lunes, 19 de septiembre de 2016

El cuento de la cigarra

Le reconocí en cuanto se puso  a la cola. Augusto, el director, no le había escuchado ni medio minuto y le había enviado a la ventanilla, muy en su estilo de lanzar balones fuera y librarse de clientes "molestos"

Rafael Maldonado estaba ante mí. Desdentado, mal afeitado y con un olor corporal fruto de la falta de aseo y no de los calores estivales.

Maldonado podía haberlo tenido todo y ahora solo tiene lástima de sí mismo y culpas que reparte generosamente entre los demás acusándoles de su situación.



Yo le conocí hace mucho, al poco de entrar en ese primer banco cuyo nombre se ha perdido en la confusión de sucesivas fusiones. Él tenía un buen puesto, reconocido y bien pagado, con viajes al extranjero por los que cobraba unas dietas considerables. Fue él quien pidió viajar para ganar más dinero.

Aún con esa situación de ingresos muy superiores a la media, vivía a base de préstamos (muy baratos para los empleados), adelantos de nómina (sin coste para los trabajadores) y tarjetas que "echaban humo" de tanto usarlas. En aquella década de los 90 hubo muchas burbujas. Los Bancos -o al menos el que yo conocía- prestaban a sus empleados sin mucho análisis, pensando que una abultada nómina era suficiente garantía.

La burbuja de Maldonado no explotó repentinamente, se fue deshinchando como esos globos abandonados que se convierten en puro pellejo flácido y arrugado. 

Llamaba por teléfono y todos los directores sin excepción, le esquivaban. Siempre necesitaba dinero para pagar a dentistas que, a la vista de su estado actual, nunca le arreglaron un solo diente. También apelaba al buen corazón del director diciendo que no tenía para comer, o que necesitaba regalar algo a sus hijos por su boda.

Ahora lo tiene todo embargado, está enfermo, sus hijos no le quieren ver, ni ayudar, pero sigue sin reconocer su propia culpa.

-Todo me fue mal cuando conocí a esa rusa que me sacó todos los cuartos.

Pero yo sé que es mentira. La rusa solo aceleró un poco el proceso cuando, al conocerla,  empezó a pensar solo con la bragueta y a soñar con una nueva juventud por simple roce con la lozanía de la rusa. Ella pedía y él le daba... dinero. Él pedía y... espero que por lo menos la rusa le diera alguna alegría al cuerpo ajado de Maldonado.

Resultado de imagen de la cigarra y la hormiga

Todo empezó mucho antes de su encuentro con la bella extranjera, cuando encorbatado y seguro viajaba a otros países, cuando tenía un puestazo en el Banco y pensaba que podía vivir por encima de sus muchas posibilidades. Cuando creía que siempre sería solvente y no supo organizar -mínimamente- su economía.


Lo siento, pero esta cigarra no me da pena.

sábado, 27 de agosto de 2016

Cuando los demás siempre tienen lío

Mi puesto, aunque como ya he comentado otras veces, está desprestigiado, es el único que ha de estar siempre funcionando. Cuando yo salgo a tomar algo, Lupe, mi jefa, me sustituye.

Al volver me suelo encontrar un mínimo de tres personas en la cola. A veces, tonta de mí, pensaba que la afluencia masiva le tocaba a Lupe, la pobre, y que estaba trabajando sin parar durante mi ausencia.
People standing in line --- Image by © Beau Lark/Corbis

-No te imaginas, Zarzamora, que lío en cuanto tú te has ido- me suele decir para justificarse.

-Sí sí, ya veo el regalo que me has dejado -le contesto mientras dejo el bolso a toda prisa y ella, aún con mayor urgencia, me deja la silla caliente enterita para mí. 

Lupe muchas veces ni siquiera espera a "acabar" con el cliente que tiene entre manos. En cuanto yo aparezco se levanta y el relax invade su cuerpo regordete. Aparte de dejarme la cola enterita para mí, me obsequia con ingresos de cheques, transferencias, recibos... operaciones que yo hago según las trae la clientela y que ella simplemente sella para que yo lo haga más tarde.

He perdido la inocencia. Se acabó el pensar siempre bien de mis compañeros. Da igual que yo salga a las 10 o a las 12. No importa si estamos a principios de mes o a mediados, Lupe siempre "produce" colas.

Los clientes suspiran aliviados cuando vuelvo a mi puesto.

-¡Qué lenta es tu compañera Lupe!
- Lupe estaba charlando con ese de allí -me indican señalando a Claudio Bobo sin ningún disimulo- y yo, mientras, esperaba aquí sin que me hiciera caso.
-¡Me ha tenido encerrada en la esclusa, con ese pitido horrible y Lupe hacía como que no me veía! ¡A mí, cliente de toda la vida!

El otro día el director, Augusto, en plan chinche, me dice por lo "bajinis"

-Vaya cola has dejado a tu amiga al irte a desayunar.

-¿Yo? ¿Colas? Perdona, Augusto, siempre me voy cuando no hay nadie esperando. Quizá Lupe es más lenta que yo y ella es la que genera las aglomeraciones de clientes que yo me encuentro al volver.

Hace unos días a Lupe la enviaron a otra sucursal a sustituir a un jefecillo de baja. Así funciona mi Banco, parece que sobra gente, pero juegan con el personal de oficinas infradotadas para que apoyen a oficinas en situación aún más lamentable.

Como es lógico, ni a la interesada ni a Augusto les hizo ninguna gracia semejante extorsión, pero poco pudieron hacer ante las órdenes de Recursos Humanos. Alli estuvo Lupe, desplazada un par de días en que yo tuve que apechugar con muchas de sus tareas pendientes aparte de las mías habituales.

Ella tuvo lío, muchísimo. Finalmente le tocó estar en Caja y no paró ni un momento. ¡Qué mala suerte! Le debió tocar la oficina con más movimiento de toda la ciudad.

Yo he estado hace poco en la misma situación. Me tocó ayudar a un pobre director que estaba completamente solo en su oficina. Como Tom Hanks, el naúfrago, en su isla, pero sin pelota a la que hablarle.

Yo trabajé, sí, pero con mucha más tranquilidad que en mi "hábitat" normal, y sin indignarme interiormente cada vez que veo como Maripi, Claudio o Augusto pierden el tiempo. El director, joven, no paró un momento. Formábamos un equipo perfecto. Cuánto tiene que aprender Augusto de estos jefes colaboradores y agradecidos.

Cuando volví a la oficina le dije a Lupe que habían sido dos días de no parar, de mucho, muchísimo lío. No va a ser siempre ella la que esté a tope.

miércoles, 27 de julio de 2016

Te regalo un amanecer

No me gusta el verano. El calor sofocante; los horarios alterados de la propia familia o de los vecinos; las jornadas laborales extenuantes porque hay que cubrir como se pueda a los compañeros que están de vacaciones, la pereza de encender un fuego para hacer una mísera tortilla; el sudor bajando en hilillos por la espalda mientras te entretienes encendiendo una televisión saturada de información política... Y los madrugones para ir a trabajar sin haber descansado lo suficiente por culpa del calor.

Después de un fin de semana refrescante y ocioso volví al trabajo y me estaban esperando dos inspectores que hicieron "arqueo". Es decir, contaron el dinero que una servidora tiene en ventanilla para asegurarse de que lo que yo declaraba en los papeles era correcto y que no había ningún desfalco. ¡Prueba superada!

Después pidieron copias de contratos, pólizas... de todo. En  fin, han venido en el peor momento, para amargarnos aún más este verano. 

Mi hija cumple años en esta calurosa estación. Cuando era pequeña celebraba su aniversario cuando quería, porque en verano sus amigos ya no estaban para acompañarla. Siempre lamentó no haber nacido durante el curso escolar. Ahora, ya crecida, le da igual, incluso le agrada que sea durante las vacaciones, porque la fiesta es más fiesta.

-Oye mamá -me dijo mi hijo- mañana nos vamos a levantar a eso de las seis para ver amanecer. ¿Nos acompañas?

-¿A las seis? Ni loca, y luego tardaréis en volver y yo tengo que ir a trabajar pronto, coger el metro... Que no, que no. Estoy muy cansada. ¿Y por qué se os ha ocurrido el madrugón?

-Es nuestro regalo para tu hija. El regalo de papá y el mío. Le regalamos ir a un sitio bonito para ver amanecer.

Antes de que amaneciera les oí salir. Yo "disfrutaba" de un duermevela de canícula,
Astron. Tiempo en que Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can, 
aparece junto con el Sol y que antiguamente coincidía con la época más calurosa
del año en el hemisferio norte.
con la sábana arrebujada en un extremo, los pies buscando alguna zona fresca de la cama, la nuca sudorosa bajo una melena que parecía una bufanda. Daba la vuelta a la almohada esperando que el otro lado estuviera frío, pero solo era eso, una vana esperanza.


Esta foto es de un amanecer "mío". El de mi hija era mucho mejor, pero la imagen se quedará solo para ella.
Mientras, mi hija disfrutaba de su regalo. Será de esas cosas que recordará siempre. Quizá el momento no fuera tan especial, ni tan trascendente, ni tan emotivo, pero  el paso del tiempo se encargará de hacerlo único, porque muchos recuerdos, como tantos vinos, mejoran con los años. 

Yo le había regalado unas gafas de sol. Pero no las necesitó para disfrutar de ese amanecer que le obsequiaron su padre y su hermano.

lunes, 18 de julio de 2016

Teatro: La llamada

Este fin de semana he ido al teatro con mi hija. Elegí la obra un poco al azar. Quería algo musical, pero algunos de los grandes musicales madrileños ya los había visto. Así que mi bolsillo agradeció ir al teatro Lara a ver "La llamada" porque estar sentadas en tercera fila  nos costó, con gastos de gestión incluidos, de esos que cobran por comprar por Internet, 19,40 eur por cabeza. No compreis entradas ni en primera ni en segunda fila porque la visibilidad es deficiente. Y si sois altos pedid asiento en el extremo porque el espacio entre butacas es para los españolitos de la época de Franco, cuando todos eran mucho más bajos. Hay quien dice que porque a los pollos no les alimentaban con tantas hormonas como ahora


Interior del teatro. El decorado es de una obra diferente a la que reseño.
                         
El teatro Lara es pequeñito, decorado en rojo y con un escenario modesto. En ese escenario estaba instalada la orquesta y la litera en que ya estaban durmiendo las protagonistas, mientras los espectadores nos acomodábamos en la sala.

                                     

Nada más comenzar, una gran cruz se ilumina en el escenario, María, una de las jovencitas que está en el campamento "La brújula" se despierta, y ve a Dios, que le canta canciones de Whitney Houston. "Dios" (el actor Richard Collins -Moore) canta desde  el pasillo del teatro o subido en unas escaleras que comunican con el piso superior. Es un actor mayor con muy buena voz.

Tanto María como su amiga Susana,un poco aburridas del campamento de las monjas, deciden largarse de fiesta de noche, sin que nadie las vea. Su travesura supondrá como castigo un par de días sin salir del recinto.Y durante ese tiempo se desarrolla la acción.

María, inquieta por sus visiones, se lo comenta finalmente a las monjas. Milagros es una monja joven, cariñosa, divertidísima hablando. Belén Cuesta, la actriz que la interpretaba, era para mi gusto la mejor de las cuatro  actrices. Mostraba ternura, duda, amabilidad, fuerza...

Bernarda, monja mayor y jefa de ese campamento, interpretada por Soledad Mallol (la del dúo Las Virtudes) es más severa, pero también con su punto cómico y tierno.

Y las jóvenes, María (Susana Abaitua) y  Susana (Anna Castillo) encarnan a la perfección las dudas y el deseo de encontrarse a uno mismo de todo adolescente. Yo, en mi tercera fila, les veía perfectamente la cara y notaba cómo en determinados momentos lloraban de verdad; vivían las escenas con una emoción tremendamente real.

Aunque hable de lágrimas, la obra es divertidísima, con mucho humor, con conversaciones tan ágiles que parece que están improvisando. La proporción de música y diálogo es muy acertada. No hay burla de la religión -he visto tantas obras en que presentan a curas y monjas de forma grotesca, que por eso reseño este detalle- y los personajes de las monjas y de las jovencitas son entrañables. Yo pienso que los mensajes de búsqueda, de duda, de amor, son universales. Por eso la obra gustará a todos, independientemente de sus creencias cristianas o no. 


En las últimas obras de teatro a las que he asistido siempre aparecía un toque homosexual o lésbico. Imagino que en ese afán por normalizar todo, se intenta introducir un detalle gay porque es lo que vende, tenga o no tenga sentido en la trama.

Esta obra tampoco es una excepción. No hay nada de mal gusto y todo es delicado pero, tanto mi hija como yo coincidimos en que era un poco forzado el cambio repentino de alguna protagonista. Y no digo más porque es mejor ver el espectáculo.

No sé si ahora en verano interrumpirán la obra, pero desde luego merece la pena verla. Para reír y también para pensar en temas trascendentes. Porque entre risas y canciones se presenta a un Dios muy musical, que nos quiere felices y que huye de tradiciones severas. Y quizá a todos nos gustaría que, como a la protagonista, Dios nos llamara con música, nos hablara con canciones.  



lunes, 4 de julio de 2016

Las historias que nunca se contaron

A mí me pasa mucho. Me quedo a medias contando cosas en el trabajo. La inmediatez del público, el estrépito del teléfono impertinente, la desgana del interlocutor... Hay mil historias, la gran mayoría relacionadas con clientes y que supondrían posibilidades comerciales, que empiezo a contar y nunca termino. Me pasa a mí y nos pasa a todos.

Cuando volví de unas vacaciones traje planos turísticos y folletos variados a Augusto, el director, que se había mostrado interesado en el lugar.

-A ver si tenemos un poco de tiempo y me cuentas con más detalle -me dijo un día mientras salía a comer.

Nunca hemos vuelto a hablar de eso. Era solamente charlar, no soy de las que abruma con fotos ni explicaciones excesivas, pero el momento pasó y ya no tiene ningún sentido retomarlo.


Hablamos a salto de mata. Enfermedades de los niños, estudios de nuestros hijos,  planes de fin de semana... todo se queda a medias porque siempre hay interrupciones. En mi trabajo suele faltar tiempo para contar cosas.

Pero hay ocasiones en que sobra tiempo que hay que llenar con conversaciones. Eso es lo que pasó en la última boda a la que he asistido.

El anterior director de la sucursal nos invitó a mí y a otros compañeros que ya no están conmigo, a la boda de su hijo.

-Vaya marronazo -pensé- una boda de compromiso. Mi marido dirá que pasa de ir, a mí no me apetece... A ver qué excusa invento.

Finalmente no tuve que inventar. Fui por una cierta pena, porque eran tan pocos de familia que  si no iban amigos o ex-compañeros, la cosa iba a resultar reducida. En fin, reducida para los estándares actuales de bodas, que se han convertido en todo un espectáculo.

Fui sin marido y sin expectativas, que es lo mejor que le puede pasar a una. Sí, no es agradable ir con tu amorcito, que no conoce prácticamente a nadie en ese sarao y al que se le puede dibujar en la cara un bostezo permanente a la primera de cambio. Y al no esperar grandes cosas de la fiesta, es más fácil acabar satisfecha.
 

Después de la ceremonia fuimos a un bonito sitio campestre donde hubo cóctel al aire libre -buenísimo- y luego cena -regular, con exceso de queso y carne muy poco hecha- ya bajo techado. Durante la cena nos sentaron a los antiguos compañeros del padre del novio con unos extraños. Podría haber sido una experiencia horrible, una búsqueda constante de temas banales para llenar ese tiempo largo de la cena, o podríamos haber hecho dos grupos con conversaciones paralelas. 

Afortunadamente una de las "extrañas" llevó la voz cantante durante toda la noche. Yo apenas metí baza -y eso que me gusta hablar- pero con ella era difícil conseguir hilvanar más de dos frases seguidas. De todos modos, yo ya estaba suficientemente entretenida apartando el queso del primer plato e intentando que me dieran un solomillo que no sangrara.

Agradecí toda esa charla banal que evitó silencios tensos; me encantó que no se hablara de Banca y que no comenzara la andanada de críticas habitual hacia el sector, pero cuando llegaron al momento "móvil" creí que me daba algo. Yo enseño fotos de mis hijos en momentos muy, muy contados, y que una señora a la que acabo de conocer me fuerce a ponerme las gafas para ver fotos de sus hijos ¡de treinta años!, me parece el colmo de la dependencia actual de los móviles, la mensajería, y las fotos a barullo. En fin, que no importan tanto las vivencias como tener testimonio gráfico de ellas.

Lo pasé bien en esa boda de compromiso, pero me tranquiliza pensar que, dada la situación personal de mis compañeros actuales de sucursal, todos casados y sin hijos en edad "de merecer", no creo que me vea próximamente en bodas de "hijos de..."

jueves, 16 de junio de 2016

¿Rectificar?

Ayer vino a buscarme mi amiga -no le pongo nombre ficticio porque como lee este blog de vez en cuando, no sé si le gustará un nombre inventado- Entró en la sucursal y observó ligeramente a los compañeros.

Al salir me dijo:

-Oye, ese compañero tuyo un poco escondido, tan tiesecito... ¿Es Claudio Bobo?

-Síii. Es él. Ahora me arrepiento de la entrada tan dura que le dediqué. El otro día me contó su historia. Tuvo un cáncer grave y creían que se moría. Estuvo incluso en una habitación "burbuja", aislada de todo tipo de gérmenes, mientras le reponían su médula dañada.

-Pues ya sabes, haces otra entrada y la titulas "rectificar es de sabios"

Ese fue el consejo que me dio mi amiga. Cuando un enfermo cuenta sus penas, cuando ves que lo ha pasado mal, que es un superviviente, un renacido, tiendes a sentir una extraña mezcla de admiración, compasión, alivio (porque a uno no le haya tocado una experiencia similar) y esos sentimientos cubren como un manto níveo cualquier defecto real. Ni los enfermos ni los muertos son malas personas. Nunca.



Sí, ayer yo sentía remordimientos por todo lo que dije de Claudio hace unos días. La escucha atenta de sus experiencias hospitalarias me había generado un hermanamiento en el que no tenían cabida las pequeñeces de la vida laboral. ¿Pero quién soy yo para criticar a un hombre que lo ha pasado tan mal, que ha vencido a un cáncer en estado avanzado? ¿Quién soy yo para criticar a un antiguo director que ha dejado de serlo porque su convalecencia le exige mayor tranquilidad? ¿Cómo podía haber criticado al que tan abiertamente y sin tapujos me había narrado sus dolencias? Yo, Zarzamora, estaba tremendamente arrepentida.

Pero como decía mi amiga, y repite hasta la saciedad Jaime Peñafiel (el cronista del mundo rosa) "uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras" o, más bíblicamente, "lo escrito, escrito está"

El arrepentimiento me ha durado menos de un día porque el haber estado muy, muy malito no implica que dejes de ser... bobo. Y hoy le hubiera dado de tortas cada vez que me mencionaba la "normativa".

Estábamos solos él y yo en el patio de operaciones. Yo, trabajaba y tenía una cola de unos ocho clientes. Claudio probablemente trabajaba -al menos miraba la pantalla y tecleaba, aunque Lupe también lo hace en horas de trabajo para comprar ropa por Internet-  Él no tenía a nadie 
en su mesa. Augusto, el director, estaba encerradito en el despacho. Es su costumbre cuando ve colas. El resto de la plantilla desayunaba en una cafetería cercana sin ninguna prisa.

Llegó la señorita Josefina Chillón a hacer una transferencia. Como sé por experiencia lo mucho que tarda en darme todos los datos, para agilizar y no hacer esperar a los de detrás, la mandé con Claudio.

Casi de inmediato recibo una llamada interior. No podía creer que el memo de Claudio me interrumpiera. Podía haberse levantado y venir a decirme lo que fuera. No estamos tan lejos uno del otro. Cogí el teléfono con un resoplido.

-Dime Claudio ¿Pasa algo?
-La señorita Chillón no trae el DNI.
-Haz la transferencia, la conozco desde hace más de diez años y te garantizo que es ella -le respondí impaciente.

Pero Claudio Bobo no se daba por vencido.

-Sabes que la normativa indica que el cliente ha de presentar su DNI todo momento y...

-Mira Claudio, te la cojes con papel de fumar.

-Es que claro, figura mi número de empleado en la transferencia y como comprenderás...

Le corté.

-Mándámela otra vez de vuelta a ventanilla si tienes tantos problemas. ¡Es que no me lo puedo creer!

Y colgué el teléfono con otro bufido, dando un golpetazo. Los clientes habían oído lo que yo decía e intuído las bobadas que soltaba mi interlocutor. 

Al final, hizo la transferencia. Tardó mucho más de lo que yo hubiera tardado, y volvió a quedarse solo. Yo seguía atendiendo.

-Mírale, solito, y tú aquí, sin parar. Qué injusta es la vida. No hay compañerismo ni nada. Pues que sepas que ahora vengo siempre a esta sucursal porque atiendes fenomenal y eres rapidísima -me dijo un señor de mediana edad.



-Pues nada, póngame un 10 si le hacen una encuesta -le dije riendo. Ahora en el Banco se dedican a hacer encuestas de satisfacción casi por cada operación que realizan los clientes.

Claudio quería justificarse a toda costa y tampoco debía tener muchas tareas que hacer. En cuanto me vio libre, vino a mi vera a explicarme con más detalle las razones de su comportamiento, los problemas -reales o imaginados- que podía acarrear saltarse la normativa, los fraudes que, en su etapa de director, había evitado por ser tan escrupuloso en sus actuaciones bancarias.

-Que sí Claudio, pero no te enrolles más, que esa era Josefina, soy tu compañera y creo que merezco una credibilidad si te digo que la conozco. 

-Sí, pero... Imagínate que ahora sale a la calle y la policía le pide el carnet. Te recuerdo, Zarzamora, que la obligación de todo ciudadano es ir documentado siempre. Entonces ¿qué dice a la policía, que pasen al Banco, que ahí les dirán que ella es Josefina Chillón?

Ya no sabía si darle una patada en sus partes, esas que se coge con papel de fumar, ponerle una mordaza, o reírme descontroladamente. Hice lo último. Y lo vuelvo a hacer ahora, mientras escribo, porque este individuo me va a dar mucho material para mi blog.

Al acabar la jornada me dice:

-Hasta mañana, coge energías.

-Sí, tranquilo, para seguir discutiendo contigo.

Y nos hemos reído nuevamente los dos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Tantos años juntos

Esta entrada se la dedico a alguien al que voy a recordar que hoy, precisamente hoy, tiene que leer mi blog. Espero que intuya por qué.

Costa de "Los Cancajos" en la isla de La Palma

Nos conocimos por casualidad, pero seguimos juntos con toda intención. Su anillo de boda reposa en el fondo del mar desde un mes después de la boda. Le quedaba grande. El mío ya está olvidado en un joyero. Con el tiempo me quedó pequeño. Ahora nos unen anillos, lazos, cordones... inmateriales, e intentamos que no se rompan.


Caldera de Taburiente (La Palma)

"Cascada de colores". Las aguas, con gran cantidad de hierro, y el musgo, le dan este colorido. Situada en el "Barranco de las Angustias", dentro de la "Caldera de Taburiente"

Esta primavera hemos hecho un viaje con ciertas similitudes con aquel viaje de novios, con mochila, botas y bocatas, de hace años, pero a un destino nuevo: La Palma y Gran Canaria, dos preciosas islas. Porque lo nuestro es andar. Por esos caminos de Dios marcados con bandas rojas y blancas, amarillas o verdes. Me siento segura caminando a su lado -soy torpe leyendo mapas y G.P.S.- y para él soy la compañía perfecta porque aguanto bien y sin quejarme aunque el camino sea duro.


Bosque de laureles y de helechos (La Palma)


Camino por terrenos volcánicos hacia el "Roque de los Muchachos" en la isla de la Palma



Cerca de "El Roque de los muchachos" hay numerosos telescopios construidos por distintos países. Es la mejor zona para contemplar el espacio.



El interior de la isla de Gran Canaria sorprende por su verdor y sus nieblas corretonas.

Acompasamos nuestro ritmo en el monte y en la vida. Cuando hay obstáculos buscamos senderos alternativos y llegamos  a nuestra meta. Siempre.

Gracias por caminar junto a mi

Roque nublo en Gran Canaria, lugar mágico e iniciático para los antiguos aborígenes



Dunas de Maspalomas en la isla de Gran Canaria



lunes, 30 de mayo de 2016

Pepephone, una estrategia diferente

Ayer, revisando mi correo personal de casa, entre los más variopintos mensajes de agencias de viaje, tiendas de cosmética, comercios de moda...-no sé por qué doy tan alegremente mi dirección electrónica, luego se me va el tiempo borrando correos que ni siquiera leo- me topé con un mensaje de Pepephone que sí abrí. 

He sido reacia a tener teléfono móvil. Sus ventajas no compensaban la libertad que consideraba que me robaba. ¡Qué pereza me daba estar constantemente localizada! Pero tuve que rendirme cuando hace un tiempo fui de viaje sin el amparo del teléfono de mi querido esposo.

Dejé al criterio de mi tecnológica familia el modelo de contrato más adecuado para mis someras necesidades de contacto. Mi teléfono es una generosa herencia de mi hija que, como el resto de la familia, tiene dispositivos más avanzados que yo. El boca a boca familiar desembocó en un contrato con Pepephone. 

Ayer, leyendo el correo de esta empresa, pensé que son unos visionarios. En un mundo en que los bancos, las compañías energéticas, el supermercado del barrio... quieren conocer al dedillo las costumbres, los gastos, los ingresos, la situación familiar, los estudios, la fecha de nacimiento, las marcas preferidas, las aspiraciones y frustraciones de todos sus clientes, con la excusa de atenderles mejor, tratarles personalizadamente y ofrecerles los productos más adecuados, Pepephone renuncia a conocer a sus usuarios. Les considera lo suficientemente maduros para que ellos decidan -solitos- lo que quieren.

Pueden ponerse en contacto con la empresa si así lo desean sin teclear mil absurdos números, ni escuchar voces enlatadas que les van llevando, en un proceso progresivo y desquiciante, hasta el operador que les solucionará el problema. Yo solamente les he llamado una vez y me atendió a la primera una señorita que no recitaba un discurso prefabricado.

                   Los Bancos, como siempre, van a remolque y piensan que son modernos. Cada vez tenemos a la clientela más fichada con complejos desarrollos informáticos y estadísticas de todo tipo.

Transcribo literalmente unos párrafos de la carta recibida de Pepephone. A ver si alguien en la Banca y en otros sectores, toma nota de que el futuro va en otras direcciones y los clientes nos hemos hecho mayores e independientes.

Sé que eres una persona normal como yo, pero no tengo ni idea de si estás casado, si te gusta el fútbol, si pulsas mucho nuestra página web, si tienes más tendencia a darte de baja según la provincia en la que vives o tu nivel socioeconómico, porque no me importa y porque no lo mido. No sé qué es el índice NPS ni si el color azul te sugiere más impulsividad para comprar que el rojo o el morado. No tengo un powerpoint que te estudie a tus espaldas. No sé qué es un consultor de negocio. Sólo sé que si tú eres una persona normal como yo y estás aquí es porque buscas paz y sabes lo que está bien y lo que está mal, por encima de todas las frases vacías y falsas que te podamos decir para atraerte. Tanto tú como yo somos la milagrosa demostración de que existen clientes extraños que pueden no sólo necesitar precio o un montón de funcionalidades chulas e inútiles. Algo inconcebible desde el punto de vista formal de una empresa de telecomunicaciones, pero sencillamente necesario desde el punto de vista de las personas.



Yo soy el que piensa que la famosa “experiencia de cliente”, que hoy obsesiona a todas las empresas hasta el punto de llamarle “customer experience” y dedicar millones de euros a analizarla, medirla y poner índices de colores para gestionarte como si fueras un ratoncito con cables rodando en una jaula, simplemente no debe existir. Soy el que piensa, al igual que tú, -aunque nunca hayas tenido que razonarlo- que la mejor experiencia de un cliente con una empresa es la que no existe. Tus experiencias las proporcionan tus amigos, tu familia, tu pareja, tus aficiones, tu vida personal, no tu empresa de luz, ni de telefonía, molestándote todos los días para decirte que “quieren que seas feliz” y, por ello, patrocinan tu cena de Navidad o tus “mejores momentos con los tuyos” o “quieren formar parte de tu vida” cuando no saben ni quién eres. Yo creo -probablemente de forma equivocada, pero lo creo-, que tu empresa debe darte un servicio y pasar desapercibida, tanto en tu bolsillo como en tu tiempo diario, hasta que tengas un problema y quieras hablar con ellos. Y, en ese momento, no venderte nada, sólo atenderte y resolverlo como lo haría una persona normal, para seguir pasando sin apenas ruido por tu vida como si no existiera y convertirse en la mejor empresa posible: la que parece que no está. Tú no me conoces porque tengo 100 nombres y yo he renunciado a saber quién eres tú y a estudiarte porque eso te protege de mí: soy una empresa y sabes que cuando hablas conmigo podría tener la tentación de mirarte la etiqueta que llevas en la espalda para decidir si te trato mejor o peor, o para calcular lo que te digo o cuánto te cobro. Afortunadamente, no llevas etiqueta, al menos la mía. Afortunadamente, no sé leerlas.

lunes, 16 de mayo de 2016

Desayuno de trabajo

Era la primera vez que me convocaban a algo así: desayuno de trabajo. Leí cuidadosamente la lista de convocados. A algunos los conocía. Todos teníamos el mismo perfil laboral: trabajadores de ventanilla. Me hizo ilusión la convocatoria en la que no quedaba demasiado clara la temática, pero que me permitiría intercambiar vivencias con compañeros del Banco en mi misma situación. Y me gustó más poder estar dos o tres horas fuera de mi sucursal, en una especie de largo recreo. Por una vez yo era la convocada a una reunión. Por rollo que fuera no sería tan inaguantable como los raptos mañaneros de Augusto en su despacho.

La víspera se me planteó un dilema: "¿Será desayuno de verdad o es una forma de hablar y no nos van a obsequiar ni con una galleta? Como la convocatoria era temprano, decidí prescindir de mi Cola-Cao con tostada. Si daban algo, había que aprovecharlo, y si el desayuno resultaba ser algo "virtual", luego desayunaría en cualquier cafetería con alguno de los conocidos con lo que esperaba encontrarme.

Llegué puntual al salón -céntrico- en que nos habían citado. Ya estaba casi lleno de compañeros más madrugadores. Yo era de las más jóvenes, rodeada de empleados bastante más añosos. No se veía una sola corbata entre los hombres, ni tacones altos entre las féminas. Comodidad ante todo. Solo con vernos, se notaba que hay clases y clases. Y yo estoy encantada con el grupo al que pertenezco. 

Aparecieron las primeras corbatas, anudadas al cuello de nuestro director de zona, nuestro responsable de calidad, y nuestro encargado de formación. Y unos tacones: los de una joven gestora de recursos humanos, que podría, por edad, ser hija de alguno de los que allí se encontraban. ¡Por Dios, cuanta gente para charlar con nosotros!

Un servicio de cátering nos proporcionó un estupendo desayuno. El director de zona insistía en que comiéramos. Otra diferencia de clase: nosotros sí comíamos. A los jefes o jefecillos les da apuro ingerir algo en estos eventos y los bollos quedan intactos. Aquí sobró poco, y algún compañero pidió permiso para llevarlo a su sucursal y que no se echara a perder.

Comenzó una ronda de presentaciones. Como el primero dijo su nombre, edad, la sucursal en que estaba y lo feliz que estaba con todos sus compañeros, todos cogieron el mismo esquema. Al quinto compañero yo había desconectado totalmente. Sabía que no iba a recordar ni nombres, ni lugares. Realmente no me importaba. Y pensé que yo no iba a decir ni mi edad, ni los años que llevaba en la oficina y que había que dar un poco de vidilla a ese "rosco" de intervenciones de cuarenta personas.

-Soy Zarzamora, llevo bastantes años en un puesto que es envidiado y despreciado, que está en peligro de extinción. Como todos nosotros. Tenemos la media de edad más grande del Banco. No hay más que vernos.


No hizo falta explicar mucho. Desde luego mis compañeros me entendieron. Y a los encorbatados y a la taconosa les gusté. Les agrada que alguien se salga un poco fuera del tiesto.

-Roberto Claro, por favor, toma nota porque me interesa que Zarzamora colabore en los talleres de mejora que estamos organizando -indicó el Director de Zona al joven responsable de calidad.

Ya estoy fichada -me dije- No sé si ha sido buena idea hacerme notar.

Como son muy diplomáticos, nos tranquilizaron a todos, nos hicieron la pelota diciendo que nosotros somos los que mejor conocemos a los clientes (que es totalmente cierto), que somos un pilar fundamental de cada sucursal y que tenemos que colaborar con el resto de figuras comerciales (todas menos nosotros) detectando necesidades, informando de nuevos productos y derivando a potenciales clientes a las mesas de nuestro director y gestores.

Nos dieron un pequeño "barniz" de cómo usar algunas herramientas comerciales y nos tentaron  con una zanahoria:  los eurillos que podemos ganar si, con nuestras recomendaciones, se consigue firmar un préstamo, un seguro o un plan de pensiones.

Como yo sospechaba, una preparación del terreno. Pronto irán poniendo los cimientos de una nueva estructura bancaria en la que nosotros sobraremos: los trabajadores de ventanilla, los envidiados (porque hasta ahora no teníamos presión comercial), los despreciados -a veces- por nuestros propios compañeros de oficina y -a menudo- por la jerarquía bancaria, porque consideran que nuestro trabajo es poco cualificado y no aporta valor al Banco. Solo es válido el que vende.

Del encuentro me quedo con la calidad del desayuno, las felicitaciones que recibí al final de algunos compañeros que estaban de acuerdo con lo que yo expuse, el reencuentro con mi antigua compañera Glicinia y el no ver la cara de Augusto, mi director, hasta casi las doce de la mañana.