martes, 13 de febrero de 2018

¿Amor en el Banco?

No sé si es fácil enamorarse en el lugar de trabajo. Entre mis conocidos no conozco a muchos cuya pareja sea compañero o jefe.

Cuando entré en el Banco en periodo de prácticas,e iba de sucursal en sucursal, me tropecé con un inspector -en aquellos años no se llamaban auditores- que revisaba en la propia oficina, de arriba a abajo, los documentos, para asegurarse de que todo estaba bien, sin irregularidades.

Él se enamoró de su mujer en la sucursal en la que inició su andadura profesional. Eran sucursales grandes,con mucho personal joven y el amor era más fácil que ahora, en que hay oficinas con solo dos personas. Me contaba que lo llevaron en secreto y los colegas se enteraron al recibir la invitación de boda.

Yo llevo ya mucho tiempo en mi actual destino y he oído de todo. Un jubilado que viene de vez en cuando me habla de roces y tocamientos consentidos en los archivos del sótano, estancias frías y solitarias que a mi me dan auténtico pavor y que recorro con prisa histérica cuando tengo que buscar documentos. Todo eso pasaba en épocas en que yo ni me planteaba qué estudiar, y mucho menos pensaba que acabaría trabajando en un Banco. En fin...hace muchos, muchos años.

También era un secreto a voces la relación "adúltera" de una directora con un cliente, ambos casados. Salían a desayunar a diario y me extrañaba que él la llevara por los hombros, en plan pareja. Yo, recién llegada, no comentaba nada al respecto. Pensaba que quizá eso fuera normal y yo era un poco antigua. Yo no veía más que ese detalle y algún beso en la mejilla.

Pero un compañero muy cotilla, que me recordaba una comadreja, me sacó de mi inocencia. Coincidía con él en el metro y en esos momentos me hablaba en clave, con medias palabras, como si yo ya estuviera al tanto de los chismes internos. Yo agradecía compartir con él tan solo una parada porque me producía una repulsión casi física. Mis pensamientos eran para mi bebé y pasaba de comidillas.

-Ji, ji, ji...-reía como una hiena mientras mantenía el equilibrio en la barra del metro- ¿No te has fijado que cuando D. Liberto va a congresos de su empresa también falta la directora y se toma uno o dos días libres?

-Será casualidad -le dije a Comadreja

-No, no, no. Esos dos se entienden.

Yo encogía los hombros y le veía desparecer por la puerta del vagón mientras soltaba la última frase con su sonrisita despreciable.

-¡Qué ingenua eres Zarzamora!

A mi pesar he de decir que mi compañero Comadreja tenía razón. Muchas fuentes me confirmaron después que entre los dos había una relación que excedía la normal entre cliente y directora. Pero ambos siguieron con sus matrimonios. Felices los cuatro, como dice esa canción. O no. Nunca lo sabré.

Luego viví cosas divertidas, primeros amores, que son más bonitos. A raíz de una de las fusiones llegó un compañero de la otra entidad: joven, guapete, que encantaba a las señoras y a las jóvenes. Le perdonaban las sandalias que llevaba en verano y su pelo largo. Su simpatía les cautivaba. 

Ambos estábamos en mesas contiguas. Vino una jovencita a abrir una cuenta. En los tiempos en que yo abría cuentas este trámite duraba cinco minutos. Ahora con toda esta tecnología punta se emplea una hora. La estudiante era rubia, delgada, con unos estupendos ojos claros. 



-Oye Zarzamora, cuando vuelva esta chica la próxima semana a recoger la tarjeta, por favor, haz lo posible para que vaya a mi mesa.

Efectivamente, Olga volvió y le mentí descaradamente diciendo que estaba ocupada y que Rubén Fuertes le atendería. La joven se marchó con la tarjeta y con una cita para cenar con él el fin de semana. Ella volvió a su país y la amistad no llegó a más. 

Pero Rubén finalmente encontró el amor en una de las clientes que venía casi a diario a hacer las gestiones de su empresa. También ésta con unos ojos azules magnéticos. Recuerdo la sorpresa de mis compañeros cuando un día le vieron después del trabajo paseando de la mano con ella.

Otro amor surgió en la cola de la ventanilla, en tiempos en que las ventanillas las atendían mayoritariamente hombres que no tenían ni un simple taburete donde sentarse durante la jornada. El trabajo se hacía de pie. El cliente oyó hablar en francés a dos mujeres y cuando se iban a marchar le dijo algo en ese idioma a una de ellas. Pero Frances no era francesa, sino americana y ahí, con ese malentendido empezaron las risas y las explicaciones. Entablaron conversación, se encontraron algún otro día y el acercamiento fue a más.



-Sí Zarzamora, este Banco me acribilla a comisiones, me trata muy mal -hay veces que le da por quejarse de todo sin grandes motivos- pero siempre le guardaré cariño, porque aquí conocí a mi mujer.

El matrimonio, sus tres hijos y sus nueras son clientes de mi oficina.

El amor nace en los lugares más insospechados. Lo que hace falta es que crezca y que dure. ¡Feliz día a todos los enamorados, especialmente al que tengo a mi lado al que, por suerte, no conocí en el Banco!


5 comentarios:

  1. Me ha encantado. Parece que, entre la frialdad de los números, el romanticismo no tiene mucho sitio. Pues me has demostrado que me equivocaba, ;D. Abrazos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si preguntáramos, veríamos que el amir surge en lugares y de formas insospechadas. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Es necesario y saludable que surja el amor en un contexto de tanto razonamiento y lógica. No olvidar que, por el momento, todavía no somos robots. Entretenido relato.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No te creas que hay tanto razonamiento. Al final todo es muy mecánico. Un abrazo.

      Eliminar
  3. Ya soy bastante mayor, pero también las actuales señoras van tirando "p'arriba" pero es que en aquellos tiempos había cada bancaria... vamos que de buena gana iría a ingresar dinero o a pedir consejo todos los días. El Diablo Cojuelo-

    ResponderEliminar