La semana pasada fui a un funeral en San Francisco el Grande, una basílica madrileña cuya cúpula está entre las tres o cuatro más grandes del mundo. Ahora están en obras en el interior, para arreglar unos desprendimientos en la "linterna", la parte central de la cúpula por donde entra luz. Se ha instalado un andamio altísimo, equivalente a unos diez pisos, que los obreros han de subir a pie cada vez que inician las reparaciones.
Todos estos detalles me los contó el sacerdote mientras esperábamos. El hijo de la difunta se retrasó porque circular por Madrid en coche en día de lluvia condena a la impuntualidad, aunque salgas con tiempo y aunque la cita sea el funeral de tu propia madre.
La madre de nuestro amigo murió el día de Nochebuena. Él se había dedicado a cuidarla durante los últimos años de su vida. Murió de viejecilla, con algún deterioro, pero bastante lúcida hasta el final de sus 96 años.
Su hijo era de los más pequeños que componían nuestra "pandilla veraniega" de los años 80. Esa tarde navideña estábamos en el tanatorio uno de mis hermanos y yo y, como suele suceder en estos sitios, salieron a relucir historias de juventud, de hace años.
Pasábamos los veranos en una urbanización a unos 40 kilómetros de nuestra residencia habitual, con piscina, pistas de tenis, y un apeadero de tren cercano. Nosotros y nuestros amigos pasábamos allí felices dos meses y medio durante muchos años. Todas las vacaciones de verano. Nadábamos, jugábamos a las cartas o al ajedrez en la piscina. Algunos tocaban la guitarra en esas tardes largas y perezosas. Jugábamos al tenis. Montábamos en bicicleta. Cogíamos el tren para subir a la sierra a hacer alguna excursión. Íbamos al pueblo a tomar un helado. Nos sentábamos en un banco a charlar. También nos aburríamos.
Uno de los veranos, cuando yo tenía unos 18 o 19 años, mi padre decidió que acortábamos la estancia veraniega para ir a su pueblo. Hacía mucho que no veía a la familia. Lógicamente, quería ver a los suyos y que ellos vieran a sus hijos. Al ser una familia numerosa, era complicado movilizarnos para desplazamientos largos.
Todos estábamos disgustados. La opción "pueblo" nos parecía un aburrimiento frente a la vida de pandilla de la urbanización. Pero hubo que tragar.
Nuestro amigo nos comentaba en el tanatorio:
- Os va a parecer una tontería, pero aquel año que os fuisteis al pueblo se me quedó una tristeza aquí -se tocaba el corazón- muy grande. Sentía que el verano ya se había acabado, que todo iba a ser diferente sin vosotros. El resto de verano ya no fue igual. Ya veis, yo es que siempre he sido muy sentimental.
Yo le escuchaba y me veía reflejada. Y mi hermano también. Eran veranos tan perfectos, que el hecho de que nuestro padre nos "robara" quince días para ver a familiares casi desconocidos en su pueblo nos fastidió bastante a todos. Y sentimos la misma tristeza que nuestro amigo.
La ventaja es que como nosotros somos tantos, luego lo pasamos bien con la novedad del pueblo. Mis hermanos cogieron la "moto de los higos" de nuestro tío para pasear por la carretera. Mi abuelo nos llevó a ver el cementerio viejo, con nichos derruidos de los que asomaban ropas de hacía siglos y algunos huesos. Fue hace pocos años cuando mi hermano pequeño (unos cinco años en la época del viaje) nos confesó lo que le había impactado ver el cementerio. Mi prima, que ya conducía, nos llevó a las chicas a la feria cercana en el coche de su padre. Íbamos de cualquier manera, apelotonadas en los asientos. En aquella época no había ni cinturones de seguridad ni tope en el número de viajeros. En la panadería del pueblo mi abuela compraba la masa ya hecha y nos hacía "fritillas", tortas finas fritas y rebozadas con azúcar. Los primos de mi padre organizaron una barbacoa con carnes a la brasa deliciosas. Bajábamos a la "cueva" de la casa de nuestros abuelos a ver las tinajas enormes que había allí y nos frotábamos los brazos para no sentir tanto frío.
Ninguno de los hermanos queríamos ir pero luego no lo pasamos tan mal. Pero nuestro amigo sí que sintió la soledad de un verano que para él sí finalizó prematuramente.


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