jueves, 23 de noviembre de 2023

La visita guiada

 El otro día decidí ir a ver una exposición gratuita en la que se mostraban obras de arte que habitualmente están en distintas dependencias de la Universidad Complutense y que habían reunido en una única estancia.

La ventaja de no trabajar es que puedo ir por la mañana a muchos sitios sin aglomeraciones y sin tener que pedir hora. A las doce de la mañana otra señora y yo estábamos esperando para nuestra visita guiada.

La guía era una voluntaria. Su trabajo es realmente meritorio, lo reconozco.

-Esperemos un poco, porque hay un grupo de veinte personas que también se ha apuntado a la visita guiada- nos dijo la mujer.

Pasaron diez minutos y eso ya no me parece cortesía, me parece grosería por parte del que no ha aparecido. Le dije a la guía:

-Yo creo que la espera ya es suficiente. Esta señora y yo hemos estado a la hora. Creo que ya se podrá empezar la visita.

-Es que si el grupo no llega a diez personas no se hace la visita.

Yo no daba crédito. Le rebatí educadamente.

-Por lo que veo se nos penaliza a las dos personas puntuales que nos vamos a marchar sin la visita pedida. Solo espero que marquen bien a los responsables de ese grupo para no permitirles visitas nunca más. Yo creo que ya que estamos aquí nosotras dos y hemos esperado un tiempo a los otros, que no llegan, bien podíamos hacer la ruta prevista.

La guía era una mujer un poco mayor y arisca. Me respondió destemplada.

-¡No me va a decir Vd. como tengo que hacer mi trabajo! Tendré que consultar si puedo o no puedo guiar a solo dos personas.

¡En fin! Estamos en un mundo en que la gente no sabe tomar decisiones ella solita, no sabe saltarse normas absurdas, no tiene iniciativa. Era voluntaria, lo cual indica que ese trabajo lo hacía por amor al arte -nunca mejor dicho- y tenía delante a dos personas verdaderamente interesadas. Era una sala grande sin apenas visitas, con una muchachita en la recepción a la que no creo que le importara en absoluto si los grupos eran de más o menos gente. Creo que para ella era más cómodo instruir a dos personas y no a veintidós.



Pero no tuvo que consultar a nadie. En ese momento apareció otro grupo -diferente al que estaba registrado para la visita- de unas veinticinco personas que venían de un pueblo de Madrid a hacer turismo. Después de visitar el museo aledaño, recalaban en esta exposición temporal. La guía les ofreció la visita guiada y así cumplía esa exigencia que ella tenía tan absurdamente interiorizada de ser más de 10 personas.



El grupo dijo que sí. Era un conjunto de gente mayor en su mayoría, ya cansados de la visita anterior. Aguantaron bien diez minutos, luego la gente se dispersó. Unos a la cafetería, otros al baño, otros en busca de un banco en los jardines. Unas señoras cogían postales gratuitas con bonitas imágenes de algunos cuadros expuestos. Querían las postales, ni siquiera se molestaron en ver los cuadros al natural. El grupo iba menguando, pero seguíamos siendo más de diez.

La visita iba por la mitad cuando el líder del grupo desganado llegó para recoger a los que aún mantenían el interés. El autobús de vuelta al pueblo les esperaba y no podían demorarse.

No sé si os imagináis lo que dijo la guía en ese momento...

-Lo siento, la visita ha terminado. No puedo proseguirla con menos de diez personas.

Intenté hacer la pelota a esa mujer tan absurda.

-Qué pena que no podamos seguir porque nos lo ha explicado todo muy bien y nos vamos a quedar a medias.

Con su cara inexpresiva repitió la misma muletilla: "que iba a consultar".

La verdad es que ya me daba igual. Seguí yo sola observando los cuadros restantes. Al poco rato oí un "chiss" y una mano -la de la guía- que me decía que me acercara, que le habían "dado permiso" para continuar la visita con nosotras, las dos mujeres iniciales. Quizá debía haberla mandado a paseo, pero ella sabía mucho y hubiera sido tonto desaprovechar sus conocimientos. Me quedé hasta el final del recorrido.

Sólo por este cuadro mereció la pena todo. "Vista del monasterio del Paular desde el estanque de la huerta" de Francisco Esteve Botey (1922)


Cuando, a preguntas de la otra visitante -que era una marisabidilla- empezó a detallar su curriculum, me despedí educadamente alegando prisa. 

Me fastidió que cortara de cuajo cualquier intento de pregunta, alegando prisa y que el tiempo estaba medido, y luego al final estuviera tan contenta enrollándose. No, no me cayó bien, pero sabía mucho. Y del grupo inicial... nunca más se supo.

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