martes, 20 de enero de 2026

Charlas en el tanatorio

La semana pasada fui a un funeral en San Francisco el Grande, una basílica madrileña cuya cúpula está entre las tres o cuatro más grandes del mundo. Ahora están en obras en el interior, para arreglar unos desprendimientos en la "linterna", la parte central de la cúpula por donde entra luz. Se ha instalado un andamio altísimo, equivalente a unos diez pisos, que los obreros han de subir a pie cada vez que inician las reparaciones.



Todos estos detalles me los contó el sacerdote mientras esperábamos. El hijo de la difunta se retrasó porque circular por Madrid en coche en día de lluvia condena a la impuntualidad, aunque salgas con tiempo y aunque la cita sea el funeral de tu propia madre. 

La madre de nuestro amigo murió el día de Nochebuena. Él se había dedicado a cuidarla durante los últimos años de su vida. Murió de viejecilla, con algún deterioro, pero bastante lúcida hasta el final de sus 96 años.

Su hijo era de los más pequeños que componían nuestra "pandilla veraniega" de los años 80. Esa tarde navideña estábamos en el tanatorio uno de mis hermanos y yo y, como suele suceder en estos sitios, salieron a relucir historias de juventud, de hace años.

Pasábamos los veranos en una urbanización a unos 40 kilómetros de nuestra residencia habitual, con piscina, pistas de tenis, y un apeadero de tren cercano. Nosotros y  nuestros amigos pasábamos allí felices dos meses y medio durante muchos años. Todas las vacaciones de verano. Nadábamos, jugábamos a las cartas o al ajedrez en la piscina. Algunos tocaban la guitarra en esas tardes largas y perezosas. Jugábamos al tenis. Montábamos en bicicleta. Cogíamos el tren para subir a la sierra a hacer alguna excursión. Íbamos al pueblo a tomar un helado. Nos sentábamos en un banco a charlar. También nos aburríamos. 

Uno de los veranos, cuando yo tenía unos 18 o 19 años, mi padre decidió que acortábamos la estancia veraniega para ir a su pueblo. Hacía mucho que no veía a la familia. Lógicamente, quería ver a los suyos y que ellos vieran a sus hijos. Al ser una familia numerosa, era complicado movilizarnos para desplazamientos largos.

Todos estábamos disgustados. La opción "pueblo" nos parecía un aburrimiento frente a la vida de pandilla de la urbanización. Pero hubo que tragar.

Nuestro amigo nos comentaba en el tanatorio:

- Os va a parecer una tontería, pero aquel año que os fuisteis al pueblo se me quedó una tristeza aquí -se tocaba el corazón- muy grande. Sentía que el verano ya se había acabado, que todo iba a ser diferente sin vosotros. El resto de verano ya no fue igual. Ya veis, yo es que siempre he sido muy sentimental.

Yo le escuchaba y me veía reflejada. Y mi hermano también. Eran veranos tan perfectos, que el hecho de que nuestro padre nos "robara" quince días para ver a familiares casi desconocidos en su pueblo nos fastidió bastante a todos. Y sentimos la misma tristeza que nuestro amigo.

La ventaja es que como nosotros somos tantos, luego lo pasamos bien con la novedad del pueblo. Mis hermanos cogieron la "moto de los higos" de nuestro tío para pasear por la carretera. Mi abuelo nos llevó a ver el cementerio viejo, con nichos derruidos de los que asomaban ropas de hacía siglos y algunos huesos. Fue hace pocos años cuando mi hermano pequeño (unos cinco años en la época del viaje) nos confesó lo que le había impactado ver el cementerio. Mi prima, que ya conducía, nos llevó a las chicas a la feria cercana en el coche de su padre. Íbamos de cualquier manera, apelotonadas en los asientos. En aquella época no había ni cinturones de seguridad ni tope en el número de viajeros. En la panadería del pueblo mi abuela compraba la masa ya hecha y nos hacía "fritillas", tortas finas fritas y rebozadas con azúcar. Los primos de mi padre organizaron una barbacoa con carnes a la brasa deliciosas. Bajábamos a la "cueva" de la casa de nuestros abuelos a ver las tinajas enormes que había allí y nos frotábamos los brazos para no sentir tanto frío.

Ninguno de los hermanos queríamos ir pero luego no lo pasamos tan mal. Pero nuestro amigo sí que sintió la soledad de un verano que para él sí finalizó prematuramente.


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Otra navidad

 Otra vez se acerca la Navidad. Gracias a Dios, y a pesar de las pérdidas familiares, que con la edad van siendo cada vez más, me siguen gustando estas fechas. Preparar reuniones familiares, montar Belenes, visitar los de mi ciudad...

Como no tengo hueco en mi casa, desde el año pasado monto mi Belén en el portal. A los vecinos les gusta y yo, meses antes de estas fechas, preparo cosas nuevas. Este año han sido unas casas más grandes y más elaboradas y unos cuencos con especias para el mercadito. He ampliado el espacio con otra mesita auxiliar y he empleado las últimas salidas al monte para coger elementos naturales para ambientar.

Recuerdo cuando ponía el Belén en mi sucursalEso sí me produce cierta nostalgia. Porque mi antigua sucursal ya no existe. Al poco de irme la trasladaron y la integraron en otra oficina cercana. Y hace unos meses, nuevamente ha cambiado de ubicación. De los clientes, a los que les gustaba tanto el nacimiento, tampoco sé nada.

 Fueron muchos años de relación pero es normal el distanciamiento en una ciudad grande. Imagino que ya ni preguntarán por mí. Mi vida es otra y es imposible mantener el contacto con tanta gente que has conocido en tu vida. De mis antiguos compañeros tan solo queda uno en esa oficina trasladada dos veces. Me ignora si le pongo algún mensaje. Hace un mes pasé por allí y le saludé. Creo que se alegró de verme a pesar de lo indiferente que es a llamadas telefónicas y mensajes. Él, que es casi de mi edad, se toma el trabajo y las exigencias con filosofía y ahí sigue, aguantando, y haciendo más bien poco.

Con tantos vaivenes me parece que en mi antiguo Banco no hay mucha ilusión por celebraciones ni decoraciones navideñas. Yo viví la última etapa de ambientes laborales más familiares. 

Acabo de leer lo escrito y parece redactado desde la tristeza. Y la verdad es que no es así. Llevo tres años fuera del Banco y creo que me pude ir en el momento justo para no sufrir con estas nuevas formas de entender la Banca que me hubieran sobrepasado.

Feliz Navidad a todos los que os pasáis por aquí. 



viernes, 19 de septiembre de 2025

La interna se larga de repente

 Estoy releyendo esa entrada de hace meses que titulé LA INTERNA (podéis pinchar para leerla) y me doy cuenta de que he sido una inocente. Como teníamos necesidad de una cuidadora hemos tragado con demasiadas cosas. Ha tenido mucha, muchísima cara la cuidadora de mi tía. Y se ha largado sin apenas avisar.

Mi madre y mi tía están alegres por su marcha pero un poco disgustadas por las formas, porque ellas se han portado estupendamente con ella. Bien poco hacía en la casa, salvo pasar el aspirador, limpiar los baños y pasear con mi tía. Nunca dejó claro qué iba a hacer después. ¿Le había surgido un trabajo mejor? ¿Se iba a su país? ¿Había encontrado un español con el que casarse? A las hermanas les ha dolido su poca claridad, sus embrollos, sus explicaciones llenas de oscuridades

Olvidemos todos los permisos que pedía para ir al médico, a análisis, a pruebas varias: gastroscopia, colonoscopia, endoscopia, prueba del aliento, analíticas, consultas en el ambulatorio, trámites para cambios de médico.

Olvidemos las numerosas visitas a su abogada para papeleo. Nunca supimos bien qué trámites requerían tantas visitas.

Olvidemos el tiempo que se "despistaba" yendo a la farmacia de al lado a por sus productos de belleza y sus medicinas, o al comercio del chino a comprar aguacates y kiwi gold. Empleaba dos horas en hacer recados de diez minutos.

Olvidemos el permiso que pidió para ir a la boda de una amiga que finalmente no se pudo celebrar ese día en el registro. Luego le dimos un nuevo permiso para la boda definitiva. Afortunadamente ese día sí pudo casarse su amiga. Con un chaval 10 años más joven, sin papeles y con una bebé en su país de origen. Llamadme mal pensada pero parece raro, raro.

Olvidemos que se tomaba fines de semana mucho más largos que los que por convenio corresponden a las internas. Pero le dábamos permiso.

Olvidemos esa baja de 10 días en que precisó "reposo" porque le dolía la pierna y la tenía "inflamada" (yo se la veía perfecta). No podía saltar ni correr, le dijo a mi madre. Como si el cuidado de una anciana implicara acrobacias. En esos días le prohibimos hacer nada ( no queríamos que luego nos demandara o nos exigiera nada) y eran las ancianas las que la cuidaban. Yo creo que la doctora le dio la baja como dan tantas, "a demanda", pero no había causa real para no trabajar.

Olvidemos que se negó a bajar y acompañar a mi tía a la piscina este verano por multitud de razones cada vez menos creíbles: No tengo bañador, no sé nadar, el sol es malo para mi piel, voy a encargar un bañador de cuerpo entero... Cuando tras seis días le llegó su bañador comprado por internet bajó a la piscina con mi tía. Bañador "enterizo" como ella decía, que le cubría brazos y piernas. Un sombrero en la cabeza. Diez minutos en el agua, andando por la zona donde no cubre...


Volvió con mohínes de sufrimiento. El sol, a pesar de toda su protección, la había puesto a morir. Los ojos, aunque no metió la cabeza, por supuesto, los tenía fatal -según ella- a causa de los peligrosos efluvios del cloro. Esa tarde la pasó en reposo, con analgésicos porque tenía jaqueca. En fin, que tenía más achaques que su empleadora, de 95 años. Ese día me enfadé con ella, pero le dio igual. Bajaba la vista y me miraba compungida, como si la estuviera regañando indebidamente. No volvió a bajar a la piscina. Bajaba yo con las dos viejecillas o bajaban ellas solas cuando yo estuve de vacaciones.

Olvidemos todo esto porque se lo hemos consentido y no la hemos despedido cuando se lo merecía. Nos daba pena y pensábamos que las dos hermanas estaban más seguras con alguien en casa.

El 1 de septiembre, después de haber cobrado su nómina de agosto, me dice que se va. A mí, que simplemente hago las gestiones. Pero no se lo había dicho ni a mi tía ni a mi madre, las habitantes de la casa, las empleadoras. 

Que se iba en tres días. La verdad es que como realmente todas estábamos felices de que se largara me dio igual que no cumpliera los plazos legales de aviso.

Volvió a poner su carita compungida y nos volvió a mentir, como ha estado haciendo durante todos estos meses.

-Yo... Vds saben que estoy mal, tengo mal el estómago (se lo acariciaba), apenas puedo comer (salvo el huevo frito del desayuno, los plátanos de postre y 8 o 9 albóndigas, que bien que las devoraba cuando mi madre las ponía) Necesito curarme, necesito ir con mi mamá (probablemente en Perú le sigan haciendo toda esta ristra de pruebas que aquí la seguridad social española le ha prescrito. No porque las necesitara, creo yo, sino para dejar de oírla, para que no nos acusen de "racistas")

No pregunté a la "enfermita". Me daba igual. Aunque hace unos meses era su mamá la que estaba enferma y era la interna la que quería adelantar a diciembre sus vacaciones de 2026 para cuidar a su amada madre. Siempre adelantando vacaciones. Esta vez le dije que no.

Como colofón, aumentó su aspecto de desamparo para pedir:

-Yo, les imploro, les suplico, háganme un despido para que pueda cobrar el paro.

Y como soy idiota he dedicado tiempo a buscar por internet y hacerle una carta de despido, fotocopiarle las nóminas, entregarle los recibos del pago de seguridad social, hacerle firmar la recepción de una indemnización (aquí no fui tan tonta y le dije que firmara el recibí, pero que no se la pagaba porque la realidad es que se iba porque ella quería y no tenía ningún derecho a cobrar paro salvo que yo le hiciera este favor).

Pensé que todo había finalizado, que lo de pedir el paro era cosa suya. Hoy la interna ha dado señales de vida para pedirme un papel que le exigen en el SEPE (servicio público de empleo). Pensaba mandarla a la mierda, pero como sigo sigo siendo tonta, tontísima, aquí estoy, luchando contra la infame burocracia de esta España nuestra, que me exige un impreso concreto con datos que ya aparecen en las nóminas, en el contrato, en los recibos de seguridad social. Y necesito mil claves para enviarlo por internet porque ya casi nada se puede entregar en papel. Pero hay montones de funcionarios tocándose el higo sin ayudar en absoluto.

Ahora entiendo por qué tanta gente tiene al servicio doméstico sin contrato, sin asegurar. No es nada fácil hacer las cosas bien. Ya es caro contratar a alguien, si encima necesitas un gestor que te ayude con estos trámites, no hay familia que afronte el gasto. Pero se piensan que un viejecillo que necesita ayuda es una empresa y que domina todo este maremágnum de claves y documentos. 

Escribo al día siguiente...

Acabo de volver del despacho de un gestor (me ha recibido porque me conocía de anteriores gestiones de testamentarías, si no no me atiende tan rápido) que ha conseguido, tras una hora de lucha con el ordenador, enviar el famoso impreso al SEPE. No he hecho la gestión por ayudar a la impresentable interna, sino porque quizá si no lo envío pongan alguna multa a la empleadora (mi tía, 95 años) que ha hecho todo súper legal.

Y me ha hecho la gestión por ser yo, porque él ya no hace ningún trámite de internas; ni contratos, ni despidos, ni nada.

-Mira, he dejado hace poco estos trámites. Sé que es necesario contratar ayuda doméstica pero he visto tanto aprovechamiento, tantas denuncias injustas contra los empleadores, que no sé cómo la gente mete alegremente en su casa a gente ajena. Hay muchas que van a sacar todo lo que pueden y no les importa denunciar por acoso a un pobre hombre de 90 años. Y siendo mujer, suelen ganar. Este hombre tuvo que soltarle 3500 eur a la que decía ser víctima del acoso. No, yo no las quiero ni en pintura.

No sé si sigo siendo tonta o empática. He hablado por teléfono con la ex-interna. Me ha agradecido todo lo que estoy haciendo por ella y me ha asegurado que en cuanto le envíe la factura del gestor, me paga todo ese importe.

Sé que miente más que habla, pero cuando me ha dicho que estuvo en el SEPE no sé cuantas horas, que suplicó que le dejaran entregar el documento físicamente y no por internet y que se negaron, que ellos erre que erre con hacerlo todo on line, sí la he creído. Y es que tenemos una administración elefantiásica, llena de vagos, que no facilita las cosas a los ciudadanos, sino que pone muros y más muros. Las claves, las firmas digitales, el certificado electrónico, parecen la panacea, pero caducan, no sabes bien cómo utilizarlos, las rutas para hacer las cosas son confusas... Y pedir cita presencial es misión imposible.

Respecto del asunto burocracia solo puedo decir a la ex interna: "Hermana, yo sí te creo"


viernes, 11 de julio de 2025

Las casas cumplen años

Este año se cumplen 50 años desde que mis padres se trasladaron a un nuevo domicilio. Es un conjunto de torres altas, de las que invadieron la periferia de Madrid en los años setenta. Al hilo de este aniversario, en la Comunidad de propietarios van a organizar concursos y piden fotos y escritos. Os comparto el mío, que quizá interese poco, pero que es parte de mi historia.


 Yo llegué a esta urbanización con catorce años. Mala edad para dejar atrás a tus amigas en un barrio alejado de este y empezar el BUP de aquellos años sin conocer absolutamente a nadie.

De eso dependía nuestro traslado, de que me admitieran en el instituto. Y eso costó. En una época de muchos niños y pocos colegios e institutos, fue difícil encontrar acomodo para diez hermanos. Mi madre no podía tenerlos desperdigados por varios centros, llevarlos, traerlos y cuidar de tres pequeñines en casa.

Finalmente mis hermanos pudieron estar juntos en el colegio Carlos Arias. Luego le cambiaron el nombre por esas tontunas que llevamos viviendo décadas. Carlos Arias fue alcalde de Madrid en la época franquista y era necesario eliminar esa parte de la historia. Lo rebautizaron como "Lorenzo Luzuriaga". Buscaré en internet quien es este perfecto desconocido para mí.

Yo entré por los pelos en el instituto. Daba igual tener buenas notas o muchos hermanos. No sé cómo iba lo de los puntos en aquella época. El instituto estaba copado por todos los que llegaban del colegio anexo. Los  nuevos éramos minoría.

Y empezó una nueva etapa a la que a la fuerza me tuve que acostumbrar. Ciertamente el barrio era mejor que el que abandonamos, pero a mí las ventajas de espacio en casa, el tener más cuartos de baño, un ascensor, jardines, piscina... me daban igual. Mis mejores amigas no estaban a mi lado, y para verlas tenía que coger de vez en cuando dos autobuses.

En aquella época mi instituto tenía mucha fama. Lo llamaban "centro experimental" Nunca supe muy bien por qué. Tuve profesores buenos, malos y regulares. Igual que los compañeros. Algunos con ganas de estudiar y respetar a los profesores y otros faltando a las clases y reventándoselas al profesor.

Siempre empezaba el curso, por unas u otras causas, después del día del Pilar (12 de octubre) y todos, todos los años, había huelga de profesores que duraba aproximadamente un mes. Cosas de esa transición política idealizada.

Libertad sí que había. Nadie pasaba lista, ni informaban a los padres si sus hijos faltaban. No existían las reuniones con los padres. Los profesores y los alumnos fumaban donde les venía en gana. Incluso veíamos normal que un alumno, menor de edad pero con aspecto de mayor, paseara por el instituto de la mano de una joven profesora. Se habían enamorado.

En los comienzos, la urbanización pretendía ser un gran jardín donde crecían diez torres. Los caminos no eran cómo los actuales. Eran piedras planas colocadas encima del césped. Imposible pasear por esos caminos con coches de niños o sillas de ruedas. En las torres de abajo, donde yo vivía, apenas daba el sol, el césped no crecía y cuando llovía eso era un barrizal. Las piedras bailaban y era fácil que al pisar recibieras un salpicón de barro. 

Mis hermanos, para ir a su colegio -iban solos, los mayores llevaban a los pequeños- tenían que atravesar el jardín en diagonal y el camino existente pasaba por encima del laguito. En invierno el agua del estanque se congelaba, las piedras de paso eran puro hielo y alguna vez algún niño resbaló y se mojó. 

También era fácil empaparse con los aspersores, que solían ponerse en marcha a la hora de ir al colegio. Había que tener mucho ojo para ver en qué dirección escupían el agua, y echar a correr con la bolsa de libros antes de que el agua te atrapara en su retorno circular.

Al principio hubo una piscina cubierta que yo no llegué a conocer, en la zona del actual gimnasio. Desapareció y nunca supe por qué.

La Vaguada no existía. Toda esa zona era una escombrera donde venían camiones de todo Madrid para depositar desechos de obra. Así se fue rellenando. Cuando iban a iniciarse las obras del centro comercial hubo mucho movimiento vecinal opuesto, sobre todo entre los vecinos del Barrio del Pilar. En mi urbanización se unieron también vecinos a esas protestas. Su lema era "La Vaguada es nuestra" Incluso se plantaron árboles, que llegaron a crecer bastante, pero no consiguieron frenar la llegada de la maquinaria para las obras. 

No había demasiados comercios. Mi madre compraba en el único supermercado de los alrededores, donde casi siempre había colas.  O iba al mercado de isla de Tavira. O al mercado del Barrio del Pilar. Para ir allí había un microbús gratuito que llevaba a las señoras que no querían ir andando hasta allá. Nuestros "grandes almacenes" eran los almacenes "Simeón", situados encima del mercado. A mí me encantaba ir allí con mi madre. Había un señor muy educado, con traje, bajito pero muy erguido, que atendía cualquier pregunta o necesidad.

Hubo algunas épocas de psicosis y miedo. Extraños que habían subido en el ascensor con tiernas niñas y habían pretendido llevarlas a los oscuros trasteros. Exhibicionistas con gabardina merodeando en el jardín, enseñando sus atributos a niñas que jugaban a la comba, gitanos (¡ay, perdón que esto puede ser delito de odio!) al acecho, para robar cazadoras o relojes amenazando con una navaja o sin amenazar, que el susto el niño se lo llevaba igual.

Yo ya no soy vecina desde hace muchos años, pero mi madre sí sigue viviendo aquí y me hace recuento de todas las viudas que hay en su bloque. Ahora conozco más a la gente que cuando me vine a vivir aquí, a disgusto, en el año 1977. La visito, bajo a la piscina con ella y con mi tía y me encanta ver que los habitantes van cambiando y que la piscina está más llena de niños. Vuelve el barullo y la juventud que faltaron durante algunos años.


viernes, 16 de mayo de 2025

Perri adictos

 Voy a un taller de pintura una o dos veces por semana. Está en mi barrio. Nos juntamos señoras en su mayoría jubiladas. Se nos da bien la pintura y la charla. La profesora nos deja una libertad tremenda y está al quite para corregirnos o ayudarnos cuando nos quedamos atascadas.

Cada vez -será por la edad- nos cuesta más simultanear la charla y el pincel. Pero no nos importa mucho tardar más en acabar un cuadro. Mi hija prefiere que cada obra me lleve mucho tiempo porque  ya no queda espacio en las paredes para nuevas pinturas y no queremos exceso de producción.

El otro día una compañera empezó a hablar de su perrito y a torturarnos con fotos del susodicho que tenía en su teléfono. Era pequeño y lanudo, de estos que les gustan a las señoras aún más mayores que yo. Me quedé pasmada cuando me enteré de que la peluquería de un perro con melena cuesta más que la de cualquier mujer. Unos 80 euros. Y parece ser que los peluqueros perrunos deben saber cómo cortar esas melenas según la raza. Hay una especialización y no todos saben como dejar perfectos a según qué perros.

A mí me gusta "picar" al personal, enfrentarles a incongruencias y les conté la siguiente anécdota:

"Un día iba con una de mis hermanas y mis sobrinos de 10 años por el barrio donde ha comprado casa mi hijo y les comentaba que antes esa zona estaba peor, pero que ahora yo lo veía muy seguro y muy familiar. Justo al acabar de decir eso vimos a un hombre un poco perjudicado, tras unos arbustos, haciendo pis"

La dueña del perro fue la primera que dijo:

-Vaya tío guarro.

-Guarro, ¿Por qué? -le respondí- Seguramente el hombre no pudo aguantarse. Intentaba ocultarse discretamente entre unos arbustos. ¿Me estás diciendo que ese pobre hombre, posiblemente con problemas de próstata o gran bebedor de cerveza, igual da, no puede hacer pis al aire libre y tu perrito puede levantar la pata para orinar ante cualquier fachada o rueda de coche?

De buen rollo, pero en la clase se generaron dos bandos. A ella le parecía que el pis de un humano en la calle no se debía consentir, pero sí el de los perros. La profesora me apoyaba  y decía que los dueños de perros están obligados a llevar una botella de agua con un poco de detergente para echarla encima de los orines de sus mascotas, pero que nadie lo hace.

También surgió el asunto de las bolsas para caca de perro, que creo que son gratuitas y están a disposición de los dueños en muchas zonas perrunas. Yo abogaba porque las compraran los dueños de perros igual que yo compro mis bolsas de basura. Nadie me las regala.

Lo que veo es que el parque canino se incrementa a pasos agigantados. Donde vivo ya estamos llegando bastantes vecinos a la edad de jubilación. Y muchos se han comprado un perro. Para pasearlo, para obligarse a salir y hacer ejercicio, para que les haga compañía en esta nueva etapa de su vida, porque piensan que se van a aburrir...

La vida de muchos jubilados es sencilla: perrito, visitas más constantes al médico y estantes invadidos de medicamentos muchas veces innecesarios.

De cualquier modo, cada cual que haga con su vida lo que quiera. Afortunadamente, ahora los perros están más controlados que en aquellos años setenta, cuando paseaban sueltos por las calles husmeando entre bolsas de basura sin contenedores y mordiendo un culo tierno de una niña de diez años que venía de comprar el pan. 

Esa niña era yo. Ya antes de ese momento me  daban miedo los perros. Después, durante muchos años, les tuve pánico y odio. He conseguido ignorarlos, incluso sentir cariño por una perra anciana de unos amigos que se mueve lentamente, ya cojea, no salta encima de nadie y solo mendiga un poco de cariñito.

Pero no puedo con las ñoñerías de tantos perriadictos, que ignoran a los bebés en sus carritos pero se detienen ante cualquier chucho, le hablan con voz impostada e infantil, preguntan al dueño cómo se llama, la edad... Comentan diagnósticos veterinarios, confirman la raza...

Un perro sale bien caro, pero muchos prefieren un animal a un hijo y ya hablan de perrihijos. Estamos en una sociedad loca que prefiere recoger caca caliente de su mascota y guardarla en una bolsita que cambiar los pañales a un crío. Se quejan de la esclavitud de las tomas de un lactante, pero madrugan diariamente para sacar al perro a hacer sus necesidades levantando la pata junto a la puerta de su portal. Hablan del coste inasumible de un hijo, pero pagan gustosos piensos especiales para perros y residencias caninas cuando no les pueden llevar de vacaciones. Quieren hoteles y transportes sin niños porque consideran que son muy ruidosos y al tiempo exigen ir con su perro a restaurantes, al metro, a playas o a grandes almacenes.

Ya no sé si es una sociedad loca o enferma, esta que humaniza a perros y gatos y cosifica a personas.



lunes, 31 de marzo de 2025

Aquella casa de alquiler

 Hoy he tenido que acercarme al Registro de la Propiedad a por una nota simple para iniciar los trámites de compra del suelo de mi actual vivienda. El Ayuntamiento hace (hacía) cosas muy raras. En aquel año 1996, cuando me dieron mi casa de cooperativa (sí, hubo una época en que jóvenes veinteañeros y treintañeros con ingresos módicos pudimos acceder a una vivienda de cooperativa, aunque en el camino me diera tiempo a ennoviarme, casarme y a tener dos hijos), me dieron solo el "vuelo", no el suelo. Ciertamente la vivienda fue más económica. Al principio el ayuntamiento decía "si queréis el suelo tenéis que estar de acuerdo absolutamente todos los vecinos, porque el suelo es indivisible". Lógicamente muchos vecinos preferían comprar muebles o rebajar hipoteca. El suelo les daba igual porque ya teníamos un techo bajo el que vivir.

Fue pasando el tiempo y se ve que el Ayuntamiento necesitaba dinero y entonces sí, el del segundo podía tener el suelo y el del quinto no. Ya no era necesaria una unanimidad imposible entre los 188 vecinos. Hubo gente que se animó a comprar.

Y ahora es el "boom". A mi casa le quedan tres años para que deje de ser de "protección oficial" y cuando esto suceda, el Ayuntamiento, si ofrece nuevamente a los vecinos comprar el suelo, será a precio de mercado y nos pedirá en torno a los 100.000 eur.

Así que se ha conseguido que ahora haya una nueva oferta de suelo a precios de protección oficial (en torno a los 30.000 eur). Yo no estaba animada. Total, vivo en la casa y no voy a negociar con ella. Cuando mi hija pequeña tenga 75 años que es cuando acaba la concesión (no creo que ni yo ni mi marido vivamos entonces) que se arregle ella con el Ayuntamiento. Si no echan a los okupas, no creo que vayan a echarla a ella, que ya será mayor, porque no tenga el suelo. ¿Van a echar a una propietaria del "vuelo" que ha pagado todos los años un IBI tan alto como el de las casas que tienen suelo? Pero vivimos en un mundo tan raro que quizá en un futuro un okupa tenga más derechos que un propietario que siempre ha cumplido con sus obligaciones y tributos.

Mi marido no hacía más que decirme "compra el suelo, cómpralo, que es una buena inversión, mejor que tener el dinero en el Banco, que la casa se revalorizará, y si en un futuro nuestros hijos la quieren vender será más fácil. Que sí, que lo compres"

Finalmente le he hecho caso y estoy en las primeras fases de todo este proceso que seguro que es farragoso y lento. Ahora me lo puedo permitir porque tengo tiempo. 

Un primer absurdo: He ido personalmente al registro a pedir la nota simple, no he necesitado pedir hora. Me ha costado 3,64 eur.

Si lo hubiera pedido por Internet, me hubiera desesperado buscando la aplicación, el acceso, hubiera esperado dos días a recibirlo electrónicamente, y hubiera pagado casi 10 eur.

Después de salir del Registro y de desayunar con una antigua colega del Banco que trabaja en una sucursal cercana, he tenido un acceso de nostalgia y he decidido pasear por el barrio en que viví de recién casada, que está por esa zona.

En su día no buscamos mucho mi entonces novio y yo. Nos surgió alquilar un piso viejo que había heredado una vecina de la hermana de mi marido y allí nos fuimos. La casa era deprimente. Hicimos una reformilla y fuimos descontando el coste, del pago del alquiler. Pensábamos que era algo temporal: un año o dos hasta que nos dieran nuestra casa con "vuelo pero sin suelo". Por eso no nos importó que fuera un lugar alejado del barrio en que habíamos vivido los dos.

Limpiamos mugre de la campana, llevamos muebles viejos a un trastero de un familiar de la dueña, pusimos fundas al sofá viejo, animamos las paredes con cuadros y la terraza con plantas. Mi padre nos pegaba las baldosas del suelo que de tanto en tanto bailaban. Nos adaptamos y, más mi marido que yo, aprendimos a querer a ese barrio desconocido.

La casa nueva se retrasaba. Nació mi primer hijo. Estuve con él hasta que cumplió un año. Cogía dos autobuses con él en brazos cuando iba a visitar a mi madre en días de diario. No había asientos reservados. Nadie se levantaba. Me sujetaba a la barra y decía en voz bien alta:

-A ver quien se levanta. Necesito ir sentada con el bebé de tres meses que llevo encima.

Y entonces sí, alguien se levantaba azorado musitando un "perdón, no me había dado cuenta" y cediéndome el asiento.

Muchas veces, en invierno, mi marido se retrasaba al llegar a casa por temas de trabajo y yo pasaba con el niño a casa de mis vecinos de rellano, ya mayores, porque la noche y la soledad se me echaban encima como una losa. Charlábamos, le hacían carantoñas al bebé y veíamos juntos lo que echaran por la tele.

Llegó el momento de incorporarme al trabajo. En esa época los maridos tenían dos días por nacimiento de hijo, las madres 16 semanas. Mi madre cuidó al bebé unos meses, coincidió la época de verano. Luego, con año y medio le metimos en una guardería. Cuando me tocaba a mí llevarle y dejarle ¡a las 7.30 de la mañana! me iba llorando al trabajo después de ver cómo se alejaba por un pasillo débilmente iluminado y se quedaba en una mesa, él solito, con dos  juguetes aburridos, hasta que iban llegando, bastante más tarde, el resto de los niños.

Me iba al metro ocultando las lágrimas con unas gafas de sol que cantaban un montón en esas mañanas invernales y oscuras.

Mi marido decidió que el crío no estaba feliz en esa guardería. Pidió una excedencia y se dedicó seis meses a cuidarle mientras yo seguía trabajando. Era una maravilla llegar a las 15:30 y estar toda la tarde los tres juntos. En primavera le llevaba en coche al parque Juan Carlos I, recién inaugurado, o a la Quinta de los Molinos. Al crío le encantaba ver los riegos y observar a los jardineros. Cuando podaban, me traía rosas de las que habían cortado.

Algo había que hacer con el niño cuando acabara la excedencia. Mi marido miró y remiró guarderías de la zona. El niño dejó bien claro que la primera guardería era fea y no quería volver. No fue feliz en ella. Al final encontramos una, recién inaugurada. El niño la vio y dijo "esta me gusta". Allí aprendió a leer y escribir antes de los cuatro años. Quizá algún pedagogo piense que eso es una barbaridad, pero para él no supuso ningún trauma.

Todo esto he recordado hoy paseando por ese antiguo barrio que iba a ser provisional y viendo las dos guarderías: la triste y la que le hizo feliz. 

¡Cuánto cambia un barrio! Aceras más anchas, comercios nuevos, casas remozadas... Solo permanecen igual la carnicería, la panadería, alguna cafetería. Después de 28 años no consigo recordar qué había antes en el lugar en que ahora hay un chino, que edificio había en el lugar de esa vivienda moderna. A duras penas he ubicado la terraza donde teníamos multitud de  geranios. He visto algo que ya los jóvenes actuales desconocen y que yo hacía siglos que no observaba en mi actual barrio: un camión con bombonas de butano. 

En esa primera vivienda de casada había butano para cocinar y para la ducha. Solían ser muchachos fuertes del este los encargados de subir las bombonas. Ya había pasado a la historia lo de hacerles una señal desde la terraza para que subieran la bombona. Llamábamos por teléfono y, como trabajábamos, decíamos "el dinero está debajo del felpudo". Nunca falló el sistema en los seis años que allí vivimos y siempre estaba la bombona en la puerta al llegar del trabajo.



El tiempo pasaba y no sabíamos con exactitud dónde iban a edificar nuestro flamante edificio con viviendas "sin suelo". La cooperativa, en los comunicados y en las reuniones, siempre daba explicaciones, no sé si reales o no, de los motivos de los retrasos.

Nació mi segundo bebé. Una niña, que ya no pisó una guardería y no tuvo necesidad de madrugar hasta que empezó el colegio.

En esa época pagábamos guardería del mayor, alquiler, señora que cuidaba a la pequeña y mensualidades de la cooperativa. Afortunadamente, con dos sueldos medios, en esa época sí se podía. El piso nos lo dieron el mismo año en que nació la niña. Por eso llevo tan bien la cuenta de los años de propiedad. Nos mudamos a los seis meses para que el mayor acabara su curso en la guardería.

Mi marido sí que tuvo cierta pena por abandonar ese barrio. Yo fui feliz allí, pero intuía que iba a ser más feliz en la nueva vivienda. La suerte, el destino, la providencia... nos había proporcionado una casa relativamente cerca de la de mis padres, con todas las ventajas que eso suponía cuando se ponían malitos o cuando la cuidadora no podía ir.

¡Hay que ver! Cuantos recuerdos me han invadido con un simple viaje al registro.

viernes, 28 de febrero de 2025

Reformas

 Desde hace más de una semana la banda sonora de mi desayuno son golpes variados debido a unas obras de reforma. Es curioso cómo es difícil ubicar el origen del ruido. Te envuelve de tal manera que no sabes si viene de un lado o de otro. Yo, al vivir en el último piso, sé que de arriba no puede venir el estruendo. 

Hay reformas en dos viviendas. Una en el bloque de al lado; otra, en mi bloque. Quizá si tuviera que preparar unas oposiciones o tuviera un bebé de sueño ligero me molestaría tanto golpe, pero en mi situación actual me da exactamente igual. Son golpes intermitentes y, de momento, no hay radiales por medio, que tienen un sonido bastante más molesto.

Hace un par de días me encontré con los vecinos en cuya casa están haciendo las obras. Han llevado todos sus muebles y objetos a un guardamuebles, ellos se han marchado de alquiler tres meses y la casa la han dejado sin nada. Pura cáscara es ahora.

Me contaron todo lo que iban a hacer: nuevas puertas de la casa y de los armarios empotrados; aire acondicionado por conductos; nueva cocina, nuevos baños, con  baldosas a la moda; fuera parquet en pro de un suelo vinílico; fuera gotelé que ahora no le gusta a nadie.

La otra tarde nos asomamos mi marido y yo al piso. La puerta estaba abierta. A él le gusta ver estas cosas. Los operarios nos miraban con cierta desconfianza. Lógico, no está bien que vaya el vecindario a cotillear.

-Buenas tardes. Me encontré el otro día con Analía y Sosegado y me comentaron que estaban de obras. Ya me han dicho que me enseñarán el resultado cuando Vds acaben.

Mi comentario les tranquilizó.

No pasamos del umbral. Mi marido hizo dos o tres comentarios banales relacionados con tubos, suelos, canalizaciones, y nos marchamos.

Eso no era una casa, era una carcasa. Rozas, tubos colgando, polvo. Entiendo que la casa tiene ya 29 años, los dueños se acaban de jubilar y piensan que es el momento de dejar su casa como nueva y más confortable, ahora que tienen tiempo y su único hijo trabaja en el extranjero.

Pero no sé si está bien cambiar todo, incluso cosas que están bien, tan solo por seguir los dictados de una moda que nos dice en cada momento lo que se lleva en decoración.



-No te preocupes Zarzamora -me dice mi marido- dentro de nada volverá a estar de moda el gotelé y el parquet y nosotros  estaremos más a la moda que todos nuestros vecinos, sin haber modificado nada.

 

viernes, 7 de febrero de 2025

La interna

Mi madre y mi tía son hermanas y viven juntas. El pasado mes de agosto mi tía se rompió la cadera y decidimos contratar una interna que estuviera con las dos, que tienen 86 y 95 años respectivamente.

 La muchacha ya era conocida de ambas porque había cuidado a algún anciano en el barrio y aceptó el trabajo encantada. Comenzó en septiembre del pasado año.

Como yo soy la que se encarga del pago de su salario y seguridad social (con el dinero de mi tía), me tiene en gran estima y me usa de "interlocutora" con las ancianas cuando quiere conseguir algo.

- Ay señora Zarzamora, mire usted, llevo varias noches sin dormir... No me atrevo a decirle...

Así empezó su discurso en noviembre, dando vueltas, porque quería irse a su país de vacaciones. Yo sospecho que tenía los billetes comprados desde antes de aceptar el trabajo.

La tranquilicé.

-No te preocupes. Tienes derecho a unos días de vacaciones este año 2024 y en 2025 aceptamos que te tomes las vacaciones en enero. Eso sí, el pago de enero te lo hago cuando vuelvas, para asegurarme que vuelves.

-Ay sí, señora Zarzamora, Dios la bendiga. Si quiere busco sustituta para su madre y su tía. Con razón me dice mi mamá que no se me ocurra dejar esta casa.

No ha habido necesidad de sustituta porque mi tía ya se maneja muy bien y mi madre ha estado feliz sin nadie extraño en casa disfrutando de las Navidades con sus hijos y nietos. Mi madre no se adapta a tener una interna. Cuando la visitamos mis hermanos y yo nos cuenta detalles de la interna que le incomodan. Ya nos conocemos todas sus quejas y el kiwi gold ya es motivo de bromas entre todos.

Estas son los comentarios de mi madre que ya nos conocemos todos sus hijos:

-Tiene obsesión con los kiwi gold, esos tan caros. Pero si los quiere que los compre ella. Que yo solo los compro si están de oferta. ¡Vaya precios!

-Yo, con que saque a pasear a tu tía me conformo.

-Es una desordenada y tiene la habitación hecha un desastre. Hoy le he dicho que no limpiara tanto los baños y que arreglara la habitación.

-¡Toma unas cosas más raras! Semillas, infusiones, un huevo cada mañana... Siempre se echa aguacate en cualquier ensalada.

-Mientras vemos la novela ella se encierra en su habitación. Vale, si ya sé que es su rato de descanso, pero no sé qué hace tan encerrada. Imagino que estar con el móvil, que lo lleva a todas partes. A veces la veo limpiando con el cuello torcido sujetando el teléfono de mala manera. Cualquier día se le cae al retrete.

- Yo es que no me aclaro con la vida de esta mujer. Si tenía estudios y una casa con jardín en su país, no entiendo para qué viene a España a vivir peor. Cuanto más me cuenta menos me entero. Es un lío su vida. Bueno, quizá no sea lío pero ella complica todas las explicaciones.

-Se cambia de ropa varias veces al día y tarda muchísimo en arreglarse antes de salir. Arreglarse es un decir, porque a veces sale del baño peor de como entró.

-¿Tú sabes la cantidad de maletas que se lleva a su país de vacaciones? Vino un amigo suyo para llevarla al aeropuerto y tuve que ayudarla a bajar las cosas. Ningún taxi la hubiera admitido. El amigo tuvo que llevar los asientos traseros bajados para poder meter todo el equipaje y ella iba delante, encogida, para que cupiera todo.

Esta es mi madre. A pesar de sus quejas hemos convencido a las dos hermanas de la necesidad de contar con esta ayuda. Reconozco que es egoísmo por parte de los hijos. Estamos mucho más tranquilos sabiendo que hay alguien al tanto si ocurre cualquier percance por la noche, que las puede acompañar al médico, que va con mi tía cada semana a la peluquería, que la acompaña a pasear, a sacar dinero del cajero, que la ayuda en el baño y hace gimnasia con ella.

La interna volvió hace unos días, feliz de volver a su trabajo. Trajo café, chocolate y rosquillas de su país para nosotros. La vi muy contenta de haber visto a su familia después de seis años de ausencia, y muy agradecida porque no le habíamos puesto pegas para su viaje.

Voy a visitar a mi madre y a mi tía con mucha frecuencia y muchas mañanas encuentro a mi madre sola, cocinando. Aprovecha feliz esos momentos de soledad. Si por ella fuera, tendría a la interna y a mi tía paseando todo el día. 



miércoles, 18 de diciembre de 2024

Navidad y recuerdos.

 Acabo de llegar de una comida con los belenistas de la parroquia. Pensaba que iríamos a algún restaurante cercano, pero el señor párroco nos ha invitado a su casa y nos ha preparado una deliciosa comida. Hemos hablado muy a gusto sin los ecos ni la algarabía que suelen perturbar en cualquier local. 

Yo he trabajado modelando y fabricando frutas, cestas, mesas, bancos, puestos de mercado... detalles que ambientan las escenas del Belén. El resto de compañeros se han dedicado a la "arquitectura belenística" que me parece mucho más compleja. A ellos sin embargo les parece más difícil hacer lo que yo hago. Eso es la complementariedad. Cada uno es especialista en una cosa.



Tú has "teletrabajado" me dicen. Y es que mientras ellos cortaban, soldaban y pegaban en un frío garaje de la parroquia, yo modelaba tranquilamente en casa a ratos perdidos. No les he podido ayudar en lo suyo porque he tenido que hacer varios viajes para ultimar, junto con mi marido, trámites de la herencia de su madre, que falleció ya centenaria en enero.

Su único bien era la casa familiar y tras algunas demoras, en noviembre se sorteó entre los dos hermanos aspirantes a propietarios quien se quedaba con la vivienda compensando al resto de hermanos. Estoy feliz de que le haya tocado a mi marido. Va a ser su conexión a la tierra en que nació y que yo quiero tanto como él. Va a ser el recuerdo permanente de su madre, de todos los momentos pasados en esa casa cuando íbamos en verano con nuestros hijos pequeños. 

Hay cosas que los dos deseamos que permanezcan. Las mecedoras de la terraza, donde mis niños se balancearon tantas veces, donde mi suegra tomaba el sol cuando ya casi ni hablaba. La sillita baja donde subía nuestro hijo mayor de niño para ver cocinar a su abuela. El sofá y el sillón del salón. Les pondré fundas nuevas, pero cuando me siente a leer bajo la luz de la lamparita, recordaré que en ese hueco estaba mi suegra tomando los purés de frutas de la merienda todas las tardes de sus últimos años.

En su habitación mantendremos su cama bajo la ventana y le daremos un aire nuevo y limpio. En su día ella hizo pintar y arreglar toda la casa menos su habitación. Era su refugio mientras el vecino del séptimo le hacía los arreglos en sus ratos perdidos. Así estuvo la pobre más de un mes. Se le quitaron las ganas de mejorar su habitación. Y luego fueron llegando los achaques, la necesidad de cuidados. Era complicado meterse en arreglos. La habitación de mi suegra es un muestrario del paso del tiempo. Papel pintado, más papel pintado, pintura encima del papel pintado, enchufes precarios. Estoy segura de que va a quedar blanca, nueva, limpia, moderna. Y quien duerma allí no sentirá aprensión al conocer que allí durmió y sesteó una señora que pasó de los cien años, se sentirá seguro y protegido por el espíritu de una mujer que adoraba estar en su hogar, cuidarlo, limpiarlo, disfrutarlo junto a su familia.

Enmarqué en su día una foto de mi suegra, tranquila, sonriente, ya muy mayor. El otro día tiré un marco destartalado y puse en uno nuevo otra foto de ella, su madre, y su hermana, de antes de la guerra civil. Me gusta mezclar lo antiguo y lo nuevo. No me importa  ponerme sus batas, sus rebecas, sus delantales, o echarme en la noche la misma mantita que le ponían en su silla de ruedas.

Creo que es una bonita forma de convivir con el pasado, de recordar una época de una forma sana, sin dramatismos. Porque la muerte cada vez empieza a estar más presente en mi vida y confío en poder naturalizarla y aceptarla cada vez mejor.

Es época de Navidad, de renovación, de alegría. Que la disfrutemos todos con salud, con buen ánimo, sin que las tristezas de este año nos amarguen estos momentos.


jueves, 19 de septiembre de 2024

Ocupaciones de jubilada

 Yo me reía y criticaba mucho a mis compañeros jubilados cuando iban a la sucursal y se quejaban de que no tenían tiempo. Ahora les empiezo a entender pero no les justifico. Queda bien feo quejarte de tus numerosas ocupaciones ante compañeros que tienen que compaginar vida personal y laboral.

Es cierto que en Navidades pedí una agenda y la tengo llena de anotaciones. Porque tengo cosas que hacer y porque mi memoria va flaqueando. Al tener todo el tiempo del mundo y no tener la rutina laboral, al no tener que cambiar la fecha en el sello que usaba constantemente en la ventanilla, al no soñar con la llegada de días de vacaciones, es fácil desconectar y no interesarte por el día en que vives.

Tras la muerte de mi padre he estado arreglando papeles de todo tipo. La burocracia post-morten. El papeleo persigue hasta después de que el féretro se quede en calma en su nicho. Mi madre, después de ver las telenovelas que sigue a diario, cuando está receptiva, escucha mis explicaciones acerca de los asuntos del impuesto de sucesiones, reparto de herencia, cambio de domiciliaciones, seguros, pensión... y siempre me dice lo mismo:

- Menos mal que estás jubilada y que te hice un poder. Como lo hubiera tenido que hacer yo todo, no sé que hubiera sido de mí. Ir a tantos sitios, llamar, hacer cosas por Internet... Todo es muy difícil.

Le tuve que dar la razón. Tanta burocracia es muy compleja para gente octogenaria. Tener hijos -hijos dispuestos y que ayuden en estas etapas de la vida- es una bendición.

Mi agenda está llena de anotaciones del tipo "cita con el Banco", "pago de impuestos", "perseguir al gestor" "pedir Dnis y cuentas a mis hermanos" "enseñar a mi madre a usar la tarjeta"

Lo de la tarjeta lo aprendió con facilidad. Yo parezco una controladora, y es que cada vez que ella saca dinero, el Banco me manda un aviso y yo lo compruebo con ella. No está mal para evitar fraudes o extracciones indeseadas. He puesto mi correo y mi teléfono en todos los datos que el Banco y los diferentes organismos me han pedido. Para no volver loca a mi madre y que viva con tranquilidad estos años de vejez, sin preocuparse por los asuntos bancarios.

Este verano había quedado con uno de mis hermanos para solucionar un asunto de la declaración de la renta de mi tía fallecida en febrero de 2023. Hay que hacer las declaraciones de los fallecidos. El trámite había ido bien y mientras estábamos tomando un cafetito en las cercanías, recibimos la llamada de mi madre.

-Hijos, vuestra tía (su hermana) se ha roto la cadera y se ha caído. La llevan al hospital.

Mi tía vive con mi madre desde antes de que ésta se quedara viuda. Las dos habían salido a pasear y mi tía, de 94 años, se cayó. Afortunadamente no arrastró a mi madre en la caída.

Ese día comenzaron nuevas anotaciones en mi agenda: ir al hospital, ver opciones para los cuidados posteriores, contratar a alguien...

No voy a entrar en detalles de las idas y venidas de este mes porque puede ser aburrido y poco ágil. Tener a alguien hospitalizado es duro, pero en mi caso no procede lamentarme en exceso, porque en los hospitales ves situaciones peores que las propias.

Como dice una amiga mía: "Saca tu cruz a la calle y verás una más grande"

Ahora están las dos hermanas en casa con una muchacha alegre y dispuesta encargada prioritariamente de cuidar a mi tía en su convalecencia.

A mi madre le está costando un poco tener a alguien ajeno en casa.

Viuda desde mayo, jamás en su vida había estado sola. Este mes con su hermana hospitalizada le cogió el gustillo a esta soledad. Cenaba lo que quería, no tenía que estar pendiente de nadie, podía entretenerse comprando o paseando el tiempo que quisiera porque nadie en casa iba a preocuparse de su tardanza. Y lo más importante, estaba sola pero con un montón de hijos y nietos pendientes de ella si era necesario.

Le ha durado poco esta soledad, pero hay que ser realistas. Y egoístas. Una pareja de señoras de 86 y 94 años están más seguras con alguien durmiendo en casa con ellas y ayudando a la mayor a entrar a la ducha, a pasear con el andador...

Por ellas, por la tranquilidad de los hijos, llega un momento en que el mayor acto de generosidad con la familia es dejarse ayudar.



Los fines de semana la chica libra y mi madre no quiere oír hablar de que vaya nadie. Son sus días de "liberación". 

Este sábado hay fiesta de cumpleaños. Son muchos los miembros de la familia que cumplen años en septiembre. Irán las dos matriarcas. Mi tía, la operada de cadera, ya ha preguntado:

-¿Hay rampa para llegar al local de la fiesta?

Allí se mezclará el andador de la tía con el cochecito de la nietecita más joven.