miércoles, 13 de junio de 2018

Echando humo

Antes de que llegara el nuevo director, Roque Ronco Coca, mi amiga y empleada suya en la sucursal anterior, Amelia, me había dicho:

-Os preguntará si le dejais fumar.

-¿¿¿Qué??? -respondí escandalizada y sin dar crédito. 

Yo he padecido durante toda mi vida -escolar, universitaria y laboral- el tabaco de otros. He sido fumadora pasiva en el colegio, el instituto, la universidad, el ambulatorio, los bares, los lugares de trabajo, las bodas, las comidas de empresa, el metro, los taxis, los trenes, autocares, aviones, las fiestas de cumpleaños de los amiguitos de mis hijos... 

Parece que hablo de tiempos prehistóricos, pero no, no son tan lejanos. ¿Y ahora que la población se ha acostumbrado a fumar en la intimidad viene el nuevo director a saltarse la ley a la torera?

Amelia me dijo que ellos, en su sucursal, muy tolerantes, muy compresivos, le dejaban fumar en el despacho antes de abrir al público y después de cerrar.

Durante la semana en que estuvieron juntos los dos directores, el nuevo salía a fumar a la calle unas cinco o seis veces. Yo estaba tranquila pensando que Amelia había exagerado.

                                   

Pero el primer día que día que estuvo ya solo, al mando de su nueva "plaza", hizo la preguntita como quien no quiere la cosa. Afortunadamente no hay ningún fumador en la plantilla y le respondimos que nos molestaba el tabaco y que estaba prohibido fumar en la oficina, con o sin clientes presentes. Él pareció aceptarlo sin problemas.

Por poco tiempo.

En mi puesto yo notaba de vez en cuando oleadas de olor a tabaco que provenían de los baños. Cuando iba por esa zona ya no olía. Veía las ventanas de los aseos abiertas y todo estaba ventilado. Imaginaba que echaba algún cigarrito a escondidas y me fastidiaba. La prohibición de fumar en el lugar de trabajo es en todas las estancias.

Como ahora, afortunadamente, Roque Ronco no me hace entrar en su despacho a primera hora a perder el tiempo como sí hacía Augusto, yo no era consciente del olor tabaquil que iba impregnando la moqueta vieja, las paredes, las plantas artificales y el tapizado desgastado de los silloncitos de su cubículo.

Mis compañeros, aunque no fuman, tienen familiares que sí disfrutan con este vicio. Por eso su nariz no es tan sensible como la mía y no percibían la "nicotinización" de ese espacio cerrado.

Un día llegué pronto y le pillé. Roque estaba en su sillón, envuelto en una neblina tóxica. Se levantó, un poco nervioso por saberse descubierto, agitando infantilmente  las manos, como si ese movimiento de abanico fuera a eliminar la nube grisácea que le rodeaba, y rociando ambientador a lo loco. Ese intento de aromatizar soluciona tan poco como el desodorante en un sobaco sudado.

Y así hemos estado unas cuantas semanas. Roque y su pitillo en soledad compartida en el despacho, antes de la llegada de la plantilla y luego, en el baño, unos cinco o seis cigarritos más. Debe ser relajante vaciar la vejiga de orines y simultanear con un llenado pulmonar de humo. Y en la papelera, montones de pañuelos de papel llenos de gargajos espesos de esos que segregan los fumadores empedernidos. ¡Qué asco, pero qué asco, Dios mío! ¿Y su mujer recibirá con alegría los besos de este hombre?

Roque daba rienda suelta al vicio y el humo iba y venía por la oficina a través de huecos de escalera, rejillas, corrientes de aire... Es lo que tienen los malos olores, que son más persistentes que los buenos.

Por supuesto, no hay comparación con esos años en que en las oficinas bancarias el ambiente ahumado, amarillento y espeso casi podía "cortarse" y se mezclaban cigarrillos y puros de empleados y clientes. Las colillas se amontonaban -muchas veces aún humeantes- en ceniceros sucios, o las arrojaban y pisaban alegremente en el suelo.

Pero ahora hay una ley y yo no tengo por qué aguantar que se la salte Roque, por muy director que sea. Si los demás no hablaban yo le diría algo.

Reconvenir al superior siempre genera cierta desazón porque no sabes cómo va a reaccionar, y yo estaba acostumbrada a las reacciones viscerales de Augusto.

Una mañana, temprano, estábamos los dos solos. Le dije:

-Tengo que hablar contigo.

Cara de interrogación. La de él. Seguí con cierto nerviosismo. Ya me vale -me decía a mí misma- nerviosa por defender derechos impepinables que éste vulnera.

-Muchos clientes de toda la vida me han comentado que en la oficina huele a tabaco. Sé que fumas en el despacho y en los baños. Te pido que salgas a la calle a fumar, la tienes al lado, a dos pasos, más cerca que los aseos.

Era mentira lo de los clientes, pero a estos jefecillos les asusta más una posible reclamación de la clientela que una queja de sus empleados.

La verdad es que su reacción fue buena. Se excusó. Dijo que yo tenía toda la razón, que no le había molestado que se lo dijera y que por supuesto, no debía temer ninguna represalia.

Ahora vuelve a salir a la calle y la sucursal no huele a tabaco. Aunque  creo que a veces, en la soledad del baño, sigue cayendo en la tentación. Pero ha mejorado la técnica y sus humos no revocan al interior. Cierra puertas, abre ventanas, y disfruta con sus volutas de humo sentado en el retrete. Quizá con los pantalones bajados y, ya puesto, echando malos olores por la boca y por el culo.

4 comentarios:

  1. Ay Zarzamora, intuyo que tienes una cierta manía a los fumadores. Unos drogatas, Eso es lo que son! fuera, a las tinieblas exteriores. Pero y los que tomamos unas cañas ...y unos vinooooss, seremos también unos apestados? Tiempo al tiempo. Si es que no somos nadie. Réprobo.

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    1. Los bebedores no me molestan, porque no tengo que tragar pasivamente su alcohol, como sí pasa con el humo de los fumadores. Un abrazo.

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  2. ¡Oleeee!!!!!, la ley es la ley, y cualquiera, aunque sea subordinado, puede exigir que se cumpla. Vale ya de tener miedito a los jefes.

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    1. No te creas. Hay aún muchos casos en que los jefes siguen fumando en sus despachos sin esconderse. Y se da más en pequeñas empresas. Lamentable.

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