miércoles, 9 de octubre de 2019

El papel aún existe

Ayer, por casualidad, me llamó una desconocida al Banco.
-Buenos días, le atiende Zarzamora…-le dije
Me respondió sin darme tiempo a terminar mi monótona retahíla.
-Buenos días Zarzamora, soy Esperanza, te llamo porque estoy desesperada y…
-Esperanza, ¿nos conocemos?
Suelo preguntar esto porque no siempre identifico a los clientes por teléfono. Ellos se piensan que con su voz y el nombre de pila voy a recordar exactamente su situación bancaria, su cara y su voz. Pero en este caso Esperanza era una desenvuelta desconocida que, por azar, había dado con el teléfono de esta sucursal y me pedía ayuda urgentemente.
La hija universitaria de mi desconocida interlocutora había pagado en efectivo hacía tres meses la matrícula de un máster. Ahora tenía que presentar el justificante y lo había perdido. La madre estaba intentando ponerse en contacto, sin éxito, con la sucursal donde había hecho el ingreso para que le buscaran el papel. Ellos no eran de esta ciudad y querían aprovechar un próximo viaje para recoger la copia del documento perdido por la hija.




En honor a la verdad ha y que reconocer que las secretarías de muchas universidades son arcaicas a más no poder y exigen papeles cuando todo lo tienen registrado en las cuentas con los Bancos. Como cada negociado está a lo suyo y hay una compartimentación excesiva, sin papel no hay máster aunque el dinero ya lo tengan ellos abonado.
Le facilité más teléfonos de esa oficina sita en pleno campus universitario a la incansable Esperanza. Le advertí de la dificultad de, en plena época de matriculaciones, buscar un documento de hace tres meses entre la montonera de papeles que ellos tramitaban.
Por curiosidad pregunté el importe. Ochenta euros. No sé si conseguirá o no el duplicado. Dependerá de la buena voluntad del empleado que reciba su petición desesperada.
Lo que sí tengo claro es que hay muchos estudiantes muy espabilados para lanzarse a Erasmus por Europa, para comprar cachivaches por Internet, para cambiar a mejor sus móviles… Debe de ser que los papeles les parecen cosa de abuelos y no los cuidan ni los custodian adecuadamente. Quizá el coste de un máster intensivo para aprender a custodiar las cosas sea de 80 euros… en el caso de que Esperanza pierda toda esperanza y le diga a su hija que se rinde, que hay que pagarlo otra vez… esta vez del bolsillo de la hija.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Pareja forzosa

Hace poco me quedé sin poder salir a tomar café con una amiga que había venido a buscarme. Le tuve que dar plantón porque Aracné, de la que ya os hablé en una entrada anterior, se presentó por sorpresa para departir con Roque, el director, en su despacho.

-¡Zarzamora, no puedes salir ahora! -me dijo Lupe con ese tono autoritario que otorga el miedo a alguien que es más jefe que uno mismo- Aracné quiere verte.

Claudio también estaba invitado y, al entrar en el pestilente despacho de Roque, ya presentí que no era para felicitarnos. El director estaba serio, con sus ojos ligeramente estrábicos mirando inquietos a ningún sitio y su mano retorciendo y haciendo nudos en los pelos de su barba descuidada.


Aracné nos besó. Cuánto detesto los besos de gente que no es mi amiga y a la que no me une nada salvo una relación de subordinación. No sé por qué las mujeres besan y los hombres estrechan manos. Hagan un estudio o reivindicación al respecto señoras feministas.

Tras los besitos comenzó la reprimenda. Nos dijo a mi compañero y a mí que estábamos muy bajos en clientes digitales. A mi me sorprendió saber que yo había hecho seis clientes digitales en lo que va de mes.No sé cómo miden eso. Yo no era consciente de haber hecho nada. Cero. Y la estadística me regalaba seis objetivos cumplidos. Misterios que no intentaré resolver.

Pero esa cifra era claramente insuficiente. Claudio tampoco tenía grandes resultados. pero ahí estaba la señorita Aracné con una solución que ya había funcionado en otras oficinas.

-Para mejorar estos datos hemos creado las "parejas digitales". Tendréis unos listados y tú, Zarzamora, colaborarás con él -dijo señalando a Claudio- llamando a los clientes y concertando citas para que Claudio les enseñe toda la operativa digital.

Mi compañero estaba impasible, tomando notas. Yo hacía verdaderos esfuerzos de contención porque  tenía una risa floja interna que pugnaba por salir. Ella nos intentaba animar diciendo que nuestra sucursal no estaba sometida a ningún "ranking" como el resto de oficinas más "modernas", que competían para ver cual conseguía los mejores resultados.

-En la agencia de la calle Felicidad hay una pareja que lo está haciendo de cine. El operativo se va a jubilar en cuatro meses y está ilusionadísimo con el proyecto. Es pura energía.

A las dos de la tarde ni Claudio ni yo éramos pura energía. Era el momento fijado por esta nueva jefa para hacer nuestra "puesta en común". Con los listados que nos habían proporcionado desparramados sobre la mesa comentábamos la jornada.

-¿Con 63 años, a las puertas de la jubilación e ilusionadísimo con esto? -le decía a Claudio enpuñando los papeles y entre risas de ambos.

-Esa se lo inventa todo. Miente como nadie. Te creía más lista Zarza. ¿La has creído en algún momento?

Omití la respuesta. Y es que soy crédula a más no poder y pienso que puede haber gente para todo, y que sea feliz jugando a las parejas digitales. Fui al grano.

-Mira, te he conseguido dos citas, pero son señores mayores de los que se equivocan incluso al marcar los números de teléfono. No sé si lograrás siquiera que recuerden las claves.

-¡Qué vengan, si, qué vengan! y si no se puede, no se puede. ¡A tomar por saco con este rollo! No les vamos a poner una pistola en la sien para que hagan todo con el móvil. Yo lo dejaré todo anotadito en la agenda digital: quien ha venido, lo que le he dicho, lo que me ha respondido...Y me paso sus objetivos por donde yo me sé -concluye haciendo un gesto grosero.

-Vamos deprisita -le apremio- que aún tengo que cuadrar caja. He detectado varios difuntos en los listados. Vamos a tacharlos: Flor Eterna, la de 103 años, Pedro Rigor Mortis, que en el listado figura con 93 pero lleva muerto unos 10 años. Como no tenía familia ahí sigue todo. Nadie ha traído certificado de defunción ni nada. Y como el DNI era permanente la cuenta no se ha bloqueado.

Mi compañero me mira asombrado.

-Zarzamora, con tus conocimientos nos ventilamos este listado de mierda en dos días. ¿Y tú como sabes que están muertos?

-Los porteros, Claudio, los porteros. Son muchos años de amistad y en el barrio todo se sabe.

Aracné había hecho un cribado "informático" de posibles futuros clientes digitales y con ese listado, que tenía una media de edad de ochenta años estábamos trabajando "la pareja digital de la oficina". Será difícil convencerles de las bondades del mundo de Internet, App's, claves variadas... con esas edades

La jefa digital nos reprenderá por no haber conseguido nada. Roque y Lupe (director y subdirectora) nos regañarán porque considerarán que no hemos puesto interés y no cumpliremos los ansiados objetivos de la sucursal. Pero las risas que nos echamos cada día, a las dos de la tarde, cuando toca "poner en común nuestras actuaciones"... Eso no tiene precio.

viernes, 6 de septiembre de 2019

La planta

Estaba pensando si escribir o no esta entrada porque puedo parecer monotemática al hablar tanto de mi compañera Tolosa. O quizá alguien me acuse de manía persecutoria al fijarme tanto en lo que hace o deja de hacer.

Pero como ando con la mente un poco seca de ideas y últimamente la clientela no me ofrece material para la reflexión, o la diversión, cuento esta rocambolesca historia de carácter vegetal.

Nuestro veterano cliente Narciso, el jardinero, del que ya os hablé en la entrada Procrastinando, a veces nos regala una planta a cada empleado. Miento, al director nunca le regala. Yo podría llevarme la mía a casa, como hacen muchas veces mis compañeros, pero ya tengo suficiente invasión de plantas "crasas", debilidad de mi marido, que las cuida con gran dedicación.


En mi hogar yo no toco ni un tiesto, pero en la oficina mantengo bastante bien la vegetación que me regala Narciso, y recibo elogios inmerecidos de algunos clientes que piensan que tengo habilidades especiales para las macetas. La realidad es que se han adaptado a este espacio y microclima cercano a mi ventanilla y no precisan más que un poco de riego de vez en cuando. No necesito hablarles, aunque están cerca del aparato de radio en que sintonizo a diario una cadena musical y quizá la música les hace bien.

Tolosa también fue agraciada con un kalanchoe. Desde el primer día lo arrinconó en uno de sus estantes sin quitarle siquiera el envoltorio. La planta ha agonizado durante meses. El otro día le dije a mi compañera.

-Voy a llevar tu kalanchoe moribundo junto a mis tiestos. Aún le queda algún brote verde. A ver si se recupera.

Me dio su permiso. Le puse un plato debajo, regué, quité las hojas estropeadas -muchas- y, sorprendentemente, a los dos o tres días la plantita había revivido y estaba pujando con alegría.

-Mira, Tolosa, que bien está aquí tu macetita con todas las demás -le comenté al poco tiempo.

-Será si yo quiero -replicó con su cara inexpresiva, sin ningún atisbo de sonrisa.

Yo no sabía que quería decir. Si era una de sus bromas "oscuras", no la había entendido. Mi cara se convirtió en un interrogante.

-Insisto, que si quiero me la llevo a mi sitio. La planta es mía -me aclaró Tolosa.

-¡Claro que sí! Llevátela -le respondí haciendo amago de entregársela- Pero sin el platito, que es mío. La verdad es que pensaba que te daba exactamente igual. Ni siquiera la has regado estos meses.

Tolosa, como ya vengo observando, siempre quiere tener razón y decir la última palabra.

-¡Claro que la regaba! Hasta que me fui unos días de vacaciones y "nadie" -subrayó con énfasis la palabra- la cuidó.


-Mira Tolosa, nadie iba a cuidar una planta de la que tú pasabas, digas lo que digas. Se te empezó a morir desde el primer día.

En su mesa, un poco alejada, Lupe, la subdirectora, se contenía para no soltar la risa floja. Le divierte que me vaya dando cuenta del carácter de nuestra compañera.

-Bueno -transigió- la dejaré aquí- Pero que sepas que es porque yo quiero.

Esta anécdota me recuerda algo que sucedió en mi infancia. Una prima desechó un cochecito de muñecas y lo dejó en un trastero común donde nosotros también teníamos juguetes. Mi padre lo arregló y decidió devolvérselo a mi prima para que siguiera jugando con él.

Mis hermanas pequeñas no se lo perdonaron.  Ellas ya se habían hecho ilusiones de pasear a sus muñecos en ese carrito de segunda mano pero muy aparente. Mi prima no se merecía el cochecito. ¡Que lo hubiera arreglado su padre, no el nuestro! Por algo lo había abandonado en el trastero, porque no lo quería, porque estaba roto. Ya no tenía derechos sobre el carrito de muñecas. Pero mi prima, una niña que tenía más juguetes que todas mis hermanas juntas, bien que lo recibió de vuelta, ya arregladito. 

Esa absurda "legalidad " de nuestro padre hizo que nos hirviera la sangre. Yo soy más peleona que él. 

La conclusión en  ambos casos es un poco parecida y se resume en este dicho: ser como el perro del hortelano, que no come ni deja comer. O, más actualizado: yo no lo quiero, pero me fastidia que tú lo disfrutes.





miércoles, 28 de agosto de 2019

La vuelta

Poco a poco se van llenando vagones del metro, aceras, cafeterías y oficinas bancarias. Estamos en pleno retorno vacacional. Casi todos hemos vuelto desganados, con una cierta apatía. Va a resultar falso ese mantra de que "el trabajo nos realiza personalmente"
La ventaja de incorporarse en agosto es que la adaptación -al menos en mi caso- fue muy llevadera.

Roque, el director, aún sigue de vacaciones y la directora de zona nos dio tregua hasta este lunes, día en que volvió cargada de energías -malas- que materializa en exigencias siempre nuevas e inalcanzables que traslada por vídeo conferencia a sus subordinados. 

Es difícil que alguien que haya pasado unas relajadas vacaciones en la playa, montaña, en algún destino exótico, o vegetando en su casa, vuelva desprendiendo tantas "toxinas" y desconociendo el significado de "empatía".


Afortunadamente Lupe, que en ausencia de Roque está al mando de esta nave, más bien patera, bancaria, sigue tranquila en modo relax agosteño. No le importa mentir a la jefa y decirle con gran desparpajo y seguridad que hemos conseguido firmar esto y lo otro.

Muchos jefes perfectamente prescindibles están ahora asustados porque ven peligrar su puesto con este ERE en que estamos inmersos y que puede mover sillones y categorías. Por eso quieren resultados que les justifiquen, exigen lo indecible y piden el parte diario de cada sucursal, pero tardan en comprobar su veracidad. 

Así comenzamos nuestro nuevo curso. Todo sigue igual. Los jefes tóxicos van llegando y en un abrir y cerrar de ojos conseguirán que olvidemos lo bien que hemos trabajado mientras ellos estaban ausentes.

domingo, 28 de julio de 2019

Ella nunca se equivoca

Esta semana he estado sola con el director y con mi compañera comercial. He sobrellevado bastante bien la ineptitud "operativa" del jefe y la prepotencia de Tolosa, que nunca tiene fallos. Ella jamás dirá, como el rey emérito: "Me he equivocado, lo siento". Aunque el error sea evidente ella retuerce la situación y los hechos para que otros sean los culpables.

El jueves tuve un pequeño descuadre y le pregunté:

-Tolosa, ¿has tecleado tú un recibo de 37,80 euros?

-Sí, a Perico Palotes, que vino a primera hora y le voy a gestionar un fondo y hacerle un proyecto de seguro...

-Vale, vale -le respondí cortando su verborrea presuntuosa- lo has hecho en efectivo y no por cuenta y afecta a mi caja.

Tolosa no dudó. Eso, nunca.

-¡Imposible Zarzamora! Mira, te voy a enseñar el documento. Anoté la cuenta.

El papel me daba igual y su anotación me importaba un comino. Se había equivocado. Es fácil hacerlo con estas aplicaciones horrorosas que tenemos. Uno teclea la cuenta pero luego pulsa el botón de efectivo. A mí me ha pasado, reconozco el despiste y... ya está.

Pero ella seguía con su mohín de incredulidad, dudando incluso de lo que yo le enseñaba en pantalla:

PERICO PALOTES -RECIBO 37,80-EFECTIVO

Lo arreglé y la cosa no fue a más. Mientras, ella volvía a su sitio sin un pleno convencimiento de que había pulsado donde no debía.

Al día siguiente cogí el teléfono. Una señora muy nerviosa pedía hablar con mi compañera, que estaba fumando su cuarto cigarrito de la mañana en la calle. Cigarrito a cigarrito... se le van los minutitos.

Cada vez que sale me suelta la misma cantinela:

-Salgo un momentito (a fumar o a llamar por teléfono o a "echarse un café por la espalda") pero estoy aquí al lado. Si me necesitas me llamas.

Ante esta reiterada oferta salí y le indiqué la urgencia de la llamada. La mujer aseguraba haberse dejado el DNI en la mesa de mi compañera.

Nuevamente, Tolosa no dudó y no hizo ademán alguno de entrar.

-Dile que busque bien. Se lo he entregado. Estoy... segura no. Lo siguiente. Segurísima.

Y siguió hablando con su hija veinteañera que debe de estar hasta las narices de tanta llamadita materna.



Así se lo transmití a la cliente, que seguía desesperada y juraba y perjuraba que había vaciado el bolso, que no tenía el documento, y que el último lugar en que había estado era la oficina.

Finalmente entró Tolosa. Digna, envuelta en olor a tabaco, se dirigió con paso sosegado a su mesa. Desde mi lejanía la oí a los pocos minutos.

-¡Zarzamora! Voy a llamar a Olvido. Ha aparecido su carnet al mover unos papeles. ¿Sabes lo que ha pasado? -ya empezaba con su rollo exculpatorio- Es tan pesada que ha hecho amago de irse varias veces y luego me ha preguntado más cosas y el carnet... que si lo cojo, que si lo dejo, se ha quedado aquí, oculto entre estos documentos.

Lo que le pasa a Tolosa nos pasa y nos ha pasado a todos. Pero los demás dudamos. Pensamos que hemos podido teclear mal o haber retenido el carnet en el último minuto. Porque fallar es humano y dudar también. No vamos por el mundo con esos aires de suficiencia y presunción de Tolosa. No pensamos que todo lo hacemos bien. No damos por hecho la perfección en todos nuestros actos. No culpamos siempre -solo a veces- a los demás, al sistema informático, a la presión del público de nuestros fallos.

Por eso tantas veces no aguantamos a nuestra compañera.

Como colofón os pongo este mensajito que he leído en un grupo de whatsapp:

"Y de repente conoces a una persona y te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida sin ella"


domingo, 14 de julio de 2019

¡No me eche sus babas!

He estado unos días de vacaciones y la vuelta ha sido un poco dolorosa. Esperaba encontrar a mi regreso algún mensaje de aceptación de mi solicitud para irme de este Banco que me da tanto juego literario pero que cada vez me desgasta más. Sí, me he apuntado al ERE y, de momento, no he sido agraciada.

Fijaos como están las cosas que hay más empleados que quieren largarse que oferta de despidos de la empresa. De momento hablamos entre nosotros; todos conocemos a unos, a otros. Hay una "radio macuto" constante. Parece que están empezando a marchar los más mayores, los más problemáticos, los vagos, los de bajas duraderas... Entiendo que desde el punto de vista de la empresa lo mejor es librarse de éstos, pero para todos los solicitantes dejar de trabajar es un premio y nos fastidia que este "regalito" se lo estén llevando, de momento, muchos de los "pájaros" que menos han aportado en el trabajo y que más nos han hecho trabajar al resto a causa de su desidia.

Estoy deseperanzada. En mi oficina todos me dicen que no me haga ilusiones, que para mí no va a haber plaza en este barco que zarpa. Claudio y Tolosa son más o menos de mi edad, pero ellos no quieren, o pueden, ganar menos, así que seguirán en la brecha, generando reclamaciones de los clientes. No participan en el "sorteo" de bajas voluntarias.

Hoy ha habido movida grande, con gritos en el patio de operaciones y peligroso acercamiento físico entre Claudio  y un cliente mayor, adusto, que siempre viene acompañado por su perrito y que nos cae mal a todos.

No hay razón muy objetiva para que todos le detestemos. Es algo visceral. E injusto, lo reconozco. Nos harta que venga casi todos los días, que estando jubilado siempre aparente una prisa extrema, que tenga cara de mala uva permanente. Pero cada cual es como es y tiene todo el derecho a venir y a hacer sus operaciones, aunque sea bastante plasta.

Yo estaba atendiendo a otra persona. Era un asunto de revisar todos sus datos, actualizarlos y firmar muchos, muchos papeles. Era cliente de otra oficina y para evitar las idas y venidas hasta el puesto de Claudio, sus excusas, sus noes, su "estoy ocupado", "tengo muchas cosas urgentes"... he decidido atenderle yo.

-Se va a producir una cola de narices -pensaba- pero me da igual. Aquí, uno después de otro.

Al muchacho le he avisado de que todo su proceso tardaría unos 20 minutos. Se ha quedado asombrado, porque pensaba que esto era rápido pero lo ha tomado con buen humor y hemos decidido cronometrar el tiempo.

En este momento ha entrado D.Marcial Correa Can y le he avisado de que iba a tardar un poco. 

-Solo vengo a pagar una multa -a D. Marcial le ponen multas casi semanalmente- Imagino que al ser por cuenta lo podrá hacer cualquiera- me dijo todo serio.

Yo ya detectaba que algo iba a pasar pero, sinceramente, me daba igual. Le dije cortésmente con un leve encogimiento de hombros:

-Solamente está mi compañero. Como Vd. quiera.

Porque el director, como todos los directores que yo he conocido, jamás sale fuera del despacho aunque la mitad de la plantilla esté de vacaciones.


Claudio no tenía a gente, no estaba hablando por teléfono. Quizá estaba haciendo alguna tarea en el ordenador que tendría que interrumpir para atender a Marcial.  Pero trabajar con interrupciones es el pan nuestro de cada día.

No he oído el grueso de la conversación porque estaba centrada en mi tarea. Pero las voces han subido mucho, muchísimo, de tono. Me daba vergüenza ajena lo que estaba escuchando mi cliente.

Marcial gritaba:

-¡Pues me va a atender Vd!

Claudio replicaba:

-Pues esto es un asunto de operativa y yo no se lo voy a hacer porque estoy ocupado.

Para Claudio todo, todo, es "tarea operativa", o sea, mía. Dirige el tráfico siempre hacia mí con una desenvoltura pasmosa.

-¡Vd, no está haciendo nada ahora!- le dice Correa cada vez más alterado.

-¡Eso lo dirá Vd. A mí Vd no me dice si hago o no hago. No se meta en mi trabajo!. ¡No se acerque, no me eche sus babas! Le voy a echar de la sucursal porque tenemos derecho de admisión.

Todo esto vomitaba Claudio Bobo fuera de sí. Había perdido totalmente los papeles.

Por fin salió el director, Roque Ronco, que casi los tuvo que separar. Metió a Marcial en el despacho y, al poco, salió y se puso a mi espalda.

-Mira, esto es lo que quiere pagar el Sr. Correa...-me dijo suplicante.

Me dio un poco de penita de la situación de mediador obligado de Roque. Es otro inútil que no sabe solucionar cosas fáciles a los clientes. Roque no sabe. Claudio no quiere.

-Mira, yo ahora no puedo interrumpir el proceso éste de modificación de datos porque se me va todo a la porra, pero haz una copia del documento, toma nota de la cuenta y sella su papel, que yo paso luego la multa sin problemas.

Ni me fijé en qué momento salió Marcial. No sé con qué cara volverá ni cómo se mirarán a partir de ahora Claudio y él. Mi conclusión es clara:

Marcial es un "prisas" que debería ser más paciente. Lo único que hace es pasear a su perrito.

Claudio es un jeta que sigue con los ramalazos de director que ya no es.

Yo... he pasado un buen rato como espectadora... ¿inocente? La verdad es que me lo veía venir. 

Y el cliente al que yo he atendido porque sabía que Claudio le rechazaría se ha ido a los 30 minutos de comenzar el tedioso proceso informático.¡Ilusa y optimista de mí! He tardado más de lo que pensaba con un único cliente. Ha sido muy laborioso ponerle al día todos sus datos, sus domicilios, teléfonos y hacer digitalizaciones varias en este sistema infórmatico penoso! Pero su "experiencia de cliente" como se dice ahora, ha sido ¡única! Se ha marchado encantado con mi atención y con espectáculo gratuito. Seguro que nunca antes había visto ni escuchado nada igual.

martes, 18 de junio de 2019

No aguanto a tanto viejo

Tengo suerte de no ser conocida, ni tener miles de seguidores.. No estoy sometida al escrutinio público y puedo decir lo que me apetece, aunque no esté bien visto. 

El título de mi entrada se las trae. Decir "no aguanto a tanto viejo" en este siglo en que la ancianidad está súper protegida (descuentos en transporte y medicinas, todo tipo de pruebas médicas, viajes del Imserso muy baratos, pensiones que nosotros no veremos, sociedad con sentimiento exacerbado de culpa si algún viejecito muere en soledad...) Como en todo, hay excepciones, pero pienso que España es un paraíso para los ancianos.



Y los bancos son, junto con algunos centros comerciales, uno de sus lugares favoritos para pasar el tiempo. Hay días que cuando, ya a última hora, me viene otra anciana, tengo ganas de gritar. 

-Dame los movimientos de la cuenta.

Se los doy

-Hazme esta transferencia.

Se la hago. Pese a las presiones de Aracné, la responsable digital de la zona, desisto de intentar que muchos de mis viejos usen el móvil para operar.

-Vuelve a darme los movimientos.

¡¡Aaargg!! ¿Otra vez? Voy aprendiendo y ahora me niego a darles los movimientos al principio. Solo se los imprimo cuando han hecho todo lo que tienen que hacer.

-¿Y qué es esto?

-Un recibo de "Susurros"

-No, no, no, esto no es mío.

Y tengo que buscar en las tripas del recibo hasta que el viejito recuerda que es el pago aplazado de su audífono.

Tengo una octogenaria que constantemente pierde tarjetas, olvida el "Pin", no identifica las compras que hace, intenta usar tarjetas que había dado por extraviadas y se bloquearon.

Otra, no sé por qué motivo, me marea con sus dos cuentas. Saca dinero de ambas cada vez que viene y me pregunta ¡a mí! qué recibos le van a pasar.

-Menchu, eso lo sabrás tú. Tú sabrás lo que pagas en tu cuenta.

No me da ninguna pena cuando algún mes se queda en rojo en una cuenta. Le he advertido reiteradamente de la inutilidad de tener dos, que es más práctico tener una sola.

Pero esto no es nada comparado con un enfermo de Alzheimer que viene cada semana. Mis plegarias se resumen en "Dios mío, por favor, que incapaciten a este hombre ya"

Yo trabajo en un Banco, que no es una ONG, ni una residencia, ni una consulta psicológica, ni un taller de autoayudas. A Alfredo, el señor del Alzheimer, le trae un chófer que le espera en la puerta. Sus hijos le van a incapacitar, pero de momento él viene y va por la ciudad con el chófer sin la compañía de ningún familiar.

Y yo no puedo más, como dice la canción, porque siempre se repite la misma historia. Intento convencerle de que no saque mucho dinero porque, según su hijo, luego lo regala o lo pierde. Pero, caramba, el hijo no puede delegar en mí esa responsabilidad. Tiene Alzheimer, pero a veces no me cree cuando le digo que no me queda apenas dinero y solo le puedo dar 300 EUR.

-Alfredo ¿Por qué no te acompaña uno de tus hijos al Banco? Se te olvidan las cosas y deberías confiar en la familia. No estás para ir solo por la ciudad.

Pero no, piensa que sus hijos le van a saquear. Echa de malos modos al chófer cuando entra a buscarle porque piensa que quiere cotillear sus cuentas...

Y yo, cada vez que entra este hombre al que he conocido con 20 años menos, cuando iba acompañado de jovencitas que iban con él por el dinero, cuando vestía prendas de marca, cuando se permitía algún retoque estético, tengo ganas de esconderme en el baño y no salir.

Quiero que esta pesadilla se reparta un poco y que le atienda cualquiera de mis compañeros, porque cada vez que viene me organiza una cola de narices, no entiendo sus balbuceos, no sé lo que quiere. Le anoto las cosas, le explico lo que tiene y... da igual.

Sus bolsillos son como el bolso de Mary Poppins. Todo lo guarda ahí, arrugado. Todo lo olvida. Tiene ratos de lucidez en que parece convincente, y luego vuelve el caos.

No sé cómo librarme de él de manera educada. Vale, está enfermo y tiene una cuenta con nosotros. Me llamareis mala persona, pero no me da pena él. Me doy pena de mí misma cada vez que viene.

Y, en general no me compadezco de tanto viejo pesado que hace de su visita al Banco una rutina diaria. A determinadas edades los ancianos, por su propio bien, tienen que delegar en cuestiones monetarias y confiar más en sus hijos. Tenemos mucha más clientela, no son los únicos.

miércoles, 5 de junio de 2019

Su siervo, su servidor

Pasaban cinco minutos de la hora de cierre al público y yo salía con la señora de la limpieza para que ella marchara y cerrar con llave la  puerta de la sucursal.

Haciendo un regate, se coló en el vestíbulo un hombre trajeado y encorbatado -no es que me caigan mal los trajeados, pero muchas malas experiencias bancarias las he tenido con ellos- que pretendía que le atendiéramos.

-Mira, perdona, es que tengo un recibo y hoy es el último día de pago y es urgente que me lo hagáis.

-Ya hemos cerrado al público. Vuelva el lunes -le contesté.

-No, no, por favor, es que tendré recargo. Es el impuesto de circulación.

-Lo siento, estamos fuera de horario. Ha tenido dos meses para pagarlo.

Este recordatorio de su pasotismo, desidia, u olvido, le debió de sentar especialmente mal y se marchó refunfuñando, amenazando y diciendo que yo era una grosera y una maleducada y que no se podía tratar así a los clientes y que ya me enteraría de quien era él y que esto tendría consecuencias.

Palabrería de chulito encorbatado que piensa que el mundo ha de girar a su alrededor.  Cerré la puerta y no me inmuté.

Pero para mi desgracia el director, Roque Ronco, pululaba por la sucursal y me preguntó qué había pasado.

Se lo conté y, al ver a través de los cristales que el individuo seguía en la calle, con cara de enfado, y hablando a través del teléfono móvil, sus carnes de director temblaron asustadas y me dijo alzando la voz.

-Es que no se puede tratar así a un cliente. ¿Le has preguntado si tenía cuenta aquí? ¿Te sonaba su cara?

-Pues mira, no. Estaba fuera de hora, llevo toda la mañana del viernes cobrando los recibos de todo el barrio porque el resto de Bancos cierra caja a las 11:00 y me da igual si tiene cuenta, si no la tiene, si es un pobretón o si es un ricachón. Pero si quieres, sal a la calle, que aún está ahí, en la puerta, le presentas tus disculpas y le atiendes tú. A mí no me lo pases, por favor.

Estaba cansada de la mañana de trabajo contínuo, de ese cretino tardío, del vago del director. Cansada del Banco, de los peloteos, de los quejicas, de los prepotentes. Cansada de sentirme sola ante el peligro. Solo quería irme a casa, comer, y ponerme un vestido bonito para ir a la graduación de mi hija esa misma tarde.



En ese momento Claudio Bobo, solícito, le dijo al director que él le atendería  si era necesario.

Roque salió, educadísimo, pidiéndole mil perdones, sujetándole la puerta de entrada... Solo le faltó hacerle una reverencia palaciega.

El cliente, Bosco Ñazo, tenía cuenta en otra sucursal. Claudio le había tratado en alguna ocasión y ¡cómo no! era "Junior manager del Banco de Inversión `La pela es la pela´"

El paciente Claudio estuvo con él hasta nuestra hora de cierre, porque el famoso recibo no lo traía en papel, sino en el móvil y, para quedarnos nosotros con constancia de la operación, tuvo que imprimirlo.

¡Y Claudio también le disculpaba!

-Me ha dicho que su padre ha estado enfermo.

-Ha debido estar enfermo los dos meses del plazo de pago -le contesté a mi compañero- Parece mentira, con la caña que me das a mí a veces, que seas tan comprensivo con estos clientes caraduras y te creas estas disculpas tan bobas.

Cuando yo ya me iba, vi el famoso recibo de la discordia, archivado con los documentos del día. Dos meses, dos, había tenido para pagarlo. El recibo también tenía el importe a pagar en caso de abonarlo fuera de plazo. El recargo si lo hubiera pagado el lunes siguiente, sin tocar las narices a nadie, asumiendo su tardanza, hubiera sido de seis euros.

¡Seis euros! Todo un dineral para Bosco Ñazo, que maneja muchos, muchos euros, haciendo inversiones  a sus clientes. Hay muchos de su estilo, que van de sobrados por la vida porque saben que se van a encontrar con directores miedosos como Roque, que ve una posible reclamación en cada mohín de disgusto de un cliente.

martes, 23 de abril de 2019

Siempre a tope

El otro día leí algo sobre la necesidad de las vacaciones y del descanso diario tras la jornada laboral. Es una locura la propuesta del dueño de la empresa china Alí Baba, que propone trabajar 12 horas diarias 6 días a la semana para aprovechar las fuerzas y el ímpetu de la juventud. 

Decía el experto que solemos asociar el estrés con un momento concreto de especial tensión o de trabajo extremo, pero que no había que engañarse: el día a día, el "run-run" mental de no llegar a todo lo que se nos exige y tener asuntos pendientes de forma permanente, va haciendo mella en el trabajador y aumenta el estrés de fondo que cada uno lleva en su particular mochila laboral.

Concluía que las empresas que someten a sus trabajadores a objetivos inalcanzables, tensión y miedo constantes fomentan las enfermedades mentales de sus asalariados.

Ayer, recién llegada tras los días de asueto de la Semana Santa he pensado que ese experto hablaba en general pero quizá pensaba en mi Banco. O en todos los Bancos. Considero que ahora mismo todos son tóxicos para sus empleados.

Ayer, primer día de trabajo tras el regreso  y parece que es ésta nuestra semana de pasión. Apenas nos dio tiempo a intercambiar saludos y algún comentario banal sobre estos días: el sol, la lluvia, las procesiones, la familia... Nada

La jefa de zona se desgañitaba en su multiconferencia telefónica ante los directores de oficina para marcarles nuevas prioridades, exigir mayores resultados y regañar a los que van peor. El escarnio público es habitual.

No hay momento de descanso en Banca. las exigencias y las reprimendas se encadenan sin un mínimo respiro. Hay que ser muy fuerte mentalmente, o muy pasota, para aguantar el ritmo y no caer en depresiones o crisis de ansiedad. Hay que ser muy conscientes de la propia valía, al margen de conseguir vender más o menos, para resistir. Hay muchos que no pueden más, están presionados, agobiados... Este trabajo les aboca a tratamientos farmacológicos que les concedan un cierto relax artificial necesario para sobrevivir.

domingo, 14 de abril de 2019

Enemigos

Noto que últimamente la estrategia del Banco se resume en: "Divide y vencerás".

Es tan difícil conseguir los objetivos tan desmesurados que imponen desde las alturas, que cada empleado se aferra a lo suyo, va "a la caza" del cliente para no salir demasiado mal en los listados.

Todos, incluida yo, salimos en unas u otras listas ordenadas por resultados. Listas de consecución de préstamos, de tarjetas, de seguros, de activación digital (en ésta me han metido a mí y compañeros similares). Como cuando yo iba hace ya mucho, mucho tiempo, al colegio, los mejores están arriba, remarcados en color vistoso, y los demás, nos buscamos -si hay ganas- en los renglones de cola. Perfectamente fichados con nombres, apellidos, número de sucursal, número de captaciones y posición zonal, regional, nacional... Se puede buscar a cualquiera que te caiga bien, o mal, para ver si es mejor, peor que tú, para consolarte de tu propio desastre, para asombrarte de lo conseguido por alguien, a priori, un poco torpe. Es un arma para el cotilleo.

Yo ni miro esos listados. Estoy tan, tan abajo, que me aburre pasar pantallas y pantallas intentando descubrirme. No tengo tiempo. Pero sí creo que es un arma maquiavélica para generar comparaciones, envidias, recelos, y para hundir a quien no tenga la autoestima bien afianzada.

En esta carrera de obstáculos que es conseguir "producción" -como nos dicen ahora nuestros jefes- Claudio se quejó el otro día de que yo había enviado a dos futuros clientes a Tolosa -su enemiga declarada- y no a él.

-Claudio, no me seas pejiguero -le respondí, harta ya de que me tome por su secretaria- Muchas veces no tienes a nadie y cuando te envío a alguien pones cara de póker y les dices que no tienes conexión para no atenderles.

-Esos son clientes que no aportan nada -me responde atusándose su chaqueta y echando un vistazo a la calavera (marca Scalpers) del forro- Pero estos que has pasado a Tolosa eran nuevas cuentas, con nómina, con recibos...Con seguros si hay suerte. Esos sí me interesan. Pero claro, como ahora sois tan amiguitas...

Eso me dijo en tono medio en serio, medio en broma, marchándose tiesecito, mitad digno, mitad conteniendo la risa.

Yo soy la más visible de la oficina y ejerzo de recepcionista además de cajera. Procuro alternar a los clientes "potenciales" y repartirlos a mis compañeros para que todos cumplan sus objetivos. 

Percibo cierto resquemor cuando uno consigue un fondo, seguro, cuenta, y otro no llega a lo que le han marcado y se queda abajo, muy abajo en los malditos listados. Eso no es sano porque se estropea el clima de compañerismo y la relación con la clientela. La presión hace que no se recomiende a cada cliente lo más adecuado sino lo que está en campaña en cada momento.

Así, se entra en un "trilerismo" de productos que desgasta a empleados y agota a clientes que son muy pacientes, muy compresivos, pero a los que se lleva al límite de la tolerancia con mucha frecuencia.

La cuenta que antes era ideal se cambia por otra más completa. Las tarjetas de uno u otro tipo proliferan como setas y el tiempo se nos va en convencer de las nuevas prestaciones de las nuevas y cancelar las antiguas.

Los fondos, que con mucha suerte llevan meses en "barbecho" sin subir, ni bajar, hay que cambiarlos por otros con la excusa de que, para que renten, hay que moverlos. Si antes se llevaba la renta fija, ahora lo adecuado es la renta variable, y luego dirán que un fondo garantizado (solo garantiza que no pierdas) es lo mejor para la cartera del cliente.

En ninguna oficina nos gusta atender a clientes de otras porque perdemos el tiempo y "no nos cuenta", a efectos de estas opresoras mediciones, solucionarles el problema de su tarjeta, transferencia, o recibo. Yo he sido regañada por Lupe, mi jefa, por atender a clientes ajenos. Pero también sería reconvenida si ese cliente foráneo reclamara y montara lío. Eso sí que asusta a todos: los gritos, el follón, la petición de la hoja de reclamaciones. También hay listados comparativos de las reclamaciones de los clientes en las distintas sucursales. Y siempre hay que dar explicaciones exhaustivas y demostrar -si se puede- nuestra inocencia.

En esta era de la globalización, la carga de trabajo de nuestras oficinas bancarias (muchas veces trabajo absurdo y burocrático) es tan grande, que se están convirtiendo en pequeñas aldeas enemistadas entre sí, que se miran su propio ombligo lleno de pelusas y olvidan el centro de nuestra existencia: el cliente, de cualquier ciudad, de cualquier oficina. Lo peor es que no es culpa nuestra. Las circunstancias nos están obligando a ser así: malos.