sábado, 12 de enero de 2019

Experiencias compartidas.


Hace unos días una de mis hermanas me habló de un programa de Jordi Évole: Banca Navidad. En el trabajo también Claudio lo había visto.

-Mira, hablaba un ex-empleado que por lo que decía, perfectamente podía haber trabajado en nuestro Banco. 

Me picó la curiosidad y vi el programa. Un ex-empleado desgranaba sus experiencias en Banca, definiéndolas como una mezcla de momentos buenos y malos. Fue director de sucursal y aguantó las presiones de "producción" -así lo llaman ahora- de los superiores. Estuvo varios años medicado para aguantar. Decidió una vía alternativa, el magisterio. Se preparó y tuvo la suerte de que se marchó vía ERE con una indemnización. Dice que ahora, aunque gana bastante menos, es más feliz en la docencia. 

Contaba sin aspavientos cómo compañeros le confesaban que, a veces, tras un broncazo -habitual- de los superiores, habían ido al baño a llorar; cómo los objetivos a cumplir estaban presentes en su cabeza incluso los fines de semana. 

Pensar que esto es lo que te espera durante el resto de tu vida laboral en Banca, cuando aún eres joven, tiene que resultar una pesadilla.

También entrevistaban a los habitantes de un pueblo donde ya no tenían ninguna oficina bancaria ni cajero automático y tenían que desplazarse por carreteras sinuosas unos 20 km. para encontrar uno. Yo entiendo que un Banco es un negocio y busca su rentabilidad, pero ofrezco una idea publicitaria a esos "genios" que tienen en los puestos de marketing: Haced una serie de anuncios de pueblecitos encantadores, abandonados por la Banca y colgaos la medalla de ser un Banco amigo solidario, que llega una o dos veces a la semana, como el panadero, con una oficina rodante para que hagan las gestiones básicas los vecinos. Esa sí es una manera de fomentar la repoblación rural.


Pero no, la banca prefiere presumir creando Fundaciones que, claro que ayudan, pero están todas cortadas por el mismo patrón. Y con causas benéficas a las que "obligan" a sumarse a los empleados. Lo siento, pero yo mis donativos los doy a quien quiero y cuando quiero. No necesito que mi empresa me "ayude" con sugerencias de dónde donar o con "facilidades" descontándomelo de la nómina. 

No creo que Jordi Évole haya ojeado este blog, pero muchas de las situaciones que planteaba, las he analizado yo en diversas entradas. Se quejaban también varias personas a las que el periodista abordaba en las cercanías de un cajero, del cambio frecuente en condiciones de cuentas que les habían vendido como permanentes y, con gran resignación decían que estaban a merced de los Bancos y lo que ellos decidieran.

Sí, lamentablemente, estamos a merced de los Bancos, las compañías de telefonía, de seguros, las suministradoras de gas, agua, electricidad, los notarios, los dentistas...

Cada vez es más complejo elegir bien, nos lleva mucho tiempo porque las ofertas nunca son homogéneas. Es frustrante cualquier gestión teléfonica (que es lo que se está convirtiendo en habitual) No tenemos interlocutores eficaces en caso de problemas. Darse de baja de cualquier compañía es algo heroico por lo dificultoso.

No sé si somos más libres, no sé si realmente tenemos más opciones, no sé si nuestra vida se está volviendo más fácil.


viernes, 14 de diciembre de 2018

Se armó el Belén

Esta expresión tiene connotaciones de barullo, lío, peleas... Su origen está en la ciudad de Belén. Jesús nace allí inesperadamente porque su padre José, llegó allí obligado por un edicto del César que exigía que cada ciudadano se empadronara en su lugar de origen.

Este trasiego de gente hizo que Belén se colapsara. De hecho, Jesús nació en un establo porque sus padres no encontraron ningún alojamiento mejor. La "ocupación hotelera" estaba al cien por cien. Cuando hay saturación de personas es más fácil que haya follón y... "se arme el belén"

En mi sucursal cada año "armamos el Belén" literalmente, sin estas connotaciones negativas. Aunque este año, si no llego a ejercer de "pacificadora" se podría haber llegado a algo muy poco navideño.

Normalmente soy yo la que pongo la decoración navideña y prefiero hacerlo sola para evitar tener que consensuar la situación de las bolas del abeto, el color del espumillón, o la disposición de las figuras. El año pasado Claudio Bobo me ayudó y la verdad es que hubo buena cooperación entre los dos. Y este año, también Tolosa ha querido aportar sus conocimientos belenísticos.

Hace dos meses que una nueva compañera, de mi misma edad -no se cansa de decir a todo el mundo los numerosos años que ambas sumamos- está en la sucursal. Ha sido Claudio Bobo el que la bautizó rápidamente como Tolosa, porque "to" lo sabe.

Ella ya se encargó de decir que era una experta en Belenes. 

Mientras yo luchaba con la instalación del papel que iba a simular el fondo montañoso, ella trasteaba con las figuritas.

-Zarzamora, voy poniendo las figuras ¿Te parece?

-No, Tolosa, aún no. Esto va así: Primero se hizo la luz, luego va el reino mineral (montañas y río), luego el vegetal (arbustos, musgo, hojarasca) y al final las figuras.

Claudio, que también colaboraba, hacía gestos y me cuchicheaba bajito.

-No la dejes, tú eres la jefa del Belén. Lo va a dejar mal. ¿No ves que ella siempre quiere quedar por encima de todos? Siempre es la más lista. Pero de esto no tiene ni idea.

-Claudio, no seas así -le decía intentando mediar- Aunque quede un poco distinto o incluso peor, todos tenéis derecho a colaborar. Es bonito que esto sea algo conjunto.

Dejé que Tolosa diera vida al Belén colocando a Jesús, María, José, pastores, Reyes, lavanderas, animales... bajo la mirada reprobadora de Claudio, que también le criticó el exceso de serrín verde en los caminos. Pero ella no le hizo caso y siguió espolvoreando verde en lo que debía ser la frontera desértica por donde aparecen los Reyes Magos.

Todo ha quedado muy bien y a la clientela le gusta e incluso algunos sacan fotos. Disculpad que yo no ponga ninguna, pero es que mi anonimato quedaría en la cuerda floja. Así que pongo fotos del de mi casa.





He intentado analizar por qué Tolosa, en general cae mal.

Entre los clientes hay opiniones encontradas. Mi padre fue un día a hacer gestiones bancarias y quedó encantado. Ella también se deshacía en elogios.

-Qué educado es tu padre, es todo un caballero. Y qué joven se conserva.

Sin embargo otra cliente me confesaba:

-No me gusta nada tu compañera. ¡Después de enrollarse contándome cosas de su vida que a mí no me importaban, me ha dicho que la próxima vez tengo que venir con cita, que si no, no me atiende!

Yo no tengo mucha interacción con ella. Quizá si estuviera a su lado, como le sucede a Claudio, mi opinión cambiaría. Ciertamente, quiere dar una imagen tan "perfecta" que cansa. No hace nada mal.

Si yo comento de pasada que he hecho un bizcocho, ella los hace de chuparse los dedos.

Si hablo de una posible visita a una ciudad, ella la conoce mejor que nadie.

Cuando pide ayuda a Claudio porque se atasca con alguna operación bancaria, no solo no le agradece el tiempo que le dedica, sino que zanja el asunto displicentemente.

-¡Ah! ¿Era así de fácil? Pues eso sí lo sabía hacer yo.

Y ni una palabra de agradecimiento.

Tolosa es fumadora y sale al exterior tres o cuatro veces en la mañana. Eso no le sienta nada bien a Claudio, que ya ha contabilizado todo el tiempo diario que ella no trabaja mientras él está al pie del cañón. Además se queja del "aura" nicotínica que nuestra compañera desprende y que, por cercanía, él percibe.

Mi compañero tampoco aguanta su rollo diario, recurrente, del tipo "sin café no soy persona", "salgo a por un café que me despabile", mientras finge cara de cansancio, o de adormilamiento, con las persianas de los párpados a medio subir.

Pero ya digo, conmigo es correcta, amigable. Da por hecho que al ser de la misma edad tenemos muchas experiencias vitales comunes. No he discutido con ella.

Y no me  entiendo a mí misma. Prefiero la compañía de Lupe, que a veces es una bruja, o de Claudio, que cuando se pone en "modo director" es insoportable, a la de Tolosa.

Porque entre nosotros nos enfadamos, a veces nos gritamos incluso, pero se nos pasa muy rápido, enseguida hacemos las paces. Y nos viene bien esa forma de soltar lastre para que las rencillas no se enquisten. Nos enfadamos, sí, pero también nos reímos a carcajadas.

Tolosa nunca ríe. Y pienso que si por algún motivo surgiera un enfado entre nosotras no habría vuelta atrás. Así que, como estoy alejada físicamente y no tengo que interactuar mucho con ella, me limitaré a ser correcta y a tolerar su forma de hablar "sentando cátedra" 

Voy a intentar buscarle aspectos positivos a Tolosa. ¡Es Navidad! ¡Que reine la Paz, también en los trabajos!



martes, 20 de noviembre de 2018

La "Guay-cuenta"

Un matrimonio tenía un hijo que iba al colegio, estudiaba, y sacaba notas normales, sin destacar como alumno malo ni como brillante. El padre, un poco pretencioso, "intelectualoide" y "cultureta", someramente documentado en temas educativos,decidió experimentar con su hijo un sistema de motivaciones. 

Puso un cartel grande en la cocina:
-Sobresalientes: 10 euros
-Notables: 8 euros
-Aprobados: 3 euros
Obligatorias tres horas diarias de estudio. Cuando se llegue a 60 el premio será ir a un parque de atracciones.

El niño seguía estudiando como cualquier niño de 11 años. Lo hacía como siempre lo había hecho, pero ahora su hucha iba engordando y cada mes visitaba el parque de atracciones porque su madre anotaba cuidadosamente las horas de estudio.

Por desgracia el padre se quedó en el paro, y al quedar un solo sueldo en la familia, el de la madre, decidieron suprimir lo del Parque de Atracciones. Al niño le sentó mal esta decisión unilateral porque le encantaba montar en las montañas rusas una y otra vez.

Como la crisis hacía difícil que el padre encontrara trabajo y la hipoteca se llevaba gran parte de los ingresos, los padres decidieron dejar únicamente al hijo el plus de los sobresalientes. Esta vez el niño se enfadó de verdad porque se había ilusionado con comprarse una consola con esos ahorros y ahora iba a tardar mucho más en conseguirla.

-Me habéis engañado -se quejaba amargamente a sus padres- Al principio me daban igual vuestras propinas, pero ahora que me iba a comprar la consola me lo quitáis. ¡No es justo!

El crío no entendía las explicaciones paternas en que se mezclaban palabras como crisis, paro, organización, tiempos difíciles...

El innecesario experimento de estos padres salió mal. El niño no se convirtió en un genio a pesar del incentivo monetario porque sus capacidades eran las que eran. Él nunca había pedido premio por estudiar, pero una vez lo tuvo, le dolió mucho que se lo quitaran. Su situación volvió a ser como la del principio pero con mucha frustración añadida y con sentimiento de haber sido engañado. 

Esta historia podría calificarse de "fábula" o "parábola" de lo que está pasando en mi Banco.

Se comercializó la "Guay-cuenta" a bombo y platillo. La clientela necesitaba casi un cuadro excel para saber cómo cumplir los requisitos exigidos para recibir todas las prestaciones prometidas. Finalmente, todos, incluídos los abueletes consiguieron entender las reglas del juego de la "Guay-cuenta".

Poco a poco, a través de educadas cartas a los clientes, cada semestre y, luego, cada trimestre, se fueron eliminando ventajas hasta que la situación actual es muy similar a la de antes de esta grandiosa campaña publicitaria. Pero en la gente se ha instalado el enfado y la desconfianza. No van a volver a creer las promesas del Banco cuando les diga "para siempre" o "indefinidamente".

Y nosotros, los empleados, somos el muro contra el que se estrellan las iras y decepción de la gente y tenemos que justificar como podemos la actuación de la empresa que nos paga. Nadie nos preguntó cuando se lanzó la "Guay-cuenta" Ya intuíamos que sería "pan para hoy y hambre para mañana" En los "laboratorios" bancarios se "fabrican" cuentas y nadie consulta a los que verdaderamente sabemos qué quieren los clientes. Y qué no quieren.

sábado, 20 de octubre de 2018

Querer volver

Tengo hijos ya mayores. Uno de ellos se ha ido tres meses a trabajar al extranjero con una beca. Su intención es aprovechar el tiempo, la experiencia y... volver.



                  

Lo comento con clientes de toda la vida que me preguntan por mi familia como yo pregunto por la suya. Y les extraña que mi hijo quiera irse para luego volver, que desee vivir la experiencia con el billete de vuelta ya comprado.

Se asombran aún más porque mi hijo ha sido un estudiante excepcional, de los que han presentado un trabajo fin de grado y fin de máster de calidad, ante un tribunal imparcial que le ha calificado con un 10.

¿Qué está pasando en España para que la gente identifique éxito con largarse al extranjero para ganar más, aunque sea a costa de vivir aislado en infra-apartamentos que aquí rechazarían muchos inmigrantes sin recursos por carecer de los metros adecuados que exige una habitabilidad digna?

¿Qué está pasando cuando tu éxito académico y profesional solo se reconoce si agregas a tu currículum un puñado de años fuera de España?

Cuánto daño están haciendo esos programas de españoles por el mundo donde solo aparecen los exitosos, los que tienen casas enormes y sueldos altísimos. Ningún expatriado quiere parecer un perdedor. Aunque por dentro añoren muchas cosas, ponen su cara más feliz ante las cámaras.



Quizá yo sea antigua, quizá sea un especímen de madre en vías de extinción, quizá me encuentre un pelín triste ahora que veo la habitación de mi hijo vacía, pongo un cubierto menos en la mesa y le imagino en una ciudad lluviosa volviendo a una casa compartida en un temprano anochecer.

Mis hijos han estudiado en una Universidad pública y parte de mis impuestos y del resto de españoles han posibilitado estos estudios. No me parece justo que exportemos talento e importemos pobreza sin cualificar.

domingo, 7 de octubre de 2018

Amor, desamor y apariencia

En un Banco nos enteramos de muchas historias que bien podrían ser el argumento de una novela si se aderezaran con las suficientes dosis de emociones, diálogos y tensión.

Hace un par de años vino un cliente de toda la vida y le pregunté por su hija, algo más joven que yo y con varios niños. Hacía tiempo que no la veía.

El hombre se mostró disgustado. Encarnación, su hija, se había separado y, sorprendentemente, ellos se habían posicionado del lado del marido abandonado y rechazaban los argumentos de quien era de su propia sangre.

Yo entonces no sabía que ella, en medio de sus conflictos conyugales -desconocidos para mí- había encontrado en un familiar cercano un hombro sobre el que llorar. Primero fue el hombro y luego un acercamiento total, un cuerpo a a cuerpo que fue el origen de un nuevo bebé. Los lazos entre ella y sus padres y hermano se rompieron definitivamente.

                                 

-No me extraña que se hayan separado -decía mi compañero Ángel Bendito- Su marido (el primero) era muy poca cosa para ella. Una chica con estudios, elegante, con ese saber estar... Su marido era un pobre hombre que no estaba a la altura.

Así quedó la cosa. Yo no conocía al primer marido ni a la segunda pareja.

Hace poco ella vino a la sucursal. Me costó reconocerla. Habían pasado unos cuatro años desde que la vi por última vez. La primera impresión fue que le había caído un montón de "vejez" encima y que la flacidez y las redondeces se habían adherido a su cuerpo, antes espigado.

Luego pensé: "Zarzamora, eres mala e injusta, ella también te habrá visto mucho peor, que los años pasan para todos" Sí, bajé a una realidad en que yo también tengo kilos extra y hasta mi madre me ve más "llenita"

-Pero estás muy bien, hija, ya quisieran otras- me consuela después de haber herido mi autoestima.

Cómo estaba Encarnación es lo de menos. Lo importante es que le conocí. A él. Al familiar que conquistó su corazón en aquellos momentos de debacle matrimonial. ¡Me quedé tan sorprendida! Era viejo, era feo, parecía un mal actor secundario de una antigua película de Paco Martínez Soria. Sus bermudas, su barba descuidada de varios días, su piel agrietada. No tenía ningún encanto.

Ya no tengo como compañero a Ángel Bendito, el que opinaba que el primer marido no estaba a la altura del físico, inteligencia y elegancia de Encarnación. Me hubiera gustado que viera a su última conquista y que comparara.
                    

Como dice el refranero y uno de mis cuñados: "Cada cazuelita tiene su tapaderita" O, más conocido: "El amor es ciego" No soy quien para juzgar lo que pasa tras la puerta de cada hogar. Pero desde fuera sí veo parejas de lo más pintoresco. Como Encarnación y su nuevo amor.

martes, 11 de septiembre de 2018

Internados

Cuando yo era pequeña y los hermanos nos portábamos mal o alborotábamos, mi madre, en ocasiones extremas, nos amenazaba con un "internado" o con "llevarnos a colonias" en verano, alejados del cómodo nido familiar.

Nunca tomamos en serio esas amenazas,  nos parecía monstruoso ser niño y estar durante todo un curso alejado de los tuyos. Igual de horrible era para nosotros ir a campamentos con niños desconocidos. Era más gratificante vaguear en familia, escaquearnos cuando la abuela pretendía que hiciéramos deberes en verano, y disfrutar en nuestra azotea con nuestra mini-piscina de plástico y nuestros juguetes. Oír hablar de "niños scouts" en tiendas de campaña nos causaba una aversión profunda. Teníamos la completa seguridad de que nuestros padres no nos enviarían lejos de ellos bajo ningún concepto.

Todavía no sé si eramos niños raros o niños normales. Lo que es cierto es que ahora somos adultos que nos sabemos relacionar bastante bien con los demás y no somos unos "setas", como mi compañera Lupe define a los serios, inexpresivos, que están sentados en una mesa con la misma cara de sieso durante toda la jornada laboral.

En la familia de mi marido he conocido historias tristes de internado. Algunos de mis cuñados han ido a internados en su tierna infancia, con ocho o diez años. En los años sesenta esta opción se presentaba en algunas familias de escasos recursos y residentes en pueblos, como la única alternativa para que un niño inteligente pudiera estudiar. Normalmente había plazas gratuitas para ellos en internados religiosos. Pero se pasaba mal, no porque los curas o monjas fueran malos, ni pegaran -creo que hay mucha leyenda negra al respecto- sino porque a esas edades se echa de menos a los padres y hermanos y las soledades se viven con mayor intensidad. 

Este comienzo de curso he hecho varias transferencias al extranjero, a internados -imagino que de postín- en Inglaterra o Irlanda. Allí envían algunos de mis clientes a sus críos de 11 años a pasar todo un curso. 

No es gente de un status social elevado, ni de familias con pedigrí nobiliario, no son hijos de padres que hayan ido a internados y quieran perpetuar en sus vástagos esa educación elitista. No son niños vagos, revoltosos que, como Froilán de Marichalar Borbón, son enviados lejos a ver si mejoran o, al menos, consiguen el aprobado que aquí se les niega. Es difícil suspender a un niño cuyos padres han pagado tanto, tanto...

He analizado como son los padres de esos infantes. En general son nuevos ricos, o ellos creen que son nuevos ricos, porque la realidad es que tienen muchos ingresos pero también muchas deudas. No son un ejemplo de administración eficiente.

Le dan mucha importancia al inglés, y a la educación de sus hijos. Sus niños han ido a elitistas colegios privados. No sé si porque los colegios son verdaderamente buenos o porque en esos colegios pueden alternar con los hijos de gente importante a nivel social, político, económico... Los padres están poco en casa porque trabajan mucho para ganar mucho y dar una educación espléndida a sus hijos. No les ayudan con los deberes, para eso tienen clases particulares extra. Sin olvidar la equitación, natación, ballet y todo lo que se nos pueda ocurrir como actividad extraescolar.

El nivel educativo de los padres varía. Todos tienen una carrera, pero algunos han tardado ocho años en acabarla y han conseguido el empleo por ser "hermano o hijo de..." Otras trabajan en la empresa familiar. Alguno es funcionario y no sabe nada de inglés y, claro, le parece básico  que su hijo se convierta en "casi nativo" con la inestimable ayuda del internado. También tengo el caso de una abuela, cuyo regalo a los nietos es un curso de internado al cumplir 11 años.

Todos piensan que el futuro es incierto, que la competencia laboral será feroz, que hay que preparar a los niños desde su más tierna infancia, que si además de inglés saben chino, mejor. Quieren que sus hijos tengan trabajos buenos, muy bien pagados e intentan prepararlos y encauzarlos cuanto antes.

Uno de los clientes -típico ejemplo de "quiero y no puedo"- ha hipotecado su casa para conseguir el dinero necesario para el internado de sus dos vástagos. Todo sea por la educación de los críos: un sacrificio que hacen con gusto aunque deje temblando de forma absurda su economía.

A algunos les he preguntado cómo se sienten sus hijos ante este exilio obligatorio a tan tierna edad, ante esa estancia sin padres, sin hermanos, en otro país y con nuevos amigos.
Los padres me dicen que son niños muy maduros y que asumen que es lo mejor para su futuro. Imagino que habrá habido un buen lavado de cerebro antes de que las criaturas tengan esta opinión.

Padre, Hijo, Paseo, Niño, Familia, Personas, Hombre

A esa edad ningún niño debería valorar qué es lo mejor para su futuro. Sinceramente, creo que no deberían pensar en el futuro, sino disfrutar del presente, con sus padres, con sus amigos, en su casa, en su ambiente. Deben ser felices y no convertirse en unos mini-yos de unos padres con frustraciones, que quieren que sus hijos dominen el inglés que a ellos se les atascó, el esquí que no disfrutaron, la equitación que en su tiempo no estaba de moda. Quieren para sus hijos unos contactos sociales tempranos, que ellos ya consiguieron tarde, les fuerzan en la niñez a una autonomía que a ellos les llegó ya bien entrada la juventud. Son padres que organizan y encarrilan rigídamente la vida de sus retoños cuando ellos, en su juventud, consideraban la rebeldía el motor del mundo.

Son padres, en definitiva, instalados en un aburguesamiento total que luego critican tomando cervezas con los amigos, porque ellos se creen muy modernos y muy del siglo XXI. Quieren a sus hijos pero prefieren tenerles muy ocupados y no les importa alejarles de la familia un año... o más.

Confío y deseo que estas criaturas no formen parte de las nuevas élites que en un futuro tendrán el poder económico, político, social... Porque ni van a estar tan preparados, por mucho inglés que sepan, ni van a conocer la realidad de esta España en que ellos serán una minoría demasiado competitiva.



miércoles, 29 de agosto de 2018

Está de moda ser feminista

Hace unos días Ana Botín, presidenta de un famoso Banco, publicó en sus redes, Linkedin, para ser exacta, su "alegato feminista", al hilo de una entrevista radiofónica que, allá por el mes de mayo, le hizo la periodista Pepa Bueno.

Lógicamente los periódicos de todo tipo se hicieron eco de sus declaraciones y los comentarios en Linkedin eran numerosos. Abundaban los agradecimientos, alabanzas y peloteo de gente que consideraba sus declaraciones una ayuda impagable para la mejora de la situación laboral femenina.

No seré yo la que pase la mano por el lomo a esta señora. Le sucede como a todos los que están por encima del común de los mortales, que habla desde unas posiciones teóricas, para quedar bien, para sumarse a la moda actual en la que se lleva ser feminista y apoyar al movimiento "me too", aunque haya cositas turbias dentro de él.

Por algún motivo a la Sra. Botín le ha parecido conveniente -para su imagen, para la de su Banco...-subirse a este carro ya tan aburrido del "me too". Parece que somos minoría las que jamás nos hemos sentido acosadas sexualmente ni ninguneadas laboralmente.

A mí me da igual que los equipos en el Banco Santander sean o no paritarios o que haya más mujeres en puestos directivos. Yo lo que pido es que en el siglo XXI haya conciliación familiar para hombres y mujeres, algo que la presidenta repite machaconamente de cara a  a los medios, mostrando un Banco pionero en la conciliación, pero que no cumple en la realidad.

Para lograr un equilibrio entre trabajo y familia es básico un horario continuado que permita ir a buscar a los hijos al colegio y descargarles un poco de esas numerosas actividades extraescolares que les tienen entretenidos hasta que los padres pueden acudir al rescate.

              

Y no solo es bueno este horario para los que tienen hijos, sino para todos. Tener tiempo para el deporte, la cultura, el ocio, los amigos... relaja, da optimismo y permite una mejor desconexión y descanso, que redunda en un mejor rendimiento al día siguiente. No todo ha de ser trabajo.

En Banca siempre hemos tenido un maravilloso horario de 8 a 3 en épocas en que no había atención telefónica, ni "app's" para que los clientes hagan sus propias operaciones, ni cajeros para sacar dinero en cualquier momento. Y la clientela sobrevivía 

Ahora, en plena era digital, cuando la lógica indica que deberíamos trabajar menos y más cómodamente, el Banco Santander, dirigido por la "feminista" Ana Botín, apuesta, como casi todos los Bancos -que todos están cortados por el mismo patrón-, por ampliaciones de horario: mañana y tarde. Comenzará en sucursales especiales y modernas y luego, imagino que se irá extendiendo como una mancha de aceite a toda la red.

La flexibilidad es salir a las 6 o a las 6 y media de la tarde, con dos horas para comer que, en una gran ciudad, no te permiten ir a comer a casa. ¿No sería mejor una sola hora para alimentarse y salir más temprano?

Ciertamente, de momento la adhesión a estos horarios es voluntaria, pero ya se encargan los esbirros de Recursos Humanos de la presidenta de decir -más bien insinuar generando el miedo- que quien no acepte el horario tendrá las alas cortadas para cualquier ascenso. Seas hombre o mujer, si quieres ascender y formar parte de esos equipos paritarios de los que presume Ana Botín, tienes que trabajar, como siempre, con horarios que no son nada conciliadores.

¿Cómo quiere que haya mujeres en puestos directivos? Tras un embarazo y un parto, muchas quieren jornadas reducidas (otra forma de conciliación que el Banco ofrece) Pero con jornada reducida no permiten a las mujeres seguir en su puesto de directoras de sucursal, por ejemplo. Y son las primeras a las que se tienta para marcharse cuando ha habido expedientes de regulación de empleo.  

El resumen es claro: para progresar hay que calentar la silla y echar horas. Nada ha cambiado en esta España en que se premia el presencialismo laboral absurdo.

Alguien dirá que la Sra. Botín, cómoda en su sillón presidencial, desconoce esta problemática de una parte de su Banco poco valorada: la red de oficinas. Ciertamente el Banco tiene algunos mandos intermedios auténticamente despreciables que presionan, exigen, coartan y generan una tensión tremenda en la plantilla ante el temor de no cumplir los objetivos impuestos. Ellos instan al presencialismo. Pero ella debería conocer lo que se cuece en su propia casa.

"Por eso mi feminismo es ahora público. Y quizá el tuyo también debería serlo" (Ana Botín) Declaraciones Ana Botín

Señora presidenta, mi feminismo, más pegado a la realidad, lo hago público. Y no es solo feminismo, es "masculinismo", es "familismo", es abogar por una verdadera conciliación que afecte a todos, hombres y mujeres, para que tengan tiempo de estar con los hijos, hacer la compra, ir a pasear, al cine, descansar... para que no vivan las 24 horas en y por el Banco.

Mientras no arregle esos "detalles" dentro de su organización, no tiene sentido ser feminista de salón.

lunes, 13 de agosto de 2018

Miedo al futuro

Al volver de mis vacaciones me enteré de que ahora no solo debemos ser amables con la clientela -algo que se da por supuesto en los que trabajamos de cara al público- sino que tenemos que decir siempre la misma fórmula de saludo y de despedida cada vez que atendemos a un cliente. Así los clientes sabrán sin ningún género de dudas que están en el "Banco Amabilidad sin fin" y no en otro. En todas las sucursales de este banco se les recibirá con el mismo mantra y no hay posibilidades de variación, salvo con clientes ya muy conocidos -afortunadamente la mayoría- que admiten los saludos variados que se me puedan ocurrir y que no tienen por qué coincidir con la tipología que me imponen.

Consejo de mi jefe: "Cuando veas a una persona desconocida, recita lo que nos indican, al resto trátales como siempre haces". Tendremos "exámenes sorpresa" sobre esto. Hay empresas contratadas por mi Banco que ganan sus dineros yendo a las oficinas y comprobando si se saluda correctamente, si se ofrecen los productos adecuados (es decir, los productos que nos obligan a vender), si la publicidad está actualizada... y luego nos ponen una nota. Así que siempre intentamos detectar a los "infiltrados" y hacerles la ola para salir bien parados en esta farsa. Si nos ponen mala nota no cobramos nuestro pequeño "bonus"  a cuenta de la calidad.

¿He dicho calidad? No, no. Es "experiencia de calidad"Los modernos llaman a todo experiencia. Experiencia viajera (vacaciones), experiencia gastronómica (comilona), experiencia acuática (saltar olas en el mar), experiencia de cliente (atender al que viene).

Yo sigo con mi experiencia bloguera de hoy intentando conseguir la "excelencia", que eso también es "lo más" hoy en día. Excelencia por todos lados: excelencia educativa, excelencia bancaria, excelencia literaria... Más nos valdría no suspender en nada, vivir más felices y prescindir de tanta excelencia.

Esto que cuento del saludo impuesto, aún, aún... tiene un pase, pero no me resisto a transcribir los párrafos de un artículo en "Cinco Días", periódico económico, que augura una especie de "Gran Hermano" en cada oficina. Y esto sí que me empieza a preocupar porque deja la libertad de todas las Zarzamoras de España muy mermada.

Pensamiento, Idea, Innovación, Imaginación, Inspiración

"Las nuevas tecnologías permitirán captar y registrar todo lo que ocurra en las oficinas, desde la gestión de filas y mapas de calor  hasta los tiempos de interacción o expresiones corporales de gestores y clientes unido a todo lo que comentan. Esta información favorecerá la optimización sistemática de procesos internos de la oficina..."

El artículo sigue con más rollo y saturación de palabrería pseudo empresarial que es pura paja. Los mapas de calor son los puntos que centran mayor o menor atención del usuario. Al principio no sabía si se referían a la situación térmica de las sucursales o si nos iban a poner un termómetro en cada silla para ver qué grados alcanzaba.

Yo sé que hay cámaras en mi lugar de trabajo y que quienquiera que visione esas grabaciones puede ver si un día me he metido el dedo en la nariz, he bostezado ante algún cliente pesado, o he enseñado las bragas al agacharme más de la cuenta con un vestido "demás de corto" como dice mi madre. Pero actualmente eso no condiciona en nada mi forma de comportarme, porque sé que las cámaras no están para el cotilleo sino que son una herramienta para casos de robos, estafas o por si la policía nos pide datos porque sospechen de un "malo" que ha pasado por allí. No tienen sonido y desaparecen pasado un tiempo.

Lo que me preocupa es que amparándose en una mejora de la eficiencia vayan a controlar si sonrío más o menos, si muestro repelús ante algunos clientes, si converso con más alegría con unos y despacho rápido a otros.
No quiero que, además de imponerme las fórmulas de cortesía que se le han ocurrido a mi Banco, me exijan una determinada forma de interaccionar acorde con el "standard de la empresa. Detesto que encorseten mi forma de tratar al público porque algún genio del marketing opine que un determinado trato conseguirá ventas más suculentas. No quiero que me conviertan en aduladora del poderoso y esquiva con el que no tiene nada que interese al Banco.

El otro día leía una frase que me gustó: La sociedad robotizada no es aquella en la que nos servirán los robots, sino la sociedad actual, en que nos quieren convertir a todos en robots.

miércoles, 18 de julio de 2018

El cementerio de los expedientes olvidados

Parafraseando a Ruiz Zafón, que  en su libro "La sombra del viento" hablaba de "el cementerio de los libros olvidados", diré que en mi sucursal tenemos un "cementerio de los expedientes olvidados"



Bajo la gran sala que el público ve, hay unos amplios sótanos que favorecen la acumulación de carpetas viejas e inútiles. Son de cartón gris, sujetas con cintas blancas, con nombres primorosamente escritos con rotulador en una época lejana en que había bastante más personal y tiempo de sobra para etiquetar con excelente caligrafía cada expediente.

No me gusta mucho bajar al subsuelo y menos desde que mi compañero Claudio, en broma, habla de "la presencia". Ahí todo está oscuro y hay que ir encendiendo sucesivamente varios interruptores. A veces voy un poco predispuesta a tener miedo y me asusto con solo oír el zumbido del fluorescente.

Un día Claudio pretendió asustarme. Se escondió en un recoveco oscuro por el que pensaba que yo iba a pasar. Sin embargo yo tomé otro camino -estos archivos son muy grandes y con varias rutas alternativas-. Me encontré con una figura delante de mí, a la que veía borrosamente la espalda. Yo grité. Él gritó al oírme porque no esperaba mi aparición por detrás.

En fin, nos asustamos los dos y luego tuvimos risas una buena temporada a cuenta del sobresalto mutuo.

El verano pasado Lupe y yo hicimos una buena limpieza en ese archivo siniestro. Yo iba leyendo nombres y era como leer inscripciones de lápidas de cementerio. Luis González: muerto, Dorotea Pérez: muerta, Leandro Zabala: muerto.

Sus carpetas, como pequeños féretros de cartulina, contienen el detalle de su vida bancaria: deudas, inversiones, fotocopia de un antiguo DNI, un contrato de trabajo escrito a máquina, una copia de nómina calcada en papel de seda, el logo de aquel Banco que existió y ya nadie recuerda, tragado por sucesivas fusiones o absorciones. 

Todo desaparece dentro de un osario: la enorme caja de cartón etiquetada como "Documentos para destruir"

Con cada nombre me vienen ráfagas de recuerdos difusos de aquellos clientes desaparecidos, ya maduros cuando yo los conocí, que se interesaban por mis embarazos y me preguntaban por mis bebés, que toleraban la inexperiencia de mis comienzos laborales, que me contaban retazos de su vida.

Me doy cuenta de que el tiempo pasa para todos, que muchos clientes de los que conocí al llegar a esta oficina ya son polvo. Polvo parecido al que impregna estos expedientes que ya no interesan a nadie.

Para Lupe, más joven, más nueva en el Banco, son solamente un nombre. A mi me recuerdan mis comienzos, la Zarzamora joven que llegó a esta oficina, que ha visto ir y venir -incluso morir- a compañeros de trabajo. Todo cambia a mi alrededor, pero pasan los años y yo sigo aquí,custodiando un cementerio de expedientes olvidados que, seguramente este verano, desaparezca con la última y drástica limpieza que haremos mi jefa y yo.

martes, 26 de junio de 2018

¡Viva la juventud!

En estos días de fin de curso a los estudiantes se les acumulan los trámites. En las cercanías de mi oficina hay centros escolares y los muchachos vienen a pagar tasas para el acceso a la Universidad, matrículas, seguros escolares...



Un día entraron unos 20 de golpe, como en un desembarco de última parada de autobús. El jaleo era considerable porque había numerosos grupitos y comentaban entre ellos. No hablaban excesivamente alto. Somos más escandalosas mis vecinas y yo cuando nos reunimos a merendar y a charlar.

Claudio estaba un poco nervioso por el 
inesperado barullo. Él es un hombre de rutinas y ver el patio de operaciones con esa congestión juvenil le estaba alterando. El teléfono apenas se oía y nos costaba entender a los interlocutores, también a los que teníamos delante, en carne mortal.

"Voy a hacer un favor a Claudio",me dije levantándome del asiento y dando unas cuantas palmadas fuertes para llamar la atención.

-¡Chicos, por favor, hablad un poco más bajo para que todos podamos entender al que tenemos delante!

Bajaron el tono de voz un rato pero luego, inevitablemente, las risas, las exclamaciones, inundaron nuevamente el espacio.

No es una crítica. La juventud es así, un poco ruidosa y atolondrada, pero con muy buen fondo. Los jóvenes que yo atiendo son educados y agradecidos. Hasta me piden permiso para coger caramelos que están en un cestillo, a disposición de cualquiera. Sin embargo muchos adultos, de la tercera edad en su mayoría, los cogen a puñados para guardarlos en los recovecos de sus bolsos y bolsillos.

Me gustan los muchachos que pisan por primera vez un Banco para hacer esas gestiones rutinarias. Me alegra que vengan solos y  poder atenderles yo y no cualquier otro empleado. Notan mi aprecio y se van con la sensación de haber sido bien tratados, sin ser ninguneados por tener 17 ó 18 años.

Cuando alguno viene con papá o mamá veo la absurda sobreprotección a la juventud. A los chicos no les dejan ni entregar los documentos. Papá o mamá se los arrancan de las manos para entregármelos a mí. ¡Papá o mamá contestan por el hijo cuando le pregunto su nombre!. Ellos pagan, separan los impresos y, machaconamente indican al hijo qué papel entregar en secretaría y qué papel guardar.

Papá o mamá, en definitiva, hacen de sus retoños pre-universitarios unos inútiles.

A mi modo, yo intento ayudarles obviando en todo momento a los progenitores y dirigiéndome a los jóvenes: "Dime tu nombre". "Dame el dinero". "Toma el impreso sellado".

¡Padres que todavía hacéis esas pequeñas gestiones a los hijos! Dejadles ir solos al Banco. Con un poco de suerte se encontrarán a otras Zarzamoras como yo.

Dejadles que entren en una sucursal bancaria de las de toda la vida. Que en futuro no muy lejano, cuando todo se haga "on line", puedan decir a sus hijos:

-Cuando yo era joven a veces teníamos que ir al Banco y pagar con dinero.

-¿Qué es el dinero papi? Ahora solo hay tarjetas y móvil para pagar- replicarán sus hijos.