sábado, 20 de octubre de 2018

Querer volver

Tengo hijos ya mayores. Uno de ellos se ha ido tres meses a trabajar al extranjero con una beca. Su intención es aprovechar el tiempo, la experiencia y... volver.



                  

Lo comento con clientes de toda la vida que me preguntan por mi familia como yo pregunto por la suya. Y les extraña que mi hijo quiera irse para luego volver, que desee vivir la experiencia con el billete de vuelta ya comprado.

Se asombran aún más porque mi hijo ha sido un estudiante excepcional, de los que han presentado un trabajo fin de grado y fin de máster de calidad, ante un tribunal imparcial que le ha calificado con un 10.

¿Qué está pasando en España para que la gente identifique éxito con largarse al extranjero para ganar más, aunque sea a costa de vivir aislado en infra-apartamentos que aquí rechazarían muchos inmigrantes sin recursos por carecer de los metros adecuados que exige una habitabilidad digna?

¿Qué está pasando cuando tu éxito académico y profesional solo se reconoce si agregas a tu currículum un puñado de años fuera de España?

Cuánto daño están haciendo esos programas de españoles por el mundo donde solo aparecen los exitosos, los que tienen casas enormes y sueldos altísimos. Ningún expatriado quiere parecer un perdedor. Aunque por dentro añoren muchas cosas, ponen su cara más feliz ante las cámaras.



Quizá yo sea antigua, quizá sea un especímen de madre en vías de extinción, quizá me encuentre un pelín triste ahora que veo la habitación de mi hijo vacía, pongo un cubierto menos en la mesa y le imagino en una ciudad lluviosa volviendo a una casa compartida en un temprano anochecer.

Mis hijos han estudiado en una Universidad pública y parte de mis impuestos y del resto de españoles han posibilitado estos estudios. No me parece justo que exportemos talento e importemos pobreza sin cualificar.

domingo, 7 de octubre de 2018

Amor, desamor y apariencia

En un Banco nos enteramos de muchas historias que bien podrían ser el argumento de una novela si se aderezaran con las suficientes dosis de emociones, diálogos y tensión.

Hace un par de años vino un cliente de toda la vida y le pregunté por su hija, algo más joven que yo y con varios niños. Hacía tiempo que no la veía.

El hombre se mostró disgustado. Encarnación, su hija, se había separado y, sorprendentemente, ellos se habían posicionado del lado del marido abandonado y rechazaban los argumentos de quien era de su propia sangre.

Yo entonces no sabía que ella, en medio de sus conflictos conyugales -desconocidos para mí- había encontrado en un familiar cercano un hombro sobre el que llorar. Primero fue el hombro y luego un acercamiento total, un cuerpo a a cuerpo que fue el origen de un nuevo bebé. Los lazos entre ella y sus padres y hermano se rompieron definitivamente.

                                 

-No me extraña que se hayan separado -decía mi compañero Ángel Bendito- Su marido (el primero) era muy poca cosa para ella. Una chica con estudios, elegante, con ese saber estar... Su marido era un pobre hombre que no estaba a la altura.

Así quedó la cosa. Yo no conocía al primer marido ni a la segunda pareja.

Hace poco ella vino a la sucursal. Me costó reconocerla. Habían pasado unos cuatro años desde que la vi por última vez. La primera impresión fue que le había caído un montón de "vejez" encima y que la flacidez y las redondeces se habían adherido a su cuerpo, antes espigado.

Luego pensé: "Zarzamora, eres mala e injusta, ella también te habrá visto mucho peor, que los años pasan para todos" Sí, bajé a una realidad en que yo también tengo kilos extra y hasta mi madre me ve más "llenita"

-Pero estás muy bien, hija, ya quisieran otras- me consuela después de haber herido mi autoestima.

Cómo estaba Encarnación es lo de menos. Lo importante es que le conocí. A él. Al familiar que conquistó su corazón en aquellos momentos de debacle matrimonial. ¡Me quedé tan sorprendida! Era viejo, era feo, parecía un mal actor secundario de una antigua película de Paco Martínez Soria. Sus bermudas, su barba descuidada de varios días, su piel agrietada. No tenía ningún encanto.

Ya no tengo como compañero a Ángel Bendito, el que opinaba que el primer marido no estaba a la altura del físico, inteligencia y elegancia de Encarnación. Me hubiera gustado que viera a su última conquista y que comparara.
                    

Como dice el refranero y uno de mis cuñados: "Cada cazuelita tiene su tapaderita" O, más conocido: "El amor es ciego" No soy quien para juzgar lo que pasa tras la puerta de cada hogar. Pero desde fuera sí veo parejas de lo más pintoresco. Como Encarnación y su nuevo amor.

martes, 11 de septiembre de 2018

Internados

Cuando yo era pequeña y los hermanos nos portábamos mal o alborotábamos, mi madre, en ocasiones extremas, nos amenazaba con un "internado" o con "llevarnos a colonias" en verano, alejados del cómodo nido familiar.

Nunca tomamos en serio esas amenazas,  nos parecía monstruoso ser niño y estar durante todo un curso alejado de los tuyos. Igual de horrible era para nosotros ir a campamentos con niños desconocidos. Era más gratificante vaguear en familia, escaquearnos cuando la abuela pretendía que hiciéramos deberes en verano, y disfrutar en nuestra azotea con nuestra mini-piscina de plástico y nuestros juguetes. Oír hablar de "niños scouts" en tiendas de campaña nos causaba una aversión profunda. Teníamos la completa seguridad de que nuestros padres no nos enviarían lejos de ellos bajo ningún concepto.

Todavía no sé si eramos niños raros o niños normales. Lo que es cierto es que ahora somos adultos que nos sabemos relacionar bastante bien con los demás y no somos unos "setas", como mi compañera Lupe define a los serios, inexpresivos, que están sentados en una mesa con la misma cara de sieso durante toda la jornada laboral.

En la familia de mi marido he conocido historias tristes de internado. Algunos de mis cuñados han ido a internados en su tierna infancia, con ocho o diez años. En los años sesenta esta opción se presentaba en algunas familias de escasos recursos y residentes en pueblos, como la única alternativa para que un niño inteligente pudiera estudiar. Normalmente había plazas gratuitas para ellos en internados religiosos. Pero se pasaba mal, no porque los curas o monjas fueran malos, ni pegaran -creo que hay mucha leyenda negra al respecto- sino porque a esas edades se echa de menos a los padres y hermanos y las soledades se viven con mayor intensidad. 

Este comienzo de curso he hecho varias transferencias al extranjero, a internados -imagino que de postín- en Inglaterra o Irlanda. Allí envían algunos de mis clientes a sus críos de 11 años a pasar todo un curso. 

No es gente de un status social elevado, ni de familias con pedigrí nobiliario, no son hijos de padres que hayan ido a internados y quieran perpetuar en sus vástagos esa educación elitista. No son niños vagos, revoltosos que, como Froilán de Marichalar Borbón, son enviados lejos a ver si mejoran o, al menos, consiguen el aprobado que aquí se les niega. Es difícil suspender a un niño cuyos padres han pagado tanto, tanto...

He analizado como son los padres de esos infantes. En general son nuevos ricos, o ellos creen que son nuevos ricos, porque la realidad es que tienen muchos ingresos pero también muchas deudas. No son un ejemplo de administración eficiente.

Le dan mucha importancia al inglés, y a la educación de sus hijos. Sus niños han ido a elitistas colegios privados. No sé si porque los colegios son verdaderamente buenos o porque en esos colegios pueden alternar con los hijos de gente importante a nivel social, político, económico... Los padres están poco en casa porque trabajan mucho para ganar mucho y dar una educación espléndida a sus hijos. No les ayudan con los deberes, para eso tienen clases particulares extra. Sin olvidar la equitación, natación, ballet y todo lo que se nos pueda ocurrir como actividad extraescolar.

El nivel educativo de los padres varía. Todos tienen una carrera, pero algunos han tardado ocho años en acabarla y han conseguido el empleo por ser "hermano o hijo de..." Otras trabajan en la empresa familiar. Alguno es funcionario y no sabe nada de inglés y, claro, le parece básico  que su hijo se convierta en "casi nativo" con la inestimable ayuda del internado. También tengo el caso de una abuela, cuyo regalo a los nietos es un curso de internado al cumplir 11 años.

Todos piensan que el futuro es incierto, que la competencia laboral será feroz, que hay que preparar a los niños desde su más tierna infancia, que si además de inglés saben chino, mejor. Quieren que sus hijos tengan trabajos buenos, muy bien pagados e intentan prepararlos y encauzarlos cuanto antes.

Uno de los clientes -típico ejemplo de "quiero y no puedo"- ha hipotecado su casa para conseguir el dinero necesario para el internado de sus dos vástagos. Todo sea por la educación de los críos: un sacrificio que hacen con gusto aunque deje temblando de forma absurda su economía.

A algunos les he preguntado cómo se sienten sus hijos ante este exilio obligatorio a tan tierna edad, ante esa estancia sin padres, sin hermanos, en otro país y con nuevos amigos.
Los padres me dicen que son niños muy maduros y que asumen que es lo mejor para su futuro. Imagino que habrá habido un buen lavado de cerebro antes de que las criaturas tengan esta opinión.

Padre, Hijo, Paseo, Niño, Familia, Personas, Hombre

A esa edad ningún niño debería valorar qué es lo mejor para su futuro. Sinceramente, creo que no deberían pensar en el futuro, sino disfrutar del presente, con sus padres, con sus amigos, en su casa, en su ambiente. Deben ser felices y no convertirse en unos mini-yos de unos padres con frustraciones, que quieren que sus hijos dominen el inglés que a ellos se les atascó, el esquí que no disfrutaron, la equitación que en su tiempo no estaba de moda. Quieren para sus hijos unos contactos sociales tempranos, que ellos ya consiguieron tarde, les fuerzan en la niñez a una autonomía que a ellos les llegó ya bien entrada la juventud. Son padres que organizan y encarrilan rigídamente la vida de sus retoños cuando ellos, en su juventud, consideraban la rebeldía el motor del mundo.

Son padres, en definitiva, instalados en un aburguesamiento total que luego critican tomando cervezas con los amigos, porque ellos se creen muy modernos y muy del siglo XXI. Quieren a sus hijos pero prefieren tenerles muy ocupados y no les importa alejarles de la familia un año... o más.

Confío y deseo que estas criaturas no formen parte de las nuevas élites que en un futuro tendrán el poder económico, político, social... Porque ni van a estar tan preparados, por mucho inglés que sepan, ni van a conocer la realidad de esta España en que ellos serán una minoría demasiado competitiva.



miércoles, 29 de agosto de 2018

Está de moda ser feminista

Hace unos días Ana Botín, presidenta de un famoso Banco, publicó en sus redes, Linkedin, para ser exacta, su "alegato feminista", al hilo de una entrevista radiofónica que, allá por el mes de mayo, le hizo la periodista Pepa Bueno.

Lógicamente los periódicos de todo tipo se hicieron eco de sus declaraciones y los comentarios en Linkedin eran numerosos. Abundaban los agradecimientos, alabanzas y peloteo de gente que consideraba sus declaraciones una ayuda impagable para la mejora de la situación laboral femenina.

No seré yo la que pase la mano por el lomo a esta señora. Le sucede como a todos los que están por encima del común de los mortales, que habla desde unas posiciones teóricas, para quedar bien, para sumarse a la moda actual en la que se lleva ser feminista y apoyar al movimiento "me too", aunque haya cositas turbias dentro de él.

Por algún motivo a la Sra. Botín le ha parecido conveniente -para su imagen, para la de su Banco...-subirse a este carro ya tan aburrido del "me too". Parece que somos minoría las que jamás nos hemos sentido acosadas sexualmente ni ninguneadas laboralmente.

A mí me da igual que los equipos en el Banco Santander sean o no paritarios o que haya más mujeres en puestos directivos. Yo lo que pido es que en el siglo XXI haya conciliación familiar para hombres y mujeres, algo que la presidenta repite machaconamente de cara a  a los medios, mostrando un Banco pionero en la conciliación, pero que no cumple en la realidad.

Para lograr un equilibrio entre trabajo y familia es básico un horario continuado que permita ir a buscar a los hijos al colegio y descargarles un poco de esas numerosas actividades extraescolares que les tienen entretenidos hasta que los padres pueden acudir al rescate.

              

Y no solo es bueno este horario para los que tienen hijos, sino para todos. Tener tiempo para el deporte, la cultura, el ocio, los amigos... relaja, da optimismo y permite una mejor desconexión y descanso, que redunda en un mejor rendimiento al día siguiente. No todo ha de ser trabajo.

En Banca siempre hemos tenido un maravilloso horario de 8 a 3 en épocas en que no había atención telefónica, ni "app's" para que los clientes hagan sus propias operaciones, ni cajeros para sacar dinero en cualquier momento. Y la clientela sobrevivía 

Ahora, en plena era digital, cuando la lógica indica que deberíamos trabajar menos y más cómodamente, el Banco Santander, dirigido por la "feminista" Ana Botín, apuesta, como casi todos los Bancos -que todos están cortados por el mismo patrón-, por ampliaciones de horario: mañana y tarde. Comenzará en sucursales especiales y modernas y luego, imagino que se irá extendiendo como una mancha de aceite a toda la red.

La flexibilidad es salir a las 6 o a las 6 y media de la tarde, con dos horas para comer que, en una gran ciudad, no te permiten ir a comer a casa. ¿No sería mejor una sola hora para alimentarse y salir más temprano?

Ciertamente, de momento la adhesión a estos horarios es voluntaria, pero ya se encargan los esbirros de Recursos Humanos de la presidenta de decir -más bien insinuar generando el miedo- que quien no acepte el horario tendrá las alas cortadas para cualquier ascenso. Seas hombre o mujer, si quieres ascender y formar parte de esos equipos paritarios de los que presume Ana Botín, tienes que trabajar, como siempre, con horarios que no son nada conciliadores.

¿Cómo quiere que haya mujeres en puestos directivos? Tras un embarazo y un parto, muchas quieren jornadas reducidas (otra forma de conciliación que el Banco ofrece) Pero con jornada reducida no permiten a las mujeres seguir en su puesto de directoras de sucursal, por ejemplo. Y son las primeras a las que se tienta para marcharse cuando ha habido expedientes de regulación de empleo.  

El resumen es claro: para progresar hay que calentar la silla y echar horas. Nada ha cambiado en esta España en que se premia el presencialismo laboral absurdo.

Alguien dirá que la Sra. Botín, cómoda en su sillón presidencial, desconoce esta problemática de una parte de su Banco poco valorada: la red de oficinas. Ciertamente el Banco tiene algunos mandos intermedios auténticamente despreciables que presionan, exigen, coartan y generan una tensión tremenda en la plantilla ante el temor de no cumplir los objetivos impuestos. Ellos instan al presencialismo. Pero ella debería conocer lo que se cuece en su propia casa.

"Por eso mi feminismo es ahora público. Y quizá el tuyo también debería serlo" (Ana Botín) Declaraciones Ana Botín

Señora presidenta, mi feminismo, más pegado a la realidad, lo hago público. Y no es solo feminismo, es "masculinismo", es "familismo", es abogar por una verdadera conciliación que afecte a todos, hombres y mujeres, para que tengan tiempo de estar con los hijos, hacer la compra, ir a pasear, al cine, descansar... para que no vivan las 24 horas en y por el Banco.

Mientras no arregle esos "detalles" dentro de su organización, no tiene sentido ser feminista de salón.

lunes, 13 de agosto de 2018

Miedo al futuro

Al volver de mis vacaciones me enteré de que ahora no solo debemos ser amables con la clientela -algo que se da por supuesto en los que trabajamos de cara al público- sino que tenemos que decir siempre la misma fórmula de saludo y de despedida cada vez que atendemos a un cliente. Así los clientes sabrán sin ningún género de dudas que están en el "Banco Amabilidad sin fin" y no en otro. En todas las sucursales de este banco se les recibirá con el mismo mantra y no hay posibilidades de variación, salvo con clientes ya muy conocidos -afortunadamente la mayoría- que admiten los saludos variados que se me puedan ocurrir y que no tienen por qué coincidir con la tipología que me imponen.

Consejo de mi jefe: "Cuando veas a una persona desconocida, recita lo que nos indican, al resto trátales como siempre haces". Tendremos "exámenes sorpresa" sobre esto. Hay empresas contratadas por mi Banco que ganan sus dineros yendo a las oficinas y comprobando si se saluda correctamente, si se ofrecen los productos adecuados (es decir, los productos que nos obligan a vender), si la publicidad está actualizada... y luego nos ponen una nota. Así que siempre intentamos detectar a los "infiltrados" y hacerles la ola para salir bien parados en esta farsa. Si nos ponen mala nota no cobramos nuestro pequeño "bonus"  a cuenta de la calidad.

¿He dicho calidad? No, no. Es "experiencia de calidad"Los modernos llaman a todo experiencia. Experiencia viajera (vacaciones), experiencia gastronómica (comilona), experiencia acuática (saltar olas en el mar), experiencia de cliente (atender al que viene).

Yo sigo con mi experiencia bloguera de hoy intentando conseguir la "excelencia", que eso también es "lo más" hoy en día. Excelencia por todos lados: excelencia educativa, excelencia bancaria, excelencia literaria... Más nos valdría no suspender en nada, vivir más felices y prescindir de tanta excelencia.

Esto que cuento del saludo impuesto, aún, aún... tiene un pase, pero no me resisto a transcribir los párrafos de un artículo en "Cinco Días", periódico económico, que augura una especie de "Gran Hermano" en cada oficina. Y esto sí que me empieza a preocupar porque deja la libertad de todas las Zarzamoras de España muy mermada.

Pensamiento, Idea, Innovación, Imaginación, Inspiración

"Las nuevas tecnologías permitirán captar y registrar todo lo que ocurra en las oficinas, desde la gestión de filas y mapas de calor  hasta los tiempos de interacción o expresiones corporales de gestores y clientes unido a todo lo que comentan. Esta información favorecerá la optimización sistemática de procesos internos de la oficina..."

El artículo sigue con más rollo y saturación de palabrería pseudo empresarial que es pura paja. Los mapas de calor son los puntos que centran mayor o menor atención del usuario. Al principio no sabía si se referían a la situación térmica de las sucursales o si nos iban a poner un termómetro en cada silla para ver qué grados alcanzaba.

Yo sé que hay cámaras en mi lugar de trabajo y que quienquiera que visione esas grabaciones puede ver si un día me he metido el dedo en la nariz, he bostezado ante algún cliente pesado, o he enseñado las bragas al agacharme más de la cuenta con un vestido "demás de corto" como dice mi madre. Pero actualmente eso no condiciona en nada mi forma de comportarme, porque sé que las cámaras no están para el cotilleo sino que son una herramienta para casos de robos, estafas o por si la policía nos pide datos porque sospechen de un "malo" que ha pasado por allí. No tienen sonido y desaparecen pasado un tiempo.

Lo que me preocupa es que amparándose en una mejora de la eficiencia vayan a controlar si sonrío más o menos, si muestro repelús ante algunos clientes, si converso con más alegría con unos y despacho rápido a otros.
No quiero que, además de imponerme las fórmulas de cortesía que se le han ocurrido a mi Banco, me exijan una determinada forma de interaccionar acorde con el "standard de la empresa. Detesto que encorseten mi forma de tratar al público porque algún genio del marketing opine que un determinado trato conseguirá ventas más suculentas. No quiero que me conviertan en aduladora del poderoso y esquiva con el que no tiene nada que interese al Banco.

El otro día leía una frase que me gustó: La sociedad robotizada no es aquella en la que nos servirán los robots, sino la sociedad actual, en que nos quieren convertir a todos en robots.

miércoles, 18 de julio de 2018

El cementerio de los expedientes olvidados

Parafraseando a Ruiz Zafón, que  en su libro "La sombra del viento" hablaba de "el cementerio de los libros olvidados", diré que en mi sucursal tenemos un "cementerio de los expedientes olvidados"



Bajo la gran sala que el público ve, hay unos amplios sótanos que favorecen la acumulación de carpetas viejas e inútiles. Son de cartón gris, sujetas con cintas blancas, con nombres primorosamente escritos con rotulador en una época lejana en que había bastante más personal y tiempo de sobra para etiquetar con excelente caligrafía cada expediente.

No me gusta mucho bajar al subsuelo y menos desde que mi compañero Claudio, en broma, habla de "la presencia". Ahí todo está oscuro y hay que ir encendiendo sucesivamente varios interruptores. A veces voy un poco predispuesta a tener miedo y me asusto con solo oír el zumbido del fluorescente.

Un día Claudio pretendió asustarme. Se escondió en un recoveco oscuro por el que pensaba que yo iba a pasar. Sin embargo yo tomé otro camino -estos archivos son muy grandes y con varias rutas alternativas-. Me encontré con una figura delante de mí, a la que veía borrosamente la espalda. Yo grité. Él gritó al oírme porque no esperaba mi aparición por detrás.

En fin, nos asustamos los dos y luego tuvimos risas una buena temporada a cuenta del sobresalto mutuo.

El verano pasado Lupe y yo hicimos una buena limpieza en ese archivo siniestro. Yo iba leyendo nombres y era como leer inscripciones de lápidas de cementerio. Luis González: muerto, Dorotea Pérez: muerta, Leandro Zabala: muerto.

Sus carpetas, como pequeños féretros de cartulina, contienen el detalle de su vida bancaria: deudas, inversiones, fotocopia de un antiguo DNI, un contrato de trabajo escrito a máquina, una copia de nómina calcada en papel de seda, el logo de aquel Banco que existió y ya nadie recuerda, tragado por sucesivas fusiones o absorciones. 

Todo desaparece dentro de un osario: la enorme caja de cartón etiquetada como "Documentos para destruir"

Con cada nombre me vienen ráfagas de recuerdos difusos de aquellos clientes desaparecidos, ya maduros cuando yo los conocí, que se interesaban por mis embarazos y me preguntaban por mis bebés, que toleraban la inexperiencia de mis comienzos laborales, que me contaban retazos de su vida.

Me doy cuenta de que el tiempo pasa para todos, que muchos clientes de los que conocí al llegar a esta oficina ya son polvo. Polvo parecido al que impregna estos expedientes que ya no interesan a nadie.

Para Lupe, más joven, más nueva en el Banco, son solamente un nombre. A mi me recuerdan mis comienzos, la Zarzamora joven que llegó a esta oficina, que ha visto ir y venir -incluso morir- a compañeros de trabajo. Todo cambia a mi alrededor, pero pasan los años y yo sigo aquí,custodiando un cementerio de expedientes olvidados que, seguramente este verano, desaparezca con la última y drástica limpieza que haremos mi jefa y yo.

martes, 26 de junio de 2018

¡Viva la juventud!

En estos días de fin de curso a los estudiantes se les acumulan los trámites. En las cercanías de mi oficina hay centros escolares y los muchachos vienen a pagar tasas para el acceso a la Universidad, matrículas, seguros escolares...



Un día entraron unos 20 de golpe, como en un desembarco de última parada de autobús. El jaleo era considerable porque había numerosos grupitos y comentaban entre ellos. No hablaban excesivamente alto. Somos más escandalosas mis vecinas y yo cuando nos reunimos a merendar y a charlar.

Claudio estaba un poco nervioso por el 
inesperado barullo. Él es un hombre de rutinas y ver el patio de operaciones con esa congestión juvenil le estaba alterando. El teléfono apenas se oía y nos costaba entender a los interlocutores, también a los que teníamos delante, en carne mortal.

"Voy a hacer un favor a Claudio",me dije levantándome del asiento y dando unas cuantas palmadas fuertes para llamar la atención.

-¡Chicos, por favor, hablad un poco más bajo para que todos podamos entender al que tenemos delante!

Bajaron el tono de voz un rato pero luego, inevitablemente, las risas, las exclamaciones, inundaron nuevamente el espacio.

No es una crítica. La juventud es así, un poco ruidosa y atolondrada, pero con muy buen fondo. Los jóvenes que yo atiendo son educados y agradecidos. Hasta me piden permiso para coger caramelos que están en un cestillo, a disposición de cualquiera. Sin embargo muchos adultos, de la tercera edad en su mayoría, los cogen a puñados para guardarlos en los recovecos de sus bolsos y bolsillos.

Me gustan los muchachos que pisan por primera vez un Banco para hacer esas gestiones rutinarias. Me alegra que vengan solos y  poder atenderles yo y no cualquier otro empleado. Notan mi aprecio y se van con la sensación de haber sido bien tratados, sin ser ninguneados por tener 17 ó 18 años.

Cuando alguno viene con papá o mamá veo la absurda sobreprotección a la juventud. A los chicos no les dejan ni entregar los documentos. Papá o mamá se los arrancan de las manos para entregármelos a mí. ¡Papá o mamá contestan por el hijo cuando le pregunto su nombre!. Ellos pagan, separan los impresos y, machaconamente indican al hijo qué papel entregar en secretaría y qué papel guardar.

Papá o mamá, en definitiva, hacen de sus retoños pre-universitarios unos inútiles.

A mi modo, yo intento ayudarles obviando en todo momento a los progenitores y dirigiéndome a los jóvenes: "Dime tu nombre". "Dame el dinero". "Toma el impreso sellado".

¡Padres que todavía hacéis esas pequeñas gestiones a los hijos! Dejadles ir solos al Banco. Con un poco de suerte se encontrarán a otras Zarzamoras como yo.

Dejadles que entren en una sucursal bancaria de las de toda la vida. Que en futuro no muy lejano, cuando todo se haga "on line", puedan decir a sus hijos:

-Cuando yo era joven a veces teníamos que ir al Banco y pagar con dinero.

-¿Qué es el dinero papi? Ahora solo hay tarjetas y móvil para pagar- replicarán sus hijos.

miércoles, 13 de junio de 2018

Echando humo

Antes de que llegara el nuevo director, Roque Ronco Coca, mi amiga y empleada suya en la sucursal anterior, Amelia, me había dicho:

-Os preguntará si le dejais fumar.

-¿¿¿Qué??? -respondí escandalizada y sin dar crédito. 

Yo he padecido durante toda mi vida -escolar, universitaria y laboral- el tabaco de otros. He sido fumadora pasiva en el colegio, el instituto, la universidad, el ambulatorio, los bares, los lugares de trabajo, las bodas, las comidas de empresa, el metro, los taxis, los trenes, autocares, aviones, las fiestas de cumpleaños de los amiguitos de mis hijos... 

Parece que hablo de tiempos prehistóricos, pero no, no son tan lejanos. ¿Y ahora que la población se ha acostumbrado a fumar en la intimidad viene el nuevo director a saltarse la ley a la torera?

Amelia me dijo que ellos, en su sucursal, muy tolerantes, muy compresivos, le dejaban fumar en el despacho antes de abrir al público y después de cerrar.

Durante la semana en que estuvieron juntos los dos directores, el nuevo salía a fumar a la calle unas cinco o seis veces. Yo estaba tranquila pensando que Amelia había exagerado.

                                   

Pero el primer día que día que estuvo ya solo, al mando de su nueva "plaza", hizo la preguntita como quien no quiere la cosa. Afortunadamente no hay ningún fumador en la plantilla y le respondimos que nos molestaba el tabaco y que estaba prohibido fumar en la oficina, con o sin clientes presentes. Él pareció aceptarlo sin problemas.

Por poco tiempo.

En mi puesto yo notaba de vez en cuando oleadas de olor a tabaco que provenían de los baños. Cuando iba por esa zona ya no olía. Veía las ventanas de los aseos abiertas y todo estaba ventilado. Imaginaba que echaba algún cigarrito a escondidas y me fastidiaba. La prohibición de fumar en el lugar de trabajo es en todas las estancias.

Como ahora, afortunadamente, Roque Ronco no me hace entrar en su despacho a primera hora a perder el tiempo como sí hacía Augusto, yo no era consciente del olor tabaquil que iba impregnando la moqueta vieja, las paredes, las plantas artificales y el tapizado desgastado de los silloncitos de su cubículo.

Mis compañeros, aunque no fuman, tienen familiares que sí disfrutan con este vicio. Por eso su nariz no es tan sensible como la mía y no percibían la "nicotinización" de ese espacio cerrado.

Un día llegué pronto y le pillé. Roque estaba en su sillón, envuelto en una neblina tóxica. Se levantó, un poco nervioso por saberse descubierto, agitando infantilmente  las manos, como si ese movimiento de abanico fuera a eliminar la nube grisácea que le rodeaba, y rociando ambientador a lo loco. Ese intento de aromatizar soluciona tan poco como el desodorante en un sobaco sudado.

Y así hemos estado unas cuantas semanas. Roque y su pitillo en soledad compartida en el despacho, antes de la llegada de la plantilla y luego, en el baño, unos cinco o seis cigarritos más. Debe ser relajante vaciar la vejiga de orines y simultanear con un llenado pulmonar de humo. Y en la papelera, montones de pañuelos de papel llenos de gargajos espesos de esos que segregan los fumadores empedernidos. ¡Qué asco, pero qué asco, Dios mío! ¿Y su mujer recibirá con alegría los besos de este hombre?

Roque daba rienda suelta al vicio y el humo iba y venía por la oficina a través de huecos de escalera, rejillas, corrientes de aire... Es lo que tienen los malos olores, que son más persistentes que los buenos.

Por supuesto, no hay comparación con esos años en que en las oficinas bancarias el ambiente ahumado, amarillento y espeso casi podía "cortarse" y se mezclaban cigarrillos y puros de empleados y clientes. Las colillas se amontonaban -muchas veces aún humeantes- en ceniceros sucios, o las arrojaban y pisaban alegremente en el suelo.

Pero ahora hay una ley y yo no tengo por qué aguantar que se la salte Roque, por muy director que sea. Si los demás no hablaban yo le diría algo.

Reconvenir al superior siempre genera cierta desazón porque no sabes cómo va a reaccionar, y yo estaba acostumbrada a las reacciones viscerales de Augusto.

Una mañana, temprano, estábamos los dos solos. Le dije:

-Tengo que hablar contigo.

Cara de interrogación. La de él. Seguí con cierto nerviosismo. Ya me vale -me decía a mí misma- nerviosa por defender derechos impepinables que éste vulnera.

-Muchos clientes de toda la vida me han comentado que en la oficina huele a tabaco. Sé que fumas en el despacho y en los baños. Te pido que salgas a la calle a fumar, la tienes al lado, a dos pasos, más cerca que los aseos.

Era mentira lo de los clientes, pero a estos jefecillos les asusta más una posible reclamación de la clientela que una queja de sus empleados.

La verdad es que su reacción fue buena. Se excusó. Dijo que yo tenía toda la razón, que no le había molestado que se lo dijera y que por supuesto, no debía temer ninguna represalia.

Ahora vuelve a salir a la calle y la sucursal no huele a tabaco. Aunque  creo que a veces, en la soledad del baño, sigue cayendo en la tentación. Pero ha mejorado la técnica y sus humos no revocan al interior. Cierra puertas, abre ventanas, y disfruta con sus volutas de humo sentado en el retrete. Quizá con los pantalones bajados y, ya puesto, echando malos olores por la boca y por el culo.

lunes, 4 de junio de 2018

El mono

El director de la oficina estaba un poco preocupado pensando en la visita de Estrella Espinosa y nos había dado unas consignas de cómo haríamos el "teatrillo" en la reunión diaria.

Estrella es la mano derecha del director de zona y va de ruta por las sucursales para observar cómo se realizan las reuniones mañaneras y cómo fomentamos la calidad en el Banco.

Mis compañeros lo tenían ensayado y hablaron e interactuaron entre sí como Estrella deseaba. Yo me limité a contestar escuetamente a la única pregunta que me hizo:

-¿Pasas a tus compañeros de mesa las oportunidades de negocio que detectas?

-Sí, por supuesto -contesté sin explayarme.

La respuesta correcta y amplia hubiera sido:

-Les intento pasar clientela pero están ocupados en el despacho haciendo el imbécil,  o están con otras visitas, o me dicen luego que vaya birria de futuro cliente que les he pasado, que de esos no quieren.

Pero como quería pasar desapercibida no dije nada. En cambio Estrella Espinosa, educada, correcta, interpretando su papel, no resultó anodina.

Claudio Bobo y Felicidad Bueno se explayaron cuando se fue.

-¿Has visto el BMW del que se ha bajado? En cuanto ha aparecido delante de la cristalera he pensado "ya está aquí Espinosa"

Claudio criticaba lo ostentoso de su automóvil. Feli, que no es un ejemplo de gusto exquisito en el vestir tiró por otro lado.

-Una paleta, eso es lo que es. ¿Qué se habrá creído? Venía como para una boda: zapatos brilli-brilli plateados y ese espantoso mono verde con chaqueta blanca que le quedaba grande.

-Feli, que tú también has traído mono alguna vez -le recrimino divertida, para pincharla.


-No es lo mismo Zarzamora, no. El mío es estampado, más de "sport". El suyo, de un solo color y con ese tejido es muy, muy de vestir. Para una boda, no para venir a una sucursal.

Así me he enterado de que el mono es, en general, una prenda muy de vestir, al menos para mujeres entre los 40 y los 50 años, que zapatos y sandalias plateados no han de calzarse para ir a trabajar y que el colmo del despropósito es combinar esto con una chaqueta que no esté debidamente ajustada.

Y las que llevan mechas y párpados maquillados de azul, por muy directivas que sean, por mucha caña que den a sus subordinados, por mucho coche BMW en que asienten su trasero, se convierten automáticamene en "chonis", sustantivo versátil que nadie define con exactitud pero que todos usamos alegremente con la seguridad de que acertamos.

Este es el mundo que tenemos: callar y bajar la cabeza ante cualquier jefe y descargar nuestra impotencia después, criticando aspectos completamente superficiales. ¿Como llamamos a esto? ¿Miedo o prudencia?

sábado, 12 de mayo de 2018

Adiós Augusto (continuación)

A ninguno nos apetecía mucho hacer una comida de despedida, pero como es lo tradicional cuando hay una jubilación, Lupe se puso manos a la obra. 

En la sucursal somos pocos y mi jefa decidió hacer un grupo de whatsapp incluyendo a antiguos compañeros y a algunos amigos de Augusto de otras sucursales, para que la reunión fuera más animada y para que el coste del reloj que le pensábamos regalar (también es tradición regalar reloj) nos repercutiera menos. En ese grupo estaba excluído el ex-director al que íbamos a homenajear.

Entre todos propusimos días adecuados y se decidió el restaurante. Augusto sabía que 
iba a comer con nosotros, con los de la sucursal, en esa semana. Lupe no le había dicho que íbamos a ser muchos más y que sería su despedida oficial, con regalazo incluido. Pensábamos que el factor sorpresa estaba bien. 

Claudio Bobo se curró mucho lo del regalo. Nos trajo fotos y precios de muchos relojes, muy caros, muy aparatosos, un tanto inútiles, pero que son los que se suelen regalar. En la vida hubiera comprado yo algo así a mi marido -que, por cierto, mira la hora en el móvil- pero ya me había resignado a "tragar" y a pagar. Pequeño peaje por librarnos de Augusto.

Tiempo, Gestión Del Tiempo, Cronómetro, Industria

Una semana antes del evento nos comunicaron las "notas", la evaluación anual que nos hacen los superiores en las oficinas. Sí, como en el colegio. Y Lupe y Claudio no "progresaban adecuadamente" según el baremo del director jubilado. Con esta "sorpresa póstuma" a todos nos empezó a dar una pereza enorme agasajar a Augusto, que se había marchado fastidiando a su personal hasta el último minuto. A pesar de este disgusto pensábamos hacer de tripas corazón y asistir, y pagar nuestro menú y la parte proporcional de la comida y el regalo del "protagonista".

Sorprendentemente Augusto llamó a Lupe al día siguiente. No dio muchas explicaciones.

-Hola Lupe. Mira, que no puedo ir ese día a la comida. A ver si se puede posponer.

Lupe vio el cielo abierto.

-Pues ya va a tener que esperar. Zarzamora coge unos días de vacaciones, yo tengo bastante lío las semanas de los puentes... Mejor vuelves a llamar tú y nos dices cuándo te viene bien.

En cuanto colgó se dirigió a Claudio.

-Claudio ¿Has encargado ya el reloj?

Afortunadamente aún no había ultimado nada, aunque había dedicado mucho tiempo a mirar, comparar, fotografiar modelos...

En el restaurante pudimos cancelar la reserva sin problemas. Y en el grupo, Lupe, aséptica, escribió un mensaje para todos:

-Chicos, me ha llamado Augusto. Parece que no puede venir el día que habíamos acordado. Así que la comida de jubilación se suspende hasta que él nos comunique una fecha que le venga bien.

Sabemos que no habrá comida. Y que Augusto nunca tendrá ese reloj fardón y absurdo que mis compañeros habían elegido para él.