sábado, 12 de mayo de 2018

Adiós Augusto (continuación)

A ninguno nos apetecía mucho hacer una comida de despedida, pero como es lo tradicional cuando hay una jubilación, Lupe se puso manos a la obra. 

En la sucursal somos pocos y mi jefa decidió hacer un grupo de whatsapp incluyendo a antiguos compañeros y a algunos amigos de Augusto de otras sucursales, para que la reunión fuera más animada y para que el coste del reloj que le pensábamos regalar (también es tradición regalar reloj) nos repercutiera menos. En ese grupo estaba excluído el ex-director al que íbamos a homenajear.

Entre todos propusimos días adecuados y se decidió el restaurante. Augusto sabía que 
iba a comer con nosotros, con los de la sucursal, en esa semana. Lupe no le había dicho que íbamos a ser muchos más y que sería su despedida oficial, con regalazo incluido. Pensábamos que el factor sorpresa estaba bien. 

Claudio Bobo se curró mucho lo del regalo. Nos trajo fotos y precios de muchos relojes, muy caros, muy aparatosos, un tanto inútiles, pero que son los que se suelen regalar. En la vida hubiera comprado yo algo así a mi marido -que, por cierto, mira la hora en el móvil- pero ya me había resignado a "tragar" y a pagar. Pequeño peaje por librarnos de Augusto.

Tiempo, Gestión Del Tiempo, Cronómetro, Industria

Una semana antes del evento nos comunicaron las "notas", la evaluación anual que nos hacen los superiores en las oficinas. Sí, como en el colegio. Y Lupe y Claudio no "progresaban adecuadamente" según el baremo del director jubilado. Con esta "sorpresa póstuma" a todos nos empezó a dar una pereza enorme agasajar a Augusto, que se había marchado fastidiando a su personal hasta el último minuto. A pesar de este disgusto pensábamos hacer de tripas corazón y asistir, y pagar nuestro menú y la parte proporcional de la comida y el regalo del "protagonista".

Sorprendentemente Augusto llamó a Lupe al día siguiente. No dio muchas explicaciones.

-Hola Lupe. Mira, que no puedo ir ese día a la comida. A ver si se puede posponer.

Lupe vio el cielo abierto.

-Pues ya va a tener que esperar. Zarzamora coge unos días de vacaciones, yo tengo bastante lío las semanas de los puentes... Mejor vuelves a llamar tú y nos dices cuándo te viene bien.

En cuanto colgó se dirigió a Claudio.

-Claudio ¿Has encargado ya el reloj?

Afortunadamente aún no había ultimado nada, aunque había dedicado mucho tiempo a mirar, comparar, fotografiar modelos...

En el restaurante pudimos cancelar la reserva sin problemas. Y en el grupo, Lupe, aséptica, escribió un mensaje para todos:

-Chicos, me ha llamado Augusto. Parece que no puede venir el día que habíamos acordado. Así que la comida de jubilación se suspende hasta que él nos comunique una fecha que le venga bien.

Sabemos que no habrá comida. Y que Augusto nunca tendrá ese reloj fardón y absurdo que mis compañeros habían elegido para él.

viernes, 4 de mayo de 2018

Adiós Augusto

No sé qué va a ser de este blog de ahora en adelante. Quizá los lectores disminuyan de forma drástica. Sé que el director de mi oficina, Augusto, tenía un gran tirón. Sus enfados, sus absurdas reuniones, algún que otro "tic" ligeramente machista... y, por supuesto, el hecho de que yo cada vez le aguantaba menos, ayudaban a la creación del personaje peculiar que siempre deparaba sorpresas.

Llevo un mes sin Augusto. Un buen día le llamaron de Recursos Humanos y él se inquietó un poco. Pensó en un posible traslado y, a su edad, aunque no nos considerara sus empleados perfectos, la incertidumbre de encontrarse a elementos desconocidos en una nueva oficina, le alteraba.

La llamada fue imperativa.

-Augusto, ven a Recursos Humanos de inmediato. Deja lo que estés haciendo y cancela las visitas. 

No tuvo que cancelar visitas porque nunca tuvo muchas. Siempre le visitaban los mismos clientes a los que hacía la pelota descaradamente y que no eran los más merecedores de tanto servilismo.

En fin, allá que se fue Augusto echando el bofe. Los malos momentos hay que pasarlos cuanto antes.

Volvió a las dos horas con un papel firmado en que aceptaba su prejubilación. Es cierto que él ansiaba ese momento, pero yo no le veía preparado mentalmente para ello. Demasiado apegado al trabajo, carente de aficiones, yo me pregunto ahora, como en aquella canción de Perales : ¿A qué dedica el tiempo libre?

Augusto vio el peligro de negarse: Traslados a oficinas lejanas, defenestración fulminante a puestos de menor relieve. Cuando en el Banco te dicen "vete", es mejor no resisitirse porque suelen hacer imposible la vida laboral al que ha osado rebelarse.

Tal y como estaban las cosas -presiones excesivas, objetivos imposibles de cumplir, oficina vieja, sin reformar, dejada de la mano de Dios-  Augusto firmó y se preparó para traspasar los poderes a su sustituto.

Lupe no se lo creía.

-Ay, Zarzamora, tengo un buen pálpito. No sé cómo será el nuevo, pero mejor que Augusto, seguro.



Yo no sabía entonces que ya sabía muchas cosas del nuevo. 

En mis charlas de metro con una vecina y colega que trabaja en otra oficina, ambas despellejábamos a nuestros directores y poníamos a caldo a algunos compañeros.

Amalia me llamó esa misma mañana.

-¿Qué pasa? ¿Qué me tienes qué contar de tu director?

Yo, dudaba, porque se suponía que todo era secreto, muy reciente, y que Augusto lo iría comunicando a su ritmo.

-¿Por qué me preguntas? ¿Tú sabes algo? -le contesté.

-Venga, que puedes hablar sin problemas. Atenta. ¡Es mi director el que va a tu oficina, porque aquí viene otro! Mira, por lo que hemos hablado tú y yo tantas veces, creo que vas a salir ganado. Roque no se cambia mucho de traje y suele enfermar cada dos meses pero no necesita tantos secretarios como el tuyo y sus reuniones son rápidas.

En Banca es muy habitual mover a varias personas para colocar a alguien muy concreto en un determinado puesto.

Roque Ronco Coca, el sustituto de Augusto,  más joven que él, salía de una sucursal muy buena para venir a la nuestra, objetivamente de menor categoría, pero no tan horrible como le dejó caer Augusto en la semana que estuvieron juntos.

Antes de irse, cada director tuvo que evaluar a sus subordinados. Siempre toca hacerlo en marzo.

Roque puso buena nota a todos.

-Yo puse un sobresaliente a mis empleados,aunque era consciente de que algunos no se merecían tanto. Ya que me voy, voy a dejarles un buen recuerdo. Evaluar bien o mal supone unos pocos euros de diferencia. ¿Para qué irme fastidiando a mi plantilla?

Esto nos ha contado el nuevo, ya en ausencia de Augusto, cuando ha cogido confianza y ha visto que no somos tan malísimos como el otro le hacía creer.

Augusto, en cambio,suspendió a Lupe y a Claudio Bobo. A mí no, porque no pudo. Mi evaluación depende de Lupe, no de él

Mis compañeros se enteraron de esto cuando ya habíamos preparado su comida de despedida y habíamos elegido el reloj -caro- que le íbamos a regalar.

Os dejo con la intriga y prometo continuar el serial sin demasiada demora.

lunes, 9 de abril de 2018

Vuelve mi joven lector

No creo que te acuerdes de mí, pero soy aquel joven de 22 años (hoy en día casi 25) que te escribió un comentario en un post allá por Abril de 2015. 

Esta noche he estado pensando detenidamente en cómo han sido para mi estos últimos años y lo mucho que han cambiado las cosas en mi vida en algunos aspectos, hasta que he llegado al episodio de mi primer trabajo y el miedo que tenía entonces...y me he acordado de lo mucho que me ayudó este blog en aquel tiempo...me dio mucha seguridad, ventajas y motivación al ver tus vivencias y opiniones de alguien tan parecido a mí en muchos aspectos.


Acabo de recibir este comentario en mi anterior entrada "Cobardes". Y me ha hecho la misma ilusión que ver de nuevo a un antiguo amigo, o volver a algún lugar en que fui especialmente feliz. Estas sorpresas que a veces depara escribir en un blog son las que dan sentido a todo esto. 

A veces pienso si tiene sentido dedicar tiempo a contar cosas al aire, esperando que haya lectores que las disfruten o se interesen por ellas. Como decía un aspirante a escritor: "No me preguntes por qué escribo, pregúntame si algún día podré dejar de hacerlo" Sin considerarme escritora, como mucho "articulista aficionada", necesito trasladar a palabras lo que llevo dentro en un afán de organizar mis ideas y quizá con cierta esperanza de permanencia. Internet me da la oportunidad de compartir mis inquietudes y eso me gusta.

Y si después de tres años vuelvo a recibir noticias del "joven estudiante de 22 años", que ya tiene casi 25, siento que todo esto vale la pena, que las tecnologías no nos aíslan tanto como pensamos, sino que son ocasión de nuevas relaciones, quizá meramente intelectuales y nunca físicas, pero igualmente válidas.

A veces hay puntos de inflexión -o de reflexión- en la vida. Cuestionas si estás haciendo lo que te gusta, si tu trabajo está de acuerdo con tu forma de ser y pensar. En nuestra sociedad es difícil encontrar un empleo. Conseguir uno en que te sientas plenamente satisfecho, al que desees llegar cada mañana, es una utopía. 



Cuando uno tiene una familia valora la seguridad, el horario, y muchos -como yo- en ningún momento nos hemos planteado un cambio. ¿A dónde? Si al fin y al cabo, trabajar en Banca es de lo menos malo, siempre que te libres de las presiones comerciales, que te aniquilan psicológicamente.


Yo, como cualquier asalariado, he tenido momentos en que se me hacía un mundo ir a trabajar. Otras etapas han sido más agradables. La solución no es tanto trabajar en lo que uno quiere -muchas veces una vana esperanza- sino intentar "querer" lo que uno hace. Buscar sus puntos positivos, reír con tanta gente buena que pasa por mi ventanilla, ignorar a los insolentes sin dejar que me contagien sus negatividades, no dejar que las peleas o malos rollos con los compañeros se enquisten, porque días torcidos los tenemos todos.

Somos tan solo cuatro empleados en mi oficina, y algún otro "empleado volante" que viene y va. Una "familia" laboral con sus alegrías y sus disgustos. Es mejor llevarse bien.

Uno de mis hijos tiene la edad del joven que me escribe y también está trabajando. Él, en temas completamente alejados de la Banca y de la empresa. Como él, está en una edad en que no sabe si quedarse anclado dónde está o buscar nuevos rumbos.

No hay nada perfecto. Empresas, familias, comunidades de propietarios, asociaciones, parroquias... Cuanto más conoces y más introducido estás en un grupo de gente, más percibes sus defectos, las cosas que habría que mejorar. Ningún grupo es perfecto. Pero hay que procurar que lo negativo no prevalezca o, al menos, tomarlo con humor.

No sé lo que te aconsejarán tus padres, joven amigo, pero yo, como madre, prefiero no decir mucho a mi hijo. A los padres nos consideráis viejos, antiguos, acomodaticios. Nada nuevo; yo también pensaba eso de los míos. La misión de los padres es dejar que sus hijos se equivoquen, o acierten, ellos solos, opinando de tarde en tarde.

No te arrepientas de todo lo que has escrito. A mí me ha encantado. Y si hubiera sido más largo, mejor. Todas esas vivencias de tu verano como becario me han recordado mis experiencias. Los errores, las alegrías, muchas veces son los mismos. Yo también me he equivocado pasando como ingreso una salida de dinero.

Afortunadamente, en banca todavía somos humanos. Por eso metemos la pata, como cualquier mortal. Y seguimos adelante, como muchos otros trabajadores que, aunque les cueste, madrugan cada día para, con su esfuerzo, conseguir que el mundo siga funcionando.

Un abrazo muy fuerte y que seas muy feliz en la vida. Ese es un premio mejor que cualquier salario.

lunes, 19 de marzo de 2018

Cobardes.

En Banca no paramos de recibir "normativas europeas". Se supone que mejoran la seguridad de los clientes, pero como en mi empresa todo se hace tarde, mal y con prisas, la seguridad se traduce en parálisis e ineficacia.

Yo, simple pero muy válida empleada de ventanilla, hacía compras y ventas de acciones hasta hace nada. Con la actual normativa no puedo hacer estas tareas, que están reservadas para compañeros de más categoría comercial que además han tenido que superar un examen.

Da igual que ya se tenga una carrera o un máster. O que se entrara con pantalón corto y casi sin estudios y a fuerza de tesón se haya progresado hasta llegar a director -este es el caso de Augusto- Es indiferente la trayectoria de cada uno. Para cumplir la normativa europea el Banco obliga a "certificarse".

Mi Banco no ofrece clases presenciales ni recompensa el esfuerzo extra con dinero o días libres. La enseñanza se basa en cursos "on line" intragables y numerosos tests para practicar.



En mi oficina nadie está certificado todavía. En teoría nadie puede gestionar operaciones de acciones, fondos, derechos... La burocracia que genera ahora cualquier operación es horrorosa. Bastante tenemos con perder el tiempo con las operaciones de nuestros propios clientes como para atender a los de otras sucursales.

Esta mañana ha venido una cliente que trabaja en las cercanías pero sus posiciones las tiene en una sucursal de Segovia. Quería vender unos derechos de una compañía española. Una tontería de gestión que yo he tecleado miles de veces pero que ahora no puedo hacer porque incumpliría los nuevos códigos europeos de actuación al no estar "certificada".

Transmito el problema a mis tres compañeros ¡tres! que a las diez de la mañana ¡las diez! aún seguían en el despacho de dirección hablando de lo divino y de lo humano.

- No, Zarzamora, que vaya a su oficina- dice Lupe displicente.

-Su sucursal es de Segovia- les aclaro.

- Me la pela -contesta indiferente adoptando el modo ordinario que a veces le caracteriza.

Yo intento aportar soluciones.

-Me dice que si la ayudáis con las claves de Internet y la vais guiando podría hacerlo ella misma, pero que nunca ha entrado en la aplicación. ¿Por qué no salís alguno y delante de un ordenador le vais indicando?

No hacen más que decirme que los clientes han de ser digitales, autosuficientes, que se hagan ellos todo... Pues nada, yo parada y los tres pavos sin moverse. Mientras, el público va llenando una oficina vacía de empleados.

-Mira, dale este teléfono y que la ayuden ellos- Así zanjó mi subdirectora el problema.

Le di el número a la paciente mujer sin decirle que dudaba mucho que le fueran a solucionar nada. Y se marchó disgustada.

En cuanto me quedé libre, el trío de cobardes me hizo señas desde el despacho donde aún seguían (10:15 de la mañana)

-Zarzamora, Zarzamora ¿Qué ha pasado por fin?

-Ha dicho que en cuanto pueda se va de este Banco.

Y así seguimos. Haciendo "amigos". No somos un Banco global. Cada oficina que solucione sus "mierdas" Y si el cliente, enfadado, se va, "nos la pela". Total, su oficina era la de Segovia, no la nuestra.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Mala persona

Lunes 8 de la mañana.

M. saluda a todos los directores y a sus empleados, reunidos en un despacho de cada oficina. Su cara asoma en una cuadrícula del ordenador.

-¡Buenos días, paso lista!

Cada director va saludando y pobre del que no esté conectado. Le cae bronca pública cuando se oye su "clic" tardío de conexión.

-¡Chicos! Espero que esté todo vuestro equipo escuchando porque es de vital importancia, insisto, de vital importancia, la implicación de todos y todas -por vocabulario "igualitario" que no quede- en la consecución de los objetivos trimestrales.

Meli y Luke (Son directores generales, pero a M. le gusta decir solo su nombre, sin apellido, como si fueran coleguitas suyos, aunque desconozcan la patética existencia de M.) nos han transmitido la urgencia de un último empujón en este trimestre que nos ayude a "cubicar" en resultados.

No sé por qué utiliza esta palabra que no viene a cuento de nada. Imagino que de vez en cuando le gusta "innovar" pero no sabe ni lo que significa.

-Señores, esto va de llamar, llamar y llamar a los clientes y concertar visitas ¿Vale? Ningún director debería irse tranquilo a casa a las 3 sin haber "cubicado" en seguros, cuentas, fondos de inversión y descuento de papel.

Mis compañeros anotan diligentemente todo lo que hay que hacer.

-No admito justificaciones de parvulario, ni excusas tontas de falta de tiempo. Señores, insisto nuevamente: si se llama, pero se llama de verdad, hay resultados. Así son las cosas ¿Vale?

Tenemos productos estupendos, competitivos. Los clientes están esperando nuestra llamada para contratar el nuevo seguro "Muerte-tranquila" y la innovadora cuenta "Cuenta-mentiras". Repito, señores, nuestras ofertas son potentes y no veo movimiento en la red. Los objetivos del trimestre ya deberían estar cumplidos y sobrepasados.

                                  
Augusto, Calígula, Nerón... mirad el "ranking".  -En ese momento aparece en la pantalla un cuadro plagado de cifras rojas- Estáis muy por debajo de la media. ¿Se puede saber qué hacéis con vuestro equipo? Que dejen todo y se dediquen a llamar. Quiero al menos 20 contactos diarios. ¡Y positivos! Repìto por enésima vez ¿Como podéis cerrar la oficina y marchar a casa  tranquilamente con estos resultados? Esta tarde os quiero ver en mi despacho para ayudaros a remontar esto (Mentira, para enfadarse más aún con ellos. Sus convocatorias son un castigo psicológico)

Esto va de conseguir el reto -Aquí siempre hay retos, varios al día, o a la semana, según se le ocurran a Meli, Luke o cualquier soplagaitas aposentado en sillones de cuero- que nos han fijado para este trimestre. Sí o sí. Si no veo resultados, que nadie se atreva a pedirme días para Semana Santa. Coincide con el fin de trimestre y si directores y comerciales no se pueden ir de vacaciones, no se van hasta que nuestra zona se convierta en referente para el Banco. Hemos bajado de un décimo puesto a nivel nacional a un vigésimo puesto. Nos han adelantado zonas de Palencia y Asturias y esto no toleraré que se repita. ¿Entendido?

Señores, concreto el primer reto de esta semana: Que cada figura comercial (llegamos a una despersonalización total, nos van degradando: personas, empleados, figuras) refuerce las "patas" de pasivo contratando cuatro "Cuenta-mentiras" y 50.000 EUR en el fondo "Con-suerte-no-pierdo". La pata de activo la animaremos con los competitivos préstamos "Pan-para hoy": contratad 60.000 EUR por figura. Por último la "pata" de seguros. Para cubicar necesitamos tres seguros "Muerte-tranquila" y tres "Mi-casa-es-una-ruina"

                              
Mis compañeros ya no apuntan nada. Mascullan entre dientes y hacen cortes de manga a M. Su imagen en la pantalla, incasable como el conejito de Duracell, sigue lanzando consignas con tono autoritario y despótico.

M. es una mujer. En este día de la mujer en que hay tantas propuestas de huelga en pro de las féminas, a veces discriminadas y sometidas, yo transcribo lo que M. cada lunes, vomita a las oficinas.

Ser mujer no es sinónimo de bondad y empatía. Hay mujeres malas que intentan trepar a toda costa. Exigen resultados para asegurarse los suyos. Sin importarles la situación de cada oficina. Sin querer escuchar ni conocer problemáticas. M., Maléfica, lo único que hace es exigir.

Que nadie se engañe, hay mucho bicho femenino en puestos de importancia. Es una pena que muchas consigan ascender para ser más cabronas que los hombres cabrones.

martes, 27 de febrero de 2018

En peligro de extinción

El otro día llegaron a la oficina los resultados de las "mediciones de calidad". A pesar de la lentitud de Claudio Bobo, de los arrebatos iracundos con los que a veces nos obsequia Lupe, y de la incompetencia persistente de Augusto, hemos obtenido una buena nota.

Mi trabajo en ventanilla ha elevado considerablemente la calificación global. Muchos clientes me decían con un tono misterioso, como si desvelaran un secreto:

- Me han llamado del Banco para preguntarme si estaba contento con esta sucursal. He dicho que tú eres la mejor empleada y he puesto un diez de nota.

Lo del diez me lo dicen agachando un poco la cabeza y con la mano junto a la boca, en modo "te estoy contando confidencias"

Es una inyección de satisfacción saber que los clientes te valoran y que eso quede reflejado ante la superioridad. Pero no sirve de nada. A mi puesto le queda muy poco recorrido.

Los jefes están a "lo suyo", que es el machaque y las exigencias desmesuradas, el examen continuo de estadísticas y posición de cada oficina en la lista de resultados. Los Bancos físicos nos hemos de convertir "sí o sí" (cómo les gusta esta muletilla sin posibilidad de réplica) en Bancos digitales. Todas las operaciones habrán de hacerlas los clientes en su ordenador o teléfono móvil.

Por otro lado tenemos convenios para atender las demandas "físicas" de bancos "on line", como ingresos y pagos en efectivo.

¿En qué quedamos? El Banco tradicional quiere ser digital, y el digital necesita cierta interacción "física" para satisfacer a su clientela. 

Hace un tiempo fui a una charla sobre empresas financieras con alto componente tecnológico. Se llaman Fintech (Financial Technology)  La cita era en una de las torres del complejo "Cuatro Torres" en el norte de Madrid. Debo decir que fui porque era gratis y una oportunidad de subir a un piso 32 de uno de los mayores rascacielos españoles y contemplar desde ahí la ciudad. La charla en principio no me apasionaba.





Como soy un poco impulsiva y se permitían las intervenciones del público -es más, algunos ponentes las solicitaban encarecidamente- tuve mi momento estelar. Entre bastantes ejecutivos encorbatados  encantados de oírse a sí mismos, con comentarios plagados de anglicismos y que hacían preguntas retóricas solo por el gusto de oírse, yo me presenté como orgullosa cajera de sucursal bancaria.

El orador decía que el avance de las tecnologías era imparable y que el futuro era la Banca por Internet. El cliente elegiría lo que quiere hacer, cuándo y cómo; y decidirá si quiere comunicarse con algún empleado, que, obviamente no estará en una sucursal, pues ya no existirán.

Fue en ese momento cuando levanté el brazo, pidiendo la palabra.

-Es fácil hablar así cuando tu empresa -era joven y el tuteo me salió natural- se dedica a inversiones financieras para clientes de buen nivel financiero, que entienden de fondos, acciones y manejan Internet. Vosotros os libráis de lo vulgar. Yo soy de esas cajeras que atienden a señoras que aún usan libretas, a la tienda que necesita cambio, a los infractores que tienen que pagar multas... No es justo criticar a los Bancos y decir que sobramos desde vuestra posición empresarial elitista.

Mi aportación un poco combativa gustó y arrancó muchas sonrisas, incluso al ponente que, aún estando de acuerdo con mis matices, concluyó:

-No nos engañemos, el dinero está condenado a desaparecer y los viejecitos con libreta estarán muertos en quince años.

Lamentablemente tengo que darle la razón. Mi propio Banco me anima, mejor dicho, me obliga, a cavar la fosa que me engullirá en un futuro próximo. Me llamarán la atención si hago transferencias  porque los clientes han de hacerlo con sus claves por Internet, aunque tengan noventa años. Me reprenderán si entrego dinero porque para eso están los cajeros automáticos. Tendré que limitar el cambio en moneditas a los comercios, porque han de cobrar todo a través de tarjetas y no manejar tanto efectivo.

Y a mi me reciclarán en comercial. Porque los jefazos lo ven todo muy fácil y piensan que el público está deseoso de que Zarzamora les llame ofreciéndoles préstamos, seguros, fondos de inversión, hipotecas. Dejarán de lado sus ocupaciones, sus trabajos y se acercarán corriendo al Banco a firmar lo que yo les diga. Y a la hora que yo les indique, porque todo se hará con cita previa. Eso de atender al que "pasaba por aquí" ya no es moderno ni propio de esta Banca tan avanzada.

Mientras llega ese momento seguiré disfrutando de mi presente sin agobiarme demasiado. No me veo como teleoperadora, que es a lo que nos encamina mi Banco.

martes, 13 de febrero de 2018

¿Amor en el Banco?

No sé si es fácil enamorarse en el lugar de trabajo. Entre mis conocidos no conozco a muchos cuya pareja sea compañero o jefe.

Cuando entré en el Banco en periodo de prácticas,e iba de sucursal en sucursal, me tropecé con un inspector -en aquellos años no se llamaban auditores- que revisaba en la propia oficina, de arriba a abajo, los documentos, para asegurarse de que todo estaba bien, sin irregularidades.

Él se enamoró de su mujer en la sucursal en la que inició su andadura profesional. Eran sucursales grandes,con mucho personal joven y el amor era más fácil que ahora, en que hay oficinas con solo dos personas. Me contaba que lo llevaron en secreto y los colegas se enteraron al recibir la invitación de boda.

Yo llevo ya mucho tiempo en mi actual destino y he oído de todo. Un jubilado que viene de vez en cuando me habla de roces y tocamientos consentidos en los archivos del sótano, estancias frías y solitarias que a mi me dan auténtico pavor y que recorro con prisa histérica cuando tengo que buscar documentos. Todo eso pasaba en épocas en que yo ni me planteaba qué estudiar, y mucho menos pensaba que acabaría trabajando en un Banco. En fin...hace muchos, muchos años.

También era un secreto a voces la relación "adúltera" de una directora con un cliente, ambos casados. Salían a desayunar a diario y me extrañaba que él la llevara por los hombros, en plan pareja. Yo, recién llegada, no comentaba nada al respecto. Pensaba que quizá eso fuera normal y yo era un poco antigua. Yo no veía más que ese detalle y algún beso en la mejilla.

Pero un compañero muy cotilla, que me recordaba una comadreja, me sacó de mi inocencia. Coincidía con él en el metro y en esos momentos me hablaba en clave, con medias palabras, como si yo ya estuviera al tanto de los chismes internos. Yo agradecía compartir con él tan solo una parada porque me producía una repulsión casi física. Mis pensamientos eran para mi bebé y pasaba de comidillas.

-Ji, ji, ji...-reía como una hiena mientras mantenía el equilibrio en la barra del metro- ¿No te has fijado que cuando D. Liberto va a congresos de su empresa también falta la directora y se toma uno o dos días libres?

-Será casualidad -le dije a Comadreja

-No, no, no. Esos dos se entienden.

Yo encogía los hombros y le veía desparecer por la puerta del vagón mientras soltaba la última frase con su sonrisita despreciable.

-¡Qué ingenua eres Zarzamora!

A mi pesar he de decir que mi compañero Comadreja tenía razón. Muchas fuentes me confirmaron después que entre los dos había una relación que excedía la normal entre cliente y directora. Pero ambos siguieron con sus matrimonios. Felices los cuatro, como dice esa canción. O no. Nunca lo sabré.

Luego viví cosas divertidas, primeros amores, que son más bonitos. A raíz de una de las fusiones llegó un compañero de la otra entidad: joven, guapete, que encantaba a las señoras y a las jóvenes. Le perdonaban las sandalias que llevaba en verano y su pelo largo. Su simpatía les cautivaba. 

Ambos estábamos en mesas contiguas. Vino una jovencita a abrir una cuenta. En los tiempos en que yo abría cuentas este trámite duraba cinco minutos. Ahora con toda esta tecnología punta se emplea una hora. La estudiante era rubia, delgada, con unos estupendos ojos claros. 



-Oye Zarzamora, cuando vuelva esta chica la próxima semana a recoger la tarjeta, por favor, haz lo posible para que vaya a mi mesa.

Efectivamente, Olga volvió y le mentí descaradamente diciendo que estaba ocupada y que Rubén Fuertes le atendería. La joven se marchó con la tarjeta y con una cita para cenar con él el fin de semana. Ella volvió a su país y la amistad no llegó a más. 

Pero Rubén finalmente encontró el amor en una de las clientes que venía casi a diario a hacer las gestiones de su empresa. También ésta con unos ojos azules magnéticos. Recuerdo la sorpresa de mis compañeros cuando un día le vieron después del trabajo paseando de la mano con ella.

Otro amor surgió en la cola de la ventanilla, en tiempos en que las ventanillas las atendían mayoritariamente hombres que no tenían ni un simple taburete donde sentarse durante la jornada. El trabajo se hacía de pie. El cliente oyó hablar en francés a dos mujeres y cuando se iban a marchar le dijo algo en ese idioma a una de ellas. Pero Frances no era francesa, sino americana y ahí, con ese malentendido empezaron las risas y las explicaciones. Entablaron conversación, se encontraron algún otro día y el acercamiento fue a más.



-Sí Zarzamora, este Banco me acribilla a comisiones, me trata muy mal -hay veces que le da por quejarse de todo sin grandes motivos- pero siempre le guardaré cariño, porque aquí conocí a mi mujer.

El matrimonio, sus tres hijos y sus nueras son clientes de mi oficina.

El amor nace en los lugares más insospechados. Lo que hace falta es que crezca y que dure. ¡Feliz día a todos los enamorados, especialmente al que tengo a mi lado al que, por suerte, no conocí en el Banco!


lunes, 29 de enero de 2018

Quiero tu cuerpo

A veces me sorprendo de las cosas que me cuentan los clientes tomando un café, o delante de mi ventanilla. Con total naturalidad. No sé si ven algo especial en mí que les hace pensar que soy una receptora adecuada o si, sencillamente, consideran que algunas cosas es mejor contarlas a gente con la que tienen un cierto grado de amistad pero que está alejada de su entorno habitual y no conoce personalmente a su familia ni amigos. Y ahí estoy yo, con las características idóneas.

-Venga, vamos a tomar un cafelito -me dijo Raimundo Caballero- que le voy a decir al pelma de tu jefe que te deje salir un ratito.

Raimundo conoce a Augusto desde hace años y siempre me dice algo que yo comparto: "Es muy pesado tu director, muy pesado"

Sentados ambos en una mesita de una cafetería cercana, la conversación comienza con trivialidades pero no resulta forzada.

-¿Qué tal el fin de semana? -me pregunta.

Y después de contarle brevemente mis reuniones familiares y mis paseos por el monte -él es también aficionado a la naturaleza- me dice:

-Yo quedé con una chica el domingo.

-¡Cuéntame! ¿La conociste por Internet? ¿Qué tal?

Reconozco que estas nuevas formas de contacto suscitan en mí muchas preguntas porque conocí a mi marido en una época en que no existía Internet. Nunca  me he metido en las páginas en las que Raimundo se maneja con tanta soltura.  

Raimundo, divorciado, sigue incansable buscando una nueva media naranja y en estas edades maduras, la única opción -o la más rápida- parece ser lanzarse a las redes sociales donde hay numerosos grupos para buscar pareja.

-Era domingo por la tarde, estaba aburrido, chateé un poco con ella y quedamos a mitad de camino de nuestras casas a tomar un café.

-¿Y cómo supiste que era ella? -pregunté ingenuamente.

-Todos tenemos puesta una foto, Zarzamora. Mira, a ver qué te parece la foto que tengo yo.

Me enseñó varias fotos que tenía en distintas redes. En todas trajeado y con corbata. Convine con él en que reflejaban bastante bien cómo era. Incluso en una de ellas tenía un corte de pelo de hace meses que no le hacía especialmente atractivo. Eran fotos sin ningún retoque.

-Ella me engañó. En la foto parecía agraciada y al natural era fea. Y bastante mayor que yo.

Intenté hacer de abogada del diablo: todos tenemos días malos en que nos levantamos con peor cara; la edad no es tan importante, sino el interior, la amabilidad, la conversación...

-No, no salió bien Zarzamora. Además yo tenía que madrugar al día siguiente. Charlamos un poco, tomamos el café y me fui con la excusa de la carretera nevada.

-¿Entonces no la vas a volver a llamar?



-Luego ya en casa, recibí unos mensajes suyos. ¡Que quería mi cuerpo, me dijo, que cómo no me había dado cuenta! ¡Pues podía habérmelo dicho antes y no cuando ya estaba en mi casa!

Yo tenía que preguntar todo. A mí ya no me dejaba con la historia a medias.

-¿Y si te lo dice antes qué haces? ¿No le pones la excusa de la carretera nevada?



Pero Raimundo confesó que casi se alegró de recibir el mensaje después, que no se veía emparejado con ella, que era fea. Me dio penilla que la hubiera rechazado tan drásticamente por fea y por haber mejorado su foto de perfil. Él ya había borrado su contacto.

Y como colofón de esta conversación me dijo que los hombres son más serios y buscan relaciones duraderas, pero que las mujeres que él ha conocido buscan rollitos de noches esporádicas o de unas vacaciones -si son pagadas por el hombre mejor- y que no se quieren comprometer. Que hay mucha más gente en estas redes de la que yo me pueda imaginar y que él no se ha encontrado nunca con mujeres extrañas o peligrosas.

Cuando ha tenido algo más que un café, ha ido con la mujer a un hotel. Allí hay cámaras, los dos entregan su DNI y si en algún momento, a posteriori, ella decidiera acusarle de algo falso (violación, abusos) en todo momento se vería que ella no había ido forzada al lugar. Según él, una denuncia falsa de una mujer que se anuncia en Internet como buscadora de pareja, tiene pocas posibilidades de prosperar ante cualquier juez normal.

Raimundo Caballero es precavido. Él, de edad madura, correcto, con buen sueldo, no quiere problemas. Sigue con la esperanza de tener otra vez una mujer en su vida. Pero está difícil la cosa.

jueves, 18 de enero de 2018

Hoja de reclamaciones

Ayer vino una señora con ganas de enfadarse. Desde luego, ella no ha hecho buenos votos para este año 2018 aún en fase de "calentamiento".

Ya vino en otra ocasión y se había quejado porque yo no le entregué los billetes con la adecuada delicadeza y se los había arrojado al mostrador con brusquedad.

Cuestión de percepciones. Ciertamente, puedo dejar el dinero con más o menos prisa, pero no creo ser una lanzadora olímpica de billetes.

Aquel día preguntó por las hojas de reclamaciones pero, finalmente, desistió de reclamar nada. No sé si porque fue consciente de la estupidez de esa queja o porque pretendía que la dichosa hoja la rellenara la propia Lupe, la subdirectora, a lo que ésta se negó.

Ayer vino seria. Mucho. Como si cualquier gesto agradable costara dinero. Me dijo que quería hacer una transferencia.

-Voy a hacer una transferencia al casero: 600 de casa, 38,50 de gas, 15 de agua... -iba diciendo de corrido.

-Le dejo una calculadora -le dije mientras le entregaba una- para que le sea más fácil hacer las cuentas.



Me miró altiva y respondió con superioridad.

-Mire señorita, sé muy bien el total que tengo que transferir, pero no creo que se hubiera herniado si me hubiera hecho Vd. los cálculos.

No le contesté. Me mantuve impasible -eso molesta mucho a los buscadores de gresca- y le fui pidiendo su DNI para buscar su número de cuenta -que no lo tenía ni aprendido ni apuntado-, el importe total, el destinatario, la cuenta y nombre del beneficiario, las observaciones...

Una vez hecha la operación le di el papel para que lo revisara y firmara. Con sumo cuidado lo deposité en el mostrador. Cuando pensaba que ya habíamos acabado y se iba a largar esa bruja, me preguntó:

-¿Para poner una reclamación?

No me pude aguantar, y repliqué:

-¿Cual es la queja?

Se enfadó.

-Señorita, es Vd. una antipática y no sé como pueden tener en el Banco a gente como Vd. atendiendo al público.

Nuevamente no me alteré. En el fondo este tipo de gente me divierte.

-Las reclamaciones las recibe la subdirectora. En la mesa de la derecha -le indiqué con la mano.

Por segunda vez se marchó sin hacer nada. De camino a la puerta se giró con cara de mala leche. Nuestras miradas se cruzaron. Yo, la antipática, sonreía levemente y no bajé la vista. Volvió a girarse al salir de la oficina. Yo seguía mirando. Solo mirando.

Estoy segura de que eso le fastidió un montón. Pero será difícil que prospere una reclamación porque una empleada la ha mirado. Eso es todavía más absurdo que quejarse porque la cajera le ha ofrecido una calculadora en vez de ofrecerse a hacerle sus cálculos domésticos.


miércoles, 3 de enero de 2018

El Gasco, un pueblo al final de la carretera

En el ya lejano mes de noviembre, mientras yo disfrutaba de mis últimos retales vacacionales, en mi oficina todo era un caos.

-Mira Zarzamora -me dijo Lupe en cuanto volví- porque sabía que estabas lejos... Si te hubieras quedado en la ciudad te habría llamado para que, por favor, vinieras.

Mi jefa Lupe, con esa mala salud que, en gran parte, es culpa suya, se había puesto enferma. Fue tan solo un día el que faltó y la oficina se quedó en manos de los dos empleados más incompetentes: Augusto, el director, y Claudio Bobo, el comercial "exquisito" que tiene muy claras sus competencias y se sacude incidencias y clientes con un desparpajo pasmoso.

No sé cómo, pero sobrevivieron a esa jornada caótica y Lupe, aún muy "malita", fue a trabajar al día siguiente y se encargó de arreglar los desaguisados de la pareja.

-¡Menos mal que estaba en un lugar donde, aunque lo hubieras intentado, no me hubieras podido telefonear! -le dije.

Y es que pasé unos días en Las Hurdes, una preciosa zona en el norte de Cáceres, lindando con Salamanca, injustamente estigmatizada en el siglo pasado como zona pobre y de habitantes primitivos. Quizá la película "Tierra sin pan" de Buñuel, en los años 30, colaboró en esa injusta visión.

El Gasco es una pedanía o alquería. Un pueblecito pequeño en el angosto valle que surca el río Malvellido. Allí acaba la carretera, que hubo que ensanchar para que el autocar que lleva a los niños al colegio pudiera dar la vuelta.

Vista del pueblo. En el extremo derecho se ve  la plaza ensanchada.

El bar-restaurante "El Bodegón", abierto hace siete años, ha dado mucha más vida a este pueblo de menos de 100 habitantes. En uno de los apartamentos rurales de este joven matrimonio con dos hijos, nos alojamos.

Fue el lugar de descanso ideal para esta pareja de urbanitas aficionados a la naturaleza que somos mi marido y yo. Allí el ritmo lo marcaba la luz. Nos despertábamos cuando el sol rozaba las cumbres de las montañas cercanas, con el sonido de los cencerros de las cabras y el claxon del panadero, porque allí el pan viene sobre ruedas.

Después del desayuno teníamos todo el día para para pasear por los preciosos parajes que hay en las cercanías.
Presa de Arrocerezal en el cercano pueblo de "El Cerezal"

Chorro de la Meancera que, con la falta de agua, era chorrito.
En lugares así el reloj sobra. Cuando el valle se quedaba en sombras yo disfrutaba junto a la chimenea leyendo. O tomábamos  algo en el bar, punto de encuentro de los vecinos, que enseguida sabían que había llegado un forastero porque detectan cualquier coche nuevo ajeno al vecindario. Todos simpáticos y acogedores, deseosos de conversación.

Esta zona pedregosa, que no hubiéramos encontrada de no ser porque nos guió Jesús, un joven del pueblo, es el "Volcán del Gasco", donde hace muchos miles de años se estrelló un meteorito. Quedaron restos de piedra pómez que en el siglo pasado se usaron en abundancia para desgastar pantalones vaqueros. Ahora ya no quedan. 
Algunos cerezos en el valle del río Malvellido.



Volví a mi rutina urbanita recordando el olor a humo de chimenea que impregnaba el pueblo al atardecer y el sabor de los madroños maduros que comimos alegremente en una de nuestras excursiones. Aún sentía ese sol otoñal que abrillantaba las hojas doradas de los cerezos y castaños que salpicaban el paisaje. 

Madroños en su punto. Listos para comer.

Aún hoy, pasados ya casi dos meses, mantengo algo del reposo y la languidez de unas vacaciones donde todo fue a un ritmo, no más lento, sino más humano.