lunes, 31 de marzo de 2025

Aquella casa de alquiler

 Hoy he tenido que acercarme al Registro de la Propiedad a por una nota simple para iniciar los trámites de compra del suelo de mi actual vivienda. El Ayuntamiento hace (hacía) cosas muy raras. En aquel año 1996, cuando me dieron mi casa de cooperativa (sí, hubo una época en que jóvenes veinteañeros y treintañeros con ingresos módicos pudimos acceder a una vivienda de cooperativa, aunque en el camino me diera tiempo a ennoviarme, casarme y a tener dos hijos), me dieron solo el "vuelo", no el suelo. Ciertamente la vivienda fue más económica. Al principio el ayuntamiento decía "si queréis el suelo tenéis que estar de acuerdo absolutamente todos los vecinos, porque el suelo es indivisible". Lógicamente muchos vecinos preferían comprar muebles o rebajar hipoteca. El suelo les daba igual porque ya teníamos un techo bajo el que vivir.

Fue pasando el tiempo y se ve que el Ayuntamiento necesitaba dinero y entonces sí, el del segundo podía tener el suelo y el del quinto no. Ya no era necesaria una unanimidad imposible entre los 188 vecinos. Hubo gente que se animó a comprar.

Y ahora es el "boom". A mi casa le quedan tres años para que deje de ser de "protección oficial" y cuando esto suceda, el Ayuntamiento, si ofrece nuevamente a los vecinos comprar el suelo, será a precio de mercado y nos pedirá en torno a los 100.000 eur.

Así que se ha conseguido que ahora haya una nueva oferta de suelo a precios de protección oficial (en torno a los 30.000 eur). Yo no estaba animada. Total, vivo en la casa y no voy a negociar con ella. Cuando mi hija pequeña tenga 75 años que es cuando acaba la concesión (no creo que ni yo ni mi marido vivamos entonces) que se arregle ella con el Ayuntamiento. Si no echan a los okupas, no creo que vayan a echarla a ella, que ya será mayor, porque no tenga el suelo. ¿Van a echar a una propietaria del "vuelo" que ha pagado todos los años un IBI tan alto como el de las casas que tienen suelo? Pero vivimos en un mundo tan raro que quizá en un futuro un okupa tenga más derechos que un propietario que siempre ha cumplido con sus obligaciones y tributos.

Mi marido no hacía más que decirme "compra el suelo, cómpralo, que es una buena inversión, mejor que tener el dinero en el Banco, que la casa se revalorizará, y si en un futuro nuestros hijos la quieren vender será más fácil. Que sí, que lo compres"

Finalmente le he hecho caso y estoy en las primeras fases de todo este proceso que seguro que es farragoso y lento. Ahora me lo puedo permitir porque tengo tiempo. 

Un primer absurdo: He ido personalmente al registro a pedir la nota simple, no he necesitado pedir hora. Me ha costado 3,64 eur.

Si lo hubiera pedido por Internet, me hubiera desesperado buscando la aplicación, el acceso, hubiera esperado dos días a recibirlo electrónicamente, y hubiera pagado casi 10 eur.

Después de salir del Registro y de desayunar con una antigua colega del Banco que trabaja en una sucursal cercana, he tenido un acceso de nostalgia y he decidido pasear por el barrio en que viví de recién casada, que está por esa zona.

En su día no buscamos mucho mi entonces novio y yo. Nos surgió alquilar un piso viejo que había heredado una vecina de la hermana de mi marido y allí nos fuimos. La casa era deprimente. Hicimos una reformilla y fuimos descontando el coste, del pago del alquiler. Pensábamos que era algo temporal: un año o dos hasta que nos dieran nuestra casa con "vuelo pero sin suelo". Por eso no nos importó que fuera un lugar alejado del barrio en que habíamos vivido los dos.

Limpiamos mugre de la campana, llevamos muebles viejos a un trastero de un familiar de la dueña, pusimos fundas al sofá viejo, animamos las paredes con cuadros y la terraza con plantas. Mi padre nos pegaba las baldosas del suelo que de tanto en tanto bailaban. Nos adaptamos y, más mi marido que yo, aprendimos a querer a ese barrio desconocido.

La casa nueva se retrasaba. Nació mi primer hijo. Estuve con él hasta que cumplió un año. Cogía dos autobuses con él en brazos cuando iba a visitar a mi madre en días de diario. No había asientos reservados. Nadie se levantaba. Me sujetaba a la barra y decía en voz bien alta:

-A ver quien se levanta. Necesito ir sentada con el bebé de tres meses que llevo encima.

Y entonces sí, alguien se levantaba azorado musitando un "perdón, no me había dado cuenta" y cediéndome el asiento.

Muchas veces, en invierno, mi marido se retrasaba al llegar a casa por temas de trabajo y yo pasaba con el niño a casa de mis vecinos de rellano, ya mayores, porque la noche y la soledad se me echaban encima como una losa. Charlábamos, le hacían carantoñas al bebé y veíamos juntos lo que echaran por la tele.

Llegó el momento de incorporarme al trabajo. En esa época los maridos tenían dos días por nacimiento de hijo, las madres 16 semanas. Mi madre cuidó al bebé unos meses, coincidió la época de verano. Luego, con año y medio le metimos en una guardería. Cuando me tocaba a mí llevarle y dejarle ¡a las 7.30 de la mañana! me iba llorando al trabajo después de ver cómo se alejaba por un pasillo débilmente iluminado y se quedaba en una mesa, él solito, con dos  juguetes aburridos, hasta que iban llegando, bastante más tarde, el resto de los niños.

Me iba al metro ocultando las lágrimas con unas gafas de sol que cantaban un montón en esas mañanas invernales y oscuras.

Mi marido decidió que el crío no estaba feliz en esa guardería. Pidió una excedencia y se dedicó seis meses a cuidarle mientras yo seguía trabajando. Era una maravilla llegar a las 15:30 y estar toda la tarde los tres juntos. En primavera le llevaba en coche al parque Juan Carlos I, recién inaugurado, o a la Quinta de los Molinos. Al crío le encantaba ver los riegos y observar a los jardineros. Cuando podaban, me traía rosas de las que habían cortado.

Algo había que hacer con el niño cuando acabara la excedencia. Mi marido miró y remiró guarderías de la zona. El niño dejó bien claro que la primera guardería era fea y no quería volver. No fue feliz en ella. Al final encontramos una, recién inaugurada. El niño la vio y dijo "esta me gusta". Allí aprendió a leer y escribir antes de los cuatro años. Quizá algún pedagogo piense que eso es una barbaridad, pero para él no supuso ningún trauma.

Todo esto he recordado hoy paseando por ese antiguo barrio que iba a ser provisional y viendo las dos guarderías: la triste y la que le hizo feliz. 

¡Cuánto cambia un barrio! Aceras más anchas, comercios nuevos, casas remozadas... Solo permanecen igual la carnicería, la panadería, alguna cafetería. Después de 28 años no consigo recordar qué había antes en el lugar en que ahora hay un chino, que edificio había en el lugar de esa vivienda moderna. A duras penas he ubicado la terraza donde teníamos multitud de  geranios. He visto algo que ya los jóvenes actuales desconocen y que yo hacía siglos que no observaba en mi actual barrio: un camión con bombonas de butano. 

En esa primera vivienda de casada había butano para cocinar y para la ducha. Solían ser muchachos fuertes del este los encargados de subir las bombonas. Ya había pasado a la historia lo de hacerles una señal desde la terraza para que subieran la bombona. Llamábamos por teléfono y, como trabajábamos, decíamos "el dinero está debajo". Nunca falló el sistema en los seis años que allí vivimos y siempre estaba la bombona en la puerta al llegar del trabajo.



El tiempo pasaba y no sabíamos con exactitud dónde iban a edificar nuestro flamante edificio con viviendas "sin suelo". La cooperativa, en los comunicados y en las reuniones, siempre daba explicaciones, no sé si reales o no, de los motivos de los retrasos.

Nació mi segundo bebé. Una niña, que ya no pisó una guardería y no tuvo necesidad de madrugar hasta que empezó el colegio.

En esa época pagábamos guardería del mayor, alquiler, señora que cuidaba a la pequeña y mensualidades de la cooperativa. Afortunadamente, con dos sueldos medios, en esa época sí se podía. El piso nos lo dieron el mismo año en que nació la niña. Por eso llevo tan bien la cuenta de los años de propiedad. Nos mudamos a los seis meses para que el mayor acabara su curso en la guardería.

Mi marido sí que tuvo cierta pena por abandonar ese barrio. Yo fui feliz allí, pero intuía que iba a ser más feliz en la nueva vivienda. La suerte, el destino, la providencia... nos había proporcionado una casa relativamente cerca de la de mis padres, con todas las ventajas que eso suponía cuando se ponían malitos o cuando la cuidadora no podía ir.

¡Hay que ver! Cuantos recuerdos me han invadido con un simple viaje al registro.

viernes, 28 de febrero de 2025

Reformas

 Desde hace más de una semana la banda sonora de mi desayuno son golpes variados debido a unas obras de reforma. Es curioso cómo es difícil ubicar el origen del ruido. Te envuelve de tal manera que no sabes si viene de un lado o de otro. Yo, al vivir en el último piso, sé que de arriba no puede venir el estruendo. 

Hay reformas en dos viviendas. Una en el bloque de al lado; otra, en mi bloque. Quizá si tuviera que preparar unas oposiciones o tuviera un bebé de sueño ligero me molestaría tanto golpe, pero en mi situación actual me da exactamente igual. Son golpes intermitentes y, de momento, no hay radiales por medio, que tienen un sonido bastante más molesto.

Hace un par de días me encontré con los vecinos en cuya casa están haciendo las obras. Han llevado todos sus muebles y objetos a un guardamuebles, ellos se han marchado de alquiler tres meses y la casa la han dejado sin nada. Pura cáscara es ahora.

Me contaron todo lo que iban a hacer: nuevas puertas de la casa y de los armarios empotrados; aire acondicionado por conductos; nueva cocina, nuevos baños, con  baldosas a la moda; fuera parquet en pro de un suelo vinílico; fuera gotelé que ahora no le gusta a nadie.

La otra tarde nos asomamos mi marido y yo al piso. La puerta estaba abierta. A él le gusta ver estas cosas. Los operarios nos miraban con cierta desconfianza. Lógico, no está bien que vaya el vecindario a cotillear.

-Buenas tardes. Me encontré el otro día con Analía y Sosegado y me comentaron que estaban de obras. Ya me han dicho que me enseñarán el resultado cuando Vds acaben.

Mi comentario les tranquilizó.

No pasamos del umbral. Mi marido hizo dos o tres comentarios banales relacionados con tubos, suelos, canalizaciones, y nos marchamos.

Eso no era una casa, era una carcasa. Rozas, tubos colgando, polvo. Entiendo que la casa tiene ya 29 años, los dueños se acaban de jubilar y piensan que es el momento de dejar su casa como nueva y más confortable, ahora que tienen tiempo y su único hijo trabaja en el extranjero.

Pero no sé si está bien cambiar todo, incluso cosas que están bien, tan solo por seguir los dictados de una moda que nos dice en cada momento lo que se lleva en decoración.



-No te preocupes Zarzamora -me dice mi marido- dentro de nada volverá a estar de moda el gotelé y el parquet y nosotros  estaremos más a la moda que todos nuestros vecinos, sin haber modificado nada.

 

viernes, 7 de febrero de 2025

La interna

Mi madre y mi tía son hermanas y viven juntas. El pasado mes de agosto mi tía se rompió la cadera y decidimos contratar una interna que estuviera con las dos, que tienen 86 y 95 años respectivamente.

 La muchacha ya era conocida de ambas porque había cuidado a algún anciano en el barrio y aceptó el trabajo encantada. Comenzó en septiembre del pasado año.

Como yo soy la que se encarga del pago de su salario y seguridad social (con el dinero de mi tía), me tiene en gran estima y me usa de "interlocutora" con las ancianas cuando quiere conseguir algo.

- Ay señora Zarzamora, mire usted, llevo varias noches sin dormir... No me atrevo a decirle...

Así empezó su discurso en noviembre, dando vueltas, porque quería irse a su país de vacaciones. Yo sospecho que tenía los billetes comprados desde antes de aceptar el trabajo.

La tranquilicé.

-No te preocupes. Tienes derecho a unos días de vacaciones este año 2024 y en 2025 aceptamos que te tomes las vacaciones en enero. Eso sí, el pago de enero te lo hago cuando vuelvas, para asegurarme que vuelves.

-Ay sí, señora Zarzamora, Dios la bendiga. Si quiere busco sustituta para su madre y su tía. Con razón me dice mi mamá que no se me ocurra dejar esta casa.

No ha habido necesidad de sustituta porque mi tía ya se maneja muy bien y mi madre ha estado feliz sin nadie extraño en casa disfrutando de las Navidades con sus hijos y nietos. Mi madre no se adapta a tener una interna. Cuando la visitamos mis hermanos y yo nos cuenta detalles de la interna que le incomodan. Ya nos conocemos todas sus quejas y el kiwi gold ya es motivo de bromas entre todos.

Estas son los comentarios de mi madre que ya nos conocemos todos sus hijos:

-Tiene obsesión con los kiwi gold, esos tan caros. Pero si los quiere que los compre ella. Que yo solo los compro si están de oferta. ¡Vaya precios!

-Yo, con que saque a pasear a tu tía me conformo.

-Es una desordenada y tiene la habitación hecha un desastre. Hoy le he dicho que no limpiara tanto los baños y que arreglara la habitación.

-¡Toma unas cosas más raras! Semillas, infusiones, un huevo cada mañana... Siempre se echa aguacate en cualquier ensalada.

-Mientras vemos la novela ella se encierra en su habitación. Vale, si ya sé que es su rato de descanso, pero no sé qué hace tan encerrada. Imagino que estar con el móvil, que lo lleva a todas partes. A veces la veo limpiando con el cuello torcido sujetando el teléfono de mala manera. Cualquier día se le cae al retrete.

- Yo es que no me aclaro con la vida de esta mujer. Si tenía estudios y una casa con jardín en su país, no entiendo para qué viene a España a vivir peor. Cuanto más me cuenta menos me entero. Es un lío su vida. Bueno, quizá no sea lío pero ella complica todas las explicaciones.

-Se cambia de ropa varias veces al día y tarda muchísimo en arreglarse antes de salir. Arreglarse es un decir, porque a veces sale del baño peor de como entró.

-¿Tú sabes la cantidad de maletas que se lleva a su país de vacaciones? Vino un amigo suyo para llevarla al aeropuerto y tuve que ayudarla a bajar las cosas. Ningún taxi la hubiera admitido. El amigo tuvo que llevar los asientos traseros bajados para poder meter todo el equipaje y ella iba delante, encogida, para que cupiera todo.

Esta es mi madre. A pesar de sus quejas hemos convencido a las dos hermanas de la necesidad de contar con esta ayuda. Reconozco que es egoísmo por parte de los hijos. Estamos mucho más tranquilos sabiendo que hay alguien al tanto si ocurre cualquier percance por la noche, que las puede acompañar al médico, que va con mi tía cada semana a la peluquería, que la acompaña a pasear, a sacar dinero del cajero, que la ayuda en el baño y hace gimnasia con ella.

La interna volvió hace unos días, feliz de volver a su trabajo. Trajo café, chocolate y rosquillas de su país para nosotros. La vi muy contenta de haber visto a su familia después de seis años de ausencia, y muy agradecida porque no le habíamos puesto pegas para su viaje.

Voy a visitar a mi madre y a mi tía con mucha frecuencia y muchas mañanas encuentro a mi madre sola, cocinando. Aprovecha feliz esos momentos de soledad. Si por ella fuera, tendría a la interna y a mi tía paseando todo el día. 



miércoles, 18 de diciembre de 2024

Navidad y recuerdos.

 Acabo de llegar de una comida con los belenistas de la parroquia. Pensaba que iríamos a algún restaurante cercano, pero el señor párroco nos ha invitado a su casa y nos ha preparado una deliciosa comida. Hemos hablado muy a gusto sin los ecos ni la algarabía que suelen perturbar en cualquier local. 

Yo he trabajado modelando y fabricando frutas, cestas, mesas, bancos, puestos de mercado... detalles que ambientan las escenas del Belén. El resto de compañeros se han dedicado a la "arquitectura belenística" que me parece mucho más compleja. A ellos sin embargo les parece más difícil hacer lo que yo hago. Eso es la complementariedad. Cada uno es especialista en una cosa.



Tú has "teletrabajado" me dicen. Y es que mientras ellos cortaban, soldaban y pegaban en un frío garaje de la parroquia, yo modelaba tranquilamente en casa a ratos perdidos. No les he podido ayudar en lo suyo porque he tenido que hacer varios viajes para ultimar, junto con mi marido, trámites de la herencia de su madre, que falleció ya centenaria en enero.

Su único bien era la casa familiar y tras algunas demoras, en noviembre se sorteó entre los dos hermanos aspirantes a propietarios quien se quedaba con la vivienda compensando al resto de hermanos. Estoy feliz de que le haya tocado a mi marido. Va a ser su conexión a la tierra en que nació y que yo quiero tanto como él. Va a ser el recuerdo permanente de su madre, de todos los momentos pasados en esa casa cuando íbamos en verano con nuestros hijos pequeños. 

Hay cosas que los dos deseamos que permanezcan. Las mecedoras de la terraza, donde mis niños se balancearon tantas veces, donde mi suegra tomaba el sol cuando ya casi ni hablaba. La sillita baja donde subía nuestro hijo mayor de niño para ver cocinar a su abuela. El sofá y el sillón del salón. Les pondré fundas nuevas, pero cuando me siente a leer bajo la luz de la lamparita, recordaré que en ese hueco estaba mi suegra tomando los purés de frutas de la merienda todas las tardes de sus últimos años.

En su habitación mantendremos su cama bajo la ventana y le daremos un aire nuevo y limpio. En su día ella hizo pintar y arreglar toda la casa menos su habitación. Era su refugio mientras el vecino del séptimo le hacía los arreglos en sus ratos perdidos. Así estuvo la pobre más de un mes. Se le quitaron las ganas de mejorar su habitación. Y luego fueron llegando los achaques, la necesidad de cuidados. Era complicado meterse en arreglos. La habitación de mi suegra es un muestrario del paso del tiempo. Papel pintado, más papel pintado, pintura encima del papel pintado, enchufes precarios. Estoy segura de que va a quedar blanca, nueva, limpia, moderna. Y quien duerma allí no sentirá aprensión al conocer que allí durmió y sesteó una señora que pasó de los cien años, se sentirá seguro y protegido por el espíritu de una mujer que adoraba estar en su hogar, cuidarlo, limpiarlo, disfrutarlo junto a su familia.

Enmarqué en su día una foto de mi suegra, tranquila, sonriente, ya muy mayor. El otro día tiré un marco destartalado y puse en uno nuevo otra foto de ella, su madre, y su hermana, de antes de la guerra civil. Me gusta mezclar lo antiguo y lo nuevo. No me importa  ponerme sus batas, sus rebecas, sus delantales, o echarme en la noche la misma mantita que le ponían en su silla de ruedas.

Creo que es una bonita forma de convivir con el pasado, de recordar una época de una forma sana, sin dramatismos. Porque la muerte cada vez empieza a estar más presente en mi vida y confío en poder naturalizarla y aceptarla cada vez mejor.

Es época de Navidad, de renovación, de alegría. Que la disfrutemos todos con salud, con buen ánimo, sin que las tristezas de este año nos amarguen estos momentos.


jueves, 19 de septiembre de 2024

Ocupaciones de jubilada

 Yo me reía y criticaba mucho a mis compañeros jubilados cuando iban a la sucursal y se quejaban de que no tenían tiempo. Ahora les empiezo a entender pero no les justifico. Queda bien feo quejarte de tus numerosas ocupaciones ante compañeros que tienen que compaginar vida personal y laboral.

Es cierto que en Navidades pedí una agenda y la tengo llena de anotaciones. Porque tengo cosas que hacer y porque mi memoria va flaqueando. Al tener todo el tiempo del mundo y no tener la rutina laboral, al no tener que cambiar la fecha en el sello que usaba constantemente en la ventanilla, al no soñar con la llegada de días de vacaciones, es fácil desconectar y no interesarte por el día en que vives.

Tras la muerte de mi padre he estado arreglando papeles de todo tipo. La burocracia post-morten. El papeleo persigue hasta después de que el féretro se quede en calma en su nicho. Mi madre, después de ver las telenovelas que sigue a diario, cuando está receptiva, escucha mis explicaciones acerca de los asuntos del impuesto de sucesiones, reparto de herencia, cambio de domiciliaciones, seguros, pensión... y siempre me dice lo mismo:

- Menos mal que estás jubilada y que te hice un poder. Como lo hubiera tenido que hacer yo todo, no sé que hubiera sido de mí. Ir a tantos sitios, llamar, hacer cosas por Internet... Todo es muy difícil.

Le tuve que dar la razón. Tanta burocracia es muy compleja para gente octogenaria. Tener hijos -hijos dispuestos y que ayuden en estas etapas de la vida- es una bendición.

Mi agenda está llena de anotaciones del tipo "cita con el Banco", "pago de impuestos", "perseguir al gestor" "pedir Dnis y cuentas a mis hermanos" "enseñar a mi madre a usar la tarjeta"

Lo de la tarjeta lo aprendió con facilidad. Yo parezco una controladora, y es que cada vez que ella saca dinero, el Banco me manda un aviso y yo lo compruebo con ella. No está mal para evitar fraudes o extracciones indeseadas. He puesto mi correo y mi teléfono en todos los datos que el Banco y los diferentes organismos me han pedido. Para no volver loca a mi madre y que viva con tranquilidad estos años de vejez, sin preocuparse por los asuntos bancarios.

Este verano había quedado con uno de mis hermanos para solucionar un asunto de la declaración de la renta de mi tía fallecida en febrero de 2023. Hay que hacer las declaraciones de los fallecidos. El trámite había ido bien y mientras estábamos tomando un cafetito en las cercanías, recibimos la llamada de mi madre.

-Hijos, vuestra tía (su hermana) se ha roto la cadera y se ha caído. La llevan al hospital.

Mi tía vive con mi madre desde antes de que ésta se quedara viuda. Las dos habían salido a pasear y mi tía, de 94 años, se cayó. Afortunadamente no arrastró a mi madre en la caída.

Ese día comenzaron nuevas anotaciones en mi agenda: ir al hospital, ver opciones para los cuidados posteriores, contratar a alguien...

No voy a entrar en detalles de las idas y venidas de este mes porque puede ser aburrido y poco ágil. Tener a alguien hospitalizado es duro, pero en mi caso no procede lamentarme en exceso, porque en los hospitales ves situaciones peores que las propias.

Como dice una amiga mía: "Saca tu cruz a la calle y verás una más grande"

Ahora están las dos hermanas en casa con una muchacha alegre y dispuesta encargada prioritariamente de cuidar a mi tía en su convalecencia.

A mi madre le está costando un poco tener a alguien ajeno en casa.

Viuda desde mayo, jamás en su vida había estado sola. Este mes con su hermana hospitalizada le cogió el gustillo a esta soledad. Cenaba lo que quería, no tenía que estar pendiente de nadie, podía entretenerse comprando o paseando el tiempo que quisiera porque nadie en casa iba a preocuparse de su tardanza. Y lo más importante, estaba sola pero con un montón de hijos y nietos pendientes de ella si era necesario.

Le ha durado poco esta soledad, pero hay que ser realistas. Y egoístas. Una pareja de señoras de 86 y 94 años están más seguras con alguien durmiendo en casa con ellas y ayudando a la mayor a entrar a la ducha, a pasear con el andador...

Por ellas, por la tranquilidad de los hijos, llega un momento en que el mayor acto de generosidad con la familia es dejarse ayudar.



Los fines de semana la chica libra y mi madre no quiere oír hablar de que vaya nadie. Son sus días de "liberación". 

Este sábado hay fiesta de cumpleaños. Son muchos los miembros de la familia que cumplen años en septiembre. Irán las dos matriarcas. Mi tía, la operada de cadera, ya ha preguntado:

-¿Hay rampa para llegar al local de la fiesta?

Allí se mezclará el andador de la tía con el cochecito de la nietecita más joven.


lunes, 29 de julio de 2024

Reuniones de vecinas

 Hace ya algunos años, y tras una divertida merienda en mi casa con un grupo de vecinas, creamos un grupo de whatsapp. Lo creó mi hijo, porque yo no tenía ni idea, y yo soy la administradora. En origen fue para compartir algunas fotos que nos hicimos ese día, hace ya siete años, cuando éramos más jóvenes y los acontecimientos de la vida nos nos habían arañado el alma. Todas sin excepción tenemos nuestras cicatrices desde ese día feliz y despreocupado de octubre de 2017.

De vez en cuando quedamos para tomar algo en las cercanías, contarnos novedades -sobre todo actualizar la información de nuestros hijos- y poner al día los cotilleos sobre la comunidad de vecinos y el barrio en general. Lo que no aporta una lo aporta la otra.

Me gusta quedar con ellas. Incluso en momentos tristes de mi vida, compartir conversación con las vecinas me da una inyección de optimismo y alegría y siempre, siempre, hay risas aseguradas.

Somos ocho en el grupo. Pocas. Pues es un lío acordar un día que nos venga bien a todas. Simplemente para cruzar la calle y tomar una cerveza en el bar de enfrente cuando cae la tarde. Es un plan tremendamente sencillo. Los hijos de todas superan la veintena y nuestros maridos se apañan muy bien solitos y nos dejan completa libertad. No tenemos ataduras domésticas.

Llegó el verano y una de ellas propuso en el grupo "vamos a quedar antes de irnos de vacaciones" Yo, como soy la única que no trabaja, dije que podía cualquier día. Soy así de "facilona". La cosa quedó en el aire.

Pasó el tiempo. El 10 de julio una de las vecinas propuso en el grupo dos días para quedar. Empezamos a contestar. Una indicó la posibilidad de una encuesta para mayor facilidad. ¡Sí, una encuesta para ver cuando quedan ocho personas! Salvo yo, ninguna podía quedar cualquier día. Se optó por el miércoles, día en que podíamos quedar la mayoría. Tan solo una, Libertad Grande, dijo que no podía, pero que no importaba, que ya nos vería en otra ocasión.

Luego se hizo otra encuesta para ver la hora a la que quedábamos, porque iba a hacer calor. Repito, el lugar de la cita es enfrente del bloque y está cubierto de árboles.

Ya estaba todo acordado y llegó el miércoles de la "quedada". A media tarde Libertad recuerda en el grupo que no va a poder ir, como ya dijo en su día y nos desea que lo pasemos bien.

Y entonces... todo se vuelve a liar. Después de dos encuestas de mierda, después de una preparación digna de la agenda de la Casa Real, otra vecina dice en el grupo:

-Si os parece podemos quedar el próximo lunes, si nos viene bien a todas.

Y ya, sin más encuestas ni historias, y a pesar de que Libertad reiteraba que por ella no cambiaran nada, se modificó la cita al lunes. Parece que el resto de vecinas no se dan cuenta de que Libertad pasa un poco de todo esto, que si queda con nosotras bien y si no queda le da igual.

Yo ya estaba indignada. No contesté, por esa tontuna de querer quedar bien, por no liar más la cosa, porque en estos mensajes de grupo todo se magnifica. Ya sabía que el lunes no podía, que estaría con mi marido en la sierra, pero me daba igual.

El lunes, como yo imaginaba, empiezan a preguntar por la hora de la quedada. Y en ese momento yo escribo:

-Estoy en la sierra, he venido con mi marido, pensaba que volveríamos hoy (mentira cochina) pero como se está tan fresquito, nos quedamos más tiempo. Lo siento, otra vez será.

Nuevamente intentan aplazar la cita para que yo pueda estar, me preguntan que cuando vuelvo.

Insisto que no sé, que como ya no trabajo y mi marido está de vacaciones estoy a lo que él diga y que estoy a gusto con el clima serrano.

¡Menos mal que al final quedaron y no siguieron con este cruce infernal de mensajes de "yo puedo", "yo no", "vamos a aplazarlo", "a qué hora"!

Con lo fácil que es quedar sin más un día. Las que puedan van y las que no, pues otro día. Además nos vemos muchas veces en el patio, al volver de paseos, en la compra... Es un desgaste tanto mensaje, tanto intentar quedar bien. Que yo no me excuso, en vez de mandarlas a la porra, intenté ser una "bienqueda" Así es la vida social. No quiero sembrar cizaña porque son muy buenas vecinas, la verdad. Después de 27 años de convivencia no voy a organizar un cisma por una saturación de mensajes inútiles en Whatsapp.

Finalmente quedaron la tarde noche más tórrida de este mes de julio, mientras yo me tapaba con sábana y colcha en mi alojamiento de la sierra después de ver como asomaba la luna llena en el horizonte.


miércoles, 19 de junio de 2024

Despedidas

Mi padre murió hace un mes. Salió del hospital muy deteriorado, con mucha dificultad para andar, pero enseguida le cogió el tranquillo al andador que le compramos y aprovechó bien el tiempo primaveral de finales de abril y mayo. Salía a pasear por la mañana y por la tarde, comía bien, dormía en su cama de toda la vida. Se sentaba en los bancos de la avenida y decía "qué más se puede pedir"

Los médicos, después de sugerir biopsias, resonancias y radioterapia, aplaudieron la decisión familiar de volver cuanto antes a casa. Los hospitales son destructivos para el ánimo del enfermo y de los familiares.

- No sabemos cuanto puede durar -nos dijeron- quizá semanas o meses.

Yo era optimista  y pensaba que aguantaría mucho. Me equivoqué. Todos nos equivocamos.

Aprendimos a tomar la tensión, revisar el nivel de azúcar, poner insulina lenta o rápida, según los parámetros. Mi madre, sabiamente, se negó a darle un medicamento con unas contraindicaciones muy muy bestias para evitar ataques epilépticos, pero que le dejaba completamente atontado y sin fuerza en las piernas.

Se lo dijimos a la doctora, que no se lo pensábamos dar. Los médicos insisten, claro. Los dichosos protocolos. Mezclan los medicamentos como yo los ingredientes del gazpacho. Rectifico, no como yo, porque yo voy probando para que el resultado sea perfecto. Ellos siguen sus recetas al pie de la letra y les da igual que el paciente se encuentre fatal con un medicamento. En este caso el "bien mayor" era evitar un ataque epiléptico. La doctora respetó la decisión de no darle ese compuesto pero puso cara de circunstancias, como diciendo "os estáis arriesgando mucho, vosotros veréis"

En estos casos hay un equipo de médicos de cuidados paliativos que vienen a casa cada dos o tres días para ver al enfermo. Un día amaneció sin gana de levantarse. Que si tiene fiebre, que si es una infección, que si es el efecto de los tumores expandiéndose... Mi padre ya no se levantó de la cama. Dejó de comer y de beber. Se fue consumiendo poco a poco. Una semana duró así.

Los médicos nos habían dejado morfina y otros calmantes para que se los pusiéramos en una vía que tenía en el brazo. Solamente al final se le puso alguna dosis. No se quejaba de dolor, su cara era de tranquilidad. 

El domingo vino el sacerdote de la parroquia para rezar con él y con la familia. Creo que él percibió la visita, pero ya no hablaba nada y estaba con los ojos cerrados.

El lunes por la tarde murió. Recuerdo que yo estaba en mi casa. Había acabado de cenar y le dije a mi hija

-Ven, asómate a la ventana, mira que súper arco iris tan bonito.


Mientras nosotras lo contemplábamos, murió mi padre, en compañía de mi madre, dos hijos, una nuera y dos nietas. Siempre estuvo acompañado.

Conocíamos ya todo el proceso tras la muerte. Habíamos comprado el certificado de defunción. Sorprendentemente, es un papel que cuesta dos perras pero que no lleva el médico que va al domicilio. Si no lo tienes y un familiar muere en casa, de noche, tienes que ir a comprar el dichoso papel y buscar una farmacia cuando la pena te supera. Yo esto no lo entiendo.

El médico que vino nos dijo que en España nadie se muere de viejo, que en el papel se olvidaron de poner esa opción. Creo que a mi padre le pusieron en causa de la muerte cáncer de pulmón.

-Por favor, ponle tumores cerebrales, que mi padre no ha fumado en la vida y ha tenido una vida muy sana.

-No, no puedo, porque sus tumores cerebrales son consecuencia de metástasis del tumor en el pulmón y hay que poner la causa "inicial".

Y causa última "parada cardiorrespiratoria". Eso me lo sabía hasta yo.

Teníamos que haber preguntado en su momento cómo estaban tan seguros de que tenía tantos tumores, porque no le hicieron biopsias ni resonancias -no quisimos- Pero con el aturdimiento de tantas malas noticias no indagamos. Porque quizá no nos íbamos a enterar y mi padre ya tenía 94 años. Ha muerto y saber el motivo exacto ya no tiene mucho sentido.

Después, ya entrada la noche, llegaron los del seguro "de los muertos". Muy amables. Traían una tablet y mi madre eligió ataúd y adornos florales. Estaba claro que queríamos entierro y no insistieron con cremación. Sé de casos en que son muy persistentes porque parece ser que la cremación es más barata. Yo pensaba que era al revés.

Luego entraron en la habitación, pidieron estar solos y se lo llevaron para prepararlo para el tanatorio.

-Ay hija, cómo se lo han llevado, como un fardo- lloraba mi madre.

-Mamá, papá ya no está en ese cuerpo. Es difícil llevarlo de otra forma. Lo tienen que meter en el ascensor, cargarlo en el vehículo...

Estas cuestiones, claro, no se notan en un hospital en que las camillas van y vienen rodando y todo es amplitud.

El día siguiente fue día completo de tanatorio. Gracias a los teléfonos y los mensajes, amigos y familiares fueron enterándose del desenlace. Recibimos muchas, muchas visitas. Y debo decir que todas se agradecen muchísimo, porque son señal de lo que apreciaban a nuestro padre y de lo que nos aprecian a nosotros. Hay quien piensa que eso da igual, pero con el tiempo recordaremos ese día como un día de encuentros, en ocasiones con familiares lejanos, con amigos un poco olvidados. Es lo que hay que agradecer al difunto, que él es nexo de unión y de encuentro. Son momentos de pena y lágrimas y de risas y alegrías. Y es bonito que sea así.

El entierro fue al día siguiente, día de mi cumpleaños. Fue por la mañana temprano y mucho más familiar. Estábamos todos los hijos y casi todos los nietos. Era un buen momento de reunión posterior. En casa de mi madre encargué unas pizzas. Mis hijos y algún sobrino compraron unos dulces -soy bastante golosa- y unas velas. Me cantaron el cumpleaños feliz. Le enterramos el mismo día en que yo, su hija mayor, llegué al mundo hace 61 años. Me parece una coincidencia bonita.

Creo que estamos viviendo el duelo -ahora se habla mucho de fases del duelo y a todo se le pone nombre- de una forma sana, con risas y lágrimas. Mi madre, una campeona, sigue saliendo a comprar, recibe las condolencias de multitud de vecinos del barrio, explica a quien no lo sabe que se ha quedado viuda.

-¿Qué voy a hacer? Hay gente a la que hace tiempo que no veo. Si me preguntan "¿qué tal?" les tengo que decir lo que ha pasado. Y claro, se sorprenden, porque le recuerdan en la iglesia en Semana Santa presentándose voluntario para el lavatorio de los pies, o paseando tan ricamente hace mes y medio antes del "ataque"

Hace una semana fue el funeral, en la misma iglesia del barrio donde yo me casé y bauticé a mis hijos, donde mis hermanos menores hicieron en su día las primeras comuniones. Era ya el último adiós social. Fue también mucha mucha gente. Una de mis hermanas y yo hicimos las lecturas. Mis sobrinos de 10 años, las peticiones por el alma del abuelo. Mi hijo, el nieto mayor, compuso una poesía - a mi padre le gustaba mucho rimar- en que resumía cómo había sido la vida del abuelo, con detalles que solo los hijos podíamos entender. Una vida plena y con salud y una muerte con los suyos, como él quería, como queríamos todos.

Y otro nieto salió sin papel. Por circunstancias de la vida ha sido el que ha estado más cerca de los abuelos. Sabía cosas de la infancia de mi padre que yo desconocía. Sabe escuchar. Fue muy breve. Agradeció los consejos de su abuelo y nos contó la frase que siempre le repetía: "En este mundo la mejor carrera es ser una buena persona"

Ante una muerte cada uno lleva la pena a su manera. Yo me estoy encargando de todo el papeleo. Veo sus carpetas perfectamente rotuladas con esa caligrafía única y se me saltan las lágrimas. Nos lo dejó todo tan organizado. Testamento, seguros, cuentas...

Ayer bajé a la piscina y pensé que este año ya no se tirará de cabeza. Ni se oirá el tecleo de la máquina de escribir, que seguía utilizando con total pulcritud. Ni me acompañará hasta mi casa cargando bolsas y diciendo que no pesan. Y me queda la pena de no haber visitado con él tantos museos como tenía previstos.

Agradezco que su enfermedad haya sido de final rápido, que no haya tenido dolores, que aceptara su final con sosiego y entereza, que haya podido conocer a 22 nietos y que haya muerto en su cama de toda la vida, con el ruido de fondo de conversaciones cotidianas y agarrando la mano de mi madre, hijos y nietos. Ha tenido una buena vida y una buena muerte.



lunes, 22 de abril de 2024

Noches de hospital

Debe de ser cosa de la edad. De la mía y de mis ascendientes, pues ambas cosas están relacionadas. Cada vez tengo más soltura en los hospitales. Al principio me liaba con los pasillos, con la burocracia previa, con los timbres de aviso a las enfermeras, con los mandos de la cama articulada, con los mecanismos de los sillones donde el acompañante intenta dormir. Era muy pudorosa con el paciente, aunque fuera familiar. Me marchaba de la habitación incluso cuando iban a examinar si había que cambiar el pañal. 

Llevo una racha muy mala de muertes. Ahora es mi padre el que está en esa frontera del más allá. Habíamos enterrado a mi suegra hace tres meses con 104 años y yo, viendo a mi padre con diez menos, tan vital, tan lúcido, sin bastón, animado para acompañarme a visitas turísticas que ahora como jubilada me puedo permitir en días de diario... pensaba que tenía tanta cuerda como mi suegra o incluso más.



Mi última visita turística con él fue a las Descalzas Reales, hace dos semanas.

Ni yo ni mis hermanos nos planteábamos seriamente un deterioro repentino. Máxime cuando superó sin secuelas un ligero ictus hace tres años. Estaba muy bien, la gente se sorprendía al enterarse de su edad. Pero las enfermedades son como son y atacan a traición, sin previo aviso. O con avisos tan imperceptibles que no son tenidos en cuenta.

En esta semana hemos pasado por todas las emociones como en una montaña rusa. La noche del ingreso en urgencias estábamos uno de mis hermanos y yo esperando la llamada de los médicos. Durante el tiempo de espera la estancia se fue vaciando, un mendigo que se "refugió" en la sala de espera porque fuera hacía fresco, cambió de lugar tres veces junto con sus dos bolsas de enseres. Otra mujer paseaba y paseaba sin sentarse en ningún momento. Ya nos sonaban algunos nombres de pacientes porque entraban y salían varias veces para sucesivas pruebas.

Cuando nos llamaron nos atendió un médico joven, neurólogo, que nos dijo que nos preparáramos para lo peor, que la consciencia de mi padre estaba bajo mínimos. Aún no podíamos entrar a verle.

En ese momento le pedí que avisaran a un sacerdote. Mi padre así lo habría querido en sus últimos momentos. Tiempo después nos volvieron a llamar. El capellán quería rezar unas oraciones con el enfermo y su familia. Dio tiempo a que mi hermano fuera a recoger a mi madre a casa para que estuviera presente. Creo que si no es por el capellán no entramos en el box, porque ahí son muy estrictos con las visitas.

Allí estaba mi padre tocado con un casco lleno de electrodos que medían su actividad cerebral. Me recordó al gorro de piscina que se pone en verano. Dice que así no se le enfría la cabeza al lanzarse al agua. Ya pasaba de la medianoche y afortunadamente había mucha tranquilidad, sin gritos ni lamentos de enfermos. Mientras venía mi madre, le conté al capellán, que desprendía sosiego y paz, cómo era mi padre, mi familia. Una vida resumida en diez minutos. Diez minutos, como los que mi padre estuvo desorientado, bajando carpetas de documentos del armario sin ton ni son, respondiendo incoherencias a mi madre. Hasta que ella llamó a la ambulancia. Diez minutos de asistencia rápida de los médicos del Summa 112 en casa. Diez minutos hasta el hospital.

Y al día siguiente parecía que se obraba el milagro. Mi padre recuperaba la conciencia, conocía a sus hijos, recordaba anécdotas de juventud. Un espejismo, tan solo eso. No sé lo que hay ahora mismo dentro de su cabeza, no sé si está todo ordenado como sus carpetas de documentos y tan solo le falla el habla, la manera de expresarse, o si su cabeza almacena recuerdos de forma caótica, como nuestro trastero, que ahora mi marido se empeña en organizar.

Parece que hay tumores chiquitos por ahí danzando, que presionan en zonas del cerebro y trastornan la vida. Tumor es la palabra más repetida en los hospitales. Imagino que los médicos ofrecerán soluciones. Aún no sé bien cuales. Solo sé que él quiere morir en paz, que con su habla ahora balbuceante y casi inaudible, le dijo el otro día a uno de sus nietos "Todo tiene un principio y un final"

Estamos a la espera de información, pero aún confío en que el final pueda ser en su casa, en su ambiente, y sin dolor.

lunes, 26 de febrero de 2024

"Tenemos que quedar"

Hace un par de semanas quedé con dos compañeras de la Universidad a las que suelo ver una vez al año. Siempre nos vemos porque soy yo la que llamo, la que propongo un día y una hora. 

La mayoría de la gente se conforma con la manida frase de "ya quedaremos" y luego nunca se queda. Buenas intenciones y palabrería hueca.

En esta ocasión yo propuse varios días y una de las amigas no podía por líos de trabajo. La otra, ya jubilada, estaba pendiente de los médicos de su hija (28 años y con pareja) que tiene una lesión en el tobillo. A ambas les pareció bien posponerlo.

La semana anterior a la probable cita murió mi suegra y tuvimos que desplazarnos para entierro y funeral. Con casi 104 años, a toda la familia nos entristeció mucho, pero nos ha consolado que ha podido vivir en su casa acompañada de sus hijos -que se turnaban en los cuidados- y con cuidadoras durante el día. Ya no conocía, ni hablaba y no se movía, pero quiero creer que en su interior notaba que estaba en su ambiente, bien cuidada, con sus cosas y en su casa de toda la vida. 

Afortunadamente no pasó más que dos horas en el hospital y marchó para la eternidad tranquila, sin desgastar a los hijos con dolorosas, largas, e inútiles estancias en el hospital. ¡Descansa en paz querida suegra, en ese bonito cementerio con esas vistas maravillosas a los montes verdes de Cantabria!


Después de esa semana de pérdida y encuentros familiares, volví a mi vida en la gran ciudad.
No puse a prueba a mis amigas esperando que cualquiera de ellas convocara en firme. Nuevamente fui yo la que recordé que esa era la semana que "les venía bien a las dos".

Y sí, al final quedamos, después de año y medio sin vernos. Quedamos en mi barrio, comimos en un restaurante, charlamos y lo pasamos muy bien. Siempre fluye la conversación de forma muy agradable, no hay incomodidad, ni silencios, ni reproches. Nos ponemos al día con nuestras vidas y con las de nuestros hijos, que tienen edades similares. Como siempre, ellas estaban muy agradecidas de que yo, una vez más, las convocara. Y al final se me pasó esa desagradable sensación de que siempre tengo que ser yo la que convoque y la que, aunque mínimamente, organice.

Pensando, pensando, me he dado cuenta de que tenemos un grupete de jubilados de Banca que han pasado por mi oficina en distintas épocas. Ese grupo se organizó el año pasado para una comidita. Cuando yo aún trabajaba me encargaba de llamar a todos y hacer una comida común en fechas cercanas a la Navidad. Sí, yo, la única currante en aquel entonces, era la convocante. Seguí la tradición y fui la que "tiré" de todos para la última cita gastronómica. Este año el grupo está mudo y nadie hace intención de quedar. De momento no voy a tirar de este otro carro. 

Tengo una familia extensa, vecinas con las que quedar y pasear, actividades... No necesito más vida social, pero me da pena que muchas amistades se vayan perdiendo por desgana y desidia. Me harta ser la única que ejerce de "pegamento" grupal.



miércoles, 3 de enero de 2024

Añoranzas

 Este año -no sé bien a cual me refiero, si 2023 o 2024- me ha "pillado el toro". No he escrito nada pre-navideño. Es 3 de enero y no sé si felicitar o no. Quizá pueda felicitar Reyes. O no felicitar. Es una conveniencia social y cultural festejar y felicitar en estos días. Reconozco que a mí me gustan mucho y lo paso bien, pero he sido mucho más feliz en días anodinos de cualquier año en que alguna circunstancia -sorpresiva o esperada- me ha "tocado" tanto, que hubiera deseado que ese día no acabara nunca.

Me gusta la Navidad, los encuentros, los belenes, pasear por la ciudad y ver las luces, comer con la familia. Detesto las aglomeraciones para comprar cosas que uno no necesita, que sobren montones de comida en los días especiales y acabar con la tripa llena. Afortunadamente, lo que no me gusta lo evito.

Antes de las Navidades me dijeron en mi oficina que si podía ir a poner el Belén, como todos los años. Por supuesto les dije que sí. Poco después me llamó Claudio Bobo.

-Zarzamora, olvida lo que te dije del Belén. No se va a poner. Tampoco el árbol.

-¿Y eso? -pregunté sorprendida. Pensé que quizá una nueva normativa bancaria prohibía taxativamente decorar imaginativamente las oficinas.

-Mira, no tenemos ánimos. Nos cierran la oficina en enero. Además del trabajo habitual estamos liados organizando cajas de archivo y etiquetando todo. Yo hasta me he traído una bata azulona porque estoy harto de llenarme de polvo en los sótanos.

Me fui hace un año de esa oficina abierta en la década de los sesenta y que había sobrevivido a oficinas más emblemáticas, y la cierran ahora. Fin de ciclo.

La verdad es que cuando he ido a visitar a mis compañeros este año, cada vez veía la  sucursal con menos movimiento, más triste. En los tres últimos años los clientes siempre eran los mismos y faltaba esa "vidilla", ese "jaleíllo" que yo recordaba de cuando entré allí, joven e inexperta. Cuando éramos quince empleados, no cuatro, como ahora.

Me alegro de estar fuera, de no tener que dar explicaciones a la clientela, ni tener que hacer cajas, ni arqueos finales. Es una despedida que me hubiera entristecido, porque siento que muere una etapa de mi vida, que nunca podré volver -aunque sea de visita- a un lugar en el que he sido feliz y en el que he pasado tantos años de mi vida.

Aprovechando la Navidad, el pasado 26 de diciembre fui con mi nonagenario padre a dar un paseo por Madrid. Después de ver el Belén de la Comunidad, que jamás defrauda, enfilamos la calle Alcalá. Las Galerías Canalejas estaban estupendamente decoradas. Ambos habíamos trabajado allí cuando ese edificio era Banco Hispano Americano. Todavía aparece un logo BHA en algunas puertas. Lo han mantenido porque las fachadas están igual que han estado siempre. De hecho, vaciaron todo el interior y reconstruyeron el edificio manteniendo el exterior.




Mi padre trabajó allí mucho tiempo, desde mediados de los años 50 del pasado siglo, hasta los años 70 en que le cambiaron de ubicación. Eran tiempos en que el hijo de un albañil venido del pueblo podía optar a un puesto fijo en un Banco si estudiaba y se esforzaba. Se empezaba desde el puesto de botones y poco a poco se podía llegar a apoderado de Banca, como fue el caso de mi padre.

Yo estuve allí durante tres meses cuando comencé mi periodo de formación. Estábamos acompañados de veteranos que nos supervisaban y nos enseñaban. Aprendíamos sin la tensión que tienen los jóvenes que entran actualmente en el Banco, a los que les dejan solos ante el peligro, sin conocimientos prácticos del puesto en el que les colocan, como si fueran una ficha intercambiable de parchís.

Entramos en las suntuosas Galerías, bastante vacías de público. No sé si porque aún era pronto o porque los precios eran prohibitivos. Ni los aseos eran accesibles al público general. Tenían una botonera para meter una clave especial y poder entrar. Subimos a la entreplanta, donde yo recordaba que había estado mi puesto de trabajo, desde donde se veía el patio de operaciones de la planta baja, siempre lleno de público en ese año 1990 en que yo andaba por allí. Entre tanta tienda lujosa me fue imposible ubicarme. Solo reconocí la cristalera del techo que  era la misma. Otra despedida, otro final.

Las sedes centrales de los Bancos de la calle Alcalá han desaparecido. El Banco Central, con sus enormes columnas y cariátides, que también yo visitaba para hacer gestiones de la sucursal cuando pasamos a ser Banco Central Hispano, se ha convertido en el edificio Cervantes.


Desde el mirador del Ayuntamiento de Madrid de ve la sede del Instituto Cervantes, antiguo Banco Central, antes Banco Río de la Plata. Ambos edificios son obra del mismo arquitecto.

Se mantiene el Banco de España, al que hay que acceder con cita previa ¡como no! y donde prohíben hacer fotos de su interior. Tuve que ir con mi hija allí hace poco y llegamos un poco temprano. Hacía un frío que pelaba en la calle, pero no nos permitieron esperar en el interior (totalmente desierto) hasta 10 minutos antes de nuestra hora. Como es "natural" pasamos por arco detector de metales y expusimos nuestros bolsos a la intromisión de los escáneres. Esto es lo que tenemos en esta sociedad saturada de normativas absurdas.

Fue un buen paseo el que di con mi padre. Es cierto que siempre hay un toque de nostalgia, pero así es la vida, única y cambiante. ¿Qué novedades nos deparará este año 2024? Solo espero que sean buenas.