
Bajo la gran sala que el público ve, hay unos amplios sótanos que favorecen la acumulación de carpetas viejas e inútiles. Son de cartón gris, sujetas con cintas blancas, con nombres primorosamente escritos con rotulador en una época lejana en que había bastante más personal y tiempo de sobra para etiquetar con excelente caligrafía cada expediente.
No me gusta mucho bajar al subsuelo y menos desde que mi compañero Claudio, en broma, habla de "la presencia". Ahí todo está oscuro y hay que ir encendiendo sucesivamente varios interruptores. A veces voy un poco predispuesta a tener miedo y me asusto con solo oír el zumbido del fluorescente.
Un día Claudio pretendió asustarme. Se escondió en un recoveco oscuro por el que pensaba que yo iba a pasar. Sin embargo yo tomé otro camino -estos archivos son muy grandes y con varias rutas alternativas-. Me encontré con una figura delante de mí, a la que veía borrosamente la espalda. Yo grité. Él gritó al oírme porque no esperaba mi aparición por detrás.
En fin, nos asustamos los dos y luego tuvimos risas una buena temporada a cuenta del sobresalto mutuo.
El verano pasado Lupe y yo hicimos una buena limpieza en ese archivo siniestro. Yo iba leyendo nombres y era como leer inscripciones de lápidas de cementerio. Luis González: muerto, Dorotea Pérez: muerta, Leandro Zabala: muerto.
Sus carpetas, como pequeños féretros de cartulina, contienen el detalle de su vida bancaria: deudas, inversiones, fotocopia de un antiguo DNI, un contrato de trabajo escrito a máquina, una copia de nómina calcada en papel de seda, el logo de aquel Banco que existió y ya nadie recuerda, tragado por sucesivas fusiones o absorciones.
Todo desaparece dentro de un osario: la enorme caja de cartón etiquetada como "Documentos para destruir"
Con cada nombre me vienen ráfagas de recuerdos difusos de aquellos clientes desaparecidos, ya maduros cuando yo los conocí, que se interesaban por mis embarazos y me preguntaban por mis bebés, que toleraban la inexperiencia de mis comienzos laborales, que me contaban retazos de su vida.
Me doy cuenta de que el tiempo pasa para todos, que muchos clientes de los que conocí al llegar a esta oficina ya son polvo. Polvo parecido al que impregna estos expedientes que ya no interesan a nadie.
Para Lupe, más joven, más nueva en el Banco, son solamente un nombre. A mi me recuerdan mis comienzos, la Zarzamora joven que llegó a esta oficina, que ha visto ir y venir -incluso morir- a compañeros de trabajo. Todo cambia a mi alrededor, pero pasan los años y yo sigo aquí,custodiando un cementerio de expedientes olvidados que, seguramente este verano, desaparezca con la última y drástica limpieza que haremos mi jefa y yo.


