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jueves, 19 de septiembre de 2024

Ocupaciones de jubilada

 Yo me reía y criticaba mucho a mis compañeros jubilados cuando iban a la sucursal y se quejaban de que no tenían tiempo. Ahora les empiezo a entender pero no les justifico. Queda bien feo quejarte de tus numerosas ocupaciones ante compañeros que tienen que compaginar vida personal y laboral.

Es cierto que en Navidades pedí una agenda y la tengo llena de anotaciones. Porque tengo cosas que hacer y porque mi memoria va flaqueando. Al tener todo el tiempo del mundo y no tener la rutina laboral, al no tener que cambiar la fecha en el sello que usaba constantemente en la ventanilla, al no soñar con la llegada de días de vacaciones, es fácil desconectar y no interesarte por el día en que vives.

Tras la muerte de mi padre he estado arreglando papeles de todo tipo. La burocracia post-morten. El papeleo persigue hasta después de que el féretro se quede en calma en su nicho. Mi madre, después de ver las telenovelas que sigue a diario, cuando está receptiva, escucha mis explicaciones acerca de los asuntos del impuesto de sucesiones, reparto de herencia, cambio de domiciliaciones, seguros, pensión... y siempre me dice lo mismo:

- Menos mal que estás jubilada y que te hice un poder. Como lo hubiera tenido que hacer yo todo, no sé que hubiera sido de mí. Ir a tantos sitios, llamar, hacer cosas por Internet... Todo es muy difícil.

Le tuve que dar la razón. Tanta burocracia es muy compleja para gente octogenaria. Tener hijos -hijos dispuestos y que ayuden en estas etapas de la vida- es una bendición.

Mi agenda está llena de anotaciones del tipo "cita con el Banco", "pago de impuestos", "perseguir al gestor" "pedir Dnis y cuentas a mis hermanos" "enseñar a mi madre a usar la tarjeta"

Lo de la tarjeta lo aprendió con facilidad. Yo parezco una controladora, y es que cada vez que ella saca dinero, el Banco me manda un aviso y yo lo compruebo con ella. No está mal para evitar fraudes o extracciones indeseadas. He puesto mi correo y mi teléfono en todos los datos que el Banco y los diferentes organismos me han pedido. Para no volver loca a mi madre y que viva con tranquilidad estos años de vejez, sin preocuparse por los asuntos bancarios.

Este verano había quedado con uno de mis hermanos para solucionar un asunto de la declaración de la renta de mi tía fallecida en febrero de 2023. Hay que hacer las declaraciones de los fallecidos. El trámite había ido bien y mientras estábamos tomando un cafetito en las cercanías, recibimos la llamada de mi madre.

-Hijos, vuestra tía (su hermana) se ha roto la cadera y se ha caído. La llevan al hospital.

Mi tía vive con mi madre desde antes de que ésta se quedara viuda. Las dos habían salido a pasear y mi tía, de 94 años, se cayó. Afortunadamente no arrastró a mi madre en la caída.

Ese día comenzaron nuevas anotaciones en mi agenda: ir al hospital, ver opciones para los cuidados posteriores, contratar a alguien...

No voy a entrar en detalles de las idas y venidas de este mes porque puede ser aburrido y poco ágil. Tener a alguien hospitalizado es duro, pero en mi caso no procede lamentarme en exceso, porque en los hospitales ves situaciones peores que las propias.

Como dice una amiga mía: "Saca tu cruz a la calle y verás una más grande"

Ahora están las dos hermanas en casa con una muchacha alegre y dispuesta encargada prioritariamente de cuidar a mi tía en su convalecencia.

A mi madre le está costando un poco tener a alguien ajeno en casa.

Viuda desde mayo, jamás en su vida había estado sola. Este mes con su hermana hospitalizada le cogió el gustillo a esta soledad. Cenaba lo que quería, no tenía que estar pendiente de nadie, podía entretenerse comprando o paseando el tiempo que quisiera porque nadie en casa iba a preocuparse de su tardanza. Y lo más importante, estaba sola pero con un montón de hijos y nietos pendientes de ella si era necesario.

Le ha durado poco esta soledad, pero hay que ser realistas. Y egoístas. Una pareja de señoras de 86 y 94 años están más seguras con alguien durmiendo en casa con ellas y ayudando a la mayor a entrar a la ducha, a pasear con el andador...

Por ellas, por la tranquilidad de los hijos, llega un momento en que el mayor acto de generosidad con la familia es dejarse ayudar.



Los fines de semana la chica libra y mi madre no quiere oír hablar de que vaya nadie. Son sus días de "liberación". 

Este sábado hay fiesta de cumpleaños. Son muchos los miembros de la familia que cumplen años en septiembre. Irán las dos matriarcas. Mi tía, la operada de cadera, ya ha preguntado:

-¿Hay rampa para llegar al local de la fiesta?

Allí se mezclará el andador de la tía con el cochecito de la nietecita más joven.


martes, 6 de junio de 2023

Lo que dejamos atrás

 Yo tenía una tía en una residencia de ancianos. Nací el mismo día que ella se casó. Mi madre, preparada para ir a la boda de su hermana, con el pelo moldeado y el vestido de invitada preparado, tuvo que ir al hospital en vez de ir a la iglesia. Me adelanté y le fastidié el evento. Mi tía y yo siempre nos felicitábamos el mismo día. Ella, mi cumpleaños. Yo, su aniversario. 

Pasó en esa residencia la famosa etapa del Covid. Ya comenté en algunas entradas  (Pincha aquí) (Y aquí) el aislamiento de los mayores, la limitación de visitas, las mascarillas en su vida diaria dentro de la residencia... Mi tía sobrevivió a todo eso pero ya a mediados de 2022 empezó a entrar en esa dinámica de ir al hospital, estar encamada más días de los previstos, salir hecha un guiñapo, volver a la residencia y al poco tiempo ingresar otra vez en el hospital. Casi todas las Navidades las pasó allí y, al poco de ser internada nuevamente en febrero, murió.

Descansa en paz tía, porque pasarse los meses entrando y saliendo de hospitales no es vida, es tormento. Ya tuvo su entierro, su funeral, una misa recordatorio en la residencia y un pequeño vídeo con fotos y música que le hicieron las empleadas y que nos ha hecho llorar a todos los sobrinos. 

Tres meses después, seguimos con trámites de herencia. Estas burocracias sí son lentas.

-Suerte que estás jubilada, hija, y nos ayudas- me dicen mis padres, muy agradecidos a mis gestiones.

Lo que yo hago no es nada comparado con todo lo que han hecho las hermanas de mi tía -una de ellas mi madre-. Y es que revisar los enseres de una persona fallecida me parece muy, muy doloroso. Es toda una vida la que ves reflejada en sus cosas.

Tantas cosas...

Una enciclopedia Espasa de las que tienen todos los ancianos de España, misales, libros religiosos, alguna novela, los periódicos de la primera visita de Juan pablo II a España. Un costurero de madera cuyos cajoncitos nos encantaba abrir a todas las sobrinas. Licores que nunca consumió almacenados todavía en el mueble bar. Coleccionables y labores de ganchillo, hechas con esa minuciosidad y paciencia de la que ahora carecemos. Cuadros de cuando su sobrina Zarzamora empezaba a pintar colgados orgullosamente en el recibidor. Otros cuadros pintados por mi abuela sobre madera a comienzos del siglo XX.  Artesanía de cuando viajaba a Austria a ver a sus cuñados. Figuras de Lladró, imágenes de la Virgen con más de 70 años de antigüedad, jarrones y copas de cristal bueno, adornitos de los que regalaban en las bodas. Innumerables folletos de la asociación del párkinson, enfermedad que padeció su marido. Marcos con fotos desvaídas de la primera comunión de sobrinos que ya son padres. Muchas, muchas cajas de latón. Algunas con fotos en blanco y negro de mis tíos, mis abuelos o mis padres cuando eran jóvenes y donde apreciamos claramente algunos parecidos familiares. Recordatorios de difuntos, de primeras comuniones, invitaciones de bodas, felicitaciones navideñas. Muchos informes médicos y analíticas.

En la cocina vemos menaje, como el que hay en la casa de mi madre, con solera: Latas de Cola Cao de los años sesenta con decorados de terrones de azúcar, lentejas, alubias..., platos de porcelana blanca, una panera, numerosas cazuelas de color teja, de esas que ya no se pueden usar más que en cocinas de gas, recipientes de barro. También había menaje moderno, un montón de cazuelas "alemanas" que estaban muy de moda en los años sesenta y donde se cocina sin apenas aceite. La buena de mi tía nos regaló en su día muchas de esas cazuelas que ella ya no usaba.

También hay que revisar la ropa. Algunas prendas las reutilizarán sus hermanas, otras irán a contenedores de Cáritas. Sábanas, mantas, toallas, manteles... Todos los "textiles" han pasado por las manos de sus hermanas que han clasificado, desechado o aprovechado cosas. Yo las vi un día en plena faena y me asombré de lo rápido que decidían, sin sentimentalismos. No tengo -afortunadamente- mucha experiencia en la gestión de las cosas de los difuntos. Por lo que he oído, hay quien prefiere deshacerse enseguida de la ropa del familiar, otros lo van posponiendo y les supone casi una enfermedad abrir los armarios del ser querido porque todo les recuerda a ellos. Necesitan una preparación previa.

Uno de los días mi madre y mi tía revisaban ropa. 

-Oye mamá -le dije- esa camisa te puede servir ¿Por qué no te la quedas?

-Ay hija, no. Nunca me gustó como le quedaba a tu tía. Tenía algunas cosas muy fachosas. Hemos aprovechado algunas prendas pero otras no hay por donde cogerlas.

Me gustó como trataban la situación. Con ligereza. No quiere decir que no echen de menos a su hermana, pero la vida sigue y hay que eliminar trastos.

El caso es que en la casa -salvo lo textil- seguía habiendo cosas. Hemos pasado por allí los sobrinos a coger objetos. A mí me produce un sentimiento raro, porque a través de las cosas percibes cómo era la vida de tu tía y a veces tengo la sensación de estar invadiendo algo que no me pertenece. Tampoco quiero que multitud de enseres se tiren porque sí. A veces pensamos que todo lo de los mayores no tiene ningún valor, que es mejor cualquier cacharro de diseño moderno de Ikea que una buena vajilla de porcelanas Bidasoa. Como en la posguerra española, en que los traperos iban por los pueblos y los paisanos les cambiaban encantados buenos muebles de madera maciza por mobiliario industrial de formica y conglomerado, que era lo moderno en aquella época. 

Yo tengo ahora en el techo de mi dormitorio una lámpara de brazos, con rositas colgadas. Tiene más de 80 años. Me gusta pensar que es parte de la historia de mi familia.


Soy también propietaria de un
joyero que está hecho de hueso. Lo limpié bien y parece otro. Vino de Ecuador, regalo de un tío abuelo misionero a mi tía. Es el típico objeto que he visto toda mi vida, desde niña, pues mi madre tiene uno muy parecido, y me hacía ilusión tenerlo.

Me di un montón de paseos para que mi tía eligiera un silloncito donde reposar en su habitación de la residencia. Lo tengo ahora en un rincón del salón. En casa a veces nos peleamos por él. Mi marido se echa la siesta allí envuelto en mantas, yo me acerco una mesita -también de la tía- y desayuno cómodamente sentada, con mi bandejita de café y bollería, disfrutando del sol de la mañana. Mis hijos se colocan ahí con el portátil para trabajar. 

-Vaya, ya me has quitado el silloncito de la tía Lola- le digo a veces a alguno de mis hijos cuando lo ha ocupado y no puedo sentarme allí a leer mi novela. Ya será para siempre "el sillón de Lola"

Es cierto que las casas son muy pequeñas, que es difícil almacenar los objetos propios y más complicado aún encontrar hueco para recuerdos ajenos, pero ahora que mi tía ha muerto, cuando me siento en su sillón, o enciendo la lámpara, o abro el joyero, la recuerdo y pienso que estará contenta de estar así, de alguna manera, cerca de nosotros. Los objetos también nos ayudan a recordar.



domingo, 18 de julio de 2021

Cuando "casi" nada funciona

Mi día a día laboral es de una gran incertidumbre. Cuando cada mañana me siento ante la pantalla de mi ordenador no sé qué va a salir mal. Miento. No sé qué va a salir bien.

Las rutinas ya no existen. Esos tiempos en que uno sabía que, en general, el recibo se gestionaría bien, la transferencia al extranjero llegaría, la modificación de datos básicos del cliente sería rápida y sencilla... no existen.



Incidencias. Esto es lo que yo acumulo día tras día. Ante mí tengo un muro, y otro, y otro. Matriuskas de tabiques sin fin que me impiden dar un servicio rápido y eficaz. 

Una simple cancelación de cuenta puede llevar días porque hay multitud de contratos "antiguos" sin contenido, como huevos hueros, colgados de esa cuenta y de difícil anulación.

Los asuntos de testamentarías, seguros, auditorías, los inicio y muchas veces desconozco en que agujero negro burocrático desaparecen sin que yo sepa en qué situación están ni quien los va a resolver.

En sucursales tenemos que controlar y saber de todo pero la mayoría de incidencias o temas complejos se envían a departamentos encorsetados en modelos farragosos que exigen documentación adjunta para cualquier nimiedad. Nosotros damos la cara. Otros compañeros reciben nuestros requerimientos y, alejados de la presión del cliente, miran, remiran y examinan todo con lupa para devolver los expedientes una y otra vez, pedir aclaraciones, decir que determinado documento no es correcto. En definitiva, su misión es poner trabas y tocarnos las narices a nosotros para que, a su vez, se las toquemos una y otra vez a la clientela.

Y mi día a día se resume en ser una vulgar intermediaria entre clientes cada vez más cabreados y departamentos que, teóricamente nos ayudan, pero que realmente ponen palos en nuestras ruedas constantemente,

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Herederos


-¡Vaya, ya me ha caído el tercer muerto de la semana!- resoplaba con ganas mi jefa esta mañana.

No lo decía en sentido figurado. Era el tercer cliente que se moría en lo que va de semana, y esto siempre nos genera problemas y más trabajo en la oficina. Salvo cuando el difunto apenas tiene dinero y su cuenta se cancela por aburrimiento, para que no genere comisiones y más comisiones, o cuando los herederos se llevan bien entre ellos y no hay roces.

Yo he visto herencias paralizadas durante años, y sin repartirse, porque los hermanos no se ponían de acuerdo y alguno de ellos impugnaba la herencia porque se sentía perjudicado. Suele ser habitual que los padres autoricen en su cuenta a algún hijo, porque con la edad o las enfermedades necesitan que alguien les saque dinero o les haga determinadas gestiones en el Banco. Hasta ahí, todo normal, estar de autorizado en la cuenta de papá y/o mamá suele ser un trabajo extra, una carga que no  todos los hijos quieren. 

A veces sucede que papá o mamá mueren y el resto de los hermanos, felices y despreocupados cuando de las cuentas de papá se ocupaba Amable (llamemos así al hermano
autorizado), ahora piensan que la herencia no es tan cuantiosa como creían y comienzan a sospechar que Amable ha podido sacar tajada y embolsarse dinero indebido. Es entonces cuando piden al Banco movimientos, extractos, copias de cheques y "auditan" a Amable, en quien antes confiaban.

Un cliente bastante rico, Epulón, era tutor legal de una hermana retrasada mental. No sé si el resto de los hermanos hubieran deseado esa responsabilidad. El incapacitado murió con una cuantiosa cantidad de dinero en cuentas y depósitos, heredado a su vez de sus padres. Eran seis hermanos. Varios de ellos pidieron explicaciones al hermano tutor acerca de la gestión del dinero del difunto, que no les parecía del todo correcta ni lo suficientemente "fructífera" en cuanto a rendimientos. El expediente de reparto sigue "engordando" en la mesa de mi jefa porque hay "impugnaciones" y los hermanos no llegan a ningún acuerdo.

Es curioso que estas preocupaciones acerca de la gestión del hermano autorizado en cuenta surgen a toro pasado, cuando el muerto está bien en el hoyo y a los vivos les toca repartir "el bollo". Y todos quieren su bollo  lo más grande posible.

También hay casos en los que el vivo renuncia al "bollo", más que nada porque piensa que quizá tenga moho, o bichos. En una ocasión vino una hija a comunicarnos el fallecimiento del padre, simplemente para que lo supiéramos. Ni quería saber lo que había en la cuenta, ni nada. Había renunciado a cualquier posible herencia, conocedora del carácter derrochador y desorganizado del padre. Quedó en la sucursal un préstamo sin pagar. Préstamo que nunca le quiso dar Augusto, el director, pues en la oficina ya sabíamos de la falta de solvencia y seriedad de ese cliente. Pero como las amistades valen de mucho, un director general, amigo del colegio del derrochador, obligó a la concesión.

Sí, es muy fácil ser amigo de la infancia, pero en vez de rascar de tu bolsillo los 4.000 euros del préstamo (tampoco era mucho para un director general), obligas a la sucursal a dárselo y a soportar luego la falta de pago. Lo pagó mal en vida y una vez muerto, ya veis, pérdida para la oficina. El análisis económico en un préstamo, se olvida cuando hay amiguismos por medio. Pero claro, los amigos tienen que ser bien importantes, porque un director de nada como Augusto nunca puede saltarse la normativa, salvo cuando alguien "muucho" más importante que él dice: "hágase", como si fuera un diosecillo. Entonces el préstamo se concede "sí o sí", que es esa coletilla tan de moda, y que tanto odio, que utilizan hasta la naúsea todos esos directivos de medio pelo que están por encima de cualquier director de sucursal. 

También hay herederos que se llevan la pasta antes de que muera el interesado. Tan ricamente. Este es el caso de una viejecita, Olvido Sobrino. Soltera, decidió ir a una residencia y autorizar a uno de sus sobrinos en la cuenta. En un año, cheque a cheque, el sobrino ha sacado 200.000 euros de la cuenta de la tía. Iban venciendo los plazos fijos y no los renovaba. Imagino que estará deseando que la tía muera pronto, porque ya no hay dinero en la cuenta para los recibos de la residencia. Dijo que los estaba pagando en efectivo. ¿Por cuanto tiempo? Me da pena de Olvido, tan educada, tan agradable, acumuló un pequeño patrimonio pensando en su vejez y confió en su sobrino. El tiempo dirá si era merecedor de esa confianza.

Y una curiosidad, normalmente el muerto siempre se paga su entierro. En teoría, cuando alguien muere, sus cuentas han de bloquearse en cuanto tenemos noticia, pero cuando hay dinero en la cuenta, en los Bancos se suele tener el detalle de autorizar la transferencia a la funeraria. También se continúan pagando recibos de gas, agua, luz... de la vivienda del difunto hasta que se hace el reparto, y las últimas nóminas del cuidador (si lo había), que unas  veces va al paro y otras se recoloca con familiares del fallecido o vecinos del mismo barrio.

Hay quien no paga el entierro porque lo lleva pagando ¡toda la vida! Os sorprendería saber la de gente que paga "los muertos", así llaman coloquialmente a los seguros para ser enterrados dignamente y que los herederos se ocupen lo mínimo de algunos detalles en esos momentos tristes. Se incluye un féretro de determinada calidad, unos recordatorios... Imagino que depende de los diferentes seguros. Si eres longevo, habrás pagado a lo largo de tu vida cinco o seis entierros. Y si te han apuntado en el "pack" familiar cuando naciste... ni os cuento.

Os aconsejo a todos que, para dar tranquilidad a vuestros herederos, os olvidéis del seguro de los muertos pero no de hacer testamento. Sí ya sé que hay que ir a un notario y cobran un dinero, pero se hace un testamento genérico, sirve para toda la vida y eso sí que facilita mucho todas las gestiones y papeleo "post morten" en Hacienda, en el Banco...

Vaya, me ha quedado todo un pelín truculento ¿no?. Y eso que ya pasó el día de difuntos.