lunes, 4 de febrero de 2019

El poder de una corbata

Hace unos días vino una cliente de otra oficina que quería cancelar de inmediato una cuenta.

En mi Banco las cancelaciones solo las puede hacer la sucursal donde está la cuenta. Era complicado satisfacer a la cliente y le advertí:

-Tendrá que esperar un poco porque nos tenemos que poner en contacto con su oficina.

Yo entiendo que para ciertos asuntos nuestros sistemas informáticos son lamentables y ciertas operaciones las deberíamos poder hacer todos para dar mejor servicio a la clientela, pero no puedo luchar contra tantos elementos adversos.

Además se había quedado en negativo por un recibo de última hora y eso le había generado una penalización en la cuenta. Para cancelar tenía que ingresar dinero. Cuando le avisé de este detalle, se colmó su paciencia.

-Señorita, soy abogada y esto es usura. Deme la hoja de reclamaciones. Me tienen que solucionar todo aquí. No tengo tiempo de desplazarme a mi sucursal.

Se paseaba por delante de mi puesto blandiendo el móvil. Amenazante, gritando. Olvidaba que su compañía de seguros probablemente le hubiera cobrado una mayor penalización si el Banco hubiera devuelto ese recibo.

A veces no sabemos como acertar. Si aceptamos un recibo sin fondos el cliente se enfada por la liquidación de los "números rojos". Si lo devolvemos porque en ese momento no hay dinero, se molestan por la mala imagen que han dado al colegio, al gimnasio, a la compañía de seguros... Una devolución así hubiera dañado el prestigio de esta flamante abogada.

Yo estaba desbordada. La gente, en la cola, se ponía nerviosa por la espera y contemplaba a la abogada gritona.

Ninguno de mis compañeros hacía la más mínima intención de ayudarme y calmar a la fiera. ¡Su pachorra es lo que más me enerva! Ni Lupe -en esta ocasión atendía a otro cliente- ni Roque, el director, encerrado en su despacho al estilo de Augusto, su antecesor, se inmutaban.

Me levanté y le pedí las hojas de reclamaciones a Lupe. Que la abogada se explayara y reclamara lo que le viniera en gana. Estoy harta de que me toquen todas las incidencias, mías y de otras oficinas. Si nos ponían puntos negativos por no haber sabido frenar una reclamación, me daba igual. Yo voy a cobrar lo mismo, para eso soy la que menos ingreso al mes.

Lupe me tendió una hoja y me dijo que le explicara un poco la situación a Claudio y que la atendiera él. La abogada exigía incluso que la reclamación ¡se la escribiéramos nosotros!

Sorprendentemente mi compañero se tomó el asunto con una calma sorprendente y no rechistó. Se levantó, se estiró los puños de la chaqueta, se la recolocó, se enderezó la corbata y se acercó a la fiera.
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-Acompáñeme por favor, me han dicho que quiere poner una reclamación.

La abogada vio la corbata -de marca, además- y se suavizó como si le hubieran espolvoreado polvos mágicos. No me lo podía creer.

Yo seguí atendiendo a mi público, que criticaba por lo bajinis las formas de la abogada. Pasado un buen rato la vi marchar. Atendí lo más rápido que pude para tener un hueco sin público e ir junto a Claudio para saber qué clase de hechizo había usado.

-¡Claudio, cuéntame! Enséñame la reclamación de esta bruja.

Mi compañero sonreía satisfecho, como los concursantes a los que les dicen "prueba superada"

-No ha puesto ninguna reclamación.

Yo no daba crédito.

-Pero... ¿Le han devuelto en su oficina el recargo?¿Ya está cancelada la cuenta?

No sé cómo, pero Claudio la sosegó, le hizo ver que la reclamación no conducía a nada, le dio el nombre del gestor de su oficina y la convenció de que lo mejor es que fuera allí a solucionar todo. Para ello estuvo amansándola un cuarto de hora.

¡Yo estaba dispuesta a llamar a su sucursal, para que cancelaran desde allí, enviarles por correo lo que me pidieran...! La espera hubiera sido la misma o menor. Pero de pie, en una vulgar ventanilla.

Claudio la sentó, le habló dulcemente y se recolocó su corbata de marca varias veces. Lamentablemente mucha gente, aunque presuman de títulos de abogacía se dejan engatusar por una simple corbata y siguen pensando que en los Bancos los hombres les van a solucionar la papeleta mejor que la Zarzamora de turno.



12 comentarios:

  1. ¡Ayyyy! Muchas veces las propias mujeres son las peores enemigas del género femenino. Y lo digo por esa actitud marcada a fuego para algunas de que el hombre sigue siendo superior y dominador.
    Yo no uso corbata salvo para las grandes ocasiones, y a veces ni eso. Dios me libre de semejante tortura.
    Un abrazo.

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    1. En Banca es una norma no escrita que los jefes lleven corbata. Nosotras tenemos libertad total de vestimenta: vaqueros, falda, vestido, tirantes. Jamás me han dicho nada. Un abrazo.

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  2. La corbata y, quizás lo guapetón que sea tu compañero. Quizás se pensó que era un jefazo que la atendía en exclusividad. Mucha mediocridad viene arriba con un poco de adecuado peloteo. En fin, Zarzamora, hija, ¡es lo que hay! Abrazos.

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  3. A veces únicamente hay que hablar con paciencia y ponerse en el lugar de la otra persona y sin darle la razón porque no la tenga, simplemente escucharla. A veces es suficiente y el cliente lo acepta.
    SAludos.

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    1. Creo que el secreto fue el tiempo que le dedicó. En mi puesto yo no lo tengo. Gracias por pasarte por aquí. Un abrazo.

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  4. Claudio debería trabajar de terapeuta, psicólogo, psiquiatra o la profesión que sea que se dedique a arreglar cabezas.
    Te dejo un abrazo.

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  5. A lo mejor es un relator y él no lo sabe. Aunque habría que ver, como dice Marisa C, si es un guaperillas. Yo no soy de corbatas, pero me compraré una (de marca) y cuando mi santa empiece a gritarme, me la pondré rápidamente. Nunca se sabe. Quasimodo.

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    1. Guaperillas no es. Pero él sí cree que es atractivo y elegante y lo importante es creérselo. Un abrazo.

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  6. Hola, pues yo llevo más de diez años intentando darme de baja de una cuenta de la anterior comunidad donde vivía antes y es IMPOSIBLE. Somos cuatro los titulares y tenemos que estar todos presentes, lo cual complica la cosa porque no sé dónde están esos sujetos. Lo he intentado varias veces y me voy cabreada por no formarla allí mismo. Vamos, ni que fuera el Pentágono o algo así.

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    1. Si la titularidad es conjunta se necesita la firma de todos para cancelar la cuenta. Y si son varios los titulares y uno ya no quiere serlo no se le puede eliminar a él solo. Se cancela la cuenta y se abre otra solamente con un titular. Entiendo que es un rollo, pero así están las cosas. Y luego depende de cada Banco y de lo tiquismiquis que sea. Un abrazo y gracias por pasarte por aquí.

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  7. Ayyyyyyyyyy Zarzamora de mis entretelas, eso no sólo ocurre en el banco, yo trabajo cara el público en una oficina de Correos y he sido testigo de como no una corbata porque ninguno de mis jefes la usa, si no la presencia masculina ablanda a mujeres y hombres por igual, y me toca un poco las narices, porque al final les dicen lo mismo que yo, no les solucionan el problema, cuando yo intentaba hacerlo y se van más contentos que unas pascuas. Ahora trabajo en una oficina pequeñita, dos personas cara el público y las dos mujeres, y hay días que tenemos que sacar huevos de donde nos lo hay porque hay gente maleducada y gente que no tiene tacto. Cómo ya conoces el truco, pásale al de la corbata los marrones.

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    1. Les cuesta, les cuesta aceptar los marrones, aunque tengan ventaja con su corbata. Un abrazoa

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