martes, 21 de enero de 2020

Más cambios

Escribo en casa. Por motivos personales he pedido un día de asuntos propios y aquí estoy, sintiendo las ventoleras de la borrasca Gloria golpeando en persianas y cristales. Roque sabía que hoy yo no trabajaba, pero le ha dado igual. Hacía mucho que no se ponía enfermo y ya se ha encargado de comunicar en el whatsapp de la oficina que no va a trabajar porque está "arrojando". Nunca nos queda claro por dónde.

En fin... Se tendrán que arreglar Claudio y el nuevo compañero sustituto de Lupe, (Beltrán Quilo) La oficina está bajo mínimos porque Tolosa también ha desaparecido de nuestro mini-mapa bancario. Justo antes de las vacaciones navideñas le dijeron que se iba, que con cuatro empleados la sucursal funcionaba.

A pesar de que nunca le cogí muy bien el punto a Tolosa, sentí que le hacían una jugarreta muy fea. Antes de Navidad y con el marido bastante enfermo, entiendo que no es un buen momento para ningún cambio.

Así se lo dije:

-¡Qué faena,Tolosa! ¿No has hablado en Recursos Humanos de tu situación familiar para evitar el traslado?

-¿Yo? No tengo ningún apego al sillón.

Obviando que nuestro sillón es una porquería de silla de oficina con ruedas que no se desplazan demasiado bien, sin cueros, ni ostentaciones, le insistí.

-Si no es apego. Es la faena de un cambio que siempre trastorna y estando ahora tu marido así...

-He pasado por tantas oficinas que realmente me da igual. Además me han dicho que estaré de soporte del subdirector.

Por un momento admiré su indiferencia ante los cambios. Por otro detesté su presunción. "Soporte del subdirector", decía con cierta petulancia, cuando en mi oficina se negaba a hacer cualquier tarea que no fuera estrictamente comercial y no sabía ingresar cheques, pasar impuestos, o gestionar recibos. Me parece a mí que poco soporte dará al subdirector al que le toque en desgracia.

Teníamos ya fijada la fecha de la comida navideña de la oficina y justo ese día era el primero de Tolosa en su nuevo destino. Vino a la comida deshaciéndose en elogios de los nuevos compañeros, del lugar, de todo. Sinceramente, me alegré  de que estuviera contenta. Yo soy de otra pasta, quizá más blandita, más sensible, y me costaría cualquier cambio porque llevo mucho, mucho tiempo en mi actual destino. Yo soy ya como las pelusas que andan por los rincones. Nadie se fija en ellas y por eso no me trasladan

El día de la comida llevamos cada uno un regalito e hicimos a los postres un "amigo invisible". Muy divertido,pero al final te llevas un trasto a casa y piensas a quien se lo podrás endosar porque no suele ser muy práctico. Es una inutilidad divertida, como la lotería.

Acabó la comida, todos quedamos contentos y nos despedimos. No he vuelto a hablar con Tolosa. No por nada especial, sino porque tengo ahora mismo mis propias preocupaciones personales y estoy bastante centrada en mi familia, con el ánimo un poco bajo para otras cosas. 

De hecho escribo sobre estas "frivolidades" para alejar un poco de mí las tristezas. Y debo decir que el trabajo está siendo un asidero que me impide tocar fondo.

El otro día, al acabar la jornada le pedí a Claudio que me dejara en una boca de metro que le pillaba de camino a su casa. Él tenía ganas de cotillear.

-¿Sabes que le dijo Tolosa al director el día de la comida acerca del regalo? -me preguntó en tono misterioso.

-A ella le tocaron los bombones del jefe y no parecieron gustarle mucho. A lo mejor se los devolvió. La verdad es que no me enteré.

-No te enteraste porque fue al final. Ya nos habíamos ido todos. Le preguntó, como en la canción: ¿Y el regalo "pa" cuando? Vale, soy un exagerado, le dijo simplemente ¿Y mi regalo? Y claro, Roque se quedó de roca, bueno, de piedra.

-Es que en esta oficina ha pasado muchísima gente que ha estado menos de dos años y cuando se han ido jamás se les ha hecho regalo -le dije a Claudio- Tal y como está todo ahora de cambiante, necesitábamos un sueldo extra para regalos de los que van y vienen.
-Pues más o menos eso fue lo que le dijo Roque. Es que ha sido la primera vez que alguien le pide "su regalo"

Esta es la versión de Claudio, que no se llevaba nada bien con Tolosa. No sé si será cierta al cien por cien, pero ahí queda. Ahora está más tranquilo y trabaja más porque no desgasta energías en sucesivas peleas y discusiones con ella.

Y yo sigo bien. Es la primera vez en mi vida bancaria que no tengo a ninguna mujer como compañera, ni como jefa y estoy mejor que nunca. Todos tenemos ya una cierta edad y nos resbalan muchas presiones.


domingo, 22 de diciembre de 2019

Tiempo de esperanza

Las navidades me han pillado por sorpresa en la oficina. Han sucedido demasiadas cosas durante este largo periodo en que he tenido abandonado el blog. Por un lado, situaciones personales de idas y venidas "vacacionales" en pequeñas dosis, pero que me suponen un ajetreo de hacer y deshacer la maletita y prever lo que necesitaré para las climatologías variables que suelen ser mi destino.

Las estaciones de tren me calman, pero los aeropuertos -uno de los viajes fue en avión- me alteran. Una de mis cuñadas dice que disfruta curioseando en las tiendas de los aeropuertos, probando perfumes y cremas, viendo trapitos o recuerdos variados. Yo las ignoro. Con lo acopladito que suelo tener mi equipaje en maleta pequeña, lo último que querría es alterarlo con más cachivaches.

A pesar de mis pequeñas manías, volví descansada  de cada una de mis "escapadas" como ahora llaman en las agencias de viajes a estas salidas de pocos días. Tienen su parte de razón, intentamos "escapar", fundamentalmente, de la rutina y agobios laborales. Parece una tontería, pero cuantos más kilómetros pongo por medio, menos me acuerdo de Roque, Lupe, Claudio y Tolosa, este equipo peculiar con el que trabajo yo, Zarzamora.

Pues bien, a este equipo le han dado la vuelta como a un calcetín. Al poco de mi último regreso comenzaron los movimientos: a Lupe, mi jefa directa, la mandaron a una nueva oficina. No era un ascenso. La nueva sucursal no era de mayor categoría, ni le daban ningún tipo de plus. Sencillamente, era un movimiento "transversal", palabra que se ha puesto muy de moda entre los mandamases que revuelven y mezclan a los empleados como si fueran fichas de dominó sobre el tapete de juego de cualquier bar de jubilados.

Lupe siempre se quejaba de que se habían olvidado de ella, que estaba "enterrada" en esta sucursal "de mierda". Así decía. Pues bien, ya le han cambiado de enterramiento, como a Franco. Si el cambio la ha apenado lo ha disimulado muy bien. Parece que en su nuevo destino todos son estupendos.

-El cajero descuadra casi a diario -me decía un día entre risas- ¡Pero es muy simpático!

¡En fin! Yo prefiero a alguien menos jovial, que se concentre y no haga perder el tiempo a los compañeros buscando descuadres debidos a sus despistes cotidianos.

Lupe está -aparentemente- bien instalada en su nueva oficina. Ha asumido que, a pesar de ser relativamente joven, no hay perspectivas de progresión profesional en este banco de nuestras desdichas. No hay cambios "ascendentes", como cuando yo entré en otros tiempos y en otro Banco ya inexistente. Los cambios son, algunos "transversales" y muchos otros, descendentes, abocados al precipicio más profundo. Los directores con ciertos años a sus espaldas no son queridos por Recursos Humanos. Pero a la gran mayoría no les han aceptado su solicitud de acogerse al ERE. Les degradan -de oficina o de funciones- en favor de muchachos jóvenes, más dóciles, con salarios más bajos y dispuestos a dejarse la piel pensando que un brillante y prometedor futuro profesional será la recompensa al duro esfuerzo del presente. Lógicamente, esto ya no cuela entre los que peinan canas.

Así que ahora tengo nuevo jefe. Proviene de otro Banco "fusionado" con el mío y tiene carencias en el dominio de nuestras penosas aplicaciones informáticas. Le prefiero a Lupe. Me transmite paz y seguridad. No como Lupe, que era un poco extrema y voluble. Un día era simpática y dicharachera. Otro día gritaba, reprendía y despachaba trabajo a los demás a velocidades de croupier repartiendo cartas. He pasado cerca de diez años con ella y no la echo de menos. ¿Seré insensible?


Estoy ya inmersa de lleno en la Navidad. No me gustan muchas cosas que hace mi Banco, pero con estos cambios -en mi próxima entrada os contaré la otra novedad en mi oficina- yo estoy bastante mejor. 

Es Navidad y para mí, laboralmente, es tiempo de esperanza. Creo que voy a trabajar con mucho más sosiego.

¡Feliz Navidad a todos los lectores que tenéis a bien escuchar mis cuitas! ¡Un abrazo!

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Obligada a mentir

Hoy estoy un poco harta. El director ha venido hoy "motivado" después de tomarse un día de asueto por culpa de sus habituales problemas estomacales e intestinales con los que ya no engaña a nadie. Un jeta, eso es lo que es.

Yo que estaba moderadamente contenta con él porque ni se metía en mi trabajo ni me obligaba a meterme en su despacho para asistir a sus inútiles reuniones mañaneras, comienzo a cambiar de opinión. 

La jornada la he empezado combativa, todo hay que decirlo. He sido la segunda en entrar al despacho y me he sentado en una silla cualquiera. Ha llegado Claudio y se ha situado junto a mí, de pie.

-Ese sitio está reservado -me dice para que yo me levante.

Y no estaba de humor. Sí, realmente me había levantado con un humor caústico.

-¿Desde cuando las sillas tienen nombre? Ahí tienes otra.

Y no he movido el culo. Me parece bien que la gente sea de costumbres y de rutinas, pero intentar que yo me levante porque el ex-director prefiere la silla de la derecha y no la del centro, me resulta pueril y ridículo. Pero como Claudio a veces es tremendamente infantil a pesar de sus 53 años, se ha enfurruñado y solo le ha faltado decirme, como en el colegio: "Cruz y raya para siempre"

La reunión ha sido soporífera. Más de lo mismo. Cada día es repetición del anterior. Toma listados. Haz llamadas. Que los clientes lo hagan todo por el móvil y que se metan en el máximo de "cositas" que ofrece el Banco, que todas son estupendas. Yo oía hablar a Roque y le miraba muy seriecita. Ya está. Hoy he optado por no discutir.

A última hora estábamos solos Roque y yo. Le he comentado que en la nómina había recibido un plus de trienios, pero que con gusto habría renunciado a cambio de que me hubieran admitido en el ERE.

Y entonces se ha puesto a hablarme en tono cuasi sacerdotal, sermonero, aburrido.

-Tienes que asumirlo Zarzamora, que sigues trabajando y que hay que hacer lo que el Banco quiere. Y lo que quiere es digitalizar a la clientela.

-Mira, yo cada día, y hasta la hora de cierre, trabajaré como siempre y el que me lamente de no estar fuera del Banco es humano y no me hace peor trabajadora. Puedes guardarte tus consejos motivacionales. 

Y otra vez apareció en escena la sombra alargada de Aracné, que hace poco vino ¡otra vez! a visitarnos porque yo debo de estar ya, no en el puesto 0 de consecución de clientes digitales, sino en el -2. Los que son digitales se hartan de las claves que no les funcionan, del sistema que no entienden y se olvidan de meterse en la página del Banco con la frecuencia que el Banco exige. Si los clientes no se meten al menos una vez al mes en sus cuentas, se "caen" como digitales. No cuentan como objetivos cumplido.

Esto es una locura. Trabajamos no para hacer la vida más fácil a la clientela sino para cubrir objetivos absurdos y que Aracné pueda cobrar su plus como Jefa digital.

-Sí, no te dije nada el otro día (pero ya se encarga de decírmelo hoy). Después de que Aracné hablara contigo pasó a verme.

-¿Y? Fui muy correcta y creo que quedamos como amigas.

-No te engañes. Esa no es amiga de nadie, pero no es la peor. Está muy preocupada porque le dijiste que solo hacías tres llamadas al día.

Ahí me callé que mentí. Muchos días no hago ninguna. Se supone -Aracné supone- que yo tengo tiempo de llamar a diez clientes diarios para convencerles de las bondades digitales y atraerles al Banco si necesitan ayuda para su acceso.

-Pues no te preocupes Roque. La próxima vez le digo que hago veinte. Creo que no tienen forma de comprobarlo ¿no?.

Yo notaba que Roque se estaba poniendo nervioso. Él tenía la sensación -certera- de que toda esto me traía al fresco. Y comenzó una nueva táctica. Pretendió amedrentarme.

- Zarzamora, no te estás tomando esto suficientemente en serio. Esta gente tiene más poder que el que tú crees y, si quieren, te mandan a una sucursal de Coslada y te hacen la pascua.

-Yo creo que tan lejos no. Suelen mover por la misma zona. Y ya me dejaron muy claro en recursos Humanos que era muy válida, que el Banco me necesitaba y que por eso no admitían mi petición de irme. No van a cambiar de opinión tan pronto.

Seguía riéndome internamente del director. Sus intentos de asustarme no estaban dando fruto. Yo seguí.

-Te agradezco tus consejos, pero quédate tranquilo, que si me trasladan para mí no va a ser tan traumático. Quizá viva mejor. Pero vosotros sí lo vais a notar y me vais a echar de menos. Porque dudo que encontréis a otra tan válida como yo.

Ahora, tranquila en mi casa, me miro al espejo y digo:

-He hecho 18 llamadas cada día.

Me veo con cierta tensión facial. Aracné va a notar que 18 es una gran mentira y no va a colar. Pruebo nuevamente. Me dirijo al espejo.

-Pues sí, Aracné, gracias a tus consejos y a lo bien que he conseguido organizarme, he hecho una media de 9 llamadas diarias.

Creo que esa cifra no muy pretenciosa de 9 llamadas sí va a colar. Me veo en el espejo suelta, segura de mi misma. Me empiezo a creer mi mentirijilla. Sí, la próxima vez voy a mentir a Aracné para que no regañe ni asuste al pobre director.

jueves, 24 de octubre de 2019

No es no

Como os dejé caer en una entrada anterior, antes del verano me apunté al ERE (expediente de regulación de empleo) de mi Banco. A otros compañeros de mi edad  ni se les pasaba por la mente. Cada cual analiza su economía y sabe lo que pasa en su casa.
Si me hubieran dicho que sí me hubiera quedado en mi casa, con un porcentaje de sueldo que a algunos les parecía escaso. Yo, con mi casa ya pagada, consideraba un regalo ganar menos pero sin trabajar. Esa indemnización pagada mensualmente implicaba cobrar por nada. Estaba dispuesta a apretarme ligeramente el cinturón si era necesario.

Había echado mi número de empleada al bombo lotero del ERE. En la lotería de Navidad juego muy poco y sin ilusiones, pero en este peculiar sorteo laboral a veces me sentía ligeramente esperanzada. Y es que mi puesto está en plena decadencia. No lo valora nadie y quieren que cada vez haya menos clientela de ventanilla. ¿Y si me toca a mí? ¿Por qué no? Eso me decía en mis momentos de optimismo.

Como en el cuento de la lechera, soñaba con un futuro de paseos con vecinas, naturaleza, turismo cultural, gimnasia, pintura, manualidades, algún viajecito cuando mi marido -aún en activo- tuviera vacaciones... Sueños imposibles.


El otro día recibí un correo de mi gestor de personal a primera hora. Ambiguo y farragoso. Lo único medianamente claro es que a lo largo de la mañana  me llamaría. No podía esperar a que el muy cabroncete decidiera llamar a última hora. No, no podía estar contando dinero con esa incertidumbre. Me hubiera equivocado seguro.

Así que fui yo quien le llamé. Sorprendentemente me cogió el teléfono a la primera y se demoró unos dos minutos soltándome un rollo acerca de las necesidades del Banco, la proporcionalidad por edades en los despidos -yo no imaginaba que mi edad tuviera saturación en la demanda- lo buena empleada que era Zarzamora y lo mucho que el Banco deseaba seguir contando conmigo.

Un NO en toda regla, debidamente edulcorado por mi gestor, del que solo conozco la voz, porque jamás se ha pasado por la sucursal para conocer a sus "tutelados" ni nos ha preguntado, aunque fuera hipócritamente, por nuestra satisfacción o ambiciones en la empresa. En fin... ¿para que preguntar a un "recurso" aunque sea humano? Mejor le pones un poco de aceite a ese supositorio que le acabas de meter por el trasero a Zarzamora en forma de NO.

A pesar de publicitarlo como "voluntario", el banco quiere desprenderse del personal conflictivo y respondón. O con bajas eternas. Así que a veces les dicen:

-Apúntate voluntario, que si no va a ser peor

Ciertamente, al tener la empresa la última palabra, está en su derecho de elegir y optar por mantener una plantilla "comprometida". Lo que pasa es que muchos, quizá demasiados -y eso debería hacerle pensar al Banco- consideramos estos despidos un regalo y no un castigo. Y nos fastidia que los incompetentes y los vagos, cuyas ausencias  hemos cubierto trabajando más y haciendo sus tareas, sean los premiados. 

Quizá la solución de cara un futuro -imagino que en Banca seguiremos sobrando muchos aunque ahora nos regalen los oídos y nos digan los mucho que nos necesitan- sea empezar a ser malos. Malos empleados y malos compañeros. A ver si así, de una vez por todas, nos dan ese puntapié en el trasero que estamos deseando y que nos enviará a casa.

De momento, y parafraseando a este presidente en funciones, a mí me han dicho "no es no" bien clarito.

jueves, 17 de octubre de 2019

Muy, muy enferma

La jefa, mi jefa, se ha puesto enferma. Ingresó una semana en el hospital y ya lleva casi tres más recuperándose en casa.

Quizá soy mala, pero pienso que está alargando la convalecencia y lloriqueando al médico en exceso.

Esa es Lupe, la misma que me puso pegas porque me tenían que hacer unos análisis que me iban a retrasar una hora.

-Zarzamora, no. No puedes pedir hora los viernes.

-¿Qué? -le respondí indignada- En la Seguridad Social te dan la cita cuando te la dan; y un análisis siempre es temprano. No tengo la culpa de que tu jefa de zona te convoque siempre los viernes para sus mítines telefónicos.

Terció Roque Ronco, el director, y dijo que no pasaba nada, que nos arreglaríamos. Yo, desde luego, no pensaba cambiar la cita porque a Lupe le viniera mal mi ausencia. Me fastidian estas reacciones cuando yo, en mis muchos años en esta sucursal, no he tenido más bajas que las derivadas de mis partos. Pasé los embarazos trabajando hasta la víspera de dar a luz, no como ahora, que la ñoñería impera entre las futuras madres y les dan la baja a los cuatro meses de embarazo. Habría que recordar que es "otro estado", no una enfermedad, ni un riesgo, como parecen considerar muchas de estas modernas que dicen luchar por la igualdad y el feminismo.

Pues eso: no tengo bajas, no me dan ataques de nada, no pongo carita sufriente quejándome de dolores de espalda, ciática, migrañas. ¿Y cómo lo agradece Lupe, la "viejoven" achacosa con persistentes problemas de salud, no sé hasta qué punto reales y hasta qué punto exagerados? Pues poniendo pegas y morros de enfurruñada cuando le avisé de mi corta ausencia del día siguiente.

Ese viernes, el de mi análisis, fue la primera jornada de la larguísima ausencia de Lupe. El inicio de su enfermedad.¡Qué casualidad! Quizá ya se barruntaba algo, notaba algún ligero malestar... Ella pensaba faltar al día siguiente y le disgustó que se solapase con mi cita médica.

No sé... Ese mismo fin de semana ya debía de encontrarse muy recuperada y se fue de fiesta familiar a otra provincia. El lunes ya sí estaba mal. Mal de verdad, porque la ingresaron en el hospital con sueros y antibióticos.

Ahora, durante la convalecencia en su hogar, el único que consigue -a duras penas- comunicarse con ella es el director. A los mensajes que le hemos enviado el resto de compañeros no contesta. No le pedimos ayuda con cosas del banco que ella dejara a medias, nuestros mensajes son del tipo "recupérate" "¿te encuentras mejor?" "Narciso el florista nos ha dado recuerdos para ti". No contesta a nadie. Así que cuando los clientes me preguntan amablemente cómo está, les digo la verdad.

-Imagino que mejorando, pero no sé gran cosa.

-¿No habláis con ella? -inquieren un poco sorprendidos.

Yo disimulo diciendo que quiere descansar y olvidarse del Banco, que está centrada en curarse. La realidad es que no tiene ningún interés en hablar con nosotros.

No, no tiene ningún tumor ni nada especialmente grave. Lupe, en mi opinión, está alargando la baja todo lo que puede.

miércoles, 9 de octubre de 2019

El papel aún existe

Ayer, por casualidad, me llamó una desconocida al Banco.
-Buenos días, le atiende Zarzamora…-le dije
Me respondió sin darme tiempo a terminar mi monótona retahíla.
-Buenos días Zarzamora, soy Esperanza, te llamo porque estoy desesperada y…
-Esperanza, ¿nos conocemos?
Suelo preguntar esto porque no siempre identifico a los clientes por teléfono. Ellos se piensan que con su voz y el nombre de pila voy a recordar exactamente su situación bancaria, su cara y su voz. Pero en este caso Esperanza era una desenvuelta desconocida que, por azar, había dado con el teléfono de esta sucursal y me pedía ayuda urgentemente.
La hija universitaria de mi desconocida interlocutora había pagado en efectivo hacía tres meses la matrícula de un máster. Ahora tenía que presentar el justificante y lo había perdido. La madre estaba intentando ponerse en contacto, sin éxito, con la sucursal donde había hecho el ingreso para que le buscaran el papel. Ellos no eran de esta ciudad y querían aprovechar un próximo viaje para recoger la copia del documento perdido por la hija.




En honor a la verdad ha y que reconocer que las secretarías de muchas universidades son arcaicas a más no poder y exigen papeles cuando todo lo tienen registrado en las cuentas con los Bancos. Como cada negociado está a lo suyo y hay una compartimentación excesiva, sin papel no hay máster aunque el dinero ya lo tengan ellos abonado.
Le facilité más teléfonos de esa oficina sita en pleno campus universitario a la incansable Esperanza. Le advertí de la dificultad de, en plena época de matriculaciones, buscar un documento de hace tres meses entre la montonera de papeles que ellos tramitaban.
Por curiosidad pregunté el importe. Ochenta euros. No sé si conseguirá o no el duplicado. Dependerá de la buena voluntad del empleado que reciba su petición desesperada.
Lo que sí tengo claro es que hay muchos estudiantes muy espabilados para lanzarse a Erasmus por Europa, para comprar cachivaches por Internet, para cambiar a mejor sus móviles… Debe de ser que los papeles les parecen cosa de abuelos y no los cuidan ni los custodian adecuadamente. Quizá el coste de un máster intensivo para aprender a custodiar las cosas sea de 80 euros… en el caso de que Esperanza pierda toda esperanza y le diga a su hija que se rinde, que hay que pagarlo otra vez… esta vez del bolsillo de la hija.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Pareja forzosa

Hace poco me quedé sin poder salir a tomar café con una amiga que había venido a buscarme. Le tuve que dar plantón porque Aracné, de la que ya os hablé en una entrada anterior, se presentó por sorpresa para departir con Roque, el director, en su despacho.

-¡Zarzamora, no puedes salir ahora! -me dijo Lupe con ese tono autoritario que otorga el miedo a alguien que es más jefe que uno mismo- Aracné quiere verte.

Claudio también estaba invitado y, al entrar en el pestilente despacho de Roque, ya presentí que no era para felicitarnos. El director estaba serio, con sus ojos ligeramente estrábicos mirando inquietos a ningún sitio y su mano retorciendo y haciendo nudos en los pelos de su barba descuidada.


Aracné nos besó. Cuánto detesto los besos de gente que no es mi amiga y a la que no me une nada salvo una relación de subordinación. No sé por qué las mujeres besan y los hombres estrechan manos. Hagan un estudio o reivindicación al respecto señoras feministas.

Tras los besitos comenzó la reprimenda. Nos dijo a mi compañero y a mí que estábamos muy bajos en clientes digitales. A mi me sorprendió saber que yo había hecho seis clientes digitales en lo que va de mes.No sé cómo miden eso. Yo no era consciente de haber hecho nada. Cero. Y la estadística me regalaba seis objetivos cumplidos. Misterios que no intentaré resolver.

Pero esa cifra era claramente insuficiente. Claudio tampoco tenía grandes resultados. pero ahí estaba la señorita Aracné con una solución que ya había funcionado en otras oficinas.

-Para mejorar estos datos hemos creado las "parejas digitales". Tendréis unos listados y tú, Zarzamora, colaborarás con él -dijo señalando a Claudio- llamando a los clientes y concertando citas para que Claudio les enseñe toda la operativa digital.

Mi compañero estaba impasible, tomando notas. Yo hacía verdaderos esfuerzos de contención porque  tenía una risa floja interna que pugnaba por salir. Ella nos intentaba animar diciendo que nuestra sucursal no estaba sometida a ningún "ranking" como el resto de oficinas más "modernas", que competían para ver cual conseguía los mejores resultados.

-En la agencia de la calle Felicidad hay una pareja que lo está haciendo de cine. El operativo se va a jubilar en cuatro meses y está ilusionadísimo con el proyecto. Es pura energía.

A las dos de la tarde ni Claudio ni yo éramos pura energía. Era el momento fijado por esta nueva jefa para hacer nuestra "puesta en común". Con los listados que nos habían proporcionado desparramados sobre la mesa comentábamos la jornada.

-¿Con 63 años, a las puertas de la jubilación e ilusionadísimo con esto? -le decía a Claudio enpuñando los papeles y entre risas de ambos.

-Esa se lo inventa todo. Miente como nadie. Te creía más lista Zarza. ¿La has creído en algún momento?

Omití la respuesta. Y es que soy crédula a más no poder y pienso que puede haber gente para todo, y que sea feliz jugando a las parejas digitales. Fui al grano.

-Mira, te he conseguido dos citas, pero son señores mayores de los que se equivocan incluso al marcar los números de teléfono. No sé si lograrás siquiera que recuerden las claves.

-¡Qué vengan, si, qué vengan! y si no se puede, no se puede. ¡A tomar por saco con este rollo! No les vamos a poner una pistola en la sien para que hagan todo con el móvil. Yo lo dejaré todo anotadito en la agenda digital: quien ha venido, lo que le he dicho, lo que me ha respondido...Y me paso sus objetivos por donde yo me sé -concluye haciendo un gesto grosero.

-Vamos deprisita -le apremio- que aún tengo que cuadrar caja. He detectado varios difuntos en los listados. Vamos a tacharlos: Flor Eterna, la de 103 años, Pedro Rigor Mortis, que en el listado figura con 93 pero lleva muerto unos 10 años. Como no tenía familia ahí sigue todo. Nadie ha traído certificado de defunción ni nada. Y como el DNI era permanente la cuenta no se ha bloqueado.

Mi compañero me mira asombrado.

-Zarzamora, con tus conocimientos nos ventilamos este listado de mierda en dos días. ¿Y tú como sabes que están muertos?

-Los porteros, Claudio, los porteros. Son muchos años de amistad y en el barrio todo se sabe.

Aracné había hecho un cribado "informático" de posibles futuros clientes digitales y con ese listado, que tenía una media de edad de ochenta años estábamos trabajando "la pareja digital de la oficina". Será difícil convencerles de las bondades del mundo de Internet, App's, claves variadas... con esas edades

La jefa digital nos reprenderá por no haber conseguido nada. Roque y Lupe (director y subdirectora) nos regañarán porque considerarán que no hemos puesto interés y no cumpliremos los ansiados objetivos de la sucursal. Pero las risas que nos echamos cada día, a las dos de la tarde, cuando toca "poner en común nuestras actuaciones"... Eso no tiene precio.

viernes, 6 de septiembre de 2019

La planta

Estaba pensando si escribir o no esta entrada porque puedo parecer monotemática al hablar tanto de mi compañera Tolosa. O quizá alguien me acuse de manía persecutoria al fijarme tanto en lo que hace o deja de hacer.

Pero como ando con la mente un poco seca de ideas y últimamente la clientela no me ofrece material para la reflexión, o la diversión, cuento esta rocambolesca historia de carácter vegetal.

Nuestro veterano cliente Narciso, el jardinero, del que ya os hablé en la entrada Procrastinando, a veces nos regala una planta a cada empleado. Miento, al director nunca le regala. Yo podría llevarme la mía a casa, como hacen muchas veces mis compañeros, pero ya tengo suficiente invasión de plantas "crasas", debilidad de mi marido, que las cuida con gran dedicación.


En mi hogar yo no toco ni un tiesto, pero en la oficina mantengo bastante bien la vegetación que me regala Narciso, y recibo elogios inmerecidos de algunos clientes que piensan que tengo habilidades especiales para las macetas. La realidad es que se han adaptado a este espacio y microclima cercano a mi ventanilla y no precisan más que un poco de riego de vez en cuando. No necesito hablarles, aunque están cerca del aparato de radio en que sintonizo a diario una cadena musical y quizá la música les hace bien.

Tolosa también fue agraciada con un kalanchoe. Desde el primer día lo arrinconó en uno de sus estantes sin quitarle siquiera el envoltorio. La planta ha agonizado durante meses. El otro día le dije a mi compañera.

-Voy a llevar tu kalanchoe moribundo junto a mis tiestos. Aún le queda algún brote verde. A ver si se recupera.

Me dio su permiso. Le puse un plato debajo, regué, quité las hojas estropeadas -muchas- y, sorprendentemente, a los dos o tres días la plantita había revivido y estaba pujando con alegría.

-Mira, Tolosa, que bien está aquí tu macetita con todas las demás -le comenté al poco tiempo.

-Será si yo quiero -replicó con su cara inexpresiva, sin ningún atisbo de sonrisa.

Yo no sabía que quería decir. Si era una de sus bromas "oscuras", no la había entendido. Mi cara se convirtió en un interrogante.

-Insisto, que si quiero me la llevo a mi sitio. La planta es mía -me aclaró Tolosa.

-¡Claro que sí! Llevátela -le respondí haciendo amago de entregársela- Pero sin el platito, que es mío. La verdad es que pensaba que te daba exactamente igual. Ni siquiera la has regado estos meses.

Tolosa, como ya vengo observando, siempre quiere tener razón y decir la última palabra.

-¡Claro que la regaba! Hasta que me fui unos días de vacaciones y "nadie" -subrayó con énfasis la palabra- la cuidó.


-Mira Tolosa, nadie iba a cuidar una planta de la que tú pasabas, digas lo que digas. Se te empezó a morir desde el primer día.

En su mesa, un poco alejada, Lupe, la subdirectora, se contenía para no soltar la risa floja. Le divierte que me vaya dando cuenta del carácter de nuestra compañera.

-Bueno -transigió- la dejaré aquí- Pero que sepas que es porque yo quiero.

Esta anécdota me recuerda algo que sucedió en mi infancia. Una prima desechó un cochecito de muñecas y lo dejó en un trastero común donde nosotros también teníamos juguetes. Mi padre lo arregló y decidió devolvérselo a mi prima para que siguiera jugando con él.

Mis hermanas pequeñas no se lo perdonaron.  Ellas ya se habían hecho ilusiones de pasear a sus muñecos en ese carrito de segunda mano pero muy aparente. Mi prima no se merecía el cochecito. ¡Que lo hubiera arreglado su padre, no el nuestro! Por algo lo había abandonado en el trastero, porque no lo quería, porque estaba roto. Ya no tenía derechos sobre el carrito de muñecas. Pero mi prima, una niña que tenía más juguetes que todas mis hermanas juntas, bien que lo recibió de vuelta, ya arregladito. 

Esa absurda "legalidad " de nuestro padre hizo que nos hirviera la sangre. Yo soy más peleona que él. 

La conclusión en  ambos casos es un poco parecida y se resume en este dicho: ser como el perro del hortelano, que no come ni deja comer. O, más actualizado: yo no lo quiero, pero me fastidia que tú lo disfrutes.





miércoles, 28 de agosto de 2019

La vuelta

Poco a poco se van llenando vagones del metro, aceras, cafeterías y oficinas bancarias. Estamos en pleno retorno vacacional. Casi todos hemos vuelto desganados, con una cierta apatía. Va a resultar falso ese mantra de que "el trabajo nos realiza personalmente"
La ventaja de incorporarse en agosto es que la adaptación -al menos en mi caso- fue muy llevadera.

Roque, el director, aún sigue de vacaciones y la directora de zona nos dio tregua hasta este lunes, día en que volvió cargada de energías -malas- que materializa en exigencias siempre nuevas e inalcanzables que traslada por vídeo conferencia a sus subordinados. 

Es difícil que alguien que haya pasado unas relajadas vacaciones en la playa, montaña, en algún destino exótico, o vegetando en su casa, vuelva desprendiendo tantas "toxinas" y desconociendo el significado de "empatía".


Afortunadamente Lupe, que en ausencia de Roque está al mando de esta nave, más bien patera, bancaria, sigue tranquila en modo relax agosteño. No le importa mentir a la jefa y decirle con gran desparpajo y seguridad que hemos conseguido firmar esto y lo otro.

Muchos jefes perfectamente prescindibles están ahora asustados porque ven peligrar su puesto con este ERE en que estamos inmersos y que puede mover sillones y categorías. Por eso quieren resultados que les justifiquen, exigen lo indecible y piden el parte diario de cada sucursal, pero tardan en comprobar su veracidad. 

Así comenzamos nuestro nuevo curso. Todo sigue igual. Los jefes tóxicos van llegando y en un abrir y cerrar de ojos conseguirán que olvidemos lo bien que hemos trabajado mientras ellos estaban ausentes.

domingo, 28 de julio de 2019

Ella nunca se equivoca

Esta semana he estado sola con el director y con mi compañera comercial. He sobrellevado bastante bien la ineptitud "operativa" del jefe y la prepotencia de Tolosa, que nunca tiene fallos. Ella jamás dirá, como el rey emérito: "Me he equivocado, lo siento". Aunque el error sea evidente ella retuerce la situación y los hechos para que otros sean los culpables.

El jueves tuve un pequeño descuadre y le pregunté:

-Tolosa, ¿has tecleado tú un recibo de 37,80 euros?

-Sí, a Perico Palotes, que vino a primera hora y le voy a gestionar un fondo y hacerle un proyecto de seguro...

-Vale, vale -le respondí cortando su verborrea presuntuosa- lo has hecho en efectivo y no por cuenta y afecta a mi caja.

Tolosa no dudó. Eso, nunca.

-¡Imposible Zarzamora! Mira, te voy a enseñar el documento. Anoté la cuenta.

El papel me daba igual y su anotación me importaba un comino. Se había equivocado. Es fácil hacerlo con estas aplicaciones horrorosas que tenemos. Uno teclea la cuenta pero luego pulsa el botón de efectivo. A mí me ha pasado, reconozco el despiste y... ya está.

Pero ella seguía con su mohín de incredulidad, dudando incluso de lo que yo le enseñaba en pantalla:

PERICO PALOTES -RECIBO 37,80-EFECTIVO

Lo arreglé y la cosa no fue a más. Mientras, ella volvía a su sitio sin un pleno convencimiento de que había pulsado donde no debía.

Al día siguiente cogí el teléfono. Una señora muy nerviosa pedía hablar con mi compañera, que estaba fumando su cuarto cigarrito de la mañana en la calle. Cigarrito a cigarrito... se le van los minutitos.

Cada vez que sale me suelta la misma cantinela:

-Salgo un momentito (a fumar o a llamar por teléfono o a "echarse un café por la espalda") pero estoy aquí al lado. Si me necesitas me llamas.

Ante esta reiterada oferta salí y le indiqué la urgencia de la llamada. La mujer aseguraba haberse dejado el DNI en la mesa de mi compañera.

Nuevamente, Tolosa no dudó y no hizo ademán alguno de entrar.

-Dile que busque bien. Se lo he entregado. Estoy... segura no. Lo siguiente. Segurísima.

Y siguió hablando con su hija veinteañera que debe de estar hasta las narices de tanta llamadita materna.



Así se lo transmití a la cliente, que seguía desesperada y juraba y perjuraba que había vaciado el bolso, que no tenía el documento, y que el último lugar en que había estado era la oficina.

Finalmente entró Tolosa. Digna, envuelta en olor a tabaco, se dirigió con paso sosegado a su mesa. Desde mi lejanía la oí a los pocos minutos.

-¡Zarzamora! Voy a llamar a Olvido. Ha aparecido su carnet al mover unos papeles. ¿Sabes lo que ha pasado? -ya empezaba con su rollo exculpatorio- Es tan pesada que ha hecho amago de irse varias veces y luego me ha preguntado más cosas y el carnet... que si lo cojo, que si lo dejo, se ha quedado aquí, oculto entre estos documentos.

Lo que le pasa a Tolosa nos pasa y nos ha pasado a todos. Pero los demás dudamos. Pensamos que hemos podido teclear mal o haber retenido el carnet en el último minuto. Porque fallar es humano y dudar también. No vamos por el mundo con esos aires de suficiencia y presunción de Tolosa. No pensamos que todo lo hacemos bien. No damos por hecho la perfección en todos nuestros actos. No culpamos siempre -solo a veces- a los demás, al sistema informático, a la presión del público de nuestros fallos.

Por eso tantas veces no aguantamos a nuestra compañera.

Como colofón os pongo este mensajito que he leído en un grupo de whatsapp:

"Y de repente conoces a una persona y te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida sin ella"