martes, 21 de febrero de 2017

Maldad

Hace unos días una pareja de buenos clientes, aunque un poco secos, estaban haciendo unas gestiones con Claudio Bobo.

En mi Banco cualquier apertura de contrato lleva más papeles y firmas que un acuerdo internacional entre grandes potencias. Así somos, los más chulos, hacemos firmar al cliente hasta que tiene calambres en las manos. ¿Y decían que la era digital eliminaría papeles? ¡Ja!

Con tanto papeleo y tanta tardanza era normal que la mujer necesitara ir al lavabo. Se levantó y se lo pidió a Lupe, la subdirectora.

-Buenos días ¿Podría ir al baño, por favor?

Lupe no levantó la vista de sus papeles. Con cierto tonillo de desprecio le dijo:

-Es que los lavabos son privados y no puede entrar cualquiera.

La cliente se empezó a enfadar.

-Mire, si quiere me hago pis aquí mismo.

Lupe seguía en sus trece. Si, como a mí me dijo después, pensaba acompañarla al excusado, no se notaba ni en su tono ni en sus palabras.

-No se ponga así. Lo único que digo es que los lavabos de una empresa no están a disposición de cualquiera y por seguridad no podemos permitir el paso, pero...

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Imagino que tras ese "pero" mi jefa pensaba ser magnánima y la hubiera acompañado, pero la mujer ya no podía más.

-¿Le estoy pidiendo un pequeño favor y me sale con esas? Le voy a decir a mi marido que cancele todas las cuentas. Es Vd. una indeseable.

Y se marchó a la calle, en busca de algún bar -lejano, por cierto- donde poder hacer pis.

Que forma más tonta de perder clientela. Es muy raro que la gente pida entrar al baño. No entiendo como Lupe tuvo tan poca sensibilidad. A veces las peores enemigas de las mujeres son las del mismo sexo.

Cuando alguno de esos jefes territoriales tan petardos pregunten "¿Por qué el matrimonio Amarillo Ríos se ha llevado sus posiciones a la competencia?", a ver como explica Lupe que fue por una simple cuestión de orines.

domingo, 12 de febrero de 2017

El "coach" en la empresa

Acabo de terminar un libro que encargué a mi librero del barrio hace poco. Había leído una reseña en el periódico sobre "La gran ola" de Daniel Ruiz García. "Lúcida sátira sobre el mundo empresarial", decían de la obra, y decidí que tenía que leerla, a ver si encontraba coincidencias con mi vida laboral o con la de mis compañeros.

El libro lo he leído de un tirón y eso es buena señal. El sector en que se mueven los protagonistas es una empresa de productos de limpieza y, todos son unos pobres hombres, con muchas más sombras que luces: bebedores, puteros, machistas... Quizá el trabajo y los objetivos, las mediciones constantes, las comparaciones con el resto, el crecimiento por encima de todo, el vivir para la empresa, les hayan convertido en seres un poco despreciables, pero algo ya tenían de serie.

Lo mejor del libro es la crítica ácida al "coach" de la empresa y, en general a todos esos asesores que intentan instalar el positivismo en los empleados a toda costa.

"La puta positividad, con sus bonitos amaneceres de power point y sus frase "new age" y su filosofía de vídeo de dos minutos bajado de "you tube". Aquello era un trabajo, solo un trabajo, pero todo el empeño de Estabile era mezclar trabajo y vida, sustituir vida por trabajo, convertir la vida en trabajo y, encima, hacer de aquello algo feliz"

Cada día, cuando yo abro el ordenador del Banco,  en la primera pantalla siempre hay una frase "bonita" de esas que ponen en algunos calendarios y agendas. Frases  que la gente copia en su estado de Whatsapp o que expande a través de Twiter para parecer más interesante y profundo. Para ser estupendo en las redes y aderezarse con una pátina de filosofía barata, de andar por casa.

En mi trabajo también tenemos un "coach" virtual. Yo creo que no lo tenemos en carne y hueso por mera cuestión de costes. Siento no poderos decir nada de él. Es tan difícil acceder a esa página, tengo que pasar por tal batería de claves y contraseñas nuevas y tengo tan poco tiempo, que no sé si nuestro "coach" es similar a Lorenzo Estabile, uno de los protagonistas de esta novela.

Se habla en uno de los capítulos de "team building", iniciativa para reforzar los vínculos entre familias y empresas y afianzar el sentido corporativo. Más claro: hacer una fiestecita para que los empleados lleven a sus parejas y a sus niños y todos interactúen en un ambiente festivo.  Yo opino como uno de los personajes que se pasean por el libro, que "mezclar trabajo y familia es una aberración". Pero la mayor aberración es que desde la empresa te obliguen a hacerlo.

No veo la necesidad de que la empresa te anime a hacer deporte y participar en eventos deportivos decididos por ella. O de que inste a que seas generoso colaborando con parte de tu nómina con ONGs propuestas por el Banco. Para eso tenemos nuestro tiempo libre, para mejorar nuestro físico, para ser caritativos, para cultivar la amistad. Ese tiempo libre que la Banca y muchas otras empresas pretenden escatimarnos.

"En Monsalves -la empresa de la novela-había hora de entrada pero no de salida" Y los jóvenes, la "savia nueva, el músculo" acatan esos horarios sin rechistar. Os transcribo la visión tremendamente corrosiva de la situación de esta juventud universitaria y trabajadora a la que se tiene tan engañada.

" La savia nueva (...) eran un hatajo de encorbatados, en su mayor parte licenciados y posgraduados, no pocos con dominio solvente de un segundo e incluso un tercer idioma y con nóminas por lo general más propias de un repartidor de pizzas, en el mejor de los casos en el umbral del mileurismo, con las pagas extras prorrateadas y con horas extras tan frecuentes como invisibles en el salario (...) Aún así la mayor parte de ellos ignoraba a sus compañeros de fábrica cuando buscaban sitio en el comedor"

En Banca también hay ciertas diferencias: los que trabajan en los Departamentos centrales, con tareas más sosegadas, y la infantería, los empleados de oficinas, todos los días peleando con la clientela y soportando presiones si no se cumplen las cifras y objetivos que ha propuesto el iluminado de turno. 

Young man in depression

Exactamente igual que en la novela. Da igual la antigüedad y la dedicación, cada empleado queda reducido a un número. Vale en tanto cumpla los objetivos. Si la jornada es de ocho horas, mis compañeros dedican diariamente más de dos  a reportar. Primero, con Augusto, el director, que les traspasa su fardo diario de objetivos. A última hora, audio o vídeo conferencias donde el director de área les examina de lo conseguido ¡en el día!. Como en el colegio, va pasando lista para favorecer la competitividad, la envidia, para hundir más a los últimos de la cola. El que no ha hecho nada, espera acongojado su turno y apenas le sale un hilillo de voz cuando dice "yo no tengo nada hoy" Nada que entregar como ofrenda propiciatoria a esos mediocres mediadores que utiliza el gran dios "Banca" y que solo saben hacer números, imprimir estadísticas nuevas cada día y dar consejos vacíos desde su cómodo púlpito alejado de la realidad. Porque ellos nunca han tratado con los clientes.

Quizá el libro exagere un poco cómo son estos preparadores, asesores, "coaches". Habrá de todo, claro. Pero viene bien estar prevenido, alerta y ser crítico con lo que dicen. 

Es gente que vive de contar sus experiencias y dar consejos una y otra vez. Repitiendo lo mismo en distintos auditorios, cobrando por hablar y haciendo recaer el peso de la felicidad, del bienestar, del progreso, únicamente en el individuo. El clásico "si quieres puedes" explotado al máximo para mayor beneficio de una empresa que no pone casi nada de su parte.

Os dejo con unos pensamientos de Gertru, una de las protagonistas, crítica final a muchos de estos cantamañanas.

"Abrazos, sonrisa, frases motivadoras de saldo pescadas en a almadraba de Internet, sé tú mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort. Nelson Mandela, Gandhi, Steve Jobs, John Lennon, Bill Gates, Charles Chaplin, Camus, incluso Duchamp -por dios- todos metidos como un gazpacho imposible en le recipiente buenista y "trendy" del nuevo Pensamiento Mágico (...) Ya no te clavan el cuchillo, ahora te ofrecen sesiones de "coaching" para que tú mismo aprendas a introducirlo en tu vientre, así duele menos, así no se grita tanto"

Intento ser optimista, pero a veces me cuesta. No me gustaría parecer "conspiranoica" pero veo tantas presiones, tan poca preocupación por los trabajadores, que pienso que todas las multinacionales y grandes empresas tienen un objetivo común: mantener a los empleados en un estado de alerta constante, mermar sus defensas, su autoestima, hacerles creer, en fin, que si no se llega a los objetivos propuestos, la culpa solamente es del empleado de la sucursal. 

Siglo XXI: las empresas se gestionan desde el miedo y la coacción. ¿Qué clase de directivos de élite tenemos? ¿O es que, quizá, cómodamente instalados en sus burbujas elitistas, no les interesa saber lo que se cuece fuera de las moquetas de sus despachos? ¿Conocen la realidad de sus empresas, el desgaste anímico de su plantilla, la infelicidad, las depresiones, la agonía que, para muchos, supone la llegada del lunes?

jueves, 26 de enero de 2017

La, la Land o La ciudad de las estrellas

Ayer fui con mi hija a ver la película de moda:¿"La, la land" o "La ciudad de las estrellas" ? Sinceramente, no sé. En mi entrada de cine ponía "La ciudad de las estrellas", pero he visto algunos comentarios en periódicos y hablan de "La, la, land" Este último título no sé muy bien a qué viene, quizá quiera hacer referencia a que es un musical, de ahí lo del "la, la, la".

Pero, atención, aunque  se publicite como un musical, yo considero que es una película con algunas actuaciones musicales. La música no es una constante aunque esté presente. El número musical por excelencia es el primero, y no habrá después ningún baile, ninguna canción, que le pueda hacer sombra. Es original, con ritmo, con gracia, con color, lleno de alegría. Algo imposible de presenciar nunca en la realidad: un montón de gente en un atasco, que sale de sus coches y se pone a cantar y bailar, olvidando ruidos, contaminación y problemas... por un ratito. Cuando acaba la música, las bocinas de los coches comienzan a sonar y se cruzan los dos protagonistas con sus coches. Él le hace un corte de mangas a ella.

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A partir de este encontronazo habrá más casualidades que los acerquen y algo surgirá entre el pianista de Jazz que tiene que tocar no lo que quiere, sino lo que le dicen sus jefes, y la aspirante a actriz, que va de audición en audición en los ratos libres que le deja su trabajo de camarera.

Asistimos a audiciones, a fiestas, nos introducimos en los locales en los que toca Sebastian, el protagonista. Hay música, colores vivos, vestidos preciosos que se mecen con los bailes. El tiempo va pasando y nos lo hacen notar poniendo ¡carteles! donde dice: invierno, primavera, verano... Yo no entiendo mucho de cine pero me pareció un recurso un poco pobre. Creo que hay otras formas de que los espectadores aprecien el paso del tiempo.

En este proceso de conocimiento entre ambos protagonistas me quedo con la escena del claqué con la ciudad iluminada al fondo, y la escena en que Mia, la protagonista femenina huye de una cena que era un rollo pretencioso y aparece delante de una pantalla de cine (me recordó a "La rosa púrpura de El Cairo", de Woody Allen) buscando a Seb con la mirada.
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Todo tan romántico, tan bonito, con una música tan perfecta... la película ideal. Pero claro, los protagonistas también tienen sus problemas, porque el amor no hace que consigan trabajar en lo que ellos desean y siguen intentando hacerse un hueco en esa ciudad de las estrellas (estrellas de cine, de la música) Así que... baño de realidad, que no se quede la película en un semi-musical de amor tierno. 

A veces la realidad puede con las ilusiones. Nos pasa a todos, trabajamos en lo que hemos podido, no en lo que hubiéramos querido. En ocasiones se cambian ideales y preferencias por subsistencia. Muchas parejas tienen trabajos en lugares distantes entre ellos. Hay malentendidos: uno dice una cosa, otro entiende algo distinto. Uno es más suspicaz, otro no tiene tacto. Las cosas no se aclaran. Problemillas, en fin, a los que los protagonistas no son ajenos. Pero los espectadores sabíamos durante toda la película que ahí había una gran historia de amor, de las buenas, y que ese amor podría con todo.

Y llegó el último cartel indicador del paso del tiempo. "Cinco años después" La película se precipita vertiginosa hacia el final. Los espectadores no sabíamos qué pensar, qué creer. ¿Cual era la historia real? ¿Estaban jugando con nosotros? ¡¡¡Pero qué pasa aquí!!!

Un final, sencillamente, sorprendente, sorprendente, sorprendente.

Id a verla, las dos horas se pasan volando. Pero no puedo decir más, que hace nada que está en cartel. Solo que tanto yo, como mi hija, como las jovencitas de la fila de detrás, pensábamos lo mismo...

jueves, 19 de enero de 2017

Gente a la que le gusta escucharse

Hace unos días estuve en una charla bastante pesada sobre reforma educativa. Yo esperaba algo ameno, divulgativo, con ejemplos concretos y encontré una sucesión de monólogos plagados de porcentajes, listas, puestos de relevancia (o no) de las universidades, y anglicismos varios que podían haber sido perfectamente sustituidos por su equivalente español. Pero, claro, los asistentes nos  hubiéramos perdido la exquisita pronunciación de los ponentes.

Hubo menciones al respecto en las redes sociales. Extraían alguna frase feliz y redonda de los discursos y, aislada de su contexto pesado y aburrido cabalgaba ligera en la red y cosechaba "me gusta" y era "retuiteada" una y otra vez.

Hubo muchas palabras y pocas concreciones. Como en mi oficina. En ambos lugares he tenido saturación de palabrería vacua. Era la primera vez en todos mis años de trabajo en Banca que venía nuestra responsable de Recursos Humanos a visitarnos. Lógicamente , saltaron nuestras alarmas.

-Hola Zarzamora. Soy Úrsula Duro, ya nos conocemos.

-Sí, de aquel desayuno de trabajo al que me convocastéis hace meses, pero nunca habías venido por aquí. Cuando visitáis sucursales nos echamos a temblar. ¿La vais a cerrar, vais a quitar personal...?

-¡No, no! -responde apresurada- Visitaros es parte de mi trabajo, preguntaros cómo os va, compartir inquietudes. Estoy a vuestra disposición para escucharos.

Y, poco a poco, ella solita derivó en palabrería pro-Banco. Todo era bueno, mejor que hace años. Había múltiples canales para exponer nuestras ideas de mejora o nuestras críticas. El Banco quería implicación de sus empleados. Era importantísimo que conociéramos a fondo a los clientes.

Afortunadamente mi entrevista fue la más corta y lo habló casi todo ella. Aunque fuera por disimular podía haber fingido más interés por mí, por lo que hacía, por mi satisfacción -o no- en el trabajo, por mi relación con los compañeros. Un departamento de Recursos Humanos debería cuidar esos detalles.

                              Dos mujeres de negocios hablando Vector Gratis

Pero no, representó su papel pro-empresa, estuvo encantada de haberse conocido y todos nos seguimos preguntando "¿Para qué habrá venido?"

Eso sí, su visita ha propiciado una cierta solidaridad. Ella es el enemigo común. No nos fiamos de sus buenas palabras y pensamos que este tipo de visitas no presagian nada bueno.

viernes, 6 de enero de 2017

Engaño en víspera de Reyes

Ayer, víspera de Reyes, fue un día "raro" en el Banco, con goteo de clientes no habituales. Uno de ellos me estafó. Con un DNI robado, un parecido aceptable con la foto del DNI, que normalmente no suele hacer justicia a la realidad, y una firma exacta a la del cliente, se llevó unos cuantos euros con un aplomo y tranquilidad admirables.

Mi jefa y yo nos llevamos el disgusto al acabar la jornada, cuando una llamada telefónica nos puso al tanto de todo.

-Zarzamora, no te preocupes, va a ser un quebranto y ya está. Imagínate que tú hubieras sospechado algo raro... Estábamos aquí las dos solas, y ese individuo podría haberse puesto agresivo si hubieras dudado de que era él y hubieras retenido el DNI. 

Es de agradecer que mi compañera me tranquilizara, pero me dio rabia acabar así las Navidades, con este  engaño y dándome cuenta de que soy una fisonomista bastante mala. Menos mal que por la tarde, con la compañía familiar, el disgusto se fue mitigando.

Aunque... fue un engaño en el día adecuado.

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Hoy es  el día de Reyes y voy a ser "políticamente incorrecta": no me entusiasma este día. Es más, si me remonto a cuando era niña, creo que nunca me ha emocionado especialmente. Me enteré de la verdad con siete años. Ante mis dudas y para no dejar a una prima mía por mentirosa, mi madre optó -sabiamente- por darme un baño de realidad. No lloré, no me sentí estafada. Indagué, y todos mis porqués de niña en torno a esa noche mágica, quedaron solucionados. De repente crecí, me sentí mayor, poderosa. Sabía algo que ni mis compañeras de colegio -en aquellos años las clases se separaban por sexos- ni mis hermanitos, sabían. Claro está que mis hermanos se fueron enterando bien pronto, porque cuando eres niño es difícil guardar un secreto tan potente.

A mis padres les vino bien ese temprano despertar a la realidad. Pudimos entender por qué nosotros siendo buenos niños y aplicados en el colegio, teníamos tan solo dos regalitos cuando otros desempaquetaban cajas y cajas no solo en su casa, sino en casa de abuelos y tíos. Comprendimos que los Reyes Magos no eran justos pero que nosotros, con menos, teníamos más y éramos más felices.

Con mis hijos repetí la misma pauta, no de forma intencionada, sino porque así surgió. Cuando mi hijo mayor me pilló recogiendo un regalo que me entregaba el cartero, en la puerta de casa, pocos días antes del 6 de enero, no pude mentir. 

-Ven hijo, te voy a contar una cosa y vas a ser el único de tu clase que la vas a saber. No tienes que decir nada a tus compañeros. A los papás de otros niños no les suele gustar que lo sepan tan pronto.

No hubo ningún trauma. Aquel año él nos ayudó con gusto a preparar todo y a mantener en la ignorancia a su hermanita pequeña.

He oído estupideces de todo tipo respecto al momento de la duda infantil. Los padres hacen lo imposible por mantener artificialmente la ilusión.

-Yo creo en ellos. ¿Me vas a decir que mamá está equivocada? (Chantaje emocional)

-Existirán siempre si lo crees en tu corazón (Típica frasecita sentimentaloide)

-Ese amiguito que te ha dicho semejante cosa es un mentiroso. (Fomentarás que tu hijo haga el ridículo en clase y más si tiene ya una edad)

En fin... cada familia es un mundo, pero muchas veces los padres piensan más en ellos, en "su" ilusión, que en lo adecuado para sus niños.

El día de Reyes es un desbarajuste de envoltorios, cajas, juguetes en el salón. Cuando acaba el día, unos padres desquiciados, hartos de intentar entender los nuevos artilugios de sus hijos, se encuentran frente al momento más duro:

-¿Dónde narices vamos a guardar estos trastos?

Ahí es cuando vendría bien un poco de magia que agrandara espacios en las casas, normalmente pequeñas, en que vivimos. 

Lo mejor del día de Reyes es el Roscón. Su sorpresa no ocupa apenas sitio y el bollo siempre desaparece.


  

martes, 20 de diciembre de 2016

El Belén



He estado unos días de vacaciones y el día de mi vuelta Augusto, el director de la oficina, me dijo nada más verme:

-Zarzamora, vas con retraso, a ver cuando pones el Belén.

-Mira, ya vengo preparada.

Y le enseñé una bolsa fuerte del súper, cargada con palos, líquenes, hojas secas, serrín, y pequeños arbustos. En mi viaje de vuelta me había dedicado a recoger material en alguna de las paradas que hice.



El director de zona, durante mi ausencia, les había animado a todos los empleados a decorar la sucursal. La verdad es que estos jefes son unos impresentables, porque el espíritu navideño hay que sentirlo, y vivirlo. 

Lo que deberían hacer es dejar de presionar día tras día, dejar de machacar constantemente  con nuevos asuntos, todos prioritarios. No puede ser que todo, absolutamente todo sea para ayer, como les gusta decir. ¡Son tan poco originales en su vocabulario!

Cuando todo es tan urgente los empleados nos colapsamos, andamos como pollos sin cabeza, alocados, alelados, sin saber a qué asunto, pues todos son urgentísimos, dedicarnos. Y es que mis jefes no saben ejercer cómo tales, y cuando, abrumada por la gente que viene a la ventanilla y las múltiples tareas que me dejan a traición mientras estoy atendiendo, les pido que digan qué hacer primero y qué dejar para luego, me dicen, como niños enfurruñados:

-No te quejes, yo también tengo mucho trabajo. Esto es lo que hay.

-Ya, pero tú eres la jefa y la responsable de mis tareas. Espero tus órdenes -le dije a Lupe.

Me tocan las narices con la respuesta "esto es lo que hay". Compendio de acatamiento, cobardía, sumisión, resignación, obediencia ciega. Esto es lo que hay... la nueva esclavitud del siglo XXI.

Con esta situación, como para dedicarse a decorar la sucursal. ¡Falta tiempo!

¡Pero si la Navidad está a punto de llegar! Y yo escribo este libelo tan contrario a la paz, amor, entendimiento.

Puse el Belén, y el árbol, porque lo hago todos los años, sin que me lo digan mis jefes. Porque me gusta, lo hago muy bien y siento que así es más Navidad. Y porque soy humana, mucho, y disfruto cuando los clientes me felicitan por lo bien que ha quedado, o cuando quieren hacer una foto de mi Nacimiento para tomar ideas para el suyo. 




Algunos critican a la alcaldesa, a la que ven como enemiga declarada de los Belenes -sinceramente, pienso que exageran- y me animan a continuar con esta bonita costumbre.

Se dice que la tradición belenística se inició en cierto modo con S. Francisco que, en 1223 convocó a los vecinos de Greccio en una gruta con un pesebre y allí celebró la misa. Se popularizaron en España con el rey Carlos III, el que fue el mejor alcalde de Madrid, en el siglo XVIII, cuando introdujo en España la costumbre italiana. Fueron famosos los belenes napolitanos en los que se recrean situaciones y vestimentas propias de la aristocracia de la época. Y, ya se sabe, si un rey pone algo de moda, los más cercanos, los nobles, expanden esta moda. Poco a poco, el Belén se fue popularizando y no faltaba tampoco en los hogares más humildes.

Yo disfruto sobre todo con la ambientación: caminos, follaje, río, bosquecillos, pueblos... Cualquier Belén es bonito porque lo importante es la ilusión con que se pone. Por eso pienso que es una tradición que continuará, porque gusta a todos, sean cristianos o no.

¡Feliz Navidad a todos! Y a colocar un Nacimiento en casa, aunque sea pequeñito.

lunes, 28 de noviembre de 2016

¡Bienvenido, otoño!

El verdadero otoño comenzó para mí hace unas dos semanas, cuando, de camino al trabajo, resbalé al pisar una hoja húmeda, Sentí que me iba a caer sin remedio y viví ese momento a cámara lenta, deseando que no me doliera el golpe. 

Conseguí levantarme dignamente, con sangre en una rodilla y un boquete en las medias, y sin mayores consecuencias.

Ya en el Banco me curé la herida y me puse unas medias de repuesto. Casi todas las mujeres trabajadoras tenemos algún par extra en los cajones de nuestras mesas. Es una prenda tan frágil que no podemos arriesgarnos a pasar la jornada como si fuéramos Pippi Calzaslargas, con enganchones y agujeros.

Helechos, pinos, musgo...
           
Lluvia, hojas en el suelo y el color amarillo invadiendo las calles y los bosques. Este es el verdadero otoño, no el cronológico del 21
de septiembre, que este año se presentó cuando aún llevábamos vestidos de tirantes, disfrutábamos de las piscinas y tomábamos helado y gazpacho.

Amanita muscaria. La seta tóxica de los cuentos de enanitos.
                       

Desde mi ventanilla veo a lo lejos los colores otoñales en el cercano bulevar: acacias, plátanos, arces y el precioso ginkgo, árbol milenario de origen chino, con unas hojas doradas que iluminan cualquier jardín que lo albergue.

¿Quien dijo que el otoño es deprimente? Es un desbordamiento de colores con todos los matices cálidos que podamos imaginar.


Cerezo

Cerezos, higuera y arco iris




Nubes resbalonas


Este fin de semana, finalizada ya mi excursión bajo la llovizna, caliente y rodeada de una tranquila y temprana noche de noviembre, organizaba estas imágenes que son puro color a pesar de las nubes que envolvían el paisaje, y que comparto con vosotros.
Castaños

¡Bienvenido otoño! El urbano que veo a retazos desde mi ventanilla y el campestre que disfruto en mis salidas de fin de semana.

martes, 15 de noviembre de 2016

Vengo a daros caña

Esta mañana he llegado puntual a mi oficina. El director nos ha amenazado con que no tolerará ni cinco minutos de retraso al entrar. Está deseoso cada mañana de meternos a todos en su despacho lo antes posible. Es la "reunión" diaria y obligatoria de la que, pese a mis intentos, yo tampoco puedo escapar.

Hoy había alguien con él, sentado al otro lado de su escritorio. Han salido juntos del cubículo y Augusto nos lo ha presentado.

-Zarzamora, te presento a D. Demetrio Lata, responsable regional de la actividad comercial del Banco.

No sé si ese era exactamente su cargo o no. Me da igual. A veces nos abruman con comunicados acerca de quiénes están en determinados puestos, muchas veces les ponen nombres  -o siglas- en inglés, que fardan mucho más: manager, assistant, country head, CEO (chief executive officer). 

El señor Lata no debía tener una categoría estratosférica, porque su cargo se definía en español.

Me dio dos besos. En estos casos intento hacer una "cobra" -como la que dicen que hizo Bisbal a Chenoa en el concierto- muy disimulada. En fin, que doy dos besos al aire e intento evitar roce de mejillas. ¿Por qué no darán la mano a las mujeres? ¿Por qué tenemos que padecer besos de extraños?
Red, Sociedad, Social, Comunidad, Cooperación, Zirkel
Enseguida pasamos al despacho del director. Sentaditos todos, como en el colegio cuando, expectantes, deseábamos que ese día el profesor no sacara a nadie a la pizarra.

Demetrio lanza su primera pregunta a Claudio Bobo, mientras toma notas en un cuaderno con interés ficticio. Puro postureo, que dirían los jóvenes.

           Diario, La Escuela, Oficina, La Educación, Portátil
-¿Cuantas llamadas a clientes hiciste ayer Claudio?

Claudio le mira a los ojos y responde convincentemente:

-Quince.

¿Quince llamadas y las quince con respuesta humana? Eso es materialmente imposible, pienso. Pero el Sr. Lata se lo cree.

-¿Resultados? -repregunta el súper jefe visitante, anotando algo en su cuaderno cuadriculado y sin mirarle.

Claudio se explaya: una cuenta, un seguro, varios posibles préstamos...

-Bien, bien, hay que seguir con ese ritmo. Ya que cada vez viene menos gente a esta oficina, la solución es llamar a los clientes. Llamar y llamar. 

Otro igual, todos con la misma letanía de las llamadas.

La siguiente en someterse a escrutinio es Lupe, que responde sincera:

-Cinco llamadas y sin resultado positivo

Demetrio alza la vista del papel y enarca las cejas. Su boli Bic tamborilea sobre las hojas del cuaderno.

-¿A qué se deben tan pocas llamadas?

-Fue un día duro -responde mi jefa- Vino bastante gente con incidencias, tuve que ir al notario a firmar, están muriendo algunos clientes y tengo que tramitar las testamentarías. No hay tiempo para llamadas.

-Pues habrá que sacarlo- reconviene, severo- Llamar a los clientes, concertar citas  con ellos, explicarles nuestros productos. Es la única forma de conseguir los objetivos marcados por nuestro Country Head. Sabemos que estamos en una encrucijada difícil pero contamos con todos vosotros. Hay que poner todo el interés.

Fin del mitin, al menos, para mí. Justo en ese momento llamó el primer cliente. Como en el colegio. ¡Salvada por la campana!

-Si me disculpáis, los clientes esperan -les digo mientras abandono el despacho dignamente, sin haber pasado ningún examen.

He agradecido mi soledad en el patio de operaciones, he disfrutado con la charla con los clientes habituales. Yo, fuera, el resto de la plantilla, dentro.

A media mañana, cuando la sombra amenazante de D.Demetrio Lata no se cernía sobre nosotros, he hablado con Claudio.

-Claudio, eres mi héroe, ¿de verdad has hecho tantas llamadas exitosas? -le digo entre risas y con cierta sorna.

-¿Yoooo?¡Qué va! Pero eso era lo que ese petardo quería oír. Ni siquiera lo va a comprobar. Mira, para que te echen del Banco, o metes la mano en la caja bien metida, o falsificas algún contrato, o algo gordo. Pero por no hacer estas llamadas estúpidas que no sirven de nada nadie te pone en la calle.

-Ya, pero imagino que es duro que os estén machacando siempre con objetivos que hay que cumplir ¿No te agobia?

Pero a Claudio ya no le agobia nada. Cuando has pasado por una enfermedad grave y has mirado a la muerte casi a los ojos, lo que te diga un cantamañanas como este jefe regional te da igual.

Demetrio Lata se fue contento a otra sucursal, para atormentar a otros pobres empleados y para mayor gloria propia, con la certeza de que el futuro está en llamar y llamar a los clientes. Y seguirá con esa certeza, porque nadie le cuestiona en ninguna oficina, nadie le dice lo imposible que es cumplir los objetivos desmesurados que marca el Banco.

Como en el cuento del traje nuevo del emperador, nadie le ha dicho todavía que va desnudo.



lunes, 7 de noviembre de 2016

Cuando no viene nadie

Me gusta que haya gente que me lea, pero reconozco que es difícil tener "clientela" porque no hago ninguna propaganda entre mis compañeros, por la cuenta que me trae. Ni siquiera se lo he dicho a algunos ya alejados de la sucursal y a los que me une una buena amistad. Cualquiera que trabaje en el Banco puede irse de la lengua y yo dejaría de ser una anónima "bloguera"

Cuando entro en mi blog me gusta ver las estadísticas y miro el número de visitas. Si veo que hay pocas me siento un poco decepcionada, no os voy a engañar, porque a los que escribimos nos gusta que nos lean. Pero como no hay ningún afán crematístico en esto, mi desilusión se pasa pronto y me pongo nuevamente a escribir.

En la sucursal hay días en que viene poco público... interesante comercialmente. A pesar de estar gran parte de la jornada enclaustrado en su despacho, al director le preocupa la escasa afluencia de gente de algunos días. 

Imagen gratis de unos asientos de aeropuerto

-Si no viene nadie, poco podemos hacer -Así le rebate Claudio al director, que día tras día, le pregunta varias veces "¿Qué has hecho hoy?"

-Hay que llamar a los clientes -aconseja Augusto.

Es muy fácil dar pautas a otros y no seguirlas uno mismo (Consejos vendo, que para mí no tengo, como dice el refrán). Eso le pasa al director, que gandulea como nadie.

- Hay que hacer más trabajo de calle y visitar, visitar y visitar más -recomienda el director de área cada vez que hace su ronda por la sucursal.

Creo que están equivocados. A mí no me gusta que me llamen por teléfono para ofrecerme nada. Menos aún ser visitada por los Bancos cercanos. Tenemos unos jefes muy antiguos que aún no se dan cuenta de que esos métodos quizá funcionaban en el pasado siglo, pero no ahora.

Y clientes entran, claro que entran, pero solo se dirigen a mí, pocos van a las mesas de los asesores comerciales. En general, huyen despavoridos si ven que les intentan vender algo y pocas veces siguen mis indicaciones de hablar con Claudio o Maripi para que les ofrezcan interesantes opciones de inversión.

Sí, los clientes muchas veces esquivan a los comerciales como los paseantes evitan a los muchachitos que intentan conseguir suscripciones para ONG's, a las gitanas que te acosan blandiendo un ramito de romero "de la buena suerte", o a los militantes de causas variopintas que recogen firmas para conseguir un mundo mejor.

Y mientras tanto, mis compañeros siguen quejándose de que "no viene nadie". Si la Banca no lanza ofertas atractivas y sencillas para los ahorros moderados de la clase media, por los que actualmente no se le ofrece ningún interés, seguiremos viendo como los clientes bajan los ojos, evitan mirar a los comerciales y se van rapidito, no vaya a ser que les convenzan de contratar algún fondo difícil de entender y en el que, a lo máximo que uno puede aspirar, es a no perder.

jueves, 13 de octubre de 2016

Trabajando a salto de mata

Hoy me he entretenido en rebuscar en la red el origen de la expresión "a salto de mata". En mi cabeza tenía la idea de un conejo o algún otro animalito que está siendo perseguido, y sortea obstáculos (matas, arbustos) para llegar a lugar seguro. El significado ha cambiado un poco y ahora "a salto de mata" también se entiende con implicaciones de prisa, desorden, falta de concentración, barullo, picoteo en distintas actividades sin llegar a centrarse...

             conejo-corriendo

Todo eso es lo que siento cada día al trabajar. Entre cliente y cliente que vienen en carne mortal para ser atendidos, tengo llamadas de teléfono, tareas "de fondo" que hay que hacer, y la mala educación de todos, absolutamente todos mis compañeros, que me gritan instrucciones sin fijarse si estoy o no con gente, que se ponen a mi espalda dándome trabajo y entregándome papeles justo cuando estoy contando miles de euros, que vociferan pidiéndome que abra la puerta a Fulano o Mengano que vienen a la sucursal cargados de metales.

Así no se trabaja bien. Creo que mi ángel de la guarda evita que me falte dinero, porque con tanta interrupción a veces ya no sé si lo he entregado o no.

Ayer mismo, mientras yo trabajaba y el director estaba encerrado en su despacho, el resto de mis compañeros charlaban distendidamente. Creo que Lupe les contó con todo detalle la boda a la que había asistido. No me parece mal, que en el trabajo hay que tener ratitos de relax, pero me parece que esos ratitos están bastante mal distribuidos.

Luego, a Lupe le entraron las prisas. Desde no se qué departamento del Banco, de esos que no sabemos muy bien a qué se dedican, aparte de dar por saco a las sucursales, le habían pedido copias de unas operaciones de valores de hace cinco años.

-Zarza, anda... necesito que me busques una cosita -me pide en tono zalamero

-Pues tú dirás cómo y cuándo. La gente no para de venir a ventanilla. Organiza tú las prioridades.

-Es urgentísimo, si no lo entregamos dicen que van a poner una multa gordísima al Banco.

-Sabes que no lo voy a encontrar. Nunca encontramos nada de lo que piden urgentísimamente. Nunca. Y estoy hasta las narices de bajar al sótano y de ser la única en esta oficina que se llena de polvo.

Finalmente ella ocupó un rato mi puesto y yo me dediqué a la "rebusca". Subí una carpeta debidamente fechada y revisamos todo. Allí no había nada. Quizá sea el efecto "profecía auto-cumplida". Lupe y yo nunca encontramos nada antiguo y buscamos las cosas sin ninguna esperanza de hallar nada. Y al ser tan pesimistas las "energías" se ponen en nuestra contra y cada vez encontramos menos cosas.

En este caso no podíamos tener esas órdenes porque el cliente las había cursado por Internet, con sus claves. Pero siempre es más fácil ordenar una búsqueda exprés a las oficinas con amenazas de todo tipo.

En fin, a lo que voy. No puedo estar a tanta tecla porque mi cerebro es como un fogón en el que tengo seis  guisos a la vez. Y alguno se quema y otro se queda crudo. 

El otro día Lupe decía que de mí que andaba muy despistada, que no recordaba bien las cosas. Yo me defiendo alegando que cuando me dicen las cosas deprisa, mientras estoy haciendo otras tareas, no soy capaz de digerir bien la información.

Pero hoy ha sido el día de mi desquite. Como es habitual, Lupe vocifera sin decoro desde su puesto.

-Zarzamora ¿Se ha acercado alguien a mi mesa? -me pregunta. 

Noto un tono angustiado en su pregunta. Y le respondo, temerosa de que me carguen a mí alguna culpa.

-Yo creo que no, pero no lo puedo asegurar. He estado aquí sola mientras todos vosotros estabais reunidos y tu mesa no la tengo en un ángulo de visión perfecto.

                    

Mi móvil, tía, mi móvil, me ha desaparecido. Lo tenía aquí, alguien se lo ha llevado! ¡Qué faena! -se lamenta mientras va de aquí para allá desesperada incrustándose los dedos en su media melena.

-Revisa las cámaras de seguridad, que apuntan a tu mesa. Así vemos quien es el culpable -propuse con toda mi calma

Pero a Maripi se le ocurre la mejor solución y la llama desde otro teléfono. ¡Oh, sorpresa! Se oye un débil sonido dentro del armario. Allí estaba su móvil. 

Lupe suspira, resopla, se sienta, se desparrama, se relaja.

-Lupe, después de esto no me vuelvas a llamar despistada ¿eh?. Ya no tengo la exclusiva -le digo medio en serio medio en broma.

Perdonad la extensión y, quizá, el desorden de este relato. Lo he escrito "a salto de mata"