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miércoles, 18 de diciembre de 2024

Navidad y recuerdos.

 Acabo de llegar de una comida con los belenistas de la parroquia. Pensaba que iríamos a algún restaurante cercano, pero el señor párroco nos ha invitado a su casa y nos ha preparado una deliciosa comida. Hemos hablado muy a gusto sin los ecos ni la algarabía que suelen perturbar en cualquier local. 

Yo he trabajado modelando y fabricando frutas, cestas, mesas, bancos, puestos de mercado... detalles que ambientan las escenas del Belén. El resto de compañeros se han dedicado a la "arquitectura belenística" que me parece mucho más compleja. A ellos sin embargo les parece más difícil hacer lo que yo hago. Eso es la complementariedad. Cada uno es especialista en una cosa.



Tú has "teletrabajado" me dicen. Y es que mientras ellos cortaban, soldaban y pegaban en un frío garaje de la parroquia, yo modelaba tranquilamente en casa a ratos perdidos. No les he podido ayudar en lo suyo porque he tenido que hacer varios viajes para ultimar, junto con mi marido, trámites de la herencia de su madre, que falleció ya centenaria en enero.

Su único bien era la casa familiar y tras algunas demoras, en noviembre se sorteó entre los dos hermanos aspirantes a propietarios quien se quedaba con la vivienda compensando al resto de hermanos. Estoy feliz de que le haya tocado a mi marido. Va a ser su conexión a la tierra en que nació y que yo quiero tanto como él. Va a ser el recuerdo permanente de su madre, de todos los momentos pasados en esa casa cuando íbamos en verano con nuestros hijos pequeños. 

Hay cosas que los dos deseamos que permanezcan. Las mecedoras de la terraza, donde mis niños se balancearon tantas veces, donde mi suegra tomaba el sol cuando ya casi ni hablaba. La sillita baja donde subía nuestro hijo mayor de niño para ver cocinar a su abuela. El sofá y el sillón del salón. Les pondré fundas nuevas, pero cuando me siente a leer bajo la luz de la lamparita, recordaré que en ese hueco estaba mi suegra tomando los purés de frutas de la merienda todas las tardes de sus últimos años.

En su habitación mantendremos su cama bajo la ventana y le daremos un aire nuevo y limpio. En su día ella hizo pintar y arreglar toda la casa menos su habitación. Era su refugio mientras el vecino del séptimo le hacía los arreglos en sus ratos perdidos. Así estuvo la pobre más de un mes. Se le quitaron las ganas de mejorar su habitación. Y luego fueron llegando los achaques, la necesidad de cuidados. Era complicado meterse en arreglos. La habitación de mi suegra es un muestrario del paso del tiempo. Papel pintado, más papel pintado, pintura encima del papel pintado, enchufes precarios. Estoy segura de que va a quedar blanca, nueva, limpia, moderna. Y quien duerma allí no sentirá aprensión al conocer que allí durmió y sesteó una señora que pasó de los cien años, se sentirá seguro y protegido por el espíritu de una mujer que adoraba estar en su hogar, cuidarlo, limpiarlo, disfrutarlo junto a su familia.

Enmarqué en su día una foto de mi suegra, tranquila, sonriente, ya muy mayor. El otro día tiré un marco destartalado y puse en uno nuevo otra foto de ella, su madre, y su hermana, de antes de la guerra civil. Me gusta mezclar lo antiguo y lo nuevo. No me importa  ponerme sus batas, sus rebecas, sus delantales, o echarme en la noche la misma mantita que le ponían en su silla de ruedas.

Creo que es una bonita forma de convivir con el pasado, de recordar una época de una forma sana, sin dramatismos. Porque la muerte cada vez empieza a estar más presente en mi vida y confío en poder naturalizarla y aceptarla cada vez mejor.

Es época de Navidad, de renovación, de alegría. Que la disfrutemos todos con salud, con buen ánimo, sin que las tristezas de este año nos amarguen estos momentos.


miércoles, 3 de enero de 2024

Añoranzas

 Este año -no sé bien a cual me refiero, si 2023 o 2024- me ha "pillado el toro". No he escrito nada pre-navideño. Es 3 de enero y no sé si felicitar o no. Quizá pueda felicitar Reyes. O no felicitar. Es una conveniencia social y cultural festejar y felicitar en estos días. Reconozco que a mí me gustan mucho y lo paso bien, pero he sido mucho más feliz en días anodinos de cualquier año en que alguna circunstancia -sorpresiva o esperada- me ha "tocado" tanto, que hubiera deseado que ese día no acabara nunca.

Me gusta la Navidad, los encuentros, los belenes, pasear por la ciudad y ver las luces, comer con la familia. Detesto las aglomeraciones para comprar cosas que uno no necesita, que sobren montones de comida en los días especiales y acabar con la tripa llena. Afortunadamente, lo que no me gusta lo evito.

Antes de las Navidades me dijeron en mi oficina que si podía ir a poner el Belén, como todos los años. Por supuesto les dije que sí. Poco después me llamó Claudio Bobo.

-Zarzamora, olvida lo que te dije del Belén. No se va a poner. Tampoco el árbol.

-¿Y eso? -pregunté sorprendida. Pensé que quizá una nueva normativa bancaria prohibía taxativamente decorar imaginativamente las oficinas.

-Mira, no tenemos ánimos. Nos cierran la oficina en enero. Además del trabajo habitual estamos liados organizando cajas de archivo y etiquetando todo. Yo hasta me he traído una bata azulona porque estoy harto de llenarme de polvo en los sótanos.

Me fui hace un año de esa oficina abierta en la década de los sesenta y que había sobrevivido a oficinas más emblemáticas, y la cierran ahora. Fin de ciclo.

La verdad es que cuando he ido a visitar a mis compañeros este año, cada vez veía la  sucursal con menos movimiento, más triste. En los tres últimos años los clientes siempre eran los mismos y faltaba esa "vidilla", ese "jaleíllo" que yo recordaba de cuando entré allí, joven e inexperta. Cuando éramos quince empleados, no cuatro, como ahora.

Me alegro de estar fuera, de no tener que dar explicaciones a la clientela, ni tener que hacer cajas, ni arqueos finales. Es una despedida que me hubiera entristecido, porque siento que muere una etapa de mi vida, que nunca podré volver -aunque sea de visita- a un lugar en el que he sido feliz y en el que he pasado tantos años de mi vida.

Aprovechando la Navidad, el pasado 26 de diciembre fui con mi nonagenario padre a dar un paseo por Madrid. Después de ver el Belén de la Comunidad, que jamás defrauda, enfilamos la calle Alcalá. Las Galerías Canalejas estaban estupendamente decoradas. Ambos habíamos trabajado allí cuando ese edificio era Banco Hispano Americano. Todavía aparece un logo BHA en algunas puertas. Lo han mantenido porque las fachadas están igual que han estado siempre. De hecho, vaciaron todo el interior y reconstruyeron el edificio manteniendo el exterior.




Mi padre trabajó allí mucho tiempo, desde mediados de los años 50 del pasado siglo, hasta los años 70 en que le cambiaron de ubicación. Eran tiempos en que el hijo de un albañil venido del pueblo podía optar a un puesto fijo en un Banco si estudiaba y se esforzaba. Se empezaba desde el puesto de botones y poco a poco se podía llegar a apoderado de Banca, como fue el caso de mi padre.

Yo estuve allí durante tres meses cuando comencé mi periodo de formación. Estábamos acompañados de veteranos que nos supervisaban y nos enseñaban. Aprendíamos sin la tensión que tienen los jóvenes que entran actualmente en el Banco, a los que les dejan solos ante el peligro, sin conocimientos prácticos del puesto en el que les colocan, como si fueran una ficha intercambiable de parchís.

Entramos en las suntuosas Galerías, bastante vacías de público. No sé si porque aún era pronto o porque los precios eran prohibitivos. Ni los aseos eran accesibles al público general. Tenían una botonera para meter una clave especial y poder entrar. Subimos a la entreplanta, donde yo recordaba que había estado mi puesto de trabajo, desde donde se veía el patio de operaciones de la planta baja, siempre lleno de público en ese año 1990 en que yo andaba por allí. Entre tanta tienda lujosa me fue imposible ubicarme. Solo reconocí la cristalera del techo que  era la misma. Otra despedida, otro final.

Las sedes centrales de los Bancos de la calle Alcalá han desaparecido. El Banco Central, con sus enormes columnas y cariátides, que también yo visitaba para hacer gestiones de la sucursal cuando pasamos a ser Banco Central Hispano, se ha convertido en el edificio Cervantes.


Desde el mirador del Ayuntamiento de Madrid de ve la sede del Instituto Cervantes, antiguo Banco Central, antes Banco Río de la Plata. Ambos edificios son obra del mismo arquitecto.

Se mantiene el Banco de España, al que hay que acceder con cita previa ¡como no! y donde prohíben hacer fotos de su interior. Tuve que ir con mi hija allí hace poco y llegamos un poco temprano. Hacía un frío que pelaba en la calle, pero no nos permitieron esperar en el interior (totalmente desierto) hasta 10 minutos antes de nuestra hora. Como es "natural" pasamos por arco detector de metales y expusimos nuestros bolsos a la intromisión de los escáneres. Esto es lo que tenemos en esta sociedad saturada de normativas absurdas.

Fue un buen paseo el que di con mi padre. Es cierto que siempre hay un toque de nostalgia, pero así es la vida, única y cambiante. ¿Qué novedades nos deparará este año 2024? Solo espero que sean buenas.


sábado, 17 de diciembre de 2022

SENSACIONES EXTRAÑAS

 A finales de noviembre me hicieron un regalo inesperado. Las cosas suceden así, te llegan cuando no las buscas. Cuando ya había desistido de que me "prejubilaran" me dieron la opción.

El mismo responsable que me había dicho, como contaba en la anterior entrada, que yo era una anomalía, me ofrecía un viernes la posibilidad de irme. Tenía que dar la respuesta el lunes siguiente como muy tarde.

-¿Cómo es que ahora me lo propones? Me dijiste la última vez que el Banco estaba proponiendo estas salidas a empleados con bajas médicas reiteradas, o con familiares mayores a su cargo que requirieran muchos cuidados.

Afortunadamente, yo no estoy en ese caso. Me dio una respuesta de compromiso: que sabía que yo estaba interesada, que me había propuesto... Yo creo que también los encargados de recursos humanos tienen sus objetivos. Imagino que el Banco les indica la cantidad de empleados de su zona que tienen que irse y cada responsable acelera las salidas antes de fin de año para cumplirlos. A mí me tendría como sustituta de alguien que le falló y...¡me tocó!

Por supuesto, dije que sí. Ciertamente pierdo dinero, pero es que voy a cobrar de mi empresa sin trabajar, así que no me parece mal negocio.

Ahora estaba muy bien. La directora es la mejor que nunca he tenido: optimista, trabajadora, defensora de sus empleados... Y los compañeros, Claudio Bobo -que ha mejorado un montón-, y Blanca Estrella, formamos una piña con ella. Los clientes me quieren como si fuera de su familia y yo estoy en una etapa en que por mucho que me hablen de objetivos y digitalización por doquier, me tomo las cosas con tranquilidad. Intento que no me afecten los agobios y premuras absurdas de los directores de zona. Es la pobre directora la que digiere toda esta presión y es tan buena que se la guarda para ella sola. No sé cómo aguanta.

Pues sí, estaba -estoy, porque aún sigo trabajando- muy bien, pero es absurdo decidir permanecer en un trabajo por una situación que puede cambiar en cualquier momento. Ahora es lo más habitual en las empresas trasladar al personal de un día para otro. Pueden traer a otro director, podrían moverme a mí... Podría trastocarse mi agradable situación actual en un abrir y cerrar de ojos.

Siempre había considerado un poco despreciativamente a todos esos compañeros que se iban del Banco y se encontraban cabizbajos y un poco tristones. ¿Triste por tener de repente toda la libertad del mundo?

Ahora yo estoy en esa situación. Tuve vacaciones en el puente, justo después de saber que me iba. Me puse ya en modo jubilada y me costó un poco madrugar el día de mi vuelta (trabajo hasta fin de año) Volví y me adapté otra vez, como después de cualquier semana de vacaciones. La diferencia es que ha comenzado un rosario de despedidas diarias de toda la clientela y me da pena. Todo son "últimas veces" y la sensación de marcha a veces me pone un nudo en la garganta.

He estado treinta años, que se dice pronto, en la misma oficina. Esa zona es mi segundo barrio y los clientes son más que vecinos. Sé que cuando me transmiten su tristeza por mi marcha lo hacen de verdad. También soy realista y sé que esa tristeza les durará una semana, en cuanto se adapten al nuevo empleado que me sustituirá. Creo que los nuevos sustitutos son jóvenes recién licenciados. Solamente por ser jóvenes tendrán más ganas, más simpatía y estarán menos maleados que una veterana como yo. Todo esto compensará su inicial falta de experiencia.




La próxima semana tenemos nuestra comidita navideña de la oficina en que nos juntaremos cinco personas. Será también la "celebración" de mi marcha. Lejos han quedado ya esas comidas de jubilación, que yo conocí al entrar en el Banco, en que se juntaban decenas de  compañeros de distintas épocas para el festejo. Me pongo a pensar en todos los compañeros que han pasado por esta oficina, con los que he compartido meses o años y algunos ya se me van de la memoria. Otros han muerto. A los importantes los seguiré viendo fuera de la oficina; a los actuales espero verlos de vez en cuando, pero sin convertirme en esa jubilada pesada que yo tanto he criticado.

Tengo que pensar que haré con mi blog. Me da pereza cambiarle el nombre. Ahora estaré al otro lado de la ventanilla y quizá pueda seguir compartiendo experiencias de otro tipo.

Feliz Navidad a todos los que me habéis acompañado en estos años en que he compartido mis experiencias bancarias. 



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Acaba 2020

No sé bien de qué escribir para finalizar este año tan raro. Todos tenemos en la oficina una sensación ambivalente de que el tiempo desde marzo ha pasado a la vez rápido y lento. No hemos sido un sector castigado económicamente y los jefes han seguido dando caña sin descanso, insensibles a la situación actual. Como si todo siguiera igual. Un gel, una caja de mascarillas y ya está. A cumplir los mismos objetivos de siempre. O más.

Yo no soy miedosa y me siento segura en mi oficina. Sigue viniendo gente, pero un gran edificio de oficinas está medio vacío, una facultad cercana está también a medio gas. De esos lugares ya no nos llegan clientes. 

Los que entran lo hacen con cuidadito. Temen apelotonarse mucho. La oficina, aunque remozada este verano, tiene, como me decía uno de mis hermanos, y cliente también, un aspecto decadente y triste. Lógico, hay más puestos de trabajo que trabajadores. El año pasado por estas fechas suprimieron a nuestro "quinto elemento", la singular Tolosa, que no se llevaba bien con casi nadie. Nos quedamos cuatro. Uno de los compañeros restantes estuvo hasta el verano recluido en su casa a cuenta del virus porque era de riesgo y, además, muy miedoso. Trabajaba en casa lo que podía. El día que decidió que ya era hora de que le diera un poco el aire, se cayó en la calle. Tuvo rotura de pierna, operación, reposo, silla de ruedas y ahora está en periodo de muletas y rehabilitación. Uno menos para trabajar.

Así que quedamos dos personas en el inmenso patio de operaciones y el director en su reducto, que ya no es tan guarida como antaño. No tiene más remedio que salir, atender a clientes y meterlos al despacho cuando procede. Se acabaron los tiempos de ser señorito. La verdad es que le ha sentado bien esta mayor actividad. Me doy cuenta de que Roque Ronco sabe hacer muchas más cosas de las que yo pensaba. Hemos convertido este pequeño grupo de tres: Roque, Estrella, y yo, Zarzamora, en un verdadero equipo.

El otro día Roque rezongó un poco al ver el árbol de Navidad que habíamos colocado mi nueva jefa y yo.

-Creo que el Banco solo permite poner decoraciones corporativas. A ver si nos dicen algo por el árbol.

El comentario me resultó un "dejà vu" como dicen los franceses. Algo similar me dijo el año pasado.

-¡Pues falta el Belén! -le respondí- Y precisamente en este año de mierda creo que hay que continuar con nuestras tradiciones, aunque no sean las del Banco.


                  


Roque se retorció un poco su barba descuidada y dijo:

-¡Tienes razón! Pon lo que quieras. Somos una oficina dejada de la mano de Dios. Nadie va a pasar por aquí para decirnos que quitemos "nuestra" decoración.



Así que en medio de estas fiestas tan diferentes intentamos poner algo de color en nuestra oficina "decadente". Nuestros clientes de toda la vida ven que seguimos con nuestras rutinas aunque alrededor todo cambie. 

Nos bombardean mensajes siniestros que no invitan a la tranquilidad. Los autobuses llevan ahora carteles diciendo que si no ventilas envías a tu mujer a la UCI o si el nieto sale con los amigos va a matar a la abuela. Desde muchos estamentos políticos, médicos, sociales, intentan convencernos a todos de que somos una bomba virulenta en potencia, últimos responsables de esta situación. La vacuna es el monotema de telediarios y debates. Las familias a veces se distancian por la diferente forma de ver esta situación.


Si hace un año nos dicen que iba a pasar todo esto no lo hubiéramos creído. Por eso yo quiero seguir con algunas rutinas estas Navidades. Algunas "ventajas" tiene esta situación pandémica. He visto muchos belenes sin colas como las de otros años y he callejeado por mi ciudad mirándola con nuevos ojos. He visitado museos pequeños disfrutando de pasear sola y en silencio contemplando cosas bellas.



No tendré que esforzarme mucho en la cena de Navidad porque seremos muy pocos. Tampoco me ha tocado el "marrón" de organizar la comida navideña de la sucursal con montones de antiguos compañeros. No tengo ya que besar a clientes o conocidos que no me aportaban nada. Y, a veces, hasta agradezco que la detestable mascarilla oculte mi cara de cansancio y aburrimiento ante determinados clientes "tóxicos".

¡Feliz Navidad a todos!  Buscad aspectos positivos en la vida. Es la única forma de no hundirnos en la tristeza.  



viernes, 14 de diciembre de 2018

Se armó el Belén

Esta expresión tiene connotaciones de barullo, lío, peleas... Su origen está en la ciudad de Belén. Jesús nace allí inesperadamente porque su padre José, llegó allí obligado por un edicto del César que exigía que cada ciudadano se empadronara en su lugar de origen.

Este trasiego de gente hizo que Belén se colapsara. De hecho, Jesús nació en un establo porque sus padres no encontraron ningún alojamiento mejor. La "ocupación hotelera" estaba al cien por cien. Cuando hay saturación de personas es más fácil que haya follón y... "se arme el belén"

En mi sucursal cada año "armamos el Belén" literalmente, sin estas connotaciones negativas. Aunque este año, si no llego a ejercer de "pacificadora" se podría haber llegado a algo muy poco navideño.

Normalmente soy yo la que pongo la decoración navideña y prefiero hacerlo sola para evitar tener que consensuar la situación de las bolas del abeto, el color del espumillón, o la disposición de las figuras. El año pasado Claudio Bobo me ayudó y la verdad es que hubo buena cooperación entre los dos. Y este año, también Tolosa ha querido aportar sus conocimientos belenísticos.

Hace dos meses que una nueva compañera, de mi misma edad -no se cansa de decir a todo el mundo los numerosos años que ambas sumamos- está en la sucursal. Ha sido Claudio Bobo el que la bautizó rápidamente como Tolosa, porque "to" lo sabe.

Ella ya se encargó de decir que era una experta en Belenes. 

Mientras yo luchaba con la instalación del papel que iba a simular el fondo montañoso, ella trasteaba con las figuritas.

-Zarzamora, voy poniendo las figuras ¿Te parece?

-No, Tolosa, aún no. Esto va así: Primero se hizo la luz, luego va el reino mineral (montañas y río), luego el vegetal (arbustos, musgo, hojarasca) y al final las figuras.

Claudio, que también colaboraba, hacía gestos y me cuchicheaba bajito.

-No la dejes, tú eres la jefa del Belén. Lo va a dejar mal. ¿No ves que ella siempre quiere quedar por encima de todos? Siempre es la más lista. Pero de esto no tiene ni idea.

-Claudio, no seas así -le decía intentando mediar- Aunque quede un poco distinto o incluso peor, todos tenéis derecho a colaborar. Es bonito que esto sea algo conjunto.

Dejé que Tolosa diera vida al Belén colocando a Jesús, María, José, pastores, Reyes, lavanderas, animales... bajo la mirada reprobadora de Claudio, que también le criticó el exceso de serrín verde en los caminos. Pero ella no le hizo caso y siguió espolvoreando verde en lo que debía ser la frontera desértica por donde aparecen los Reyes Magos.

Todo ha quedado muy bien y a la clientela le gusta e incluso algunos sacan fotos. Disculpad que yo no ponga ninguna, pero es que mi anonimato quedaría en la cuerda floja. Así que pongo fotos del de mi casa.





He intentado analizar por qué Tolosa, en general cae mal.

Entre los clientes hay opiniones encontradas. Mi padre fue un día a hacer gestiones bancarias y quedó encantado. Ella también se deshacía en elogios.

-Qué educado es tu padre, es todo un caballero. Y qué joven se conserva.

Sin embargo otra cliente me confesaba:

-No me gusta nada tu compañera. ¡Después de enrollarse contándome cosas de su vida que a mí no me importaban, me ha dicho que la próxima vez tengo que venir con cita, que si no, no me atiende!

Yo no tengo mucha interacción con ella. Quizá si estuviera a su lado, como le sucede a Claudio, mi opinión cambiaría. Ciertamente, quiere dar una imagen tan "perfecta" que cansa. No hace nada mal.

Si yo comento de pasada que he hecho un bizcocho, ella los hace de chuparse los dedos.

Si hablo de una posible visita a una ciudad, ella la conoce mejor que nadie.

Cuando pide ayuda a Claudio porque se atasca con alguna operación bancaria, no solo no le agradece el tiempo que le dedica, sino que zanja el asunto displicentemente.

-¡Ah! ¿Era así de fácil? Pues eso sí lo sabía hacer yo.

Y ni una palabra de agradecimiento.

Tolosa es fumadora y sale al exterior tres o cuatro veces en la mañana. Eso no le sienta nada bien a Claudio, que ya ha contabilizado todo el tiempo diario que ella no trabaja mientras él está al pie del cañón. Además se queja del "aura" nicotínica que nuestra compañera desprende y que, por cercanía, él percibe.

Mi compañero tampoco aguanta su rollo diario, recurrente, del tipo "sin café no soy persona", "salgo a por un café que me despabile", mientras finge cara de cansancio, o de adormilamiento, con las persianas de los párpados a medio subir.

Pero ya digo, conmigo es correcta, amigable. Da por hecho que al ser de la misma edad tenemos muchas experiencias vitales comunes. No he discutido con ella.

Y no me  entiendo a mí misma. Prefiero la compañía de Lupe, que a veces es una bruja, o de Claudio, que cuando se pone en "modo director" es insoportable, a la de Tolosa.

Porque entre nosotros nos enfadamos, a veces nos gritamos incluso, pero se nos pasa muy rápido, enseguida hacemos las paces. Y nos viene bien esa forma de soltar lastre para que las rencillas no se enquisten. Nos enfadamos, sí, pero también nos reímos a carcajadas.

Tolosa nunca ríe. Y pienso que si por algún motivo surgiera un enfado entre nosotras no habría vuelta atrás. Así que, como estoy alejada físicamente y no tengo que interactuar mucho con ella, me limitaré a ser correcta y a tolerar su forma de hablar "sentando cátedra" 

Voy a intentar buscarle aspectos positivos a Tolosa. ¡Es Navidad! ¡Que reine la Paz, también en los trabajos!



martes, 20 de diciembre de 2016

El Belén



He estado unos días de vacaciones y el día de mi vuelta Augusto, el director de la oficina, me dijo nada más verme:

-Zarzamora, vas con retraso, a ver cuando pones el Belén.

-Mira, ya vengo preparada.

Y le enseñé una bolsa fuerte del súper, cargada con palos, líquenes, hojas secas, serrín, y pequeños arbustos. En mi viaje de vuelta me había dedicado a recoger material en alguna de las paradas que hice.



El director de zona, durante mi ausencia, les había animado a todos los empleados a decorar la sucursal. La verdad es que estos jefes son unos impresentables, porque el espíritu navideño hay que sentirlo, y vivirlo. 

Lo que deberían hacer es dejar de presionar día tras día, dejar de machacar constantemente  con nuevos asuntos, todos prioritarios. No puede ser que todo, absolutamente todo sea para ayer, como les gusta decir. ¡Son tan poco originales en su vocabulario!

Cuando todo es tan urgente los empleados nos colapsamos, andamos como pollos sin cabeza, alocados, alelados, sin saber a qué asunto, pues todos son urgentísimos, dedicarnos. Y es que mis jefes no saben ejercer cómo tales, y cuando, abrumada por la gente que viene a la ventanilla y las múltiples tareas que me dejan a traición mientras estoy atendiendo, les pido que digan qué hacer primero y qué dejar para luego, me dicen, como niños enfurruñados:

-No te quejes, yo también tengo mucho trabajo. Esto es lo que hay.

-Ya, pero tú eres la jefa y la responsable de mis tareas. Espero tus órdenes -le dije a Lupe.

Me tocan las narices con la respuesta "esto es lo que hay". Compendio de acatamiento, cobardía, sumisión, resignación, obediencia ciega. Esto es lo que hay... la nueva esclavitud del siglo XXI.

Con esta situación, como para dedicarse a decorar la sucursal. ¡Falta tiempo!

¡Pero si la Navidad está a punto de llegar! Y yo escribo este libelo tan contrario a la paz, amor, entendimiento.

Puse el Belén, y el árbol, porque lo hago todos los años, sin que me lo digan mis jefes. Porque me gusta, lo hago muy bien y siento que así es más Navidad. Y porque soy humana, mucho, y disfruto cuando los clientes me felicitan por lo bien que ha quedado, o cuando quieren hacer una foto de mi Nacimiento para tomar ideas para el suyo. 




Algunos critican a la alcaldesa, a la que ven como enemiga declarada de los Belenes -sinceramente, pienso que exageran- y me animan a continuar con esta bonita costumbre.

Se dice que la tradición belenística se inició en cierto modo con S. Francisco que, en 1223 convocó a los vecinos de Greccio en una gruta con un pesebre y allí celebró la misa. Se popularizaron en España con el rey Carlos III, el que fue el mejor alcalde de Madrid, en el siglo XVIII, cuando introdujo en España la costumbre italiana. Fueron famosos los belenes napolitanos en los que se recrean situaciones y vestimentas propias de la aristocracia de la época. Y, ya se sabe, si un rey pone algo de moda, los más cercanos, los nobles, expanden esta moda. Poco a poco, el Belén se fue popularizando y no faltaba tampoco en los hogares más humildes.

Yo disfruto sobre todo con la ambientación: caminos, follaje, río, bosquecillos, pueblos... Cualquier Belén es bonito porque lo importante es la ilusión con que se pone. Por eso pienso que es una tradición que continuará, porque gusta a todos, sean cristianos o no.

¡Feliz Navidad a todos! Y a colocar un Nacimiento en casa, aunque sea pequeñito.