viernes, 6 de septiembre de 2019

La planta

Estaba pensando si escribir o no esta entrada porque puedo parecer monotemática al hablar tanto de mi compañera Tolosa. O quizá alguien me acuse de manía persecutoria al fijarme tanto en lo que hace o deja de hacer.

Pero como ando con la mente un poco seca de ideas y últimamente la clientela no me ofrece material para la reflexión, o la diversión, cuento esta rocambolesca historia de carácter vegetal.

Nuestro veterano cliente Narciso, el jardinero, del que ya os hablé en la entrada Procrastinando, a veces nos regala una planta a cada empleado. Miento, al director nunca le regala. Yo podría llevarme la mía a casa, como hacen muchas veces mis compañeros, pero ya tengo suficiente invasión de plantas "crasas", debilidad de mi marido, que las cuida con gran dedicación.


En mi hogar yo no toco ni un tiesto, pero en la oficina mantengo bastante bien la vegetación que me regala Narciso, y recibo elogios inmerecidos de algunos clientes que piensan que tengo habilidades especiales para las macetas. La realidad es que se han adaptado a este espacio y microclima cercano a mi ventanilla y no precisan más que un poco de riego de vez en cuando. No necesito hablarles, aunque están cerca del aparato de radio en que sintonizo a diario una cadena musical y quizá la música les hace bien.

Tolosa también fue agraciada con un kalanchoe. Desde el primer día lo arrinconó en uno de sus estantes sin quitarle siquiera el envoltorio. La planta ha agonizado durante meses. El otro día le dije a mi compañera.

-Voy a llevar tu kalanchoe moribundo junto a mis tiestos. Aún le queda algún brote verde. A ver si se recupera.

Me dio su permiso. Le puse un plato debajo, regué, quité las hojas estropeadas -muchas- y, sorprendentemente, a los dos o tres días la plantita había revivido y estaba pujando con alegría.

-Mira, Tolosa, que bien está aquí tu macetita con todas las demás -le comenté al poco tiempo.

-Será si yo quiero -replicó con su cara inexpresiva, sin ningún atisbo de sonrisa.

Yo no sabía que quería decir. Si era una de sus bromas "oscuras", no la había entendido. Mi cara se convirtió en un interrogante.

-Insisto, que si quiero me la llevo a mi sitio. La planta es mía -me aclaró Tolosa.

-¡Claro que sí! Llevátela -le respondí haciendo amago de entregársela- Pero sin el platito, que es mío. La verdad es que pensaba que te daba exactamente igual. Ni siquiera la has regado estos meses.

Tolosa, como ya vengo observando, siempre quiere tener razón y decir la última palabra.

-¡Claro que la regaba! Hasta que me fui unos días de vacaciones y "nadie" -subrayó con énfasis la palabra- la cuidó.


-Mira Tolosa, nadie iba a cuidar una planta de la que tú pasabas, digas lo que digas. Se te empezó a morir desde el primer día.

En su mesa, un poco alejada, Lupe, la subdirectora, se contenía para no soltar la risa floja. Le divierte que me vaya dando cuenta del carácter de nuestra compañera.

-Bueno -transigió- la dejaré aquí- Pero que sepas que es porque yo quiero.

Esta anécdota me recuerda algo que sucedió en mi infancia. Una prima desechó un cochecito de muñecas y lo dejó en un trastero común donde nosotros también teníamos juguetes. Mi padre lo arregló y decidió devolvérselo a mi prima para que siguiera jugando con él.

Mis hermanas pequeñas no se lo perdonaron.  Ellas ya se habían hecho ilusiones de pasear a sus muñecos en ese carrito de segunda mano pero muy aparente. Mi prima no se merecía el cochecito. ¡Que lo hubiera arreglado su padre, no el nuestro! Por algo lo había abandonado en el trastero, porque no lo quería, porque estaba roto. Ya no tenía derechos sobre el carrito de muñecas. Pero mi prima, una niña que tenía más juguetes que todas mis hermanas juntas, bien que lo recibió de vuelta, ya arregladito. 

Esa absurda "legalidad " de nuestro padre hizo que nos hirviera la sangre. Yo soy más peleona que él. 

La conclusión en  ambos casos es un poco parecida y se resume en este dicho: ser como el perro del hortelano, que no come ni deja comer. O, más actualizado: yo no lo quiero, pero me fastidia que tú lo disfrutes.





3 comentarios:

  1. Del coche, pasando por la planta, hasta llegar a un celópata o una celópata que mata a su ex pareja para que a nadie más ame ni la ame nadie más.
    Te dejo un abrazo.

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  2. No creo que aquí lleguemos a asesinatos. Somos más moderados. Un abrazo

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  3. El mundo está lleno de Tolosas Hortelanas, como el perro. Espero que la planta disfrute de ti mucho tiempo; no se merece una muerte indigna ;D Abrazos.

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