lunes, 28 de noviembre de 2016

¡Bienvenido, otoño!

El verdadero otoño comenzó para mí hace unas dos semanas, cuando, de camino al trabajo, resbalé al pisar una hoja húmeda, Sentí que me iba a caer sin remedio y viví ese momento a cámara lenta, deseando que no me doliera el golpe. 

Conseguí levantarme dignamente, con sangre en una rodilla y un boquete en las medias, y sin mayores consecuencias.

Ya en el Banco me curé la herida y me puse unas medias de repuesto. Casi todas las mujeres trabajadoras tenemos algún par extra en los cajones de nuestras mesas. Es una prenda tan frágil que no podemos arriesgarnos a pasar la jornada como si fuéramos Pippi Calzaslargas, con enganchones y agujeros.

Helechos, pinos, musgo...
           
Lluvia, hojas en el suelo y el color amarillo invadiendo las calles y los bosques. Este es el verdadero otoño, no el cronológico del 21
de septiembre, que este año se presentó cuando aún llevábamos vestidos de tirantes, disfrutábamos de las piscinas y tomábamos helado y gazpacho.

Amanita muscaria. La seta tóxica de los cuentos de enanitos.
                       

Desde mi ventanilla veo a lo lejos los colores otoñales en el cercano bulevar: acacias, plátanos, arces y el precioso ginkgo, árbol milenario de origen chino, con unas hojas doradas que iluminan cualquier jardín que lo albergue.

¿Quien dijo que el otoño es deprimente? Es un desbordamiento de colores con todos los matices cálidos que podamos imaginar.


Cerezo

Cerezos, higuera y arco iris




Nubes resbalonas


Este fin de semana, finalizada ya mi excursión bajo la llovizna, caliente y rodeada de una tranquila y temprana noche de noviembre, organizaba estas imágenes que son puro color a pesar de las nubes que envolvían el paisaje, y que comparto con vosotros.
Castaños

¡Bienvenido otoño! El urbano que veo a retazos desde mi ventanilla y el campestre que disfruto en mis salidas de fin de semana.

martes, 15 de noviembre de 2016

Vengo a daros caña

Esta mañana he llegado puntual a mi oficina. El director nos ha amenazado con que no tolerará ni cinco minutos de retraso al entrar. Está deseoso cada mañana de meternos a todos en su despacho lo antes posible. Es la "reunión" diaria y obligatoria de la que, pese a mis intentos, yo tampoco puedo escapar.

Hoy había alguien con él, sentado al otro lado de su escritorio. Han salido juntos del cubículo y Augusto nos lo ha presentado.

-Zarzamora, te presento a D. Demetrio Lata, responsable regional de la actividad comercial del Banco.

No sé si ese era exactamente su cargo o no. Me da igual. A veces nos abruman con comunicados acerca de quiénes están en determinados puestos, muchas veces les ponen nombres  -o siglas- en inglés, que fardan mucho más: manager, assistant, country head, CEO (chief executive officer). 

El señor Lata no debía tener una categoría estratosférica, porque su cargo se definía en español.

Me dio dos besos. En estos casos intento hacer una "cobra" -como la que dicen que hizo Bisbal a Chenoa en el concierto- muy disimulada. En fin, que doy dos besos al aire e intento evitar roce de mejillas. ¿Por qué no darán la mano a las mujeres? ¿Por qué tenemos que padecer besos de extraños?
Red, Sociedad, Social, Comunidad, Cooperación, Zirkel
Enseguida pasamos al despacho del director. Sentaditos todos, como en el colegio cuando, expectantes, deseábamos que ese día el profesor no sacara a nadie a la pizarra.

Demetrio lanza su primera pregunta a Claudio Bobo, mientras toma notas en un cuaderno con interés ficticio. Puro postureo, que dirían los jóvenes.

           Diario, La Escuela, Oficina, La Educación, Portátil
-¿Cuantas llamadas a clientes hiciste ayer Claudio?

Claudio le mira a los ojos y responde convincentemente:

-Quince.

¿Quince llamadas y las quince con respuesta humana? Eso es materialmente imposible, pienso. Pero el Sr. Lata se lo cree.

-¿Resultados? -repregunta el súper jefe visitante, anotando algo en su cuaderno cuadriculado y sin mirarle.

Claudio se explaya: una cuenta, un seguro, varios posibles préstamos...

-Bien, bien, hay que seguir con ese ritmo. Ya que cada vez viene menos gente a esta oficina, la solución es llamar a los clientes. Llamar y llamar. 

Otro igual, todos con la misma letanía de las llamadas.

La siguiente en someterse a escrutinio es Lupe, que responde sincera:

-Cinco llamadas y sin resultado positivo

Demetrio alza la vista del papel y enarca las cejas. Su boli Bic tamborilea sobre las hojas del cuaderno.

-¿A qué se deben tan pocas llamadas?

-Fue un día duro -responde mi jefa- Vino bastante gente con incidencias, tuve que ir al notario a firmar, están muriendo algunos clientes y tengo que tramitar las testamentarías. No hay tiempo para llamadas.

-Pues habrá que sacarlo- reconviene, severo- Llamar a los clientes, concertar citas  con ellos, explicarles nuestros productos. Es la única forma de conseguir los objetivos marcados por nuestro Country Head. Sabemos que estamos en una encrucijada difícil pero contamos con todos vosotros. Hay que poner todo el interés.

Fin del mitin, al menos, para mí. Justo en ese momento llamó el primer cliente. Como en el colegio. ¡Salvada por la campana!

-Si me disculpáis, los clientes esperan -les digo mientras abandono el despacho dignamente, sin haber pasado ningún examen.

He agradecido mi soledad en el patio de operaciones, he disfrutado con la charla con los clientes habituales. Yo, fuera, el resto de la plantilla, dentro.

A media mañana, cuando la sombra amenazante de D.Demetrio Lata no se cernía sobre nosotros, he hablado con Claudio.

-Claudio, eres mi héroe, ¿de verdad has hecho tantas llamadas exitosas? -le digo entre risas y con cierta sorna.

-¿Yoooo?¡Qué va! Pero eso era lo que ese petardo quería oír. Ni siquiera lo va a comprobar. Mira, para que te echen del Banco, o metes la mano en la caja bien metida, o falsificas algún contrato, o algo gordo. Pero por no hacer estas llamadas estúpidas que no sirven de nada nadie te pone en la calle.

-Ya, pero imagino que es duro que os estén machacando siempre con objetivos que hay que cumplir ¿No te agobia?

Pero a Claudio ya no le agobia nada. Cuando has pasado por una enfermedad grave y has mirado a la muerte casi a los ojos, lo que te diga un cantamañanas como este jefe regional te da igual.

Demetrio Lata se fue contento a otra sucursal, para atormentar a otros pobres empleados y para mayor gloria propia, con la certeza de que el futuro está en llamar y llamar a los clientes. Y seguirá con esa certeza, porque nadie le cuestiona en ninguna oficina, nadie le dice lo imposible que es cumplir los objetivos desmesurados que marca el Banco.

Como en el cuento del traje nuevo del emperador, nadie le ha dicho todavía que va desnudo.



lunes, 7 de noviembre de 2016

Cuando no viene nadie

Me gusta que haya gente que me lea, pero reconozco que es difícil tener "clientela" porque no hago ninguna propaganda entre mis compañeros, por la cuenta que me trae. Ni siquiera se lo he dicho a algunos ya alejados de la sucursal y a los que me une una buena amistad. Cualquiera que trabaje en el Banco puede irse de la lengua y yo dejaría de ser una anónima "bloguera"

Cuando entro en mi blog me gusta ver las estadísticas y miro el número de visitas. Si veo que hay pocas me siento un poco decepcionada, no os voy a engañar, porque a los que escribimos nos gusta que nos lean. Pero como no hay ningún afán crematístico en esto, mi desilusión se pasa pronto y me pongo nuevamente a escribir.

En la sucursal hay días en que viene poco público... interesante comercialmente. A pesar de estar gran parte de la jornada enclaustrado en su despacho, al director le preocupa la escasa afluencia de gente de algunos días. 

Imagen gratis de unos asientos de aeropuerto

-Si no viene nadie, poco podemos hacer -Así le rebate Claudio al director, que día tras día, le pregunta varias veces "¿Qué has hecho hoy?"

-Hay que llamar a los clientes -aconseja Augusto.

Es muy fácil dar pautas a otros y no seguirlas uno mismo (Consejos vendo, que para mí no tengo, como dice el refrán). Eso le pasa al director, que gandulea como nadie.

- Hay que hacer más trabajo de calle y visitar, visitar y visitar más -recomienda el director de área cada vez que hace su ronda por la sucursal.

Creo que están equivocados. A mí no me gusta que me llamen por teléfono para ofrecerme nada. Menos aún ser visitada por los Bancos cercanos. Tenemos unos jefes muy antiguos que aún no se dan cuenta de que esos métodos quizá funcionaban en el pasado siglo, pero no ahora.

Y clientes entran, claro que entran, pero solo se dirigen a mí, pocos van a las mesas de los asesores comerciales. En general, huyen despavoridos si ven que les intentan vender algo y pocas veces siguen mis indicaciones de hablar con Claudio o Maripi para que les ofrezcan interesantes opciones de inversión.

Sí, los clientes muchas veces esquivan a los comerciales como los paseantes evitan a los muchachitos que intentan conseguir suscripciones para ONG's, a las gitanas que te acosan blandiendo un ramito de romero "de la buena suerte", o a los militantes de causas variopintas que recogen firmas para conseguir un mundo mejor.

Y mientras tanto, mis compañeros siguen quejándose de que "no viene nadie". Si la Banca no lanza ofertas atractivas y sencillas para los ahorros moderados de la clase media, por los que actualmente no se le ofrece ningún interés, seguiremos viendo como los clientes bajan los ojos, evitan mirar a los comerciales y se van rapidito, no vaya a ser que les convenzan de contratar algún fondo difícil de entender y en el que, a lo máximo que uno puede aspirar, es a no perder.

jueves, 13 de octubre de 2016

Trabajando a salto de mata

Hoy me he entretenido en rebuscar en la red el origen de la expresión "a salto de mata". En mi cabeza tenía la idea de un conejo o algún otro animalito que está siendo perseguido, y sortea obstáculos (matas, arbustos) para llegar a lugar seguro. El significado ha cambiado un poco y ahora "a salto de mata" también se entiende con implicaciones de prisa, desorden, falta de concentración, barullo, picoteo en distintas actividades sin llegar a centrarse...

             conejo-corriendo

Todo eso es lo que siento cada día al trabajar. Entre cliente y cliente que vienen en carne mortal para ser atendidos, tengo llamadas de teléfono, tareas "de fondo" que hay que hacer, y la mala educación de todos, absolutamente todos mis compañeros, que me gritan instrucciones sin fijarse si estoy o no con gente, que se ponen a mi espalda dándome trabajo y entregándome papeles justo cuando estoy contando miles de euros, que vociferan pidiéndome que abra la puerta a Fulano o Mengano que vienen a la sucursal cargados de metales.

Así no se trabaja bien. Creo que mi ángel de la guarda evita que me falte dinero, porque con tanta interrupción a veces ya no sé si lo he entregado o no.

Ayer mismo, mientras yo trabajaba y el director estaba encerrado en su despacho, el resto de mis compañeros charlaban distendidamente. Creo que Lupe les contó con todo detalle la boda a la que había asistido. No me parece mal, que en el trabajo hay que tener ratitos de relax, pero me parece que esos ratitos están bastante mal distribuidos.

Luego, a Lupe le entraron las prisas. Desde no se qué departamento del Banco, de esos que no sabemos muy bien a qué se dedican, aparte de dar por saco a las sucursales, le habían pedido copias de unas operaciones de valores de hace cinco años.

-Zarza, anda... necesito que me busques una cosita -me pide en tono zalamero

-Pues tú dirás cómo y cuándo. La gente no para de venir a ventanilla. Organiza tú las prioridades.

-Es urgentísimo, si no lo entregamos dicen que van a poner una multa gordísima al Banco.

-Sabes que no lo voy a encontrar. Nunca encontramos nada de lo que piden urgentísimamente. Nunca. Y estoy hasta las narices de bajar al sótano y de ser la única en esta oficina que se llena de polvo.

Finalmente ella ocupó un rato mi puesto y yo me dediqué a la "rebusca". Subí una carpeta debidamente fechada y revisamos todo. Allí no había nada. Quizá sea el efecto "profecía auto-cumplida". Lupe y yo nunca encontramos nada antiguo y buscamos las cosas sin ninguna esperanza de hallar nada. Y al ser tan pesimistas las "energías" se ponen en nuestra contra y cada vez encontramos menos cosas.

En este caso no podíamos tener esas órdenes porque el cliente las había cursado por Internet, con sus claves. Pero siempre es más fácil ordenar una búsqueda exprés a las oficinas con amenazas de todo tipo.

En fin, a lo que voy. No puedo estar a tanta tecla porque mi cerebro es como un fogón en el que tengo seis  guisos a la vez. Y alguno se quema y otro se queda crudo. 

El otro día Lupe decía que de mí que andaba muy despistada, que no recordaba bien las cosas. Yo me defiendo alegando que cuando me dicen las cosas deprisa, mientras estoy haciendo otras tareas, no soy capaz de digerir bien la información.

Pero hoy ha sido el día de mi desquite. Como es habitual, Lupe vocifera sin decoro desde su puesto.

-Zarzamora ¿Se ha acercado alguien a mi mesa? -me pregunta. 

Noto un tono angustiado en su pregunta. Y le respondo, temerosa de que me carguen a mí alguna culpa.

-Yo creo que no, pero no lo puedo asegurar. He estado aquí sola mientras todos vosotros estabais reunidos y tu mesa no la tengo en un ángulo de visión perfecto.

                    

Mi móvil, tía, mi móvil, me ha desaparecido. Lo tenía aquí, alguien se lo ha llevado! ¡Qué faena! -se lamenta mientras va de aquí para allá desesperada incrustándose los dedos en su media melena.

-Revisa las cámaras de seguridad, que apuntan a tu mesa. Así vemos quien es el culpable -propuse con toda mi calma

Pero a Maripi se le ocurre la mejor solución y la llama desde otro teléfono. ¡Oh, sorpresa! Se oye un débil sonido dentro del armario. Allí estaba su móvil. 

Lupe suspira, resopla, se sienta, se desparrama, se relaja.

-Lupe, después de esto no me vuelvas a llamar despistada ¿eh?. Ya no tengo la exclusiva -le digo medio en serio medio en broma.

Perdonad la extensión y, quizá, el desorden de este relato. Lo he escrito "a salto de mata"

martes, 27 de septiembre de 2016

Progresivamente

En una entrada anterior os hablé de Claudio Bobo y de esa especial relación amor-odio (puramente laboral) que nos une. A veces le daría de guantazos y, luego descubro en él un comportamiento tierno e infantil que me desarma, como cuando propuso jugar al amigo invisible la próxima Navidad para mejorar el ambiente de la oficina.

Una de cal y otra de arena. O de agua, como el otro día. Al llegar a la sucursal, agua de procedencia desconocida chorreaba hacia el sótano y formaba allí un charco considerable. El portero de nuestro edificio vio enseguida que el origen era una tubería de la finca colindante. A media mañana vinieron el conserje y el perito de la parte "contraria" a examinar los daños. Dio la casualidad de que no estaba Lupe, que es la que se encarga de estos asuntos, y el único libre era Claudio.



-Miren Vds. -les espetó con su calma habitual y cierto tonillo superior mientras se ajustaba la chaqueta- esto es un Banco, con medidas de seguridad y Vds. no pueden entrar aquí así porque sí, cuando les parezca, a examinar nuestras dependencias privadas. Tendrán que entrar cuando nosotros digamos, y con las debidas autorizaciones. La seguridad de este Banco no puede tomarse a la ligera.

Los visitantes no daban crédito. Estaban allí para solucionar nuestras humedades (inundación para ser exactos) cuanto antes. Cierto, nosotros éramos inocentes en esa catástrofe, pero lo normal es dar facilidades cuando vienen tan rápido a examinar la situación, no ponernos tontamente legalistas como hacía Claudio. 

Por la sucursal pasan electricistas, encargados de los extintores, técnicos de aires acondicionados, empleados del agua, del gas, limpiadoras, cristaleros... Nunca ha pasado nada.

El perito y el conserje estaban en estado de "shock" en medio del patio de operaciones, sin saber muy bien como reaccionar, cuando llegó el director y, sin hacer muchas preguntas, les acompañó en su peculiar visita acuática.

Cuando llegó Lupe, Claudio le contó lo que os acabo de narrar sin pizca de arrepentimiento (por eso sé lo que hablaron, que yo estaba atendiendo a clientes mientras él se despachaba con sus normativas) y además añadió:

-Ah, Lupe, es que aunque hubiera querido acompañarles, no sabía qué enseñarles.

-Pero bueno Claudio -casi bufó Lupe- ¿Tú todavía no has visto el charco del sótano? Con que tengas un mínimo de olfato vas siguiendo el olor a humedad y llegas al lugar, que no es tan difícil. Es que no me puedo creer lo que me cuentas, de verdad. Si no llega a venir Augusto ¿Qué hubieras hecho?
¿Ponerte en ventanilla y que les acompañara Zarzamora, que ella sí sabe donde está la avería?

-No, Lupe, en ventanilla no.

-Sí, Claudio, en ventanilla sí, porque soy la subdirectora y te lo puedo mandar.

Nuevamente  Claudio rotó un poco los hombros, se encajó las hombreras de la americana, se estiró los puños de la camisa y respondió ufano.

-He tenido una grave enfermedad y no puedo tocar billetes que suelen estar llenos de gérmenes. Es peligroso para mi salud.

Llegados a este punto Lupe y yo nos reímos como locas y le aconsejamos que pidiera la incapacidad total y que se metiera en una burbuja.

Y ahora, una de arena, o de... gafas, para que no penseis que es un completo imbécil. Bueno, aunque sea algo bobo, incluso con los necios se pueden tener cosas en común. Y yo tengo algo importante en común con Claudio: las gafas progresivas.

-Claudio ¿Tú usas gafas progresivas, a que sí? -le dije un día.

-Sí -me dijo mientras me miraba sorprendido por mis dotes adivinatorias- ¿Cómo lo has sabido?

-Te sientas muy recto y echas un poco la cabeza hacia atrás para poder ver el ordenador. Como la pantalla está cerca, tienes que mirar por la parte inferior de la gafa, por eso tú cabeza siempre está bien levantada.

La problemática de las gafas progresivas y las pantallas nos ha unido mucho. Me ha gustado comprobar, que en ese aspecto los dos tenemos los mismos problemas, pese a que los ópticos nos insistan en que hay que "saber mirar", que las progresivas "hay que ponérselas siempre y a todas horas para acostumbrar al cerebro", que una pantalla la tienes que ver con progresivas igual de bien que con cualquier otra gafa...

¡Mentira! Las progresivas son un buen invento para evitar el cambio constante de gafas, pero tienen sus inconvenientes. Por la parte superior se ve bien de lejos, tienes otro enfoque en la zona media de la gafa y, en la parte baja se ve bien de cerca. Pero una pantalla de ordenador, que está a una distancia cercana y que tienes frente a ti, en vertical, la ves por la zona alta o media de la gafa, que está pensada para ver de lejos, y de ahí que todos los gafotas progresivos levantemos la cabeza para ver por la zona inferior (la de visión cercana) y acabemos con dolores de cuello al final de la jornada.



Para mi la solución sería tener portátiles, que se leen como un libro, o tener pantallas incrustadas en la mesa, como tienen en muchos comercios. En ambos casos la pantalla está más horizontal. O usar unas gafas específicas para esa distancia, sin progresiones, que nos permitieran ver la pantalla nítida al completo y no por partes.

Pero en las ópticas seguirán diciendo que la culpa es nuestra, que no usamos bien estas maravillosas -y carísimas- gafas progresivas, que nos las quitamos y nos las ponemos y volvemos loco al cerebro. Si no fuera por el miedo que me da el quirófano, con lo que me he gastado ya en gafas, me habría pagado una operación de presbicia.

En fin, "progresivamente", poco a poco, voy encontrando cosas en común con Claudio. Los bobos también usan gafas.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El cuento de la cigarra

Le reconocí en cuanto se puso  a la cola. Augusto, el director, no le había escuchado ni medio minuto y le había enviado a la ventanilla, muy en su estilo de lanzar balones fuera y librarse de clientes "molestos"

Rafael Maldonado estaba ante mí. Desdentado, mal afeitado y con un olor corporal fruto de la falta de aseo y no de los calores estivales.

Maldonado podía haberlo tenido todo y ahora solo tiene lástima de sí mismo y culpas que reparte generosamente entre los demás acusándoles de su situación.



Yo le conocí hace mucho, al poco de entrar en ese primer banco cuyo nombre se ha perdido en la confusión de sucesivas fusiones. Él tenía un buen puesto, reconocido y bien pagado, con viajes al extranjero por los que cobraba unas dietas considerables. Fue él quien pidió viajar para ganar más dinero.

Aún con esa situación de ingresos muy superiores a la media, vivía a base de préstamos (muy baratos para los empleados), adelantos de nómina (sin coste para los trabajadores) y tarjetas que "echaban humo" de tanto usarlas. En aquella década de los 90 hubo muchas burbujas. Los Bancos -o al menos el que yo conocía- prestaban a sus empleados sin mucho análisis, pensando que una abultada nómina era suficiente garantía.

La burbuja de Maldonado no explotó repentinamente, se fue deshinchando como esos globos abandonados que se convierten en puro pellejo flácido y arrugado. 

Llamaba por teléfono y todos los directores sin excepción, le esquivaban. Siempre necesitaba dinero para pagar a dentistas que, a la vista de su estado actual, nunca le arreglaron un solo diente. También apelaba al buen corazón del director diciendo que no tenía para comer, o que necesitaba regalar algo a sus hijos por su boda.

Ahora lo tiene todo embargado, está enfermo, sus hijos no le quieren ver, ni ayudar, pero sigue sin reconocer su propia culpa.

-Todo me fue mal cuando conocí a esa rusa que me sacó todos los cuartos.

Pero yo sé que es mentira. La rusa solo aceleró un poco el proceso cuando, al conocerla,  empezó a pensar solo con la bragueta y a soñar con una nueva juventud por simple roce con la lozanía de la rusa. Ella pedía y él le daba... dinero. Él pedía y... espero que por lo menos la rusa le diera alguna alegría al cuerpo ajado de Maldonado.

Resultado de imagen de la cigarra y la hormiga

Todo empezó mucho antes de su encuentro con la bella extranjera, cuando encorbatado y seguro viajaba a otros países, cuando tenía un puestazo en el Banco y pensaba que podía vivir por encima de sus muchas posibilidades. Cuando creía que siempre sería solvente y no supo organizar -mínimamente- su economía.


Lo siento, pero esta cigarra no me da pena.

sábado, 27 de agosto de 2016

Cuando los demás siempre tienen lío

Mi puesto, aunque como ya he comentado otras veces, está desprestigiado, es el único que ha de estar siempre funcionando. Cuando yo salgo a tomar algo, Lupe, mi jefa, me sustituye.

Al volver me suelo encontrar un mínimo de tres personas en la cola. A veces, tonta de mí, pensaba que la afluencia masiva le tocaba a Lupe, la pobre, y que estaba trabajando sin parar durante mi ausencia.
People standing in line --- Image by © Beau Lark/Corbis

-No te imaginas, Zarzamora, que lío en cuanto tú te has ido- me suele decir para justificarse.

-Sí sí, ya veo el regalo que me has dejado -le contesto mientras dejo el bolso a toda prisa y ella, aún con mayor urgencia, me deja la silla caliente enterita para mí. 

Lupe muchas veces ni siquiera espera a "acabar" con el cliente que tiene entre manos. En cuanto yo aparezco se levanta y el relax invade su cuerpo regordete. Aparte de dejarme la cola enterita para mí, me obsequia con ingresos de cheques, transferencias, recibos... operaciones que yo hago según las trae la clientela y que ella simplemente sella para que yo lo haga más tarde.

He perdido la inocencia. Se acabó el pensar siempre bien de mis compañeros. Da igual que yo salga a las 10 o a las 12. No importa si estamos a principios de mes o a mediados, Lupe siempre "produce" colas.

Los clientes suspiran aliviados cuando vuelvo a mi puesto.

-¡Qué lenta es tu compañera Lupe!
- Lupe estaba charlando con ese de allí -me indican señalando a Claudio Bobo sin ningún disimulo- y yo, mientras, esperaba aquí sin que me hiciera caso.
-¡Me ha tenido encerrada en la esclusa, con ese pitido horrible y Lupe hacía como que no me veía! ¡A mí, cliente de toda la vida!

El otro día el director, Augusto, en plan chinche, me dice por lo "bajinis"

-Vaya cola has dejado a tu amiga al irte a desayunar.

-¿Yo? ¿Colas? Perdona, Augusto, siempre me voy cuando no hay nadie esperando. Quizá Lupe es más lenta que yo y ella es la que genera las aglomeraciones de clientes que yo me encuentro al volver.

Hace unos días a Lupe la enviaron a otra sucursal a sustituir a un jefecillo de baja. Así funciona mi Banco, parece que sobra gente, pero juegan con el personal de oficinas infradotadas para que apoyen a oficinas en situación aún más lamentable.

Como es lógico, ni a la interesada ni a Augusto les hizo ninguna gracia semejante extorsión, pero poco pudieron hacer ante las órdenes de Recursos Humanos. Alli estuvo Lupe, desplazada un par de días en que yo tuve que apechugar con muchas de sus tareas pendientes aparte de las mías habituales.

Ella tuvo lío, muchísimo. Finalmente le tocó estar en Caja y no paró ni un momento. ¡Qué mala suerte! Le debió tocar la oficina con más movimiento de toda la ciudad.

Yo he estado hace poco en la misma situación. Me tocó ayudar a un pobre director que estaba completamente solo en su oficina. Como Tom Hanks, el naúfrago, en su isla, pero sin pelota a la que hablarle.

Yo trabajé, sí, pero con mucha más tranquilidad que en mi "hábitat" normal, y sin indignarme interiormente cada vez que veo como Maripi, Claudio o Augusto pierden el tiempo. El director, joven, no paró un momento. Formábamos un equipo perfecto. Cuánto tiene que aprender Augusto de estos jefes colaboradores y agradecidos.

Cuando volví a la oficina le dije a Lupe que habían sido dos días de no parar, de mucho, muchísimo lío. No va a ser siempre ella la que esté a tope.

miércoles, 27 de julio de 2016

Te regalo un amanecer

No me gusta el verano. El calor sofocante; los horarios alterados de la propia familia o de los vecinos; las jornadas laborales extenuantes porque hay que cubrir como se pueda a los compañeros que están de vacaciones, la pereza de encender un fuego para hacer una mísera tortilla; el sudor bajando en hilillos por la espalda mientras te entretienes encendiendo una televisión saturada de información política... Y los madrugones para ir a trabajar sin haber descansado lo suficiente por culpa del calor.

Después de un fin de semana refrescante y ocioso volví al trabajo y me estaban esperando dos inspectores que hicieron "arqueo". Es decir, contaron el dinero que una servidora tiene en ventanilla para asegurarse de que lo que yo declaraba en los papeles era correcto y que no había ningún desfalco. ¡Prueba superada!

Después pidieron copias de contratos, pólizas... de todo. En  fin, han venido en el peor momento, para amargarnos aún más este verano. 

Mi hija cumple años en esta calurosa estación. Cuando era pequeña celebraba su aniversario cuando quería, porque en verano sus amigos ya no estaban para acompañarla. Siempre lamentó no haber nacido durante el curso escolar. Ahora, ya crecida, le da igual, incluso le agrada que sea durante las vacaciones, porque la fiesta es más fiesta.

-Oye mamá -me dijo mi hijo- mañana nos vamos a levantar a eso de las seis para ver amanecer. ¿Nos acompañas?

-¿A las seis? Ni loca, y luego tardaréis en volver y yo tengo que ir a trabajar pronto, coger el metro... Que no, que no. Estoy muy cansada. ¿Y por qué se os ha ocurrido el madrugón?

-Es nuestro regalo para tu hija. El regalo de papá y el mío. Le regalamos ir a un sitio bonito para ver amanecer.

Antes de que amaneciera les oí salir. Yo "disfrutaba" de un duermevela de canícula,
Astron. Tiempo en que Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can, 
aparece junto con el Sol y que antiguamente coincidía con la época más calurosa
del año en el hemisferio norte.
con la sábana arrebujada en un extremo, los pies buscando alguna zona fresca de la cama, la nuca sudorosa bajo una melena que parecía una bufanda. Daba la vuelta a la almohada esperando que el otro lado estuviera frío, pero solo era eso, una vana esperanza.


Esta foto es de un amanecer "mío". El de mi hija era mucho mejor, pero la imagen se quedará solo para ella.
Mientras, mi hija disfrutaba de su regalo. Será de esas cosas que recordará siempre. Quizá el momento no fuera tan especial, ni tan trascendente, ni tan emotivo, pero  el paso del tiempo se encargará de hacerlo único, porque muchos recuerdos, como tantos vinos, mejoran con los años. 

Yo le había regalado unas gafas de sol. Pero no las necesitó para disfrutar de ese amanecer que le obsequiaron su padre y su hermano.

lunes, 18 de julio de 2016

Teatro: La llamada

Este fin de semana he ido al teatro con mi hija. Elegí la obra un poco al azar. Quería algo musical, pero algunos de los grandes musicales madrileños ya los había visto. Así que mi bolsillo agradeció ir al teatro Lara a ver "La llamada" porque estar sentadas en tercera fila  nos costó, con gastos de gestión incluidos, de esos que cobran por comprar por Internet, 19,40 eur por cabeza. No compreis entradas ni en primera ni en segunda fila porque la visibilidad es deficiente. Y si sois altos pedid asiento en el extremo porque el espacio entre butacas es para los españolitos de la época de Franco, cuando todos eran mucho más bajos. Hay quien dice que porque a los pollos no les alimentaban con tantas hormonas como ahora


Interior del teatro. El decorado es de una obra diferente a la que reseño.
                         
El teatro Lara es pequeñito, decorado en rojo y con un escenario modesto. En ese escenario estaba instalada la orquesta y la litera en que ya estaban durmiendo las protagonistas, mientras los espectadores nos acomodábamos en la sala.

                                     

Nada más comenzar, una gran cruz se ilumina en el escenario, María, una de las jovencitas que está en el campamento "La brújula" se despierta, y ve a Dios, que le canta canciones de Whitney Houston. "Dios" (el actor Richard Collins -Moore) canta desde  el pasillo del teatro o subido en unas escaleras que comunican con el piso superior. Es un actor mayor con muy buena voz.

Tanto María como su amiga Susana,un poco aburridas del campamento de las monjas, deciden largarse de fiesta de noche, sin que nadie las vea. Su travesura supondrá como castigo un par de días sin salir del recinto.Y durante ese tiempo se desarrolla la acción.

María, inquieta por sus visiones, se lo comenta finalmente a las monjas. Milagros es una monja joven, cariñosa, divertidísima hablando. Belén Cuesta, la actriz que la interpretaba, era para mi gusto la mejor de las cuatro  actrices. Mostraba ternura, duda, amabilidad, fuerza...

Bernarda, monja mayor y jefa de ese campamento, interpretada por Soledad Mallol (la del dúo Las Virtudes) es más severa, pero también con su punto cómico y tierno.

Y las jóvenes, María (Susana Abaitua) y  Susana (Anna Castillo) encarnan a la perfección las dudas y el deseo de encontrarse a uno mismo de todo adolescente. Yo, en mi tercera fila, les veía perfectamente la cara y notaba cómo en determinados momentos lloraban de verdad; vivían las escenas con una emoción tremendamente real.

Aunque hable de lágrimas, la obra es divertidísima, con mucho humor, con conversaciones tan ágiles que parece que están improvisando. La proporción de música y diálogo es muy acertada. No hay burla de la religión -he visto tantas obras en que presentan a curas y monjas de forma grotesca, que por eso reseño este detalle- y los personajes de las monjas y de las jovencitas son entrañables. Yo pienso que los mensajes de búsqueda, de duda, de amor, son universales. Por eso la obra gustará a todos, independientemente de sus creencias cristianas o no. 


En las últimas obras de teatro a las que he asistido siempre aparecía un toque homosexual o lésbico. Imagino que en ese afán por normalizar todo, se intenta introducir un detalle gay porque es lo que vende, tenga o no tenga sentido en la trama.

Esta obra tampoco es una excepción. No hay nada de mal gusto y todo es delicado pero, tanto mi hija como yo coincidimos en que era un poco forzado el cambio repentino de alguna protagonista. Y no digo más porque es mejor ver el espectáculo.

No sé si ahora en verano interrumpirán la obra, pero desde luego merece la pena verla. Para reír y también para pensar en temas trascendentes. Porque entre risas y canciones se presenta a un Dios muy musical, que nos quiere felices y que huye de tradiciones severas. Y quizá a todos nos gustaría que, como a la protagonista, Dios nos llamara con música, nos hablara con canciones.