo no toco ni un tiesto, pero en la oficina mantengo bastante bien la vegetación que me regala Narciso, y recibo elogios inmerecidos de algunos clientes que piensan que tengo habilidades especiales para las macetas. La realidad es que se han adaptado a este espacio y microclima cercano a mi ventanilla y no precisan más que un poco de riego de vez en cuando. No necesito hablarles, aunque están cerca del aparato de radio en que sintonizo a diario una cadena musical y quizá la música les hace bien.
Tolosa también fue agraciada con un kalanchoe. Desde el primer día lo arrinconó en uno de sus estantes sin quitarle siquiera el envoltorio. La planta ha agonizado durante meses. El otro día le dije a mi compañera.
-Voy a llevar tu kalanchoe moribundo junto a mis tiestos. Aún le queda algún brote verde. A ver si se recupera.
Me dio su permiso. Le puse un plato debajo, regué, quité las hojas estropeadas -muchas- y, sorprendentemente, a los dos o tres días la plantita había revivido y estaba pujando con alegría.
-Mira, Tolosa, que bien está aquí tu macetita con todas las demás -le comenté al poco tiempo.
-Será si yo quiero -replicó con su cara inexpresiva, sin ningún atisbo de sonrisa.
Yo no sabía que quería decir. Si era una de sus bromas "oscuras", no la había entendido. Mi cara se convirtió en un interrogante.
-Insisto, que si quiero me la llevo a mi sitio. La planta es mía -me aclaró Tolosa.
-¡Claro que sí! Llevátela -le respondí haciendo amago de entregársela- Pero sin el platito, que es mío. La verdad es que pensaba que te daba exactamente igual. Ni siquiera la has regado estos meses.
Tolosa, como ya vengo observando, siempre quiere tener razón y decir la última palabra.
-¡Claro que la regaba! Hasta que me fui unos días de vacaciones y "nadie" -subrayó con énfasis la palabra- la cuidó.
-Mira Tolosa, nadie iba a cuidar una planta de la que tú pasabas, digas lo que digas. Se te empezó a morir desde el primer día.
En su mesa, un poco alejada, Lupe, la subdirectora, se contenía para no soltar la risa floja. Le divierte que me vaya dando cuenta del carácter de nuestra compañera.
-Bueno -transigió- la dejaré aquí- Pero que sepas que es porque yo quiero.
Esta anécdota me recuerda algo que sucedió en mi infancia. Una prima desechó un cochecito de muñecas y lo dejó en un trastero común donde nosotros también teníamos juguetes. Mi padre lo arregló y decidió devolvérselo a mi prima para que siguiera jugando con él.
Mis hermanas pequeñas no se lo perdonaron. Ellas ya se habían hecho ilusiones de pasear a sus muñecos en ese carrito de segunda mano pero muy aparente. Mi prima no se merecía el cochecito. ¡Que lo hubiera arreglado su padre, no el nuestro! Por algo lo había abandonado en el trastero, porque no lo quería, porque estaba roto. Ya no tenía derechos sobre el carrito de muñecas. Pero mi prima, una niña que tenía más juguetes que todas mis hermanas juntas, bien que lo recibió de vuelta, ya arregladito.
Esa absurda "legalidad " de nuestro padre hizo que nos hirviera la sangre. Yo soy más peleona que él.
La conclusión en ambos casos es un poco parecida y se resume en este dicho: ser como el perro del hortelano, que no come ni deja comer. O, más actualizado: yo no lo quiero, pero me fastidia que tú lo disfrutes.
martes, 18 de junio de 2019
No aguanto a tanto viejo
El título de mi entrada se las trae. Decir "no aguanto a tanto viejo" en este siglo en que la ancianidad está súper protegida (descuentos en transporte y medicinas, todo tipo de pruebas médicas, viajes del Imserso muy baratos, pensiones que nosotros no veremos, sociedad con sentimiento exacerbado de culpa si algún viejecito muere en soledad...) Como en todo, hay excepciones, pero pienso que España es un paraíso para los ancianos.
Y los bancos son, junto con algunos centros comerciales, uno de sus lugares favoritos para pasar el tiempo. Hay días que cuando, ya a última hora, me viene otra anciana, tengo ganas de gritar.
-Dame los movimientos de la cuenta.
Se los doy
-Hazme esta transferencia.
Se la hago. Pese a las presiones de Aracné, la responsable digital de la zona, desisto de intentar que muchos de mis viejos usen el móvil para operar.
-Vuelve a darme los movimientos.
¡¡Aaargg!! ¿Otra vez? Voy aprendiendo y ahora me niego a darles los movimientos al principio. Solo se los imprimo cuando han hecho todo lo que tienen que hacer.
-¿Y qué es esto?
-Un recibo de "Susurros"
-No, no, no, esto no es mío.
Y tengo que buscar en las tripas del recibo hasta que el viejito recuerda que es el pago aplazado de su audífono.
Tengo una octogenaria que constantemente pierde tarjetas, olvida el "Pin", no identifica las compras que hace, intenta usar tarjetas que había dado por extraviadas y se bloquearon.
Otra, no sé por qué motivo, me marea con sus dos cuentas. Saca dinero de ambas cada vez que viene y me pregunta ¡a mí! qué recibos le van a pasar.
-Menchu, eso lo sabrás tú. Tú sabrás lo que pagas en tu cuenta.
No me da ninguna pena cuando algún mes se queda en rojo en una cuenta. Le he advertido reiteradamente de la inutilidad de tener dos, que es más práctico tener una sola.
Pero esto no es nada comparado con un enfermo de Alzheimer que viene cada semana. Mis plegarias se resumen en "Dios mío, por favor, que incapaciten a este hombre ya"
Yo trabajo en un Banco, que no es una ONG, ni una residencia, ni una consulta psicológica, ni un taller de autoayudas. A Alfredo, el señor del Alzheimer, le trae un chófer que le espera en la puerta. Sus hijos le van a incapacitar, pero de momento él viene y va por la ciudad con el chófer sin la compañía de ningún familiar.
Y yo no puedo más, como dice la canción, porque siempre se repite la misma historia. Intento convencerle de que no saque mucho dinero porque, según su hijo, luego lo regala o lo pierde. Pero, caramba, el hijo no puede delegar en mí esa responsabilidad. Tiene Alzheimer, pero a veces no me cree cuando le digo que no me queda apenas dinero y solo le puedo dar 300 EUR.
-Alfredo ¿Por qué no te acompaña uno de tus hijos al Banco? Se te olvidan las cosas y deberías confiar en la familia. No estás para ir solo por la ciudad.
Pero no, piensa que sus hijos le van a saquear. Echa de malos modos al chófer cuando entra a buscarle porque piensa que quiere cotillear sus cuentas...
Y yo, cada vez que entra este hombre al que he conocido con 20 años menos, cuando iba acompañado de jovencitas que iban con él por el dinero, cuando vestía prendas de marca, cuando se permitía algún retoque estético, tengo ganas de esconderme en el baño y no salir.
Quiero que esta pesadilla se reparta un poco y que le atienda cualquiera de mis compañeros, porque cada vez que viene me organiza una cola de narices, no entiendo sus balbuceos, no sé lo que quiere. Le anoto las cosas, le explico lo que tiene y... da igual.
Sus bolsillos son como el bolso de Mary Poppins. Todo lo guarda ahí, arrugado. Todo lo olvida. Tiene ratos de lucidez en que parece convincente, y luego vuelve el caos.
No sé cómo librarme de él de manera educada. Vale, está enfermo y tiene una cuenta con nosotros. Me llamareis mala persona, pero no me da pena él. Me doy pena de mí misma cada vez que viene.
Y, en general no me compadezco de tanto viejo pesado que hace de su visita al Banco una rutina diaria. A determinadas edades los ancianos, por su propio bien, tienen que delegar en cuestiones monetarias y confiar más en sus hijos. Tenemos mucha más clientela, no son los únicos.









