lunes, 12 de junio de 2017

El triunfo de lo absurdo

El otro día llegó un compañero del Banco, encorbatado, del departamento de tecnología. Mis esperanzas de que nos arreglara el sistema informático, que va lento, lento, desde el famoso ataque cibernético de hace ya un mes -quizá sea casualidad-, o mejorara la sensibilidad de la puerta de entrada, que pita hasta con el papel de plata de un bocadillo de mortadela, se vieron frustradas.

Su trascendental misión era habilitar una conexión telefónica en un despacho sin uso, en un rincón, sin ventilación y de aspecto deprimente. Ahí se tienen que encerrar diariamente dos horas los comerciales de la oficina, Claudio Bobo y Felicidad, para llamar sin interrupciones a sus clientes y convencerles de las bondades de nuestras ofertas bancarias. 

A las dos horas diarias de inútil reunión con Augusto, el director, se suman dos horas más en funciones de teleoperador, pero sin los cómodos auriculares que ellos tienen. Mis pobres compañeros anotan como pueden mientras sujetan el teléfono en imposible equilibrio entre el hombro y la mejilla haciendo extrañas torsiones.

                     

¿Qué tiempo les queda para su labor bancaria habitual? Pues si descontamos el ratito del desayuno y los minutos de ir al lavabo, trabajan tres horas y media al día en atenciones a la clientela que está de "cuerpo presente".

Felicidad lleva mucho peor estas estupideces. Claudio obedece, como hacen en tantas órdenes religiosas en que el voto de obediencia es obligado y, a la larga, resulta cómodo porque les libra de responsabilidades: el obediente nunca se equivoca, dicen. Mi compañero parece acatar dócilmente esta "nueva idea" de la dirección de zona, pero en su interior reina la rechufla, el recochineo, la pedorreta burlona.

-Mira las llamadas de ayer -y me mostraba un pulcro folio con nombre, teléfono y resultado de sus contactos- la gente está harta de las llamadas de los Bancos, de las eléctricas, de la compañía de seguros... No he sacado nada en limpio. Los que han contestado han aprovechado para contarme problemas que tienen con el Banco y pedirme que se los solucione. Pero no he conseguido vender ni un colín.

-¿Y no te deprimes?

-¿Yo? ¿Deprimirme por esto? Si quieren que llame, llamo, y si quieren que barra, barro; cumplo mi horario y en casa me olvido de esto. 

Algunos clientes ya le han dicho que no les "acose" tanto. Le obligan a llamar y llamar pero como la cartera de clientes es limitada, y él es tan obediente y telefonea de verdad, hay quien  recibe una llamadita de Claudio cada 10 días y se enfada ante tanta insistencia.

Eso le pasó a Juan Tenorio, el cliente "libidinoso" del que tanto os hablo. Claudio llamó a su casa preguntando por su hija para intentar venderle un plan de pensiones, pero la hija ya no vivía allí y Juan cogió el teléfono en mitad de su ingesta de sopa y reconoció la voz.

-A ver, ¿qué me quieres vender esta vez? Estoy comiendo y no quiero nada nuevo. Tú eres Claudio, que está al lado de esa chica que no sabe hacer nada ¿verdad?

Juan se refería a Felicidad, con la que un día se sentó y no quedó conforme con su asesoramiento. Desde ese día no se aguantan. Él opina que Feli es una inútil. Ella le cataloga de viejo maleducado.

Tampoco Claudio soporta a Juan, pero aguantó el tipo.

-Mire Juan, yo preguntaba por su hija. Si no vive allí, todos tranquilos, cuelgo y no le interrumpo más.

Pero Juan había olvidado ya su sopa; era mucho más entretenido criticar a todo el personal.

-¿Y Augusto? ¿Está por ahí? Vaya elemento. Otro que nunca me saluda y, cuando lo hace, es para intentar venderme algo. Que quede claro que no voy a meterme en nada, nada, nada nuevo.

Claudio consiguió despedirse con dignidad, no sin antes escuchar un último mensaje de Juan.

-Dile a Zarzamora que ya me pasaré una mañana por ahí, a ver si la invito a jamoncito del bueno.

Esa es la ventaja que tengo. No tengo que llamar y los clientes aún no huyen de mí. Y algunos como Juan, hasta me invitan a tapitas de jamón.

jueves, 1 de junio de 2017

Pesadilla en fin de mes

Los días de fin de mes, cuando llego al trabajo, respiro hondo, intento relajarme, cubrirme con una coraza y mantenerme imperturbable durante la mañana. Llevo muchos años sufriendo el fin de mes y sigo sintiendo los nervios agazapados en el estómago cuando llega el día 30 o 31. No puedo evitar esa sensación de que si algo malo puede pasar, pasará.      

Porque en este Banco de ¿mis amores? no, más bien de mis horrores, los problemas aparecen en estas jornadas de mayor afluencia de público, pese a la Banca "on line", los cajeros, las "app's y toda la parafernalia informática que parece que hará desaparecer la clásica sucursal.

Hoy es jueves y llevo toda la semana padeciendo la lentitud del "sistema". Tecleo los números de cuenta sin mirar, a gran velocidad, como siempre hago, y en la pantalla aparecen "goteando" con parsimonia, no inmediatamente. Los procesos se bloquean y tardan tanto que no sé si debo esperar o empezar de nuevo. He de reiniciar constantemente.

El público se agolpa y me ven esperando, desesperada, a que el proceso continúe a su ritmo exasperante. He hablado con otros compañeros para consolarme. En casi todas las oficinas están igual.
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-No sé lo que estarán haciendo (los de informática)
-Algo deben estar tocando, o descargando,y nos afecta. 

Son las frases que intentan explicar lo inexplicable, lo desconocido. Ni yo, ni la mayoría de la plantilla afectada, sabemos qué sucede. Ya nos da igual. Son tantos fines de mes durante tantos años en que algo se estropea, en que los procesos funcionan peor de lo habitual, que nos hemos acostumbrado a convivir con el caos.

Resignación, esa es la palabra. En este Banco de mis horrores sé que suele suceder lo peor. Lo sufriremos y nunca se nos dará una explicación convincente. Nos quedamos como tontos, aguantando la mirada de los clientes y repitiendo como una letanía "hoy el sistema va un poco lento" ¿Un poco lento? Si casi me da tiempo a ir al lavabo entre respuesta y respuesta del terminal.

No, por favor, que no me cuenten más bobadas de Banco digital, de nuevos procesos, que no me digan que somos punteros. Que no pretendan que dé la cara por mi empresa y la defienda a capa y espada. ¿Cómo? Si no puedo dar una explicación lógica, si parece que somos una filial de la British Airways y hemos copiado su caos.

Estoy cansada de fingir cuando querría gritar a todos: "Mi Banco es una mierda". No nos cuida, no nos defiende; solo exige, presiona y nos deja tirados a los pies, no de los caballos, sino de los clientes.

jueves, 18 de mayo de 2017

Si tú me dices ven... lo dejo todo.

He conocido recientemente a dos personas que han dejado sus países de origen, sus trabajos, sus amistades de toda la vida, y se han instalado en otros parajes, más en contacto con la naturaleza. No necesariamente les ha dicho "ven" una persona -en uno de los casos sí se mezcló el amor- sino un conjunto de factores: sosiego, belleza de los lugares, posibilidad de huir de una rutina agobiante...




Dejarlo todo y empezar de nuevo. Para que esto suceda, además de esta "llamada" normalmente existe previamente una crisis vital, un hastío, una reflexión acerca de quien eres y dónde quieres ir y una edad madura en que la persona se dice "ahora o nunca"

Estoy dando vueltas a este asunto porque en mi Banco he conocido a muchos compañeros en situaciones de tensión y de desaliento. Muchos días que son los mismos días, con la misma clientela, con los mismos jefes lanzando consignas repetidas hasta la saciedad. El trabajo es percibido como una rueda monótona e infernal que destruye cada vez más el ánimo del trabajador. El sueño no es relajante porque es la antesala de otro día igual. Los despertares son agónicos porque después viene otro jornada de "lidia" con jefes y con clientes. 

Los hombres y mujeres de la Banca también lloran. Tal cual. No es una frase. Cuando les han reprendido desconsideradamente por no haber cumplido sus objetivos . Cuando se les ha impuesto un traslado. Cuando se les ha menospreciado.


En mi Banco hay motivos para el desaliento, para tirar la toalla y buscar nuevos horizontes. Pero no he conocido a nadie que lo haya dejado todo, laboralmente, en busca de una tranquilidad psicológica perdida.

Creo conocer los motivos de esta inacción. Somos españoles y en nuestra cultura subyace la importancia que se ha dado, generación tras generación, a tener un trabajo fijo y seguro. Y trabajar en un Banco cumple ese requisito a la perfección.

Me muevo entre  personas de 45 a 55 años, con una familia consolidada, y estabilidad presupuestaria y no quieren arriesgar esa tranquilidad económica buscando inciertos horizontes.

Llevamos muchos años haciendo lo mismo. Hemos olvidado los conocimientos que aprendimos en nuestras carreras. Tenemos un bonito título polvoriento,en recia cartulina con arabescos en los bordes, vacío de saberes. ¿En qué nos emplearíamos con esta edad y estas limitaciones? Además, nos consolamos, todas las empresas son similares: exprimen al trabajador y no facilitan la vida familiar. Nos consolamos mutuamente con el dicho: "más vale malo conocido que bueno por conocer"

Yo dejé una pequeña empresa en busca del horario de mañana de la Banca. Sigo siendo de las privilegiadas que no trabajo por las tardes. Para ello renuncié a cualquier posibilidad de ascenso, porque sabía lo que implicaba. Reconozco que soy tradicional: mi trabajo, mi familia, mis vacaciones, mi sueldo a fin de mes. Tener todo bajo control me da tranquilidad. Pienso que en todos los sitios cuecen habas y no me atrae el cambio. 

Aunque en ocasiones perciba en mí sensaciones como las descritas al principio, las suelo padecer en estado leve debido al escalafón profesional en que estoy. Trabajo mucho, más que mis compañeros, pero afortunadamente, no tengo esa presión psicológica constante que ellos sufren.

Sería feliz trabajando menos. No me importaría rebajar mi nómina y trabajar tres o cuatro días a la semana. Pero mi empresa no contempla eso. Y si lo hiciera, probablemente acabaría haciendo el mismo trabajo que ahora en menos días; estaría constantemente con la lengua fuera. En fin, que trabajaría lo mismo y ganaría menos. Las empresas son así: bajas, vacaciones, maternidades... nunca se cubren con otro empleado.

No he sentido esa llamada para dejarlo todo y cambiar de vida. Soy feliz, estoy tranquila. Si no puedes hacer lo que quieres -y muchas veces es difícil saber lo que uno quiere- hay que aprender a amar lo que se hace, y a sacar de tu trabajo todo lo que tiene de positivo y de divertido.

Admiro a los que son capaces de cambiar sus vidas tan radicalmente. No sé si es mejor, o peor. Yo no tendría la valentía de hacerlo.

martes, 9 de mayo de 2017

Pastueños

Hace unos días llegó a la oficina Juan Tenorio, ese cliente del que os hablé en la entrada El cliente libidinoso que tenía el apetito sexual un poco desatado para ser ya un abuelete.

Le vi sin tantos afanes de ligoteo senil, no sé si debido a una reciente operación de próstata de la que él no me dijo nada, pero de la que yo ya estaba debidamente informada por un vecino suyo que me pone al día de todos los cotilleos del barrio. Le faltaba ese aire conquistador y se le notaba más enfadica, más irascible.

Mientras yo le atendía me comentó bajito, con aire conspirador:

- Mira a ese señor que está ahí -y señaló discretamente con una mirada sesgada- yo lo conozco de cuando trabajaba en el Ministerio. Vagabundeaba por los pasillos, iba de un sitio a otro, siempre había quedado con alguien para algo importante. O eso era lo que decía. Estaba lleno de proyectos y de negocios "millonarios". ¡Un pobre hombre con pájaros en la cabeza! ¡Cómo la lechera del cuento! Un pesado.

El señor al que se refería era un cliente al que yo conozco desde hace muchos años y bastante peculiar. Leonardo de Vicente se define como inventor, innovador, artista integral, incomprendido revolucionario de las bellas artes, artesano minucioso...



Admirado, cotizado, renombrado, único, reconocido... siempre según sus propias palabras. Yo todavía no conozco ninguna de sus obras y a su modesta cuenta corriente de vez en cuando le salen telarañas.

Leonardo, el artista, se acercó al largo mostrador tras el que atiendo. Es largo porque está preparado para dos empleados, pero yo nunca he tenido compañía. Invadió peligrosamente el espacio vital a la derecha de Juan Tenorio, que en ese momento, contaba sus billetes.

-¿No ve que me están atendiendo? ¡Un poco de respeto! -gritó Juan airado- Aléjese y póngase en la cola.

-Oiga, buen hombre, no son formas de dirigirse a mí. Simplemente estaba aquí ordenando unos papeles en mi carpeta. ¡Cómo si a mí me importara lo que Vd está haciendo!

Ya veía yo que los dos gallitos añosos estaban a punto de enzarzarse.

-Leonardo, por favor, colócate detrás. Esta es zona de dinero y hay que mantener la intimidad del cliente. Y tú, Juan, tranquilo, que el señor se ha puesto cerca sin mala intención. 

Conseguí apaciguarlesJuan finalizó sus operaciones y mascullaba bajito contra el artista. Al marcharse ambos se dirigieron una mirada retadora y despreciativa sin mayores consecuencias.

Le llegó el turno a Leonardo y, ya sin enemigo a la vista, se desahogó.

-Habráse visto semejante pastueño. Si me hubieras dejado le pego un repaso... en buen plan, por supuesto. Yo manejo la oratoria como nadie, tengo verbo, empatía, don de gentes. Se me da bien la dialéctica y el parlamento. Soy elegante en el uso de la metáfora, la manejo con soltura. Nada más verle he captado el biotipo de ese individuo. Es un mercachifle sin recurso verbales, un ignoto, un maleducado.

Me quedé anonadada ante tanta verborrea y solo acerté a decir:

-¿Y eso de pastueño?

-Viene de pastar, que es lo que debería hacer: estar en el campo, como las vacas, pastando, que su inteligencia no da para más. Como te he dicho, es un ignoto.

En cuanto Leonardo acabó su perorata y ¡por fin! se marchó, anoté todas las palabras para no olvidarlas y lo primero que hice fue buscar en el diccionario "pastueño". Así se llama al toro bravo que acude sin dudar a la muleta o la capa del torero.

Según ese significado, ambos son unos pastueños: Juan Tenorio y Leonardo, porque ambos se pican por tonterías y se enzarzan sin sentido en discusiones.

Y lo de ignoto (que no se conoce o no ha sido descubierto) fue un error de mi sabio amigo Leonardo, porque decía ignoto y pensaba en el adjetivo ignorante.

Por último, mercachifle (vendedor ambulante, comerciante de poca monta) creo que le va más a Leonardo. Al menos eso parecía él en la época en que deambulaba por el Ministerio intentando hacer negocios y vendiendo su arte y sus inventos.

Espero no tener que lidiar más con este par de pastueños.





miércoles, 19 de abril de 2017

Mario es especial

A veces digo que "he heredado a Mario", a sus revistas de pasatiempos y a sus fotocopias con corazones y mensajes de alegría y entusiasmo.

Mario viene a la ventanilla de mi oficina desde hace muchos años, antes de que yo ocupara ese puesto. Siempre se dirigía a la caja y mis antecesores le compraban un librito de pasatiempos para ayudar a una organización de sordos y le sellaban la hoja donde se apiñaban sellos de los más variopintos comercios.

Hay días de mucha tralla en que cuando veo aparecer a Mario pienso, egoístamente, que me viene mal atenderle, que me va a entretener, que ojalá no hubiera entrado por la puerta. Que no tengo tiempo para él y no puedo conversar.

Mario, a veces, sorprende a los clientes. No controla su "voz" y emite unos ruidos que parecen graznidos, o simulan el "Uhh, uhh, uhh" con el que amenizamos los cuentos de los niños cuando aparece el fantasma o la bruja. Y "habla" alto. He visto a más de un cliente dar un respingo, asustado.

Cuando noto inquietud ante esos sonidos inesperados, enseguida digo: 

-No se preocupen, es sordo.

Sí, digo sordo, como reza la pegatina de sus pasatiempos: "Asociación de sordos". Ya sé que en esta época tonta que nos toca vivir lo "correcto" es decir "discapacitado auditivo" o "persona con otras capacidades", pero yo soy así de económica con las palabras.

Cuando le llega el turno a Mario se golpea el corazón con el puño y me señala. Es su forma de decir que está contento de verme, que me aprecia. Despliega un folio con el alfabeto y va marcando letras.

-Buenos días
-¿Y la familia?
-Biene el día frío.
-Ai mucha jente hoi aqi

Sí, a veces me cuesta entender a Mario por sus faltas de ortografía al marcar las palabras en su alfabeto.

Yo le contesto despacio para que me lea los labios, y bajito, porque total... no oye.

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A veces se ha cruzado con Augusto, el director de la oficina.

-Uhh, uhh, uhh- le grita mientras extiende su mano.

Augusto le rehúye y se escapa diciendo "estoy muy ocupado" entre dientes. Mario hace un gesto de desprecio, como quitándose enérgicamente motas de polvo de la chaqueta y vuelve a enarbolar su abedecedario.

-¿Qué le pasa a tu gefe? Solo quería saludar.

Intento excusar al que no merece ninguna disculpa y le digo vocalizando cuidadosamente:

-Ya sabes, los jefes siempre están muy ocupados.

Pero Mario no es tonto y se ha dado cuenta de que su mano ha quedado ahí sola, colgando, ignorada por el director.

-Es un maleducado- vuelve a marcar en su alfabeto. 

Le pago la sopa de letras y le pongo un sello en su hoja de visitas. Él me regala una fotocopia con el dibujo de una rosa y un mensaje que dice: Las mujeres son las rosas más bellas.

Le veo marchar. Quizá no vuelva hasta dentro de dos meses y me alegro de, a pesar de las prisas y la gente, haberle dedicado un tiempo. Los clientes le despiden con una sonrisa, ninguno se ha impacientado. Me ha alegrado la mañana con sus mensajes positivos.

Muchas veces pretendemos ser voluntarios o solidarios en lugares lejanos y nos olvidamos del cariño que necesitan los que están más cerca de nosotros. Cuidemos a todos los Marios que nos rodean.

martes, 4 de abril de 2017

No somos nada

No somos nada cuando falla la tecnología que envuelve todas nuestras horas laborales. Todo nos sobrepasa, nos sentimos inermes y asustados. No podemos cerrar la puerta de la sucursal; hemos de dar explicaciones y minimizar los fallos de la empresa que nos da de comer.

Los clientes, contrariados, exigían explicaciones, querían saber donde estaba ese dinero que no aparecía en ninguna pantalla. No entendían cómo no les podía dar billetes si estaban en mi cajón. Todo eso pasó el día del colapso. 

El director, fiel a su estilo lánguido, hundía su corpachón en el sillón del despacho y esperaba que pasara la tormenta cuanto antes. No fue una tormenta de primavera pasajera, fue un auténtico tsunami que asoló aleatoriamente a multitud de oficinas que quedamos paralizadas durante toda la jornada.

No somos nada cuando no estamos conectados a ese cordón umbilical que es nuestro "servidor", ese "dios" que  cada mañana nos proporciona la materia prima con la que trabajar: correos, transferencias y recibos pendientes, comunicación de incidencias, resolución de problemas, informes variados, datos y situación de cada cliente... Todo está ahí.

Al comenzar la jornada una pantalla negra, con blancas palabras en inglés se resistía, impertérrita, a nuestros intentos de eliminarla. Buscábamos la imagen de inicio de cada día. Esa pantalla amiga que pasamos casi sin verla, cuando encendemos el ordenador de forma casi automática y pulsamos "intro" una y otra vez, sin apenas mirar, como viajeros habituales  de una línea de metro que ya no miran las indicaciones.

¡Ha fallado el sistema! ¡Se ha caído! ¡No conectamos! Buscamos teléfonos de compañeros en nuestros listines particulares porque el sistema, con su encefalograma plano, no nos permitía acceder a correos, no podíamos poner consultas a los departamentos correspondientes para que nos aclararan algo. Estábamos aislados, esperando el rescate.

Era algo grave. Todos teníamos algún colega, en distintas oficinas, afectado. Nos consoló un poco saber que era "mal de muchos" y no algún desastre propio. El Banco desplazó físicamente a multitud de empleados de una subcontrata amparada en otra contrata mayor que se encarga del servicio informático a las sucursales. Lo arreglaron. No sé cómo. Posiblemente ellos tampoco sepan cómo con tanto parche y remiendo el "sistema" sigue funcionando. La muchacha que llegó para ayudarnos llevaba un día agotador. Dudo que la pobre hubiera comido algo. No sé si luego durmió bien, porque ni ella ni sus compañeros tenían la certeza de que el "sistema" respondiera al día siguiente.

Llegó el temido amanecer y todo funcionaba. Lenta y perezosamente -estilo Augusto- pero funcionaba. Después de un día de paro forzoso había mucho por hacer. Al director le ha dado igual. Hasta las diez de la mañana han estado todos mis compañeros escuchando sus soflamas y recibiendo sin chistar su bronca porque les ve "muy relajados".



El día del colapso funcionaba un ordenador: el portátil que Augusto, como jefe, tiene asignado. Podía haber hecho todo lo urgente, o haberse ido a dar una vuelta y dejar el aparato a Lupe, la subdirectora,  para que lo gestionara todo. No lo hizo. Quizá estaba pensando en la reprimenda del día siguiente a los comerciales.

Siendo así de mala persona que, por favor, no nos vuelva a hablar de "trabajo en equipo" porque dicho por él suena tan falso...

lunes, 20 de marzo de 2017

La triste llegada del lunes

Cuando era pequeña las tardes de domingo me sumían en una tristeza apenas mitigada por la visita de mis tíos, que solían presentarse en casa en esas tardes frías y lluviosas de invierno, nos preguntaban "¿Qué tal por el colegio?" y se enfrascaban en discusiones políticas en esa época en que el franquismo estaba en su recta final.

Yo dibujaba en los cristales empañados y llorosos mientras el calorcito del radiador se pegaba a mis piernas, y pensaba en lo felices que serían los domingos por la tarde si no les siguiera una semana de colegio.

Lo he ido superando y, salvo en momentos concretos, no llevo mal los lunes. No soy de las que entra en la oficina arrastrando los pies y con suspiros lastimeros.

Augusto, el director, comienza serio la semana. Recluido en su "guarida", para que no se escape el calor, ni siquiera saluda. Nunca pregunta nada de carácter personal. Ni un solo comentario del tipo "Qué tal el fin de semana". Creo que tras varios años teniéndole de jefe, aún no sabe qué estudian mis hijos, ni su sexo, ni a qué se dedica mi marido.

Entiendo que no puede estar animoso cuando cada lunes se inaugura con un "discurso" de su jefa inmediata. Lamento constatar que muchas mujeres, cuando llegan a puestos directivos, adoptan las peores maneras masculinas y las exageran, quizá para sentirse más integradas en ese mundo de "machitos". En lugar de favorecer la empatía, la conciliación, el buen ambiente, parece que se digan a sí mismas: "A cabrona no me va a ganar nadie". Maltratan psicológicamente, comparan, exigen por encima de lo humanamente posible, abruman con absurdas peticiones de datos. Mis compañeros viven en un estado desquiciante, de continuo examen.

Así es la Sra. Cadenas, la jefa de Augusto, que cada lunes le mantiene pegado al teléfono durante media hora con una verborrea ininterrumpida salpicada de "vales", que es su muletilla, y de "prioridades". Enlaza una exigencia con otra sin apenas tiempo de coger aire.

Augusto nos convoca a todos en el interior de su asfixiante despacho, con la moqueta vieja y desgastada, y unas plantas artificiales cubiertas de costras de polvo. Quizá piensa que las penas, compartidas, son menos duras. Él y los demás directores de la zona de la Sra. Cadenas, todos rodeados de su séquito de empleados, con el altavoz del teléfono activado, reciben las consignas semanales en que todo es prioritario. 





Cuando se vomitan órdenes sin parar se fomenta la desesperación, la frustración, la desgana y... el engaño. Se inventan llamadas, se falsean contactos, se realizan visitas sin sentido, simplemente porque lo ha ordenado la Cadenas, que cree que el futuro de la Banca está en visitar y visitar a "puerta fría".

No sé realmente qué hace esta jefa, salvo transmitir órdenes, dar el discurso los lunes, abrumar a diario con correos reiterativos que son más de lo mismo, convocar reuniones a horas no laborables y... embolsarse primas en función de los resultados globales de su zona.

Claudio Bobo, que realmente es el más listo, se inventa muchas cosas. Sabe que la súper jefa Cadenas nunca comprobará si ha llamado a ese cliente o ha visitado a la empresa X. Solo quiere unos numeritos más que decoren su hoja de cálculo global.

En fin, comenzar así la semana amarga a cualquiera. Imagino que los domingos Augusto también mirará por su ventana, suspirará y deseará que no haya lunes en los calendarios.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Celos

Lupe, mi jefa, está celosa. "Celos" tontos de mí, de que pueda quitarle a su "nueva-amiga-compañera-con la que salir a tomar café". Estoy escribiendo y me río, porque su comportamiento denota inmadurez, timidez, falta de autoestima y... cierta dosis de "aquí estoy yo que soy la jefa".

Hace cerca de un mes llegó una compañera en sustitución de Maripi Jalón, aquella empleada que dedicaba las mañanas a mirar su móvil (pincha aquí) y jamás repetía modelito (de marca, por supuesto). Maripi fue trasladada a una sucursal totalmente renovada donde lucirá su palmito mejor que aquí, donde todo, clientela, y mobiliario es ya un poco "viejuno".

Felicidad Bueno, la nueva empleada es de mi quinta y entramos en Banca el mismo año. Cada una empezó en una entidad diferente, pero el azar de las fusiones ha hecho que acabemos compartiendo oficina. A pesar de que la han alejado de su casa y tiene que madrugar mucho más para llegar a este barrio, a pesar de que fue desplazada para dejar hueco a algún enchufado, llegó contenta y optimista, deseando agradar y trabajar. En fin, la antítesis de Maripi, su antecesora.

Ella no conocía mucho esta zona y me ofrecí a enseñarle algunos lugares donde tomar algo y, otros, de posible captación de clientela. Salimos un día y sintonizamos bastante bien. Me agradeció todos los detalles que le conté de clientes de su "cartera" a los que yo ya conozco bastante bien.

Pasaron varios días. La sucursal estaba tranquila. Pensábamos salir nuevamente las dos.

-Zarzamora, no puedes salir con Feli todos los días -me espetó Lupe seria, con los brazos cruzados sobre su oronda tripa.

-¡¡¡¿Quéeee?!!!- Le respondí indignada- Os quedais suficientes personas para atender al público y hoy todo está tranquilo. Es la segunda vez que voy a salir con ella, así que lo de "todos los días" sobra.

-Es que tiene que aprender a manejarse en la ventanilla cuando tú no estás -replicó cortante, irguiéndose y enderezando su voluminoso pecho.

Felicidad es comercial y no tiene mucha idea de mi trabajo; es más, según los criterios organizativos del Banco, no debería realizar mis tareas. Es mi jefa la que ha de sustituirme cuando no estoy, pero empiezo a notar que mis funciones se las endosa al resto de compañeros. A Lupe se le pegó la vagancia de Maripi, cuando la tuvo de "mejor-amiga".

Feli no quería problemas.

-Deja, Zarzamora, ve tú, ya saldré luego -dijo suavemente.

Y así quedó la cosa, me marché con mi novela, la segunda de la trilogía del Baztán, de Dolores Redondo, a leer un poco, tomar algo y olvidarme de la bruja de mi jefa.

Ese día Lupe salió con Felicidad. Y otro, y otro, y otro... Ya ha conseguido su propósito: tener una "mejor-amiga" con la que salir en el ratito de descanso. No sabe estar sola y necesita a alguien. Si no, no sale. Temía la posibilidad de que la nueva compañera prefiriera mi compañía y estableciéramos una rutina diaria de salidas juntas.

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Lupe es mala. Mi entrada "Maldad" sucedió antes de lo que aquí relato. Quizá ésta debiera haberla titulado "Maldad 2" Ahora me echa en cara cualquier "exceso" relacionado con los horarios. Fui a los análisis médicos de la empresa y al volver, me dijo seria:

-Has tardado mucho

-Porque había compañeros delante, porque vuelvo en metro y no sé si sabes que había huelga de maquinistas (qué va a saber esta del metro si no despega el culo del coche) y porque he tenido que desayunar después del análisis- le contesté manteniendo la calma.

Se está volviendo conmigo inquisitorial, controladora, desagradable... Pero ¡ay! cuando sale con su nueva amiga, el tiempo no existe. Lo siento por Felicidad, no hay nada peor que tener una compañera fija de café. Y Lupe se le ha pegado como una sanguijuela. Yo soy feliz teniendo ese ratito de lectura a media mañana. No necesito más. Seguro que me entendéis.

martes, 21 de febrero de 2017

Maldad

Hace unos días una pareja de buenos clientes, aunque un poco secos, estaban haciendo unas gestiones con Claudio Bobo.

En mi Banco cualquier apertura de contrato lleva más papeles y firmas que un acuerdo internacional entre grandes potencias. Así somos, los más chulos, hacemos firmar al cliente hasta que tiene calambres en las manos. ¿Y decían que la era digital eliminaría papeles? ¡Ja!

Con tanto papeleo y tanta tardanza era normal que la mujer necesitara ir al lavabo. Se levantó y se lo pidió a Lupe, la subdirectora.

-Buenos días ¿Podría ir al baño, por favor?

Lupe no levantó la vista de sus papeles. Con cierto tonillo de desprecio le dijo:

-Es que los lavabos son privados y no puede entrar cualquiera.

La cliente se empezó a enfadar.

-Mire, si quiere me hago pis aquí mismo.

Lupe seguía en sus trece. Si, como a mí me dijo después, pensaba acompañarla al excusado, no se notaba ni en su tono ni en sus palabras.

-No se ponga así. Lo único que digo es que los lavabos de una empresa no están a disposición de cualquiera y por seguridad no podemos permitir el paso, pero...

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Imagino que tras ese "pero" mi jefa pensaba ser magnánima y la hubiera acompañado, pero la mujer ya no podía más.

-¿Le estoy pidiendo un pequeño favor y me sale con esas? Le voy a decir a mi marido que cancele todas las cuentas. Es Vd. una indeseable.

Y se marchó a la calle, en busca de algún bar -lejano, por cierto- donde poder hacer pis.

Que forma más tonta de perder clientela. Es muy raro que la gente pida entrar al baño. No entiendo como Lupe tuvo tan poca sensibilidad. A veces las peores enemigas de las mujeres son las del mismo sexo.

Cuando alguno de esos jefes territoriales tan petardos pregunten "¿Por qué el matrimonio Amarillo Ríos se ha llevado sus posiciones a la competencia?", a ver como explica Lupe que fue por una simple cuestión de orines.

domingo, 12 de febrero de 2017

El "coach" en la empresa

Acabo de terminar un libro que encargué a mi librero del barrio hace poco. Había leído una reseña en el periódico sobre "La gran ola" de Daniel Ruiz García. "Lúcida sátira sobre el mundo empresarial", decían de la obra, y decidí que tenía que leerla, a ver si encontraba coincidencias con mi vida laboral o con la de mis compañeros.

El libro lo he leído de un tirón y eso es buena señal. El sector en que se mueven los protagonistas es una empresa de productos de limpieza y, todos son unos pobres hombres, con muchas más sombras que luces: bebedores, puteros, machistas... Quizá el trabajo y los objetivos, las mediciones constantes, las comparaciones con el resto, el crecimiento por encima de todo, el vivir para la empresa, les hayan convertido en seres un poco despreciables, pero algo ya tenían de serie.

Lo mejor del libro es la crítica ácida al "coach" de la empresa y, en general a todos esos asesores que intentan instalar el positivismo en los empleados a toda costa.

"La puta positividad, con sus bonitos amaneceres de power point y sus frase "new age" y su filosofía de vídeo de dos minutos bajado de "you tube". Aquello era un trabajo, solo un trabajo, pero todo el empeño de Estabile era mezclar trabajo y vida, sustituir vida por trabajo, convertir la vida en trabajo y, encima, hacer de aquello algo feliz"

Cada día, cuando yo abro el ordenador del Banco,  en la primera pantalla siempre hay una frase "bonita" de esas que ponen en algunos calendarios y agendas. Frases  que la gente copia en su estado de Whatsapp o que expande a través de Twiter para parecer más interesante y profundo. Para ser estupendo en las redes y aderezarse con una pátina de filosofía barata, de andar por casa.

En mi trabajo también tenemos un "coach" virtual. Yo creo que no lo tenemos en carne y hueso por mera cuestión de costes. Siento no poderos decir nada de él. Es tan difícil acceder a esa página, tengo que pasar por tal batería de claves y contraseñas nuevas y tengo tan poco tiempo, que no sé si nuestro "coach" es similar a Lorenzo Estabile, uno de los protagonistas de esta novela.

Se habla en uno de los capítulos de "team building", iniciativa para reforzar los vínculos entre familias y empresas y afianzar el sentido corporativo. Más claro: hacer una fiestecita para que los empleados lleven a sus parejas y a sus niños y todos interactúen en un ambiente festivo.  Yo opino como uno de los personajes que se pasean por el libro, que "mezclar trabajo y familia es una aberración". Pero la mayor aberración es que desde la empresa te obliguen a hacerlo.

No veo la necesidad de que la empresa te anime a hacer deporte y participar en eventos deportivos decididos por ella. O de que inste a que seas generoso colaborando con parte de tu nómina con ONGs propuestas por el Banco. Para eso tenemos nuestro tiempo libre, para mejorar nuestro físico, para ser caritativos, para cultivar la amistad. Ese tiempo libre que la Banca y muchas otras empresas pretenden escatimarnos.

"En Monsalves -la empresa de la novela-había hora de entrada pero no de salida" Y los jóvenes, la "savia nueva, el músculo" acatan esos horarios sin rechistar. Os transcribo la visión tremendamente corrosiva de la situación de esta juventud universitaria y trabajadora a la que se tiene tan engañada.

" La savia nueva (...) eran un hatajo de encorbatados, en su mayor parte licenciados y posgraduados, no pocos con dominio solvente de un segundo e incluso un tercer idioma y con nóminas por lo general más propias de un repartidor de pizzas, en el mejor de los casos en el umbral del mileurismo, con las pagas extras prorrateadas y con horas extras tan frecuentes como invisibles en el salario (...) Aún así la mayor parte de ellos ignoraba a sus compañeros de fábrica cuando buscaban sitio en el comedor"

En Banca también hay ciertas diferencias: los que trabajan en los Departamentos centrales, con tareas más sosegadas, y la infantería, los empleados de oficinas, todos los días peleando con la clientela y soportando presiones si no se cumplen las cifras y objetivos que ha propuesto el iluminado de turno. 

Young man in depression

Exactamente igual que en la novela. Da igual la antigüedad y la dedicación, cada empleado queda reducido a un número. Vale en tanto cumpla los objetivos. Si la jornada es de ocho horas, mis compañeros dedican diariamente más de dos  a reportar. Primero, con Augusto, el director, que les traspasa su fardo diario de objetivos. A última hora, audio o vídeo conferencias donde el director de área les examina de lo conseguido ¡en el día!. Como en el colegio, va pasando lista para favorecer la competitividad, la envidia, para hundir más a los últimos de la cola. El que no ha hecho nada, espera acongojado su turno y apenas le sale un hilillo de voz cuando dice "yo no tengo nada hoy" Nada que entregar como ofrenda propiciatoria a esos mediocres mediadores que utiliza el gran dios "Banca" y que solo saben hacer números, imprimir estadísticas nuevas cada día y dar consejos vacíos desde su cómodo púlpito alejado de la realidad. Porque ellos nunca han tratado con los clientes.

Quizá el libro exagere un poco cómo son estos preparadores, asesores, "coaches". Habrá de todo, claro. Pero viene bien estar prevenido, alerta y ser crítico con lo que dicen. 

Es gente que vive de contar sus experiencias y dar consejos una y otra vez. Repitiendo lo mismo en distintos auditorios, cobrando por hablar y haciendo recaer el peso de la felicidad, del bienestar, del progreso, únicamente en el individuo. El clásico "si quieres puedes" explotado al máximo para mayor beneficio de una empresa que no pone casi nada de su parte.

Os dejo con unos pensamientos de Gertru, una de las protagonistas, crítica final a muchos de estos cantamañanas.

"Abrazos, sonrisa, frases motivadoras de saldo pescadas en a almadraba de Internet, sé tú mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort. Nelson Mandela, Gandhi, Steve Jobs, John Lennon, Bill Gates, Charles Chaplin, Camus, incluso Duchamp -por dios- todos metidos como un gazpacho imposible en le recipiente buenista y "trendy" del nuevo Pensamiento Mágico (...) Ya no te clavan el cuchillo, ahora te ofrecen sesiones de "coaching" para que tú mismo aprendas a introducirlo en tu vientre, así duele menos, así no se grita tanto"

Intento ser optimista, pero a veces me cuesta. No me gustaría parecer "conspiranoica" pero veo tantas presiones, tan poca preocupación por los trabajadores, que pienso que todas las multinacionales y grandes empresas tienen un objetivo común: mantener a los empleados en un estado de alerta constante, mermar sus defensas, su autoestima, hacerles creer, en fin, que si no se llega a los objetivos propuestos, la culpa solamente es del empleado de la sucursal. 

Siglo XXI: las empresas se gestionan desde el miedo y la coacción. ¿Qué clase de directivos de élite tenemos? ¿O es que, quizá, cómodamente instalados en sus burbujas elitistas, no les interesa saber lo que se cuece fuera de las moquetas de sus despachos? ¿Conocen la realidad de sus empresas, el desgaste anímico de su plantilla, la infelicidad, las depresiones, la agonía que, para muchos, supone la llegada del lunes?